“EL INTERLOCUTOR”, un cuento del nuevo libro del ministro Daniel Gollán, médico, militante y literato

Se acaba de publicar “Cuentos de taller”, de Daniel Gollán, médico militante en la línea de Ramón Carrillo y Floreal Ferrara y actual ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires. Al leer el título experimenté un escalofrío porque es el mismo de un cuento que mi hermano Luis, fallecido en 2007, escribió en la U9, la “cárcel modelo” de La Plata durante la dictadura (creo haberlo publicado en “El Porteño”, si algún lector lo tiene a mano le agradeceré mucho que me lo haga llegar, aunque sea en fotos). Al igual que Luis, ya en el secundario Gollán militaba en el peronismo revolucionario, y eso le costó primero ser secuestrado por la Triple A y luego la prisión y el exilio. También en mi familia hubo un médico, militante y literato, mi abuelo Constantino Salinas, quien antes de la guerra presidió la Diputaciòn Foral de Navarra, fue luego teniente coronel del ejército vasco, secretario de Seguridad Social de la república española en su agonía y por fin, en Argentina, médico en Río Pico, el pueblo de Chubut en el que Alejandro Agresti filmó en 1988 “El viento se llevó lo que”. Y creo que, cuando ya vivía en la calle Chile, en el mismo edificio donde después estuvo la redacción de “La Maga”, tambien fue presidente del Centro Repúblicano Español. Constantino falleció cuando yo tenía 13 años, y junto con un tío gorilón, pianista y dramaturgo y más allá de mis padres, ambos, mi abuelo y mi hermano Luis, fueron las personas que mas me influyeron en la infancia, así que imagínense mi estado de ánimo al adentrarme en este cuento.

Me lo hizo llegar Ricardo Krakobsky, docente, periodista (fuimos compañeros en El Porteño) y militante, destacando que Gollán, que “contra su voluntad ha ganado notoriedad porque le ha tocado la responsabilidad pública de conducir la Salud bonaerense cuando sobre el mundo se abate una inesperada, feroz pandemia, acaba de publicar su segundo libro, lo que se había venido postergándose por años.

“El primero había sido la novela ‘Me fui con ella’ –continuó Krakobsky– en la que ficcionaliza su experiencia personal sobre la militancia juvenil, su secuestro y desaparición, su presidio ‘legal’ y su exilio posterior. Se trata de un conjunto de cuentos escritos hace más de una década y media, reunidos bajo la común denominación de ‘Cuentos de taller’ y bellamente prologados por Teresa Parodi en los que las huellas autobiográficas se esfuman. Gollán tributa a los talleres de escritura, espacios ciudadanos en los que los cultores de las palabras se entrecruzan y hermanan. Espacios no siempre cómodos, de indagación y creatividad que, si funcionan, inspiran.

“Tan antigua como la literatura misma es la relación entre ésta y la política. La que existe entre la militancia y los talleres literarios la verbalizó Néstor Kirchner cuando ironizó sobre su eventual retiro de la política. Un poco más precisa, y también extensa, es la relación entre la medicina y la literatura, así como enorme la cantidad de médicos que han incursionado e incursionan en los géneros literarios. El poeta John Keats murió muy joven pero alcanzó a dedicarse a la medicina, ciencia que estudió hasta su último día; el maestro del suspenso Arthur Conan Doyle era médico y utilizó sus conocimientos profesionales para que su Sherlock desanudara intrigas; el escritor médico más paradigmático, reconocido “maestro” de muchos narradores y dramaturgos, fue, sin dudas, Antón Chejov; Andrè Breton, padre del surrealismo, fue un entusiasta estudiante de medicina hasta que la primera Guerra Mundial lo obligó a desistir de la carrera universitaria. En fin, el listado puede ser extensísimo, desde Bulgakov a Eduardo Wilde, o desde Marañón a Rabelais.

“En esta línea no sorprende que un médico sanitarista escriba buenos cuentos como cualquier mortal que se lo proponga, se dedique y desarrolle su talento, pero sí poaiblemente sorprenda que un ministro abocado a tiempo completo a lidiar con la pandemia y cuidar la salud de más de diecisiete millones de bonaerenses, contribuya a ese antiguo e íntimo placer de la lectura.

“El cuento seleccionado aquí tiene como uno de sus protagonistas a un médico que, además, es o fue un militante. Ambos mundos que Gollan conoce de cerca y desde lejos. Utiliza una técnica dialógica que recuerda  la que tensionó al extremo Rodolfo Walsh en “Esa mujer”, en la que dos contendientes que se desconfían y rivalizan se ven obligados a empatizar, escucharse, mentirse.”

