GUERRA RUSIA – UCRANIA: La sorprendente profecía de Alexandr Dugin

Hace mucho que tengo conocimiento de la existencia del filósofo Alexandr Dugin pero admito que jamás me lo tomé en serio. No porque los principales medios de occidente lo estigmatizaran como una reencarnación de Rasputín, una tontería, sino porque sus invectivas me parecían –y aún en importante medida me parecen– oscuras, esencialistas, cuando no metafísicas y francamente reaccionarias. Sin embargo, la exhumación de un texto suyo de hace ocho años (escrito poco después de un golpe de estado “blando” que triunfó luego de que francotiradores mataran por igual a manifestantes y policías con el obvio fin de pudrir lo que hasta entonces habían sido manifestaciones pacíficas en la Plaza de Maidan con el desembozado apoyo de Estados Unidos y otras potencias occidentales), texto que profetizó que, sometida Rusia a un cerco inexorable, una guerra en Ucrania era inevitable, me ha dejado, lo confieso, tan impresionado como obligado a prestarle atención. Y más porque dicho texto me llegó a través de un alto oficial retirado del Ejército, un hombre de indudable prosapia nacionalista.

Me apresuro a compartirlo con los lectores. Como yapa y para ponerlo en contexto, publico seguidamente un análisis que sobre el pensamiento de Dugin ha escrito Dante Augusto Palma, que parece haberlo leído con mucha atención. Y, por fin pero no menos importante, lo que dijo Dugin una vez que las tropas rusas ingresaron a Ucrania: “Es una confrontación integral con el globalismo de la elite liberal atlantista”.

Pensar geopolítica por fuera del occidentalismo liberal de la OTAN

 

 

POR MARCOS DOMÍNGUEZ

¿Cómo puede un texto de un filósofo ruso que data de 2014 ayudarnos a repensar, desde las latitudes de occidente, el conflicto militar entre Rusia y Ucrania?. Este es un texto de consulta permanente para este escriba. Porque desde este espacio, no pensamos la geopolítica en términos de «buenos Vs. malos». La geopolítica no es un Western de Clint Eastwood, aunque las corporaciones mediáticas financiadas por la OTAN parecen imponer esto como la única interpretación posible.

Vemos el desfile del mensaje monocorde de conservadores y progresistas, pero poco se habla de que Rusia tiene gas, muchos gas, tanto como para abastecer a casi la mitad de Europa. Tampoco se habla de que, después de Arabia Saudita (socio de EEUU), Rusia es el segundo exportador de petróleo del mundo.

La pregunta es, entonces: ¿cómo podrían EEUU y sus socios en la OTAN «reemplazar» a Rusia en este negocio, con una zona totalmente habitada por conflictos de toda índole, sin polarizar geopolíticamente con lo que denomina «expansionismo» ruso?, ¿Tiene la OTAN la necesidad de un enemigo?.

La pregunta de cómo afectará esto a nuestra Argentina no será contestada en este texto, pero si servirá como introducción para «ver la cancha completa» a la hora de evaluar las consecuencias de este conflicto.

La guerra contra Rusia en su dimensión ideológica

La guerra contra Rusia es por ahora el tema más discutido en Occidente. Todavía es solo una hipótesis y una posibilidad. Puede dar la vuelta a la realidad en función de las decisiones que se adopten por todas las partes involucradas: Ucrania – Moscú, Washington, Bruselas.

No quiero discutir aquí todos los aspectos y toda la historia de este conflicto. Propongo en cambio un análisis de sus profundas raíces ideológicas. Mi visión de los principales acontecimientos se basa en la Cuarta Teoría Política cuyos principios he descrito en mi libro homónimo aparecido en inglés en Arktos Editorial hace unos cuantos años.

Así que no voy a estudiar la guerra de Occidente con Rusia ni a evaluar sus riesgos, peligros, problemas, costos o consecuencias, pero sí analizaré el significado ideológico de ella a escala global. Voy a pensar en el sentido de dicha guerra hipotéticamente y no en la propia guerra (real o virtual).

