ESMA: Lita Boitano, de Familiares, acusó a la Iglesia de pasividad y complicidad con el exterminio

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 Pidió la intercesión de capellanes, vicarios, nuncios y hasta del propio Papa 

 
(Por Espacio Memoria y Derechos Humanos).- Ayer declararon Ángela Boitano, madre de dos hijos detenidos-desaparecidos y presidenta de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, y Paulina Lewi, madre y suegra de un matrimonio de detenidos-desaparecidos. Ambos testimonios tuvieron en común tocar un tema de candente actualidad: la complicidad de la Iglesia Católica con la represión, ambas testigos se refirieron a la pasividad del nuncio Pio Laghi, y Lita Boitano también al cinismo del capellán de la Policía Federal y de monseñor Graselli, y hasta al hecho de en el Vaticano el mismísimo Papa Juan Pablo II le dio la espalda a los angustiados reclamos de los familiares de desaparecidos.
Ángela Catalina Paolin de Boitano, “Lita”, se casó a los 20 años y tuvo un hijo varón y estudiante de arquitectura, Miguel Ángel, que fue secuestrado el 29 de mayo, y una hija mujer, Adriana Silvia, desaparecida un año más tarde.

“Cuando secuestraron a mis hijos estaba sola, vivía sola, mi marido había muerto. Yo crecí con mis hijos durante todos esos años”, comenzó diciendo. “El último día que vi a mi hijo fue el 28 de mayo, vino a casa, se bañó y se fue para la casa de la novia. El 29 lo pasé en lo de mi primo y cuando volví a casa me llamó Cristina, [la esposa de Roberto Horacio Aravena Tamasi] a quien yo no conocía, y me preguntó si Miguel Ángel había vuelto a casa…”.

Cristina le comentó que ambos habían salido juntos de la casa de los padres de Roberto: “Roberto y Miguel Ángel desaparecieron juntos, probablemente en las inmediaciones de Ugarte y Panamericana, cerca de la casa de los padres de Roberto”, aclaró Lita. Al rato, siguió diciendo, la llamó la novia de Miguel Ángel, María Rosa, para preguntarle si tenía noticias.

Lita dijo que se fue con ella y que le pidió ” a la mamá de María Rosa que fuera a mi casa y tocara el timbre, que si no atendía nadie tocara el timbre de unos vecinos con los cuales teníamos relación” y que fue así, porque no volvió, que confirmó que a Miguel Ángel lo habían secuestrado”.

La mamá de su vecina María Esther le dijo que a las 6 de la mañana una patota se había llevado a su hija y al yerno. Oyros vecinos le dirían después que quienes se los llevaron encapuchados  les dijeron que Miguel Ángel era “un terrorista metebombas” y que además les dijeron que nos tenían secuestrados a mi hijo y a mi.

Tres días después del secuestro allanaron su domicilio, puntualizó.

“Mi hijo militaba en la Juventud Universitaria Peronista”, agregó. “Al día siguiente nos comentaron que también habían secuestrado a Alejandro Calabria y Enrique Tapia, y a una chica que luego fue liberada. Esta chica fue la que lo vio a Miguel Ángel en la ESMA”, refirió.

“Tres días después del secuestro lo llamé a mi primo Ángel Lionel Martin, que era contraalmirante y estaba en Bahía Blanca. A los dos días estaba en Buenos Aires. Le pedí que haga algo por Miguel Ángel. Él me prometió hacer lo posible. Siempre le creí a mi primo”, dijo.

También contó Lita que una semana después del secuestro dos o tres personas de civil ingresaron a la casa de su prima, donde estaban pernoctando con María Rosa, y le preguntaron sobre las dos personas que estaban viviendo con ellos. “Con todo el dolor del alma las estamos teniendo acá porque mi prima está desesperada”, les dijo su prima.Estas visitas se repitieron durante varios meses.

La Iglesia

“Hice la denuncia en la comisaría 19 y después la fui a hacer al Departamento Central de Policía. Antes pasé por la iglesia italiana y el párroco me acompañó. Allí hablamos con el capellán policial que me dijo: ‘Señora, no se haga problema:  seguro que se fue con una chica’”.

Por recomendación de Catalina Lugones, madre de César Lugones, aún desaparecido, Lita se acercó a Monseñor Emilio Graselli (secretario privado del vicario castrense, Monseñor Adolfo S. Tórtolo) que estaba en la capilla Stella Maris, del obispado castrense. “Mi primo me aconsejó que le dijera que era su prima y que le preguntara si no podrían ser los mismos compañeros los que se los llevaron: ‘Pero señora, dígale a su primo que fueron los militares’, me dijo Graselli”.

En agosto, relató Lita, su cuñada recibió un llamado para que se presentara. “Cuando fui había otras madres. Cada una que salía, lloraba. Graselli me muestra dos cuadernos: ‘¿En qué libro estará su hijo, en el de los vivos o en el de los muertos?’. Se fija y me dice: ‘Yo le diría, señora, que no lo busque más’”.

“No creo que nadie, ningún familiar, haya dejado de mandar su denuncia al Vaticano, fuera de la religión que fuera”, comentó.

