ENRIQUE “JARITO” WALKER. Homenajearán mañana al brillante periodista en el lugar en que fue secuestrado en 1976

Motorizado por viejos compañeros suyos en El Descamisado, particularmente Daniel “El Sordo” Iglesias, mañana al mediodía se hará un homenaje al gran periodista Enrique “Jarito” Walker, quien fue cofundador del semanario Gente y pudiendo seguir desarrollando una brillante carrera en dicho medio amigo de las dictaduras y enriquecerse (créase o no, entonces los periodistas ganaban muy bien) se incorporó a Montoneros y a la redacción del semanario Descamisados. El homenaje, acto y colocación de una baldosa conmemorativa, se hará en el mismo lugar en que fue secuestrado junto a su amigo Guido Morón. A continuación, textos de Ricardo Grassi –quien fue director de “El Desca”– y Diego Olivé. Luego, una breve semblanza del filósofo Nicolás Casullo. Y para terminar las notas que le han dedicado la agencia Télam (Conrado Yasenza) e Infobae (Daniel Cecchini y Eduardo Anguita).

La dignidad de ser periodista

 

POR RICARDO GRASSI

Para El Descamisado fue decisiva la llegada de quien sería nuestro héroe. Sin él, el buen equipo que íbamos siendo nunca habría llegado a ser extraordinario. Tampoco habríamos podido, ahora, reivindicar la dignidad, responsabilidad y el servicio de una profesión que hoy demasiados bastardizan.

Alto, rubio, pecoso, barba heminwayana con la que jugaba como todos los que nos la dejamos crecer, cuerpo del jugador de rugby que había sido–estuvo en la primera división de Pueyrredón–, ojos celestes como el cielo cuando está celeste. Su canción preferida no podía ser otra que Lucía en el Cielo con Diamantes, que en inglés los Beatles crearon como Lucy in the Sky with Diamonds y cuyo acrónimo evidente era LSD, el alucinógeno de moda en los años 60.

El Inglés, Enrique Jarito Walker, nunca lo probó ni se le ocurrirá hacerlo. En cambio, se alucinó al desembarcar en Saigón ocupada por Estados Unidos, enviado de la revista Gente, de la que fue uno de los creadores. Cuando regresó, era otro.

Uno de sus artículos fue la entrevista al soldado Edwin Jax, emborrachado con cerveza. El copete de la nota lo cerró con “una historia sin amor”. Cuando le preguntó qué es lo que más había aprendido en Vietnam, Jax le respondió: “a ser egoísta”. Sé que esto lo conmovió. Vietnam lo transformó porque para el Inglés el pecado era deshumanizarse.

Había encontrado lo opuesto cuando, camino a Saigón, quedó varado en París y se topó con el estallido del mayo francés. Al regresar, fue el momento de la explosión nacional que radicalizó lo que venía ocurriendo bajo Onganía: el Cordobazo. Tampoco la farandulera y reaccionaria Gente podía eludir cubrirlo y fue él. Vio gente común guiada por sus dirigentes obreros, vio obreros y estudiantes luchando codo a codo, vio una ciudad en revuelta que hacía retroceder con piedras y barreras de fuego a otra gente común pero enfundada en uniformes y armada hasta los dientes.

Escribió la crónica, la firmó y eligió las fotos, como correspondía a su cargo de Secretario de Redacción. Le rechazaron el tono y las fotografías demasiado elocuentes.

Él rechazó el rechazo.

Se había completado la transformación a la que lo llevó su honestidad intelectual y su bonhomía. Fue así que poco después le cerró la puerta a Gente, cuyo éxito era en gran medida debido a él. No aceptó la indemnización “porque habría sido una corrupción. Yo vivía en la mierda y no quiero volver a la mierda”, dijo. Así, ganamos todos nosotros también.

Quien lo conoció bien y fue admirándolo, Salvador Palomo Linares, me dijo un día en una pausa del Desca: “Le sobra talento y pasión y tiene una mente tan elástica que empieza a comprender las cosas y ya va elaborándolas”.

Pasó a querer cambiar la vida de cuajo porque entendió que los valores en los que había crecido no coincidían con el mundo que frecuentaba. Tampoco su apoliticidad le resultó ya coherente. Se alejó de la farándula y fauna propia de Gente, giró a la izquierda y antes de desembocar en el peronismo fundó y dirigió el semanario Nuevo Hombre, que apareció el 21 de julio de 1971. Allí no faltó nadie que tuviera que ver con el pensamiento y el quehacer de la izquierda en Argentina.