El interlocutor

 

—¡Doctor, doctor Moyano, despiértese! Hay una salida en código rojo, me avisó el radio operador.

No hacía más de media hora que habíamos regresado del  último servicio, y los tres recién conciliábamos el sueño.  Con movimientos automáticos nos pusimos las camperas  con el logo de la empresa de emergencias y subimos a la ambulancia.

—¿De qué se trata? —pregunté al chofer.

—Es el viejo de la barrera del tren.

—¿…?

—El asmático, bah, en realidad es una EPOC —aclaró semidormido el enfermero—. ¿No lo conoce todavía, doctor? —No.

—¿Nunca lo atendió? Vive frente a la barrera del tren, es  el dueño de la pileta de verano. ¿En serio que no lo conoce?  —insistió el chofer.

—No, no hace tanto que trabajo acá.

—Pero igual. Llama todos los días y hasta dos veces. —Está hecho mierda —diagnosticó el enfermero de modo  poco académico.

—Pues se ve que en la guardia de los miércoles no hace  crisis…

—O habrán mandado móviles de otra base —acotó el chofer interrumpiéndome.

—¿Cómo se llama?

—Ramírez. Juan Carlos Ramírez —respondieron al unísono.  El predio ocupaba casi una manzana. En el centro, y sobre elevado, el chalet con techo a dos aguas de tejas coloniales  rojas aparentaba más de lo que realmente era. Varias construcciones de ambientes cuadrados, que desentonaban absolutamente con el estilo de la vivienda, lo bordeaban por la parte trasera. Al frente, una playa de estacionamiento que,  obviamente, se usaría en temporada de verano cuando se  habilitaba la piscina. Hacia los fondos, quincho y asadores  que, hasta donde dejaban ver las débiles luces externas, se  dispersaban debajo de varios eucaliptos.

La joven que aguardaba con la puerta abierta saludó amistosamente al chofer y al enfermero y me detuvo un instante.

—¿Por qué no vino el doctor Pérez? Mi viejo pidió por él.

—Mire, no sé —contesté secamente—, pero, ¿dónde está el  paciente?

—Ahí, en el cuarto de la izquierda. Siga a sus compañeros, ellos ya conocen— dijo con una mueca de altiva soberbia  que intentaba disimular el desagrado que le había causado  mi repuesta.

Estaba acostumbrado a registrar automáticamente los detalles  de personas y entornos, ojo clínico le llaman algunos –podría definirse como una perspicacia para la semiología ambiental, la misma que extraordinariamente bien desarrollan parapsicólogos, brujas, curanderas, tarotistas y algunos chantas de variado tipo– recorrí el living comedor y pasillo  grabando en mi biológico disco rígido mobiliario, adornos, cuadros, estado de mantenimiento y, sobre todo, la generosa colección de armas antiguas y nuevas y la hermosura del  rostro, la turgencia del busto y la redondez del trasero pintado de jeans de quien acababa de recibirnos.

Tez trigueña, ojos negros, pelo escaso, nariz grande y torcida hacia la derecha, abdomen dilatado; echado en la cama y  jadeante, daba órdenes el paciente al enfermero:

—¡Dale, Carlitos, el oxígeno! —jadeaba con dificultad. —Permítame, voy a auscultarlo —le dije.

—¿Para qué? Si… es… lo… de siem…pre, ¿y Pérez? —inquirió  quitándose intermitentemente la mascarilla de la boca que  ya comenzaba a calmarle la ansiedad.

—Carlos, colocale una vía, una vater de 19 y dos ampollas  de aminofilina en 100 centímetros cúbicos de fisiológico.  Pasásela a 28 gotas por minuto —indiqué, calculando que  tenía para una hora en el domicilio—, y prepará una hidrocortisona para pasar por tubuladura.

—¿Nebulizo con salbutamol? —preguntó Carlos. —No, está sobrepasado de betabloqueantes.

Obviando dialogar con el paciente, volví al living para completar la historia clínica. Indagaría a la hija sobre los  datos de filiación y antecedentes, y aprovecharía para re componer el primer desencuentro. Al no encontrarla, me  asomé por la puerta de entrada, que se hallaba entreabierta.  Menuda e incómoda sorpresa me llevé al hallarla en apretado abrazo con un muchacho sobre la baranda de la escalera  de cinco peldaños. Él intentaba ocultar el porro que se estaban fumando.

