El pogrom de Soldati

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Hay que bancarse leer esta nota de Caparrós. Hay alguna cosa que alguién tenía que decir. Y si no lo hacemos nosotros…

POR Martín Caparrós / Newsweek

No usamos, en argentino, muchas palabras rusas. entre esas pocas están nafta, que sirve para echar al fuego; inteligentsia, que sirve para desacreditar a los que tratan de pensar distinto; y pogrom, que por suerte no nos sirve mucho. O no solía servirnos.

Pogrom viene de un verbo ruso que significa destruir, arrasar, y es una palabra relativamente nueva: apareció en el siglo XIX para nombrar una desgracia milenaria. Al principio se la usaba para describir matanzas de judíos, pero pronto se extendió a cualquier otro ataque “popular” a una minoría amenazada. Un pogrom es distinto de otras formas de destrucción porque no es oficial: tiene la venia o el aliento del Estado, pero son ciudadanos desatados los que atacan a otros ciudadanos. Un pogrom es un Estado haciendo como que no está, produciendo una acción de la que no quiere hacerse cargo: algo que no debería pero le interesa. Fue lo que pasó la semana pasada en Soldati, cuando grupos de vecinos pobres atacaron a grupos de vecinos pobrísimos con el argumento de que estaban ocupando tierras que no les correspondían, y los corrieron con palos y piedras y escopetas, hirieron y mataron. El parque Indoamericano se convirtió, en ese momento, en escenario del primer pogrom argentino en muchas décadas.

Los pogroms siempre aparecieron como estallidos súbitos, inesperados, y suelen usarse para desviar tensiones sociales hacia un grupo que sirve de chivo expiatorio: para confundir los sentidos. Por eso, hacía mucho que no resultaba tan complicado entender los múltiples sentidos de un evento. Pasaron —siguen pasando— demasiadas cosas alrededor del pogrom de Soldati. Ahora nos queda tratar de encontrarles un sentido: tratar de hacer sentido.

¿Qué sentido hacer con esas escenas del viernes a la noche, cuando la jefa del Estado lanzaba por cadena un ministerio nuevo mientras, en la oscuridad del parque, el pogrom hacía víctimas sin que el Estado se dignara impedirlo? ¿Qué, con un gobierno que, tras haber trabajado para reconstruir el Estado, decide permitir que la violencia entre ciudadanos se desarrolle sin su intervención? ¿Qué, de la idea de que un gobierno no sólo mata por acción, también por omisión; no sólo cuando sus policías matan, sino también cuando dejan matar? ¿Qué, de una política de gobierno que insiste en no usar la violencia contra la protesta social y ya causó, en las últimas semanas, entre seis y ocho muertes en diversas protestas?

¿Qué sentido hacer con un Estado que se desentiende de miles de sus ciudadanos, y después se sorprende si esos —y tantos otros— ciudadanos se desentienden del Estado?

¿Qué sentido hacer con los balbuceos de Mauricio Macri sobre el “descontrol de las políticas migratorias” y, sobre todo, con el hecho de que casi el 80 por ciento de los votantes de una encuesta de La Nación estuvieron de acuerdo? ¿Qué, con aquel famoso párrafo de la Constitución que ordena recibir a “todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino”? ¿Habrá que redefinir la “buena voluntad”? ¿Habrá que recordar que el desprecio de los argentinos, tan migrantes, por los nuevos inmigrantes es una constante de nuestra historia, y que los abuelos de los que ahora descalifican a los bolivianos y paraguayos fueron inmigrantes italianos y españoles descalificados por los viejos criollos, que habían inmigrado uno o dos siglos antes?

¿Qué sentido hacer con el argumento de que no se puede “premiar” la movilización y ocupación con promesas de viviendas porque rápidamente otros miles se lanzarán a moverse y ocupar —cosa que ya está sucediendo, no porque vean que esas ocupaciones tienen “premio” sino porque no ven otras maneras de conseguir un pedazo de tierra, algo como una vida—? ¿Qué, con el corolario evidente de que muchos no se mueven sólo porque no creen que puedan conseguir nada, pero están lo suficientemente desesperados como para querer lanzarse a vivir en un parque?

¿Qué sentido hacer con una pelea que vuelve a poner en escena —en la mayor escena, la pantalla de la televisión— la pobreza que nos rodea y tratamos de no ver, total llevamos años “redistribuyendo”? ¿Qué, con las afirmaciones de que los planes y apoyos oficiales son un remedio contra la pobreza, cuando miles y miles de personas pelean por un techo de lata? ¿Qué, con la información de que en la Capital, el distrito más rico del país, la población villera aumentó en más de un 50 por ciento en estos años de prosperidad? ¿Qué, con esas palabras entrañables de Jeannette, una boliviana desesperada que decía por televisión que “Macri no nos hace caso porque él no sabe lo que es la pobreza; él vive tranquilo, tiene su propia pieza”? ¿Qué, con una muestra tan flagrante, tan cruel de la desigualdad en medio de los discursos que simulan? ¿Qué, con esa hipocresía repetida que llamamos corrección política, que consigue que vecinos dispuestos al pogrom no llamen a sus víctimas bolitas, ni siquiera bolivianos, sino “personas de otra nacionalidad”, tan mesurados, justo antes de correrlos a palos?

Y, por fin: ¿qué sentido hacer con la idea de que noches como ésas —políticos discutiendo quién armó la “operación” cuando no hay operación que funcione si no hay necesidad real, políticos echándose la culpa unos a otros de sus respectivas inacciones mientras personas se matan ahí afuera— son el mejor argumento a favor de la vuelta del que se vayan todos, o quién sabe qué?

Estoy perplejo, y se me escapan los sentidos. Para eso, supongo, también se hacen los pogroms.


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