Una revista semanal era su ambiente natural y con el formato grande del Desca se sintió como el pez en el agua. Jarito fue el maestro al que todos aceptamos porque se había radicalizado ganando humanidad y exaltado la dignidad de la que abrazó como su profesión: ser periodista.

Jarito también había asumido con serenidad que él sabía más–no solo por ser más grande que todos nosotros sino porque era un iluminado–, y que por ello debía liderar. Así se convirtió en un tutor para muchos aceptado e inolvidable. Le gustaba trabajar con quienes se iniciaban en el oficio o con los noteros afirmados y remadores sin veleidades más que la de ser buenos cronistas y redactores, “Va al grano, sabe qué preguntar, es incisivo y firme sin dejar se der cálido y encantador”, comentó Diego Olivé poco después de haberse sumado al Desca.

Jarito ejercía con conciencia su papel didáctico. No directamente con los más veteranos, pero a todos nos resultaba ejemplar cuando intervenía en el trabajo de los más novatos.

“¿Cómo diagramás esta nota?” le preguntó un día a Daniel Iglesias, nuevo en el oficio.

Daniel se sorprendió, pero le respondió. “Está bien ¿eh? está muy bien”, dijo Jarito, pero interrumpió el agradecimiento de Daniel pidiéndole que le explicase por qué había elegido hacerla así. Cuando, con esfuerzo, Daniel concluyó su explicación, Jarito le dijo, con una sonrisa: “Ahora hacela de otro modo”.

Si no había una explicación, Jarito se molestaba, caminaba de un lado a otro, movía los brazos. Buscaba que las cosas tengan un sentido. Que la guía sea un concepto. Todos aprendimos. No solo “olfato” e intuición –ambas cualidades extraordinarias en él– sino conceptualizar lo que cada uno hace. Porque así se aprende, así se puede archivar conocimiento y entonces es posible enseñar.

Cuando se ponía nervioso, cerraba el puño izquierdo y hacía tamborilear el índice, medio y anular de la derecha sobre el hueco que forman los dedos de la izquierda. Si se enojaba, no levantaba el tono de la voz, sino que se ponía rojo y agitaba hacia arriba y abajo el índice de su mano derecha. Si alguno daba vueltas para cumplir una orden, entrecerraba los ojos, fruncía el ceño y mientras escuchaba la excusa mantenía una tierna sonrisa socarrona, todo lo cual equivalía a un “pero dale, qué me estás diciendo”, hasta que su interlocutor estaba dispuesto a hacer lo que le pedía. El mensaje final, era: no existen notas imposibles.

Era El Inglés, pero porteñazo, socarrón e irónico que, sin una pizca de mala leche, te conquistaba con su corazón capaz de entender todas las debilidades y dificultades humanas y del oficio. Hasta su voz era cálida, a veces un susurro.

Cuando la situación fue poniéndose pesada, del mismo modo que había sido permeable a Saigón, París y Córdoba, cambió su vida y se incorporó a Montoneros.

Podría no haber ido a la última cita. Sabía que podía estar envenenada, pero en Jarito no cabía esquivar el bulto y, quizás, poner en riesgo a quien estaba esperándolo. Pidió un arma para, si era el caso, poder defenderse. No se la dieron. Sé que eso lo molestó, debe haberse puesto rojo, pero no se detuvo. Allí lo esperaban para darle un golpe y desaparecerlo, se defendió, saltó filas de butacas en ese cine de barrio, se subió al escenario y, cuando entendió que no zafaba, grito: “Soy Enrique Walker, periodista y montonero, avisen que están secuestrándome”. Avisen a los compañeros que soy y sigo siendo: Periodista. Montonero.

Montoneros es pasado

Periodistas y compañeros somos quienes lo homenajeamos y destacamos hoy su ejemplo de coherencia, rigor y humanidad. No olvidar para decirle a los de este presente mercantilista, mediocre, tantas veces mentiroso a sabiendas, que el periodismo es un servicio y que los periodistas debemos y podemos ser honestos, rigurosamente respetuosos de quienes cada día siguen nuestro trabajo y que aquello que observamos e incluso nos golpea, debe humanizarnos sin cesar.