—Bebé, vos andá y esperame en el quincho. Yo ya voy. Y usted, ¿ahora qué quiere, doctor? —dijo y acentuó el “ahora”.

—Necesito datos para la historia clínica.

—¿Y por qué no se los pide a mi viejo?

—Apenas si puede hablar…

—Cómo se ve que todavía no lo conoce. Además, si consulta en su empresa deben tener como mil historias de él.  Mientras me daba la espalda en dirección al quincho le pregunté:

—¿Tenés algún otro familiar?

—Sí, mi vieja y dos hermanos, pero ahora no está ninguno. Llené la historia clínica con los datos que, de memoria,  me proporcionó el chofer mientras la respiración del enfermo se regularizaba al compás del goteo de medicamentos.

—¿Por qué no vino Pérez? —se quejó el paciente.

—No sé. Eso averígüelo por teléfono en la central. A nosotros nos mandaron y vinimos, ¿sí?

—Y vos, ¿cómo te llamás?

—¿Me pregunta a mí? —dije, para remarcar que yo no lo  tuteaba.

—Sí, a vos. ¿No te molesta que te tuteé, no? Al fin y al cabo,  tengo unos cuantos años más que vos.

—Moyano. Soy el doctor Daniel Moyano. Un gusto. Parece que le agradan las armas, Ramírez— dije cambiando de tema al  tiempo que dirigía la vista hacia la pistola sobre la mesa  de luz.

—Ballester Molina cromada calibre once veinticinco.  ¿Patea, no?

—Bastante. A vos también parecen gustarte los fierros.

—Solo un poco —mentí mientras en un rapto de vanidad  la desmonté íntegra en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Un poco? A nadie que desarma una Ballester en menos  de diez segundos le gustan “un poco” las armas.

—No es tan difícil –repliqué con algo de modestia— ¿Se  siente mejor, no?

—Sí —dijo mientras ante mi incrédula expresión encendía un Jockey Club.

—¿Qué hace Ramírez, usted se quiere matar?

—Y, de algo hay que morir, pibe.

—No parecía muy dispuesto a eso cuando llegamos.

—¿Vos sabés lo que es asfixiarse?

—Sí… bah, me lo imagino, he tratado a muchos pacientes  como usted.

—No es lo mismo…

—Doctor ¿retiro todo? —interrumpió el enfermero. —Sí, Carlitos.

—Nos vamos, Ramírez. ¿Hay alguien de su familia para firmar la historia clínica?

—No sé. La atorrantita de mi hija debe andar por allí fifando con el machito, mi mujer y mis otros hijos, de joda.  Solo estarán todos juntos acá para festejar mi velatorio —se  rio—. Y, para colmo, hoy faltó la enfermera que me cuida.  Mañana la rajo. Dame que le firmo yo. ¿Trabajás los domingos, Moyano?

—A veces.

—Bueno, algún domingo me agarra la crisis al mediodía y  te venís a comer un lechón mientras me hacen el tratamiento, ¿qué te parece? No vino Pérez, pero vos me caíste bien.

Tenían razón mis compañeros. Dos miércoles sucesivos  atendimos a Ramírez. Despótico, venal, intolerante, corrupto. Fui desgranando su personalidad. Había sido militar. De  la aeronáutica. Se retiró para dedicarse a cosas más lucrativas, contó.

—¿Y por qué siendo jubilado no tiene obra social? —pregunté el domingo en medio del almuerzo terapéutico cuando el vino ya le había ablandado la lengua.

—En realidad, me exoneraron.

—¿Por qué?

—Es largo pibe. Bah, para hacerla corta, me culparon de algunos negociados con la compra de elementos para la Fuerza. No te voy a decir que soy un santito. Algo de eso hubo, al  fin y al cabo, todos lo hacían. Los que más mojaban eran los de arriba, pero nos engancharon a nosotros. Siempre pagan los giles, y yo, en ésta, fui un gilazo. ¿A vos te parece? Con  todo lo que le di a la institución. ¡A mí! Que me cansé de liquidar y encanar terroristas en la época jodida, ¡que puse las  bolas sobre la mesa!

Un escozor recorrió mi espalda. Aparté el plato de comida  y me levanté de la mesa. Algo había intuido, pero la confirmación fue brutal.

—Nos vamos, buenas tardes Ramírez.

—Pero todavía falta el postre, Moyano.