En 1079, Lita fue elegida por Familiares para viajar a la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla. Contó que el Papa Juan Pablo II no recibió a ninguno de los organismos pero tuvieron entrevistas con todos los prelados que estaban ahí. También pudieron conseguir una entrevista con el cardenal Pío Laghi, nuncio (embajador) del Vaticano en la Argentina entre 1976 y 1980.

“Éramos cinco madres con hijos desaparecidos desde 1976 y le dijimos: ‘hace tres años que no sabemos nada de nuestros hijos’ y él nos contestó: ‘Claro, tres años es mucho tiempo y si están muy torturados los militares no los van a dejar en libertad’”.

Estando en Puebla, sus propios padres le aconsejaron a Lita que no volviera al país. Les hizo caso y pidiendo ayuda logró llegar a Bélgica, dónde “me dijeron que el Papa era el único que podía hacer algo por nuestros hijos”. Por este motivo, viajó a Roma donde “nos colamos entre la gente y le dijimos a Juan Pablo II que éramos madres de desaparecidos. Él nos preguntó si los desaparecidos eran muchos y nosotras le contestamos que ellos ya habían recibido muchas denuncias, que se fijara y le pedimos una entrevista. Tres días después nos comunicaron que no  nos la darían”.

“Siempre pensé que el Vaticano tenía el archivo más completo de los desaparecidos dado que todos enviamos allí las denuncias”, aclaró Lita y pidió “que recibamos una autocrítica de la jerarquía eclesiástica de la Iglesia Argentina. Todavía la estamos esperando”.

Familiares

En enero de 1977 tuvo una reunión en la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. Se había destinado una sala para los familiares de desaparecidos. Allí Lita firmó su primer hábeas corpus. “A partir de ahí empecé a tener presencia en el organismo, que todavía no era tal. Solamente queríamos hacer cosas útiles para nuestros hijos”, describió los albaros fundacionales de Familiares.

“El 24 de abril la secuestraron a Adriana. Yo vi cuando se la llevaron. Ahí quedé sola para luchar por mis dos hijos. Todo el miedo, la tensión, desaparecieron. La entrega fue total porque ya me habían sacado todo, por lo tanto la lucha tenía que ser para mis hijos y para el resto. Vivíamos el dolor y la angustia de los nuestros y de los otros. Dejé el trabajo y volví a la casa de mis padres”, narró. Lita puntualizó que dos días después del secuestro de su hija secuestraron a su sobrino Guillermo Carlos Boitano.

“Familiares fue para mí y para muchos una nueva familia. La potencia nos la íbamos transmitiendo entre nosotros”, aseveró. “Solo necesitábamos nuestras piernas para caminar y hacer”.

“También luchamos muchísimo por todos los presos políticos. Desde Familiares hicimos todo lo que pudimos. Toda la ayuda económica que conseguíamos iba para los presos y sus familias, dijo Lita.

El sargento Ruiz

El sargento Ricardo Ruiz pertenecía al Regimiento I de Infantería de Palermo “Patricios”. Lita contó que daba información sobre los desaparecidos a cambio de dinero. Cuando ella se contactó “me entregó una hoja donde a Miguel Ángel lo ubican en el grupo de César Lugones y luego, una parte novelada donde, por ejemplo, decía: ‘Está contento porque su mamá lo está buscando’ y hasta había otro texto que sugería que si seguíamos pagando no lo trasladarían. Fue tanta la gente que iba a verlo que lo sacaron del Regimiento y lo veíamos en el Sindicato de Alimentación de la calle Salta. Pero un día se esfumó”.

“Agradezco a Dios tener salud para poder presenciar estos momentos tan importantes y agradezco a todos los sobrevivientes. Los HIJOS, todos, que para mí son como mis nietos, y que además se juntan en Familiares, son el empujón que a mí me hacía falta para poder estar acá. Aunque no tengo tantas pruebas para defender a Miguel Ángel, esto se lo debo a mi hijo y a Adriana y pido salud para estar viva en estos días que para nosotros son fundamentales. Nosotras somos madres como cualquier otra madre, que todo lo que hicimos y hacemos lo quie hacemos por ellos y porque ellos luchaban por lo mismo por lo que están luchando los jóvenes ahora”, dijo Lita.

“Agradezco poder estar acá en este momento muy importante para mí. Creo que Miguel Ángel estaría contento de que su madre todavía esté hablando de él, espero poder hacerlo por Adriana, también. Lo hago por los 30 mil desparecidos, por los más de 10 mil presos, por los cientos de asesinados, por los abogados, por mis compañeros. Espero que se haga justicia”, agregó.

Archivos

Lita Boitano dijo que todavñia debe haber archivos secretos en poder de las Fuerzas Armadas.

“Estamos acá para hacer memoria, para hacer justicia están ustedes”, le dijo a los miembros del tribunal. “Pero la verdad todavía no la tenemos, ningún juicio nos la dio. Como decía Emilio Mignone, las Fuerzas Armadas jamás van a destruir las pruebas de una guerra que ellos consideraron ganada. Por eso, creo yo, es necesario que abran sus archivos. Espero que se haga justicia”, finalizó, mientras el público la aplaudía.