Esencia del liberalismo

En el Occidente moderno hay un fallo ideológico dominante -el liberalismo. Se manifiesta bajo muchos tipos, versiones y formas, muchas sombras, pero la esencia es siempre la misma. El liberalismo tiene en sí una estructura fundamental interna siguiendo sus principios axiomáticos:

-El individualismo antropológico (el individuo es la medida de todas las cosas);

-El progresismo (el mundo va hacia un mejor futuro, el pasado es siempre peor que el presente);

-La tecnocracia (el desarrollo técnico y el rendimiento productivo efectivo se toman como la manera más idónea para juzgar la naturaleza de la sociedad);

-El eurocentrismo (sociedades euro-americanas que se aceptan como el estándar o paradigma de medición para el resto de la humanidad);

-La economía es el destino (la economía de libre mercado es el único sistema económico posible);

-La democracia es el gobierno de las minorías (que se defienden contra las mayorías siempre propensas a degenerar en totalitarismos: el «populismo»);

-La clase media es el único y verdadero actor social existente y la norma universal (independientemente del hecho de que la persona ya haya llegado a este estado o esté en camino a convertirse en verdadera clase media);

-Un mundo, el globalismo (el ser humano es esencialmente el mismo con sólo una distinción -una persona- el mundo debería estar integrado sobre la base individual, el cosmopolitismo – la ciudadanía mundial).

Se trata de los valores fundamentales del liberalismo que fue la manifestación de una de las tres tendencias que originó la Ilustración, junto con el comunismo y el fascismo, y que ha propuesto interpretaciones alternativas del espíritu mismo de la Modernidad.

Durante el siglo XX el liberalismo ha ganado a sus rivales y después de 1991 se ha convertido en la única ideología dominante a escala mundial.

La única libertad de elección en el reino del liberalismo global es entre el liberalismo derecha, la izquierda o el liberalismo radical, incluyendo el liberalismo ultraderechista, el liberalismo ultra izquierdista y el liberalismo ultraradical. Así que el liberalismo se ha instalado como sistema operativo de las sociedades occidentales y el resto de las sociedades que hoy se encuentran en la zona de influencia occidental. Es a partir de cierto momento el denominador común de todo discurso políticamente correcto, la marca de los aceptados por la política convencional, o bien rechazados y puestos en la marginalidad. La propia sabiduría convencional se convirtió en liberal.

El liberalismo geopolítico fue inscrito en el modelo centrado en EE.UU. donde los anglosajones eran el núcleo étnico y atlantista; la coalición euro-estadounidense, la OTAN, representaban el núcleo estratégico del sistema de seguridad del mundo. La seguridad mundial se igualó con la seguridad de Occidente y, en última instancia, con la seguridad estadounidense. Así que el liberalismo no es sólo poder ideológico, sino también poder político, militar y estratégico. La OTAN es liberal en sus raíces. Defiende las sociedades liberales, la lucha por el liberalismo.

El liberalismo como nihilismo

Hay un punto en la ideología liberal que es responsable de su crisis actual. En su médula, el liberalismo es profundamente nihilista. El conjunto de valores que defiende está esencialmente ligado a la tesis principal: la libertad, la liberación. Pero la libertad en la visión liberal es esencialmente una categoría negativa: se dicen «ser libre de…» (John Stuart Mill), por no «ser libres para…». No es una teoría secundaria, es la esencia del problema.

El liberalismo es la lucha contra todas las formas de identidad colectiva, en contra de todo tipo de valores, proyectos, estrategias, objetivos, fines y así sucesivamente todo lo que sería colectivo, por lo menos no individualista. Esa es la razón por la cual uno de los más importantes teóricos del liberalismo Karl Popper (siguiendo a F. Hayek) definió en su importante libro «La sociedad abierta y sus enemigos» (considerado por G. Soros como su Biblia personal) y afirmó que los liberales deberían luchar contra cualquier ideología o filosofía política (desde Platón y Aristóteles hasta Hegel y Marx) que proponga a la sociedad humana alguna meta común, valores comunes, sentido común.