—Nos podemos quedar un rato más, tordo —alentó el  chofer— cualquier cosa nos van a llamar al handy.

—Nos vamos —dije secamente.

Esa misma noche nos enviaron nuevamente al domicilio  de la barrera del tren. La rutina fue la de siempre, pero el  diálogo comenzó a tornarse gélido.

—Ramírez, ¿así que usted torturaba? —pregunté sin vueltas.

—¿Cómo?

—Lo contó hoy al mediodía.

—Sí, ¿y qué? No había otra. A los subversivos los cazábamos como moscas. Yo era de los que iban al frente y los sacaba a los tiros de sus casas. Al que quedaba vivo había que sacarle información, ¿viste?

—¿Usted los torturaba?

—No, no, yo directamente no. Yo interrogaba, pero más  que algún golpe o un submarino no hacía. Submarino es  cuando le metés la cabeza abajo del agua, ¿viste? Picanear a  mí no me gustaba, ni otras cosas.. — dijo y se pasó la lengua  libidinosamente por los labios.

—¿Otras cosas?

—Como fifarse alguna detenida que estuviera fuerte, viste. A mí no me gustaba… yo respetaba a las minas… soy un  hombre de familia, soy padre… ¿no?

—No parece muy convencido…

—Bueno… un par de veces sí, habíamos chupado demás y  estaban tan buenas las putas… ¡pero nada más, eh! Al fin y al  cabo, una terrorista se merecía eso y mucho más. — ¿No le parece?

— …

—Y sí, viejo, no eran personas, eran el enemigo, e-ne-mi gos, ¿entendés? La cosa era así: o ellos o nosotros, no había  otra opción.

—Doctor, ¿retiro la vía?

—Sí, Carlitos.

La repulsión que me producía Ramírez era únicamente  comparable a la morbosa satisfacción de verlo ahogarse, sentimiento que, vanamente, intentaba reprimir. El miércoles siguiente comencé a inquietarme cuando, hacia el  atardecer, aún no había solicitado el móvil. Miré en el libro  de guardia: dos consultas ayer. ¿Se habrá dado cuenta de  algo? ¿Por qué no llama hoy?, pensaba ensimismado cuando me sobresaltó la radio: “Móvil 3, dirigirse al domicilio de la barrera del tren. Femenino de cuarenta y cinco con crisis  nerviosa y el paciente de siempre con dificultad respiratoria…”.

—¡Cagamos! —protestó el chofer— seguro que a la mujer  del viejo le agarró la histeria.

—Bueno, al fin la voy a conocer— dije.

—Está fuerte la veterana. Y se ve que es guerrera. Le mete  los cuernos de acá a la China —terció el enfermero.

—¡No, Moyano! A mí que me atiendan los muchachos. Vos  andá a ver qué le pasa a mi mujer. Se puso como loca porque  vino de improviso y…, bueno, justo la enfermera me estaba  haciendo un servicio extra, ¿viste? ¡Pero andá rápido, que es  capaz de matarse la forra!

—¿Dónde está? ¿No me puede acompañar alguno de sus  hijos?

—¿Mis hijos? Valeria se rajó hace dos semanas y no tengo  noticias. Al mayor lo mandé a Salta por negocios y no volvió.  El menor debe andar por ahí, pero no me da bola. ¡Roberto!  —bramó.

—¿Qué mierda querés viejo? ¡Estoy con los clientes en la  pileta tratando de disimular un poco el conventillo que hacen ustedes!

—¡Dejá todo y decile al doctor donde está tu madre, carajo!

Roberto señaló una casita en los fondos, detrás de los últimos eucaliptus. Desde afuera se escuchaban sobreactuados gritos y sollozos de mujer.

—¡No quiero que entre nadie, váyanse todos!— me espetó  a modo de recibimiento.

—Señora de Ramírez…

—¡No me nombre a ese degenerado hijo de puta!

—Señora, soy el médico de la emergencia y vengo a ver si se siente bien.

En todas las crisis histéricas que había atendido, que eran  muchas, siempre me terminaba sintiendo como un tonto haciendo el papel de psicólogo, pero daba resultados. Echada boca abajo, copiando el modelo típicamente adolescente de histeria, pataleaba y golpeaba la almohada con los puños cerrados. Pantalones ajustados y camisa blanca transparente atada a la cintura. Tomé su mano como para crear  un clima de confianza y se dio vuelta repentinamente. Salvo  por un par de arrugas –incrementadas por exceso de sol–, conservaba una llamativa belleza y unas curvas que, aunque ayudadas por algunas siliconas, resultaban inquietantes. Le fui hablando suavemente, como  recomiendan los manuales. Tomó mi mano con las suyas y  posó las tres sobre su pecho izquierdo.

