Formateados por los medios

Sociedad del espectáculo

La sensación de culpa, minuto a minuto

Por Enrique Martínez Presidente del INTI / Tiempo Argentino

El sistema se auto perpetúa cuando consigue que nos ocupemos deportivamente de las singularidades y que nos asustemos y en consecuencia pongamos a un costado los problemas estructurales.


Secuestran y matan a una chica de once años. Hace dos semanas que la principal preocupación es definir cuánta culpa tiene el gobierno o la policía. No hay tanta ansiedad por encontrar a los culpables, en realidad, sino en demostrar que los detenidos son perejiles, o cosa así.


Hay un accidente ferroviario grave o una definición judicial poco creíble en una acusación contra un ex presidente inepto y farandulero. Otra vez, buena parte de la atención se la lleva buscar si hay responsabilidades que asignar a algún gobierno o cuál es la jurisdicción del hecho, para seguir después de largo, tratando de entender cuáles son las cosas que no se hicieron, que hubieran evitado el drama o el problema.


Resulta notable una reacción casi espontánea y al unísono de muchos medios periodísticos – en coincidencia con un sentir popular que no sabría decir si es hegemónico, pero seguro es importante– que busca la culpa institucional de aquello que se sale de la rutina, del marco. Hay una suerte de escenario estable y todo aquello que lo perturbe necesita un responsable, que no puede ser ni el azar ni conductas individuales anómalas. Esencialmente, se espera que sea algún gobierno o alguna institución la que falló. Hasta la eliminación prematura en un campeonato internacional de fútbol necesita tener como fundamento una mala –maliciosa, en realidad– elección del entrenador. No admitimos como simple explicación que los otros jugaron mejor.


Ahora bien, eso sucede con lo que sale de la rutina. No sucede con lo que está mal o es injusto.


La Ciudad de Buenos Aires puede tener personas durmiendo en cada atrio de una iglesia o en cada umbral de una oficina pública. Seguramente nos parece penoso, pero en rigor, la gran mayoría seguimos de largo a nuestras cosas.


Nos pueden mostrar niños famélicos de alguna comunidad indígena; pueblos sin agua para personas o animales; trabajadores golondrinas durmiendo como en una estantería; obreros deshidratados secando yerba mate sobre el fuego; y más, y más.


Seguramente nos hiere, nos parece injusto, indigno, el calificativo que sea. Pero en estos casos, nos ocupamos solo un rato de asignar culpas institucionales precisas.


En definitiva, es seguro que la tienen “los gobiernos”, los pasados, presentes y los que vendrán. Porque nuestra sensación dominante suele ser de miedo a pasar alguna vez por una situación similar. No queremos ni toleramos la idea de ser pobres. Menos que menos pobres extremos. La mejor manera de liberarnos de esa angustiante sensación, de ese temor profundo, es en parte olvidarnos y en parte pensar que en definitiva la culpa –eso que inexorablemente debemos asignar– en estos casos la tienen los propios pobres.


En verdad, con todas las oportunidades que la vida brinda, por más dura que sea, el que no las aprovecha debe ser por vago o por enfermo o por bruto. ¿Qué puede hacer uno para corregir eso? Seguramente, nada.


Estudiar en detalle si en el accidente ferroviario la barrera estaba totalmente levantada o a medias; si el chofer estaría presionado por sus patrones; si el gobierno de la Ciudad se demoró en hacer pasos bajo nivel o el gobierno nacional hizo lo propio con una máquina para bajar toda la línea ferroviaria; eso nos puede llevar horas de apasionada tertulia. Como conclusión partiremos con nuestra propia lista de culpables, con todo detalle.
Conocer en cambio por qué razón algunos miles de personas duermen a la intemperie y cómo se puede evitar, es problema de otro.


Entender cuáles son las soluciones para las comunidades hambrientas o sin agua o sin caminos o que deben migrar para trabajar, es seguramente complejo, más allá de mi capacidad de comprensión, y por otro lado, ¿por qué toda esa gente no se ocupa de resolver su problema por sí misma o reclamándole al Estado?


Esa es la regla. El sistema se auto perpetúa cuando consigue que nos ocupemos deportivamente de las singularidades y que nos asustemos y en consecuencia pongamos a un costado los problemas estructurales.


Los criminales, los accidentes, los delincuentes de guante blanco, sobre todo cuando no son castigados, ocupan nuestra atención excluyente.


La pobreza, la ausencia de infraestructura, las adversidades geográficas o climáticas, los efectos de la acción de las grandes corporaciones –sobre todo cuando son extranjeras– nunca alcanzan a recibir nuestra atención sistemática, la que llevaría a que pensáramos soluciones; buscáramos estudiosos que se hayan dedicado al tema; difundiríamos sus saberes y sus dudas; sumaríamos a nuestros hijos a estos temas trascendentes; hasta pudiera ser que los resolviéramos. Imagínense: ¡Resolver problemas estructurales!


No, no puede ser, si en realidad pobres hubo siempre, como decía el Turco.


¿Cuántos eran los muertos? ¿Nueve? ¿Once? ¿Y hasta un bebé? Qué terrible… Cuándo harán ese bendito soterrado…


Perdón, ¿qué quiere decir soterrado?

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