El vikingo siempre vuelve

 

POR DIEGO OLIVÉ

La última vez que lo vi a Jarito, fue en sueños. Sucedió a mediados de 1978, cuando me radiqué en Nueva York y empecé a procesar, mal que bien y a solas, los dos años de dictadura genocida que había dejado atrás Y lo anterior, que no había sido poco.
En los meses siguientes se me fueron presentando en sueños muchas compañeras y muchos compañeros desaparecidos. Pero el primero fue el vikingo, como a veces lo llamaba Puchi Vazquez.
En aquel primer sueño concientizador, yo estaba en una reunión aquí en Nueva York, y Jarito se me acercaba con un gesto de serenidad y un poco de dolor en el rostro.
Yo, increíblemente feliz, caminaba hacia él exclamando, “¡Pero estás vivo!”.
“No”, contestaba Jarito con voz monocorde. “Estoy muerto”.
“Entonces”, le preguntaba yo entre dolido y esperanzado, “¿estar muerto es lo mismo que estar vivo?“.
“No, no es lo mismo”, contestaba Jarito, esfumándose para nunca más volver a mis sueños.
Sin embargo, nunca pasan muchos días sin que Enrique Walker me visite en mis recuerdos.

Jarito

 

POR NICOLÁS CASULLO

“Campechano, directo y cálido, es difícil convencer a alguien de que así era un inglés: el Inglés Jarito Walker. Pero lo recuerdo de ese modo, impertérrito en sus signos, como una aparición desentonante con los tipos de la época, y a la vez con los drásticos atributos de tal época 1970-1975. Tiempo extraviado ya, flotando ahora entre imágenes irreales, pedazos de figuras incompletas, caras que no volvieron, lugares perdidos que Buenos Aires no repuso, ciudades que también deben permanecer hoy recubiertas, borradas, sin sepultura.”

Enrique “Jarito” Walker: el hombre y el periodista en transformación

 

Telam SE

“¡Soy Enrique Walker, periodista y montonero!”, sus últimas palabras escuchadas al momento de ser secuestrado el 17 de Julio de 1976. Afirmación de un oficio terrestre y una voluntad humanista.

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POR CONRADO YASENZA / TÉLAM

Historizar. Develar cómo los nombres, las obras, los artículos periodísticos, responden siempre a una subjetividad, a un ser que produce los hechos que van delineando el sentido de una vida. Quizás el fin de este trabajo sea unir fragmentos de un pasado que justifique el rescate de la unidad hombre-obra-época, no para desde allí reiniciar la tarea de alimentar el presente, sino para comprender que sin memoria no hay identidad posible. Ese es el sentido de bucear en ciertos aspectos o aristas de la historia, y ese el sentido también de esta escasa y breve aproximación a la figura del periodista Enrique Walker.

Historizar, diría David Viñas. Ir del texto interno al externo. Transcurrir entre la obra y su autor. Lo arquitectónico y lo urbanístico. Desplazarse sobre tres movimientos interrelacionados: El productor, el proceso de producción y el producto.

Primer movimiento: El productor

Recolección primaria de datos. Periodista. Secretario, durante la década del sesenta de la revista Gente (Editorial Atlántida), de la cual se desvinculó en 1969. Colaborador en las publicaciones Semana Gráfica y Extra. En el año 1971 editó la revista Nuevo Hombre, y también durante los setenta, colaboró con regularidad en la revista El Descamisado.

Segundo movimiento:El proceso de producción

El hombre, Enrique Walker, conjugándose con los acontecimientos de su época. Walker, permeable a los fulgores, a los hechos políticos y sociales de su tiempo. El periodista, el hombre, en transformación, desplazándose: viaja a Costa Rica y a Vietnam.

En la selva de Costa Rica cubre, durante dos meses, la búsqueda del avión TC-48 de la Fuerza Aérea Argentina.

Vietnam, en este segundo movimiento, el del proceso de producción, será significativo. Walker parte rumbo a Vietnam tras los pasos de un colega del diario La Nación. La búsqueda es la línea de fuerza que atraviesa el cuerpo y el alma de Enrique “Jarito” Walker. El periodista desaparecido en Vietnam se apellida Ezcurra, y mientras Walker rastrea datos va registrando emociones y pensamientos.

Cita de un fragmento de “Decíamos ayer”, de Eduardo Blaustein:

“Según testimonios de quienes lo conocieron, algunos de los viajes que realizó por Latinoamérica lo conmovieron hondamente y de acuerdo con el relato de su madre la experiencia que de verdad lo transformó la sufrió en Vietnam, a donde partió tras los pasos de su colega de La Nación, Ignacio Ezcurra, quien había desaparecido en el escenario de la guerra sin dejar rastro…”.