—¿Siente mi corazón, doctor?

—Sssí…

—¿Se da cuenta lo que yo sufro por ese cretino? ¿Usted se  da cuenta las cosas que me hace? Yo no puedo vivir más así,  me quiero morir…

Seguí hablándole con modulada y estereotipada voz hasta que, de golpe, se incorporó y me abrazó de un modo no  precisamente maternal, generándose una situación incómoda pero deliciosamente erótica que tuve que abortar de forma diplomática para no reavivar  la crisis. Le apliqué el diazepam que ya había prellenado en una jeringa, corroborando in situ la firmeza de sus nalgas, con  certeza, trabajadas en años de gimnasio. Al retirarme, me  agradeció y preguntó si atendía en consultorio particular.

Le contesté que sí y le di los datos.

—Su mujer está mejor, Ramírez, pero a usted no lo veo  nada bien. Se está dando demasiado con los betabloqueantes. Lo voy a internar.

—¡Yo de acá no me muevo, pibe! Te entretuviste lindo con  mi mujer en el fondo y ahora me querés sacar del medio…

—¿Qué dice? No sea cínico, Ramírez —respondí con mirada maliciosa y premeditada falta de convicción—. ¿De qué  me habla? Usted se interna, porque ahora se hace el macho, pero después, cuando ve venir la parca, se caga en las patas y llama desesperado.

—Yo no le tengo miedo a nada, pendejo.

—Muchachos, déjennos un rato a solas y preparen el traslado que ya los llamo —dije sin retirar mi vista de la suya—.  ¿Está seguro, Ramírez, que no tiene miedo a morirse?

—¡A nada, a nada le tengo miedo! Escuchame, ¿acaso vos  sabés lo que es asfixiarse todo el tiempo?

—Todo el tiempo no, pero un buen rato, sí. ¿Sabe cuándo? Me miró con atención.

—Cuando ustedes me hacían el submarino, Ramírez— dije al tiempo que acercaba la boca a su oído y las palabras iban lentas y silabeadas. ¿Sabe cómo es, no? ¿Vio la parte cuando uno no da más y pega la bocanada ahogándose con el agua? ¿A cuántos se lo hizo? ¡Y el submarino seco, Raaa-mííí-reeez!  ¿Lo conoce? Boca y nariz tapada con algodón y golpes en tórax y abdomen hasta sacar todo el aire, ¿se acuerda? ¿Usted  lo hacía? Mire, palpe aquí las costillas quebradas, ¡tóquelas!  Todavía me duelen los días de humedad, ¡Raaa-mííí-reeez!

Quedó consternado, paralizado. Sus ojos se inyectaron de impotente odio.

—Pero… entonces…

—Sí, Ramírez.

—Vos…eras…

—¿Subversivo, como dice usted? Era delegado estudiantil, en el centro de estudiantes.

—…Y todo este tiempo… yo…vos…me hiciste hablar… ¡Andate, Moyano, andate ya mismo!

—Lo tengo que internar, Ramírez.

—¡No me interno un carajo! No me hace falta, acá tengo  todo lo que necesito: el oxígeno y una enfermera nueva.  ¡Traeme la planilla que te firmo la negativa y te vas ya Moyano! —gritó mientras encendía otro Jockey Club, a modo de  manifiesto desafío.

Esa misma noche pasaron código rojo para el de la barrera del tren: paro cardiorrespiratorio. En diez minutos estábamos en la habitación en la que la enfermera intentaba  una rústica maniobra de masaje cardíaco sobre el pecho del paciente.

—¡Kit de vía aérea! —grité—, ya tiene una vía periférica,  Carlos, fijate si esta permeable. ¡Ya intubé! Cacho, conectá el  monitor.

—La vía está permeable, doc.

— Pupilas todavía mióticas, algo del masaje de la enfermera sirvió —pensé.

—Reanimación cinco por dos. Oxígeno al 100 % en el bolseo.

—¡Monitor conectado, doc!

—Está fibrilado. Prepará para shock con 200 Joules.

—¡Listo, aléjense!

—No hay respuesta.

—Otra vez, con 300.

—Nada.

—Con 400.

—Nada.

—Sigamos con masaje. Carlos, adrenalina, una ampolla  en bolo.