“Todo lo que sé, lo diré”

Así juró Paulina Lewi, madre de Jorge Claudio Lewi, desaparecido junto con su esposa, Ana María Sonder. “Claudio era brillante, estudiaba Bioquímica, y Ana María una excelente persona”, dijo y añadió: “En esa época fui cobarde porque eludía saber y no pude saber muchas cosas”.

“Entre uno y dos meses antes del secuestro de Claudio, gente con uniformes militares verdes allanó mi casa buscándolo y rompió todo, robaron todo lo que pudieron y a mi esposo lo llevaron a otra habitación y lo maltrataron. A mi me dejaron en el comedor, me lastimaron el brazo y me pusieron una venda en los ojos. Uno de ellos prendió fuego la venda. Otro que estaba ahí le preguntó qué estaba haciendo y el que la había prendido le dijo: ‘¿Qué te parece? ¡dos judíos menos!’. Cuando la apagó yo ya no tenía pestañas. Estuvieron desde las 10 de la noche hasta las 6 de la mañana. A mi esposo se lo llevaron al [centro clandestino] Club Atlético y lo devolvieron con una infección en la cara”, declaró.

El Olimpo

“Después supimos que se habían llevado a mi hijo y a su esposa al [centro clandestino] Olimpo. Una sobreviviente, Graciela Trotta, consiguió mi número de teléfono y me llamó, había estado en la enfermería con Claudio, quería contarme lo que le hicieron, pero yo no quería saber. Mi esposo, César, se juntó con ella. Ahora me parece una cobardía, pero qué ganaba yo con saber todo lo que le hicieron. Lo peor que le puede pasar a una madre es perder a un hijo”, comentó.

“Nos dijeron que alguien que había estado en la celda de al lado de Claudio vivía en Tandil. Mi esposo y yo nos fuimos para allá. Tanto Trotta como ellos nos dijeron que del Olimpo se los llevaron el 24 de diciembre”, relató.

El secuestro

A Claudio y Ana María “se los llevaron el 8 de octubre de 1978, con la nena, que en ese momento tenía un año y medio. A mi esposo, los vecinos le contaron que habían venido muchos coches y que mi nuera no quiso dejar a la chiquita con los vecinos. Era chiquita, pero hablaba y se agarraba a las paredes del auto”, relató Paulina sobre el secuestro.

“El 10 de diciembre los padres de Ana María nos invitaron a su casa. Recién ese día nos dijeron, un mes después, que se los habían llevado”, Paulina había contado que ellos los llamaban seguido para ver si tenían novedades de los chicos. “Dos días después del secuestro les llevaron a la nena, con la foto de mi hijo en la ropa. También vieron que en el auto había más bebés”, continuó. “Mi esposo y yo estábamos enojadísimos. En ese momento, por la patria potestad, nos hubiera tocado a nosotros la tenencia de la nena, pero no quisimos hacer nada porque ya le habían quitado a los padres, no queríamos quitarle a sus abuelos”, dijo.

La ESMA

“Un amigo de mi cuñada nos envió una lista donde aparecían los nombres de ellos y al lado decía ‘trasladados a la ESMA’, en inglés o francés, no recuerdo”, contó Paulina. Agregó que una vez llamaron a su casa, primero habló un militar que les dijo que le iban a hablar los chicos. Después hablaron ellos. Esto fue el 24 de diciembre.

Segundo allanamiento

“Vinieron de nuevo a mi casa y yo no quería que se llevaran de nuevo a mi marido. El militar me dice: ‘Señora, ¿quiere venir usted también?’. Mi marido me dijo que me quedara. A él le pusieron un número y le dijeron que se olvidara de su nombre. Luego supo que quien tenía el número siguiente era el hermano de Ana María, Juan Carlos Sonder. Esta vez lo dejaron ir por plata. ‘Usted tiene plata, ¿cuánto nos puede dar?’, le dijeron”. Una vez libre, siguió diciendo Paulina, su marido fue a ver al nuncio Pío Laghi para interesarse por la suerte de su hijo y de su nuera. Días después el nuncio les mandó una nota en la que decía que no podía hacer nada.

“Los tiraron al río”

“Yo conocía una persona cuyo marido trabajaba en EnTel, en un puesto alto y ella y su marido iban a fiestas organizadas por los militares. Yo le pedí que averiguara y ella me dijo, un par de días después: ‘no se puede hacer nada porque los tiraron al río’”, relató.

“Yo, en mi cobardía, me arrepentí hasta de haberlo preguntado. Hoy me arrepiento de no haber preguntado más. El sobrevivir para mí no tiene ninguna importancia, a mi me importa mi nieta que ha perdido a sus padres de tan chiquita. Quiero que la vida le devuelva todo lo que le quitó, es algo que siempre pido”.

“Yo quiero que haya justicia, es lo único que pedimos. Devolvernos no nos van a devolver a quienes queríamos”, aseguró Paulina.


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