Analogías:

Rodolfo Walsh y Operación Masacre.
Jorge Ricardo Masetti y su viaje a Cuba, tras un reportaje a Fidel Castro.
Enrique Walker y sus crónicas sobre la guerra de Vietnam.
El productor relacionándose, externa e internamente, con la producción.
Adentro y afuera.
El sujeto que moviliza la investigación, y la producción que conmueve y transforma al sujeto con destino hacia la militancia revolucionaria.

Periodista, rugbier y montonero: la increíble vida de Jarito Walker y su desaparición en una cita envenenada

Fue uno de los integrantes del staff inicial de la revista Gente. Escribió sobre el Mayo Francés, fue a Vietnam tras las huellas de otro periodista desaparecido, Ignacio Ezcurra, y cubrió El Cordobazo. Allí comenzó otra etapa, en la que combinó el periodismo con su militancia en Montoneros hasta su desaparición el 17 de julio de 1976, cuando cayó en una trampa en el cine Moreno

(Gentileza de Carola Ochoa)(Gentileza de Carola Ochoa)

 

En la tarde gris del sábado 17 de julio de 1976, Enrique ‘Jarito’ Walker se subió al colectivo que tomaba por la avenida Rivadavia para ir al cine. Iba solo, rumiando las vidas que le habían tocado en suerte en sus jóvenes 34 años. Cuando el bondi llegó a la altura del 5000 de la avenida más larga del mundo, Walker se bajó y caminó. La película, Ultraje a la inocencia, empezaba a las 19.30 y no la había elegido él.

El paso atlético del rugbier que había sido no estaba despojado de temor y adrenalina: esa breve caminata hasta el cine Moreno podía ser la última de su vida libre. Lo sabía, porque la organización Montoneros estaba muy golpeada y tanto las infiltraciones como las torturas permitían que los grupos de tareas de la dictadura llegaran a todos lados. Incluso a la función de esa comedia dramática que se exhibía en el populoso barrio de Caballito.

El temor de Enrique estaba fundado: había perdido contacto con su organización y confiaba que por el sistema de mensajería telefónica con que contaban los Montoneros podía recuperar una cita para retomar sus actividades de militancia clandestina. Hacía un par de semanas que no tenía novedades hasta que ese innovador sistema de comunicaciones le dio coordenadas. Había recibido la instrucción de encontrarse con una mujer que actuaba como enlace dentro del cine Moreno. Pero fue una ratonera, una trampa sin escape. Ella había caído en manos de la represión días atrás.

Walker miró los alrededores del cine, hizo la cola en la boletería, sacó la entrada, se ubicó en una butaca, se apagaron las luces y empezó la función. Sin embargo, en unos instantes, cortaron la proyección, la sala se iluminó y entraron varios hombres a los gritos con armas en las manos.

El fornido y atlético Jarito dio unas zancadas hasta la pantalla donde enfocaba el proyector, pegó un salto y gritó “¡soy Enrique Walker! ¡Llamen a los diarios… me secuestran!”. La banda sonora se había enmudecido. La banda armada salió disparada hasta el escenario. Jarito volvió a gritar “¡Soy Enrique Walker! ¡Llamen a los diarios… me secuestran!”.

Aunque por entonces la prensa solía silenciar noticias de detenciones clandestinas contra militantes clandestinos, La Nación del domingo 18 de julio daba detalles precisos: en la avenida Rivadavia se habían detenido una furgoneta Ford blanca patente D171622 y un Ford Falcon metalizado sin patente. La nota indicaba que habían subido a la fuerza a un hombre a la camioneta. Añadía que en la comisaría 12 había quedado radicada la denuncia. El martes 20, La Opinión publicó que ese hombre era Enrique Walker. Lo propio hizo el Buenos Aires Herald. En las redacciones, radios y canales, cientos de periodistas se estremecieron.

Al menos una persona se había presentado en la comisaría cercana al cine Moreno y habría referido el nombre de la persona llevada a la fuerza.