—Listo.

—Lidocaína. Cinco centímetros cúbicos en bolo. No va a salir. No va a salir, pensé.

Avisada por alguien, entró la esposa aullando frenéticamente, pidiendo que no se muriera, por favor, que era su  amor de toda la vida, que no la dejara ahora, que lo amaba. Se  le tiró encima. Tuvimos que retirarla de un modo poco gentil.  No va a salir, no va a salir.

—Doc, ¿seguimos reanimando? Parece que…

—¡Sí! Las pupilas responden, hay buena oxigenación cerebral. ¡Seguimos!

Cacho y Carlos se miraron como diciendo: ¿a éste qué le  pasa?

—Otra ampolla de adrenalina, Carlos.

No va a salir, no va a salir.

—¡Doc, mire, hay ritmo cardíaco!

Di todas las indicaciones que faltaban y en quince minutos estábamos en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital.

—Felicitaciones— me dijeron los muchachos cuando salimos.  —,Laburamos bien ¿no, doc?

—Felicitaciones sí, felicidades no, al menos para mí— respondí sin explicar nada más.

—¿Se mudó, Ramírez?— le pregunté al encontrarlo, quince  días después, en las piezas cuadradas de la parte posterio  del chalet con la única compañía de un amigo socio.

—Sí, me vine acá porque estoy más cómodo. ¿A vos te parece, todas estas habitaciones construidas y amuebladas al  pedo para poner un geriátrico de PAMI y al que le puse la  torta de la coima para habilitar me cagó? ¡Ya no queda gente  de palabra en este país!

No era el mismo hombre. Demacrado, los varios kilos que  había perdido eran solo una anécdota al lado del resquebrajamiento de su carácter. Estaba vencido.

—¿Para qué llamó, Ramírez? No está respirando mal.

—Sabés qué pasa, rajé a la enfermera nueva y no tengo  quién me controle el manómetro.

—¿Ya rajó otra enfermera más?

—Sí, era una inepta. Bah, en verdad nadie me aguanta…

—El manómetro funciona bien, doc —dijo el enfermero.

—Bueno, Ramírez, parece que nos llamó al cuete…

—No, no, Moyano. Por favor, sentate un minuto. Quiero hablarte de algunas cosas. Te tendría que decir que gracias, que  sos un buen tipo. Pero no, Moyano… quiero decirte que… que  ya te calé.

—¿Qué me dice…?

— ¡Que ya te calé, que en el fondo sos igual que yo! ¡Sos un hijo de puta igual que yo!

Lo miré perplejo.

—¡Sí, Moyano! Vos me salvaste porque querés verme sufrir, querés verme agonizar más tiempo, ¿no es así? ¿Ves?, en el fondo sos un torturador igual que yo.

Me respaldé en la silla, crucé las piernas y apoyé las dos manos juntas sobre el regazo.

—Usted es un perverso, señor Ramírez, y como buen perverso piensa que todos lo somos. Pero no se ilusione, nada ni nadie lo va a exculpar y, lo que es peor, ni usted va a lograr  exculparse, Ramírez. ¡Ahora resulta que usted es el asesino y el hijo de puta soy yo! ¡No, señor, es usted el que va a tener que cargar con eso! ¿Lo jode, no? ¿A qué le teme…?

—¡No soy un asesino, yo cumplía órdenes, era mi deber!

—¿Su deber? Bueno, yo también cumplí con mi deber. Soy  médico, ¿se olvida?, estoy para salvar vidas… y usted estuvo para quitarlas. Somos muy distintos. Es más, somos lo  opuesto y en buena hora. Adiós, Ramírez.

—¡Chau, Moyano! ¡Sos un hijo de puta!… ¡No quiero que  vengas más, nunca más! —dijo con voz entrecortada.

Un mes después me desconcerté cuando anunciaron que la mujer “del de la barrera del tren” estaba en la Base y quería  hablar conmigo. Me habían contado que, quince días antes, Ramírez había muerto.

—Doctor, mi marido dejó algo para usted, y me pidió varias veces, antes de morir, que se lo entregara —dijo y me  extendió una bolsa—. Se la traje antes que la rapiña familiar terminara por hacerla dinero.

La miré con intriga mientras sacaba la caja de madera.

—Gracias señora, no la quiero —respondí devolviéndole  el paquete con la reluciente Ballester Molina cromada.

—Pero doctor, fue su última voluntad…

—Por eso mismo, gracias por molestarse, pero no la quiero.

 

 

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