Cualquier meta, cualquier valor, algún significado en la sociedad liberal (sociedad por acciones) debe ser estrictamente individual. Así que los enemigos de la sociedad abierta (después de 1991 la sociedad occidental actual y la norma global para el resto del mundo se considera que es precisamente este modelo liberal de «sociedad abierta») son el comunismo y el fascismo (tanto las cuestiones de la misma filosofía de la Ilustración con conceptos no individuales centrales -de «clase social» en el marxismo, la «raza» en el nacional-socialismo, el «Estado nacional» en el fascismo).

Así que el sentido de la lucha del liberalismo frente a la alternativa moderna existente (el fascismo o el comunismo) es bastante obvio. Los liberales pretenden liberar a la sociedad del fascismo y del comunismo, de dos importantes versiones modernas (explícitamente no individualistas) del totalitarismo. La lucha del liberalismo en el proceso de la liquidación de las sociedades no liberales es bastante significativa: adquiere su significado por el hecho de la existencia misma de las ideologías que se niegan explícitamente a aceptar al individuo como el valor más alto. Está bastante clara la antítesis contra la que se enfoca la lucha. La liberación de lo que está dirigido. Pero el hecho de que la libertad (concebida a la manera de los liberales) sea esencialmente una categoría negativa no se percibe claramente aquí. El enemigo está aquí y está concretado. Ese hecho le confiere al liberalismo contenido concreto. No hay sociedad abierta y su existencia de hecho es suficiente para justificar el proceso de liberación.

Período Unipolar: amenaza de implosión

En 1991, cuando la URSS, el último rival del liberalismo occidental, cayó, algunos occidentales (como F. Fukuyama) proclamaron el fin de la historia. Como es lógico: no había ningún enemigo más explícito de la sociedad abierta  y por lo tanto no hay más historia que la que fue en el curso de la Modernidad, precisamente la lucha entre tres ideologías políticas (el liberalismo, el comunismo y el fascismo), herencias de la Ilustración. Eso fue, estratégicamente hablando, el momento unipolar (Ch. Krauthammer). Este período 1991-2014 -con el punto intermedio del ataque de Ben Laden contra el WTC- fue realmente el período de la dominación mundial del liberalismo. Los axiomas del liberalismo fueron aceptados por los principales actores geopolíticos, incluyendo China (en economía) y Rusia (en la ideología, la economía, el sistema político). Había liberales y los que ya serían liberales, aunque no todavía suficientemente liberales, bastante liberales, liberales-liberales, etc. Las excepciones reales y explícitas eran pocas (Irán, Corea del Norte). Así que el mundo se convirtió en liberal por axiomásis ideológica.

Ese fue precisamente el momento más importante en la historia del liberalismo. Ha derrotado a sus enemigos, pero al mismo tiempo los ha perdido. El liberalismo es esencialmente la liberación, la lucha contra lo que no es liberal (todavía no-liberal o en absoluto liberal). Así que desde el liberalismo los enemigos han adquirido su verdadero significado, su contenido.

Cuando la elección no es la libertad (representada en la sociedad totalitaria) o la libertad que muchos optan: por la libertad que no es, pensando en la libertad «para lo que…», sino en la libertad «de hacer lo que…». Cuando no hay sociedad liberal, el liberalismo es positivo. Comienza a mostrar su esencia negativa sólo después de la victoria.

Después de la victoria de 1991 el liberalismo ha entrado en su fase implosiva. Después de haber derrotado al comunismo, así como había derrotado al fascismo, descansaba en paz. Con ningún enemigo al que combatir. Y ese fue el momento de comenzar su lucha interior, la purga liberal de las sociedades liberales que tratan de acabar con sus últimos elementos no liberales: el sexismo, lo políticamente incorrecto, la desigualdad entre los sexos, cualquier resto de dimensión no individual de instituciones, como el Estado y la Iglesia. Así que el liberalismo necesita enemigos para poder liberar. De lo contrario, pierde su contenido, su nihilismo implícito se vuelve demasiado explícito.

El triunfo absoluto del liberalismo significa su muerte

Ese es el significado ideológico de la crisis financiera de principios de 2000 y de 2008. Los éxitos y no los fracasos de la nueva economía puramente financiera (del turbocapitalismo, según G. Lytwak) son responsables de su colapso. La libertad de hacer lo que quieras (pero sólo en la escala individual) termina por provocar la implosión de la personalidad. El ser humano pasa a la esfera infra- humana, a los dominios sub-individuales. Y aquí se encuentra con la virtualidad. Como sueño sub-individual, la libertad de cualquier cosa. Esa es la evaporación de lo humano. El imperio de la nada como la última palabra de la victoria total del liberalismo. El post-modernismo prepara el terreno para que el post- histórico reciclaje de la humanidad, el auto- referenciado no-sentido.

Occidente y la necesidad de un enemigo

Usted puede preguntarse aquí: ¿pero qué demonios tiene todo esto que ver con (presumiblemente) la próxima guerra con Rusia? Estoy dispuesto a responderlo ahora.

El liberalismo ha ganado a escala global. Es un hecho desde 1991 y ha comenzado de inmediato a implosionar. Se ha llegado al punto terminal y comenzó a liquidarse en sí. La migración masiva, el choque de culturas y civilizaciones, la crisis financiera, el terrorismo virtual, el crecimiento del etnicismo, son marcas suficientes para abordar el caos. Así que este caos pone en peligro el orden. Cualquier tipo de orden, incluido el propio orden liberal. Pero el liberalismo tiene más éxito mientras más se acerca a su fin.

Y al fin del mundo presente. Aquí se trata de la pura esencia nihilista de la filosofía liberal, con la nada como el interior (yo) principio ontológico de frente a la libertad. Arnold Gehlen, antropólogo alemán, define justamente al ser humano como «ser privado»: «Mangelwesen». El hombre en sí mismo no es nada. Lleva todo lo que compone su identidad a partir de la sociedad, la historia, la gente, la política. Así que si él vuelve a su esencia pura puede reconocer allí la nada. El abismo se esconde detrás de los restos fragmentados de los sentimientos, los pensamientos vagos y los deseos oscuros. La virtualidad de las emociones infrahumanas es fino velo detrás de ellas: allí solo hay pura oscuridad. Así descubrimos lo explícito de esta base nihilista de la naturaleza humana que es el último logro del liberalismo. Pero ese es también el final. Y el final para los que utilizan el liberalismo para sus propios fines, que han sido los beneficiarios de la expansión liberal, los amos de la globalización. Cualquier orden cae como tal en pura emergencia nihilista. También para el liberal.

Así que con el fin de mantener en regla a los beneficiarios del liberalismo se necesita un cierto paso atrás. El liberalismo adquirirá su sentido sólo si se trata una vez más con una sociedad no liberal. Un paso atrás es la única manera de salvar los restos del orden, para salvar al liberalismo de sí mismo. Así que la Rusia de Putin, aparece en el horizonte. No antiliberal, no totalitaria, no nacionalista, no comunista. Más bien aún no demasiado liberal, no totalmente liberal demócrata; no es suficientemente cosmopolita, no tan radicalmente anti- comunista.

Pero en el camino de convertirse en liberal. Paso a paso. En el proceso de ajuste gramsciano de la hegemonía, del transformismo.

Pero en la agenda mundial del liberalismo (EE.UU., la OTAN) hay también necesidad de otro actor, de otra Rusia que justifique el Orden en el campo liberal, ayudar a movilizar el oeste que se cae en pedazos por sus problemas internos, dar con la irrupción inevitable del nihilismo interior con cierto retraso y ahorrar así al liberalismo el extremo lógico que se aproxima. Es por eso que tanto necesitan a Putin, a Rusia, a la guerra. Es la única solución para evitar el caos en el oeste y guardar los restos del orden.

Rusia en este juego ideológico debe justificar la existencia misma del liberalismo, porque ese es el enemigo que da sentido a la lucha por la «sociedad abierta», que le ayuda a consolidarse y a continuar afirmándose a nivel mundial.

El islam radical (al- Qaeda) fue otro candidato para este papel, pero como enemigo carecía de la estatura. Fue utilizado, pero a una escala local. Justificó las intervenciones en Afganistán, la ocupación de Irak, ayudó a derrocar a Gadafi, a la guerra civil iniciada en Siria… Pero ya era demasiado débil e ideológicamente primitivo para representar el verdadero desafío que necesitan los liberales.

Rusia, el enemigo geopolítico tradicional de los anglosajones, es mucho más grave como oponente. Se ajusta bien a las demandas: la memoria y la historia de la guerra fría siguen vivas en la mente de la gente. El odio hacia Rusia es algo más fácil de provocar con relativamente pocos medios. Es por eso que creo que la guerra con Rusia es posible. Es necesario ideológicamente como el último medio para retrasar la implosión final del Occidente liberal.

Para mantener el orden liberal

Teniendo en cuenta las diferentes capas de este concepto «guerra con Rusia», sugiero algunos puntos.

La guerra con Rusia ayuda a retrasar el trastorno común de Occidente en una escala global. La mayoría de los países están involucrados en una economía liberal, compartiendo los axiomas y las instituciones de la democracia liberal y están en función de o directamente controladas por los EE.UU. y la OTAN. Se consolidarán una vez más y por más tiempo al lado del Occidente liberal en su enfrentamiento con las fuerzas no-liberales de Putin. Puede servir como reafirmación del liberalismo como identidad positiva cuando esta identidad se disuelve hoy por su esencia nihilista.

La guerra con Rusia fortalecería la OTAN y sobre todo sus partes europeas que estarán obligadas una vez más a considerar a la hiperpotencia estadounidense como algo positivo y útil, y como resto obsoleto de la guerra fría. Ante el temor a los «rusos malos» viene la Unión Europea a sentirse de nuevo fiel a EE.UU., su salvador. Así se reafirmará el papel líder de EE.UU. en la OTAN.

La UE se está cayendo a pedazos. La amenaza común de los rusos podría evitar que hubiera una eventual división y motivaría una movilización de las sociedades donde la gente una vez más ansia defender sus libertades y valores bajo la presión del Imperio de Putin.

Ucrania y Kiev, ambas, necesitan una guerra para justificar y cubrir todas las fechorías realizadas por Maidan en el nivel jurídico y constitucional, para suspender la democracia (que impediría su dominio en el sur-orientales, en su mayoría los distritos pro-rusos) y aplicar la regla y el orden nacionalista por medios adicionales.

El país que no quiere ahora la guerra es Rusia. Sin embargo, Putin no puede dejar un gobierno radicalmente anti-ruso en un país con la mitad de la población rusa y muchas zonas de poblacion pro-rusas. No lo puede hacer ni a nivel internacional ni a nivel nacional. Así que a regañadientes tiene que aceptar la guerra. Y una vez que entre en ella no habrá otra solución para Rusia, sino ganarla.

No me gusta especular sobre los aspectos estratégicos de la Guerra, se lo dejo a otros analistas cualificados. Quisiera formular algunas ideas relativas a la dimensión ideológica de la guerra.

Enmarcando a Putin

El significado de esta guerra para Rusia es el último esfuerzo por salvar el liberalismo de su implosión. Si es así los liberales necesitan definir la Rusia de Putin ideológicamente, obviamente identificándola con el enemigo de la sociedad abierta. Pero en el diccionario de sinónimos de las ideologías modernas sólo hay tres versiones principales: el liberalismo, el comunismo y el fascismo (nazismo). Está bastante claro que el liberalismo está representado por todos excepto por Rusia (EE.UU., la OTAN, Euromaidan, Kiev). Por lo tanto, se apoya en el comunismo y en el fascismo. Así que Putin es soviético, de la KGB comunista. Esta imagen se venderá para el tipo más estúpido del público occidental. Sin embargo, algunos aspectos de la reacción patriótica pro-rusa y de la población contra el Banderismo (defensa de los monumentos de Lenin, Stalin, retratos y recuerdos de la Segunda Guerra Mundial) podrían confirmar esta idea.

El nazismo y el fascismo están demasiado lejos de Putin y de la Rusia moderna, pero el nacionalismo ruso y el imperialismo ruso serán invocados en la construcción de la imagen del «gigantesco mal». Así que Putin es nacionalista, fascista e imperialista. Eso funcionará para el resto de los occidentales. Putin puede ser a la vez  y simultáneamente comunista y bolchevique, por lo que se lo presenta como nacional-bolchevique (pero eso es un poco complicado de vender por completo al ignorante y posmoderno público occidental). Es obvio que en la realidad Putin no es comunista ni fascista, ni una mezcla de ambos. Él es políticamente realista (en el sentido de las relaciones internacionales, es por eso que le gusta a Kissinger y Kissinger a él). No tiene ideología alguna. Pero se verá obligado a adaptarse a un marco ideológico. No es su elección. Esas son las reglas del juego. En el curso de la guerra contra Rusia, Putin será enmarcado y esto hará más interesante y apasionante la situación.

La principal tesis es que los liberales intentarán definir a Putin ideológicamente como una sombra del pasado, como el vampiro que a veces regresa. Esa es la verdadera razón y de paso para evitar que el liberalismo sucumba por una implosión final. El mensaje principal es que el liberalismo está muy vivo y lleno de fuerza, porque hay algo en el mundo de lo que todos debemos estar libres. Rusia va a convertirse en el objeto de liberación. El objetivo es liberar a Ucrania (Europa, la humanidad) de Rusia, y al final liberar a Rusia, liberarla a sí misma de su identidad no liberal. Así que tenemos un enemigo. Tal enemigo da una vez más al liberalismo su razón de ser. Así que Rusia es el desafío del pasado pre-liberal tirado al presente liberal. Sin ese reto no hay más vida para el liberalismo, no más orden en el mundo, todo lo que se está disolviendo e implosionando. Con tal reto el gigante que cae del globalismo adquiere un nuevo vigor.

Rusia está aquí para salvar a los liberales

Pero para hacer esto Rusia debe estar ideológicamente enmarcada como algo pre-liberal. Así que debe ser comunista, fascista o al menos nacional-bolchevique. Esa es la regla ideológica. Así que la lucha contra Rusia sólo será teniendo en cuenta que para luchar o no luchar no hay tarea más profunda que enmarcar a Rusia ideológicamente. Se puede hacer desde adentro y desde afuera. Ellos tratarán de obligar a Rusia a aceptar el comunismo o el nacionalismo o será tratada como si fuera comunista o nacionalista. Se ha enmarcado en el juego.

Lo que propongo como conclusión

Necesitamos luchar conscientemente frente a cualquier tentación de enmarcar a Rusia como potencia pre-liberal. Tenemos que dejar que los liberales no se salven sino que se acerquen fatalmente al final. No tenemos por qué retrasarlo, tenemos que acelerarlo.

Para hacerlo tenemos que presentar a Rusia no como entidad pre-liberal, sino como fuerza revolucionaria post-liberal que lucha por la alternativa de futuro para todas las personas en el planeta. La guerra de Rusia será no para los intereses nacionales de Rusia sino para el mundo multipolar, por la dignidad real y la libertad real positiva -no por la libertad de la libertad. Rusia en esta guerra se convertirá en el ejemplo de la defensa de la tradición, los valores conservadores orgánicos, la verdadera liberación de la sociedad, precisamente, abierta y a sus beneficiarios, no a la oligarquía financiera global. Esta guerra no es contra el ucraniano o de parte de los ucranianos. Tampoco es contra Europa. Es contra el mundo liberal y el (des)orden y no estamos para salvar al liberalismo, sino que vamos a acabar con él de una vez y para siempre. La modernidad era esencialmente mala. Estamos en el punto de la Modernidad terminal. El propio destino de la Modernidad es dejar que se haga inconscientemente lo que significará el final real. Pero para aquellos que están al lado de la verdad eterna de la Tradición, de la fe, de la esencia humana espiritual e inmortal, éste será el nuevo comienzo.

La lucha más importante ahora es la lucha por la Cuarta Teoría Política. Es nuestra arma con la que vamos a evitar enmarcar a Putin como los liberales desean afirmar y a Rusia como el primer poder ideológico post-liberal que lucha contra el liberalismo nihilista por el bien del futuro mundo abierto multipolar y realmente libre.

¿Qué tiene Putin en la cabeza?

 

POR DANTE AUGUSTO PALMA

En los últimos meses, y a partir de una serie de acusaciones que retoman las teorías conspirativas de la denominada “Guerra Fría”, Rusia ha vuelto a estar en el eje de la prensa occidental para ir, de a poco, constituyéndose en uno de los “Cucos” de Occidente. Ya no tenemos a Iván Drago con cara de malo peleando contra Rocky, pero Netflix y HBO hacen su aporte con una profusa cantidad de material propagandístico que estimula las pesadillas de quienes, de este lado del mundo, sobre todas las cosas, sabemos muy poco de lo que sucede y de lo que es Rusia.

En este sentido, antes de brindarles un material que reproduzca prejuicios e ignorancia, propongo aproximarnos a la mirada de alguien que puede ayudarnos a comprender el rol de Rusia y el pensamiento de Putin. Se trata de un autor que ha trascendido los límites de su país a tal punto que ya es posible conseguir parte de su obra traducida al castellano. Me refiero a Aleksandr Dugin.
Con total sensacionalismo, algunos medios presentan a Dugin como “el Rasputín” de Putin y estupideces por el estilo, abonando, una vez más, la fantasía de que detrás de todo siempre hay un hombre malo que, si es ruso y tiene barba larga, debe ser muy malo y debe tramar cosas muy pero muy feas. Pero si pretendemos ser algo más serios digamos que Dugin nació en Moscú, en 1962, posee una vasta formación en disciplinas humanas y sociales que lo ha llevado a publicar enorme cantidad de libros sobre temas diversos y tiene alguna cercanía crítica con Vladimir Putin. En lo que a nosotros concierne, Dugin ha sobresalido por la defensa del “eurasianismo”, su perspectiva de un “mundo multipolar” y por lo que dio en llamar “Cuarta Teoría Política”.

Combinando elementos de dos controvertidos filósofos alemanes como Carl Schmitt y Martin Heidegger, Dugin construye una teoría compleja y abarcativa que se puede leer como una gran crítica al liberalismo universalista desde la perspectiva de las relaciones internacionales y la constitución de la subjetividad.

Para comprender esto comencemos con aquello que Dugin entiende por “Geopolítica” y que en una de las conferencias que diera en la Escuela Superior de Guerra Conjunta de las Fuerzas Armadas en Argentina, publicada dentro de un libro de editorial Nomos titulado Geopolítica existencial. Conferencias en Argentina, ha sido definido así: “Geopolítica es la teoría que mira la estrategia mundial como la concurrencia de dos civilizaciones o de dos grandes espacios: el espacio atlantista y el espacio continental o eurasista”. Esta definición que Dugin adjudica al geopolítico europeo Halford John Mackinder, permitiría repensar la Guerra Fría y también comprender el conflicto actual en el que, caído el comunismo, pareciera no haber razón para la tensión. Así, la Guerra Fría no habría sido una guerra ideológica entre capitalismo y comunismo sino una “guerra entre continentes”, entre espacios civilizacionales, que estaba presente antes de la creación de la URSS y que ha sobrevivido a su desaparición. Es que lo que determina la identidad y las disputas es el territorio, independientemente de las circunstancias que puedan derivar en que esté ocupado por ortodoxos o no ortodoxos, comunistas o liberales, demócratas o zaristas. Este elemento es importante porque, según Dugin, Putin sigue hoy este modelo eurasista.

El libro de donde Dugin abreva es Tierra y mar de Carl Schmitt, siendo “la tierra” lo que caracteriza a la civilización eurasista y el mar lo que caracteriza al occidente liberal globalista. Según Dugin, en el libro de su autoría antes citado