El periodismo y el trampolín a la militancia

Once años atrás, el Inglés, Jarito, el ex jugador de la primera división de rugby de Pueyrredón, el que integró el primer staff de la revista Gente, el enviado especial a San José de Costa Rica, a Moscú, a Saigón, para contar “con ojos argentinos” sucesos de alto impacto, ese periodista con flema inglesa y garra de militante era secuestrado. El mismo “Inglés” flemático que cuando fue a cubrir el Cordobazo puso los ojos argentinos para narrar la mayor revuelta popular contra la dictadura de Onganía. Pero en aquella oportunidad los directivos de la revista Gente no compartieron su mirada argentina sobre un hecho autóctono.

Infobae se contactó con su familia más cercana y obtuvo precisiones acerca de cuál fue el conflicto con la dirección de Gente. Junto a la crónica del Cordobazo, Walker contaba con una foto en la que podía identificarse a una persona de las fuerzas de seguridad que tenía su arma reglamentaria y otra –no oficial- que le servía para actuar de francotirador. Dado que la información periodística hacía hincapié en insurgentes que disparaban con rifles desde las terrazas, para Walker era importante que esa fotografía y el relato de esa imagen estuvieran en la nota.

La tapa de la revista Gente con la información del CordobazoLa tapa de la revista Gente con la información del Cordobazo

 

El director de la revista tenía otra mirada. Walker, que por entonces ya era secretario de redacción, se plantó:

-La crónica sale como la escribí, con la foto, o no hay nota sobre el Cordobazo.

La familia de Walker subraya que su compromiso era “con la verdad”.

El artículo salió sin la foto y Walker se fue de Gente por propia voluntad. Unos años antes, la revista Tía Vicenta le contaba a su público la diferencia entre decir rojo y colorado así como la de decir gente o pueblo.

Jarito había adquirido el violento oficio de escribir, tomando la metáfora del descendiente de irlandeses Rodolfo Walsh. Estos cronistas podrían agregar: de escribir sobre una sociedad violenta bajo el imperio de una dictadura.

Las derivas de ese fogueado cronista lo llevaron rápidamente a ejercer el periodismo en espacios de resistencia. Walker tomó partido: periodismo para estar cerca del pueblo, para provocar y promover un cambio. Con el tiempo se encuadró en Montoneros y no dejó de ser un periodista profesional de excelencia.

Cuando "Jarito" Walker todavía figuraba como secretario de redacción de la revistaCuando “Jarito” Walker todavía figuraba como secretario de redacción de la revista

 

Enrique, Harry, Harito, Jarito

No eran una dinastía. Para nada. Pero la tradición de llamar Harry al varón mayor venía de su abuelo y de su padre. Como en 1941 no podía registrarse con un nombre no español, su nombre fue Enrique, una traducción posible de Harry. Su abuelo Harry era ingeniero y había llegado de Inglaterra para trabajar en los ferrocarriles y la construcción de fábricas. Su padre trabajó en otro rubro dominado por capitales ingleses: los frigoríficos.

El abuelo Harry tuvo dos hijos que al cabo de un tiempo partieron a Londres. El varón, también Harry, volvió a la Argentina para hacer el servicio militar y se afincó en Buenos Aires. La colonia inglesa desparramaba deportes en estas latitudes. No sólo fueron los iniciadores del fútbol, convertido en el deporte popular, sino que también tenían sus clubes donde se tomaba algo de té, mucho de scotch, y se practicaba cricket, tenis, golf, hockey y rugby. El segundo Harry se casó con Edith y tuvo dos hijos: el varón, entre sus amigos, fue Harito.

Harry padre se hizo de Independiente, Harito de Boca Juniors.

Harito era rubio, alto y fuerte. Buena carne para el rugby. Empezó en Alumni y poco después pasó a Pueyrredón. Vestía la camiseta 10. Era zurdo y “pateaba bien a los palos”. Además tenía una habilidad notable para pegarle de sobrepique (drop para los rugbiers).

El periodista tuvo su época de rugbierEl periodista tuvo su época de rugbier

 

En 1965, Editorial Atlántida masticaba la idea de un semanario de distribución masiva, un compañero de equipo invitó a Harito a sumarse. Ya tenía 24 años, había cursado estudios en colegios ingleses, era inquieto y lo suficientemente audaz para aceptar el puesto que le tocara en una revista. Enrique Walker participó del número cero de Gente y la actualidad que salió a los kioscos un 29 de julio de ese 1965 con un sonriente Cacho Fontana en la tapa. Pasarían diez años, once meses y doce días hasta que Walker se plantara en el escenario de un cine de Caballito para gritar que lo secuestraban.

Al año siguiente, Jarito se casó con Gelly Rosenberg y en 1967 tuvieron un varón: Enrique Walker.

Saigón, el Mayo francés y Vietnam

En un relato apasionante, la periodista Laura Giussani Constenla –hija de dos periodistas- cuenta las vidas y desapariciones de Ignacio Ezcurra y Jarito Walker: Cazadores de luces y sombras (Edhasa) vio la luz en enero de 2013.

Ezcurra trabajaba en La Nación y era flaco alto y audaz. A fines de abril de 1968, cuando las tropas estadounidenses llevaban tres años queriendo aplastar la resistencia vietnamita, ese flaco tomó su libreta de apuntes, su grabador y su cámara Pentax. Recorrió 17 mil kilómetros para que los lectores argentinos pudieran leer sus crónicas y ver sus fotos. El miércoles 8 de mayo, La Nación tituló “Encarnizada lucha se libró ayer en Saigón”. Casualidades o no, la pequeña hija de Ignacio se llamaba Encarnación. Los rastros de Ezcurra se perdieron en Cholón, un suburbio de la ex Saigón, hoy Ciudad Ho Chi Minh.

La desaparición de Ezcurra llevó a Gente a cubrir la historia. El enviado especial era anunciado en la tapa de la revista con la advertencia de que Walker miraría con “ojos argentinos” lo que había pasado con el cronista de La Nación. Faltaban 2.955 días para que Walker, que viajaba para cubrir la desaparición de un periodista, también se convirtiera en un desaparecido.

Por pura coincidencia, Walker viajó junto a un equipo de Canal 13 encabezado por Andrés Percivale. La travesía aérea requería hacer varias escalas. La primera en París, donde había estallado el Mayo Francés. Los primeros conflictos ocurrieron en la Universidad de Nanterre, al oeste de París. El motivo: la detención de varios estudiantes que integraban un comité de repudio a la presencia de tropas de Estados Unidos en Vietnam desde hacía cinco años y en una escalada cada vez mayor. Luego se sumaron los estudiantes de La Sorbonne, en la capital francesa. Con el correr de las jornadas, se sumaron los obreros de las distintas plantas de Renault, que ocuparon las fábricas.

Con esa música en sus oídos, el enviado especial fue a Saigón a tratar de dar con alguna pista de qué había pasado con Ezcurra y tras escribir algunas crónicas muy sentidas, Walker volvió a la Argentina.

Por pura coincidencia, Walker conoció en el vuelo de regreso a Juan Carlos “Lalo” Alsogaray, quien le contó que los insurrectos habían ocupado el antiguo Pabellón Argentino de la Universidad de París, residencia para algunos estudiantes argentinos. La toma de ese pabellón fue en solidaridad con la rebelión popular y -como sucedió con otros pabellones de países latinoamericanos regidos por dictaduras- en repudio al dictador Juan Carlos Onganía.

Al volver de Vietnam, Enrique Walker se encontró en el avión con Juan Carlos “Lalo” AlsogarayAl volver de Vietnam, Enrique Walker se encontró en el avión con Juan Carlos “Lalo” Alsogaray

Curiosidades de la historia: Jarito y Lalo integraron tiempo después la organización Montoneros. Jarito era secuestrado en Buenos Aires en julio de 1976 mientras que Lalo –hijo del general Julio Alsogaray- había muerto en los montes tucumanos seis meses antes.

Cordobazo

En 1969, con la dictadura de cada vez más atravesada por las protestas, en Córdoba sucedía algo que, salvando las distancias, se emparentaba con el Mayo Francés: un decreto del gobernador provincial restringía derechos de los trabajadores metalúrgicos y mecánicos. A su vez, el clima universitario era de plena ebullición. El Cordobazo fue, al igual que lo sucedido en Francia, una serie de acciones de reclamo y protesta, convocadas por la CGT local que encabezaba Agustín Tosco.

Esta vez, el trayecto de Walker fue breve y alcanzó a registrar aquel levantamiento popular que marcó el principio del fin de los días de Onganía. Como parte de las esquirlas de aquel estallido social, también se convirtió en la última crónica de Walker en Gente. Su artículo sobre el Cordobazo estaba acompañado, tal como se dijo más arriba, de una foto que para Jarito era fundamental y para la dirección no lo era.

Tras la publicación del artículo sin la foto y una cena de camaradería organizada por la propia editorial, Jarito Walker, empezó a vivir la metamorfosis que vivían muchos jóvenes. En apenas un año había visto protestas sociales que hicieron temblar al imponente Charles de Gaulle, había visto a las tropas de los Estados Unidos en un país que resistía una vez más la dominación extranjera y, por último, había tomado dimensión de la espiral de violencia que vivía la sociedad argentina bajo una dictadura.

El Descamisado

Walker tuvo varios medios que lo convocaron y a poco andar decidió emprender un semanario combativo cuyo título lo decía todo: Nuevo Hombre. Allí se dieron cita poetas, dramaturgos, periodistas y abogados que de una u otra manera eran cercanos a las nacientes organizaciones político-militares de origen marxista y peronista. Nombres relevantes como Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Duhalde y Vicente Zito Lema integraban el consejo editorial. El primer número salió el 21 de julio de 1971 y Walker dirigió las primeras 24 ediciones.

Era casi imposible que una revista enemiga del gobierno militar pudiera sostener sus cuentas con lo recaudado en los kioscos y casi sin publicidad. A principios del año entrante, Silvio Frondizi tomó la posta aunque era un secreto a voces que los fondos para Nuevo Hombre procedían del PRT-ERP.

Walker se decidió a caminar por la vereda del peronismo revolucionario y a principios de 1973 ya formaba parte del staff que lanzó El Descamisado, cuya circulación masiva se distanció de toda la prensa partidaria y militante conocida hasta entonces. Bajo la dirección del periodista Ricardo Grassi, El Desca logró convertirse en una de las revistas más vendidas en los efervescentes años de la “Juventud Maravillosa”. Al fervor de la militancia del peronismo revolucionario le sumó una alta calidad gráfica y periodística. Muchas fotos, títulos de impacto, buenos periodistas profesionales y, sin dudas, el impacto social del regreso del peronismo al poder y del propio Juan Perón a la Argentina.

Sin embargo, los conflictos internos del Justicialismo más la propia temprana muerte de Perón el 1 de julio de 1974, hicieron que El Desca fuera clausurado, que saliera luego como El Peronista y, por último, antes del cierre definitivo como La Causa Peronista, poco después de la muerte de Perón.

Walker jugó un papel destacado en el equipo periodístico. Los atentados y amenazas a la revista a la par que los ataques armados de las organizaciones guerrilleras, requerían medidas de seguridad. Resulta muy ilustrativo algo que el propio Ricardo Grassi contó en estos días a uno de los cronistas de esta crónica:

-Yo muchas veces iba en mi Renault 4 con un arma en la cintura o en el sobaco. Y “mi custodia” solían ser el (Juan José) “el Yaya” Ascone y Jarito Walker, que iban en un Citroën 3CV.

Enrique Walker siguió siendo un periodista profesional de excelencia al tiempo que incorporaba los mecanismos de autodefensa propios de Montoneros. Su militancia no fue guerrillera pero no dejó de ser parte de esa organización que volvió a la clandestinidad en septiembre de ese 1974.

Walker se decidió a caminar por la vereda del peronismo revolucionario y a principios de 1973 ya formaba parte del staff que lanzó El Descamisado,Walker se decidió a caminar por la vereda del peronismo revolucionario y a principios de 1973 ya formaba parte del staff que lanzó El Descamisado.

Su familia

Jarito había establecido una relación sentimental con María Elena Medici quien fue secuestrada y llevada a la ESMA en diciembre de 1976, cinco meses después del secuestro del propio Jarito.

El “Yaya” Ascone fue secuestrado en mayo de 1977. Ricardo Grassi para esa época, con documentación fraguada, logró salir de la Argentina.

Gelly Rosenberg, ante el clima que se vivía en la Argentina, con un contrato de trabajo, partió para Chile junto a su hijo Enrique cuando el chico todavía no había cumplido 10 años.

El padre de Jarito, Harry Walker, que había vuelto a la Argentina a hacer el servicio militar a sus 18 años, murió durante la guerra de Malvinas: no pudo entender por qué sus dos patrias estaban en un conflicto armado. Edith, la madre de Jarito, murió en septiembre de 2001.

Gelly vive en Santiago de Chile. Enrique, el hijo de Jarito y Gelly, vivió en Santiago donde se recibió de arquitecto, vivió en Londres, y visita regularmente Santiago de Chile, donde lo agarró la pandemia y allí quedó. Reside en Nueva York y trabaja en la Universidad de Columbia.

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