Ese billete

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Por Teodoro Boot (desde Gualeguaychú)

El General se consolaba con un «Estas lágrimas que produce la emoción demuestran que no las provoca el miedo», y otras bravuconadas por el estilo. Macanas: una cosa no tiene que ver con la otra. Pero suena lindo.
Me consuelo de la misma manera cuando, insólitamente, me echo a lagrimear en los momentos más absurdos. Supongo que se trata en esos casos de algún detalle que dispara una seguidilla de misteriosas e instransferibles asociaciones de ideas.
Hoy seguí, con mucho interés y disfrute, el discurso de Cristina en la presentación del billete de 100 pesos con la imagen de Evita, reproducción casi exacta del legendario billete de cinco pesos confeccionado en 1952, jamás emitido ni puesto en circulación, más bien censurado, por el gobierno peronista y preservado asombrosa, milagrosamente, por un empleado de la Casa de la Moneda, quien luego de 1955 lo escondió detrás de un mueble. «En un embute», se le escapó a Cristina, que trascartón sanateó unos segundos supongo que tratando de diluir la acepción, para algunos jovatos, precisa de la palabra.

La historia del billete, encontrado hace unos pocos años durante una remodelación de la Casa de la Moneda, es más propia de una novela de Marechal que de la vida real. Milagro popular, la llamaría, porque es uno de esos sucesos de maravilla, de magia o de ficción que suelen producir los pueblos. Y digo de Marechal y no de García Márquez, primero porque es nuestro, muy argentino, sencillo y nada fantástico. O fantástico, pero sin adjetivos. Pampeano, magro, como el estilo del General o de Atahualpa, que cada vez se fueron pareciendo más entre sí, tan diferente de la exhuberancia caribeña de Chávez o de Fidel. Y, fundamentalmente, de un perseguido. Porque es el milagro de un perseguido, y eso es muy argentino.

Pero me voy al diablo. Decía que seguí con interés y sumo placer las palabras de Cristina, que consiguió construir un estilo propio y muy peculiar, de monologuista femenina, coloquial y a veces un poco zafado. Y mientras lo seguía me maravillaba del  modo en que Cristina consiguió mandar a la banquina una polémica estúpida, originada en las veleidades de un buen tipo, pero originario de Frankfurt, acerca de la justicia o la injusticia de que un billete lleve la imagen de Roca. Nadie cuestiona en cambio que otros billetes lleven la imagen de Mitre, lo que habilita a sospechar cuánto de porteñismo antinacional puede llegar a haber en esa campaña antiroquista.


Uno, que tiende a entrar como un gil en esas polémicas, se maravilla del modo en que Cristina pasó de Roca (comparando con otros, un poco injustamente) y pasó de las opciones ofrecidas, para proponer o más bien recuperar otro paradigma, el de la justicia social, que en el caso de Evita supone además la reivindicación femenina.

La cosa venía bien. Postergaba la ducha, indispensable con tanto frío para sacarse el chucho, escuchando el soliloquio, el monólogo costumbrista, por momentos humorístico, de Cristina, mientras iba echando leña a la estufa de fierro, en paquete, «salamandra», sobre la que, en una olla, también de fierro pero enlozada, herencia de mi tío Ernesto, se iban salteando los pedazos de pollo, a los que mucho después agregué el arroz. Dos pocillos y medio de arroz, que me acabo de manducar junto a un muslo de pollo. Quedó poco para Lorenzo, que a lengüetazo limpio me ayudó a lavar la olla, y que no se entere Mirta. Después le paso un poco de detergente, y listo. 

Todo venía bien, tranqui, hasta que en el tramo final, como quien diría en los últimos cincuenta metros, Cristina hizo una nueva evocación de Evita y, sorprendentemente, de Perón, y sin que me diera cuenta cómo, me hizo llorar. Todos aplaudían ahí, mientras yo lloraba en la cocina, como un pavote. 

¿Qué centenar de asociaciones habré hecho en esos pocos segundos en que Cristina aludió al encuentro de Evita con un hombre y un pueblo? 

Capaz que fue que las palabras me sonaron tan pero tan de Evita…

Este gobierno podrá no reunir todos los requisitos que uno, atrevidamente, exige. Uno, que presenció, convivió y protagonizó, de una u otra manera, la pulverización de esa «Argentina grande con la que San Martín soñó». Podrá no reunir todos los requisitos, pero que nadie me diga que este gobierno no es peronista.

No sé si eso es bueno o malo, pero con los más y los menos, las broncas y los resentimientos, no imagino nada más peronista que este gobierno. En la realidad efectiva, que es lo que importa,claro, pero últimamente también en las palabras. 

Debe ser malo, pero a mí me gusta.
Adjunto el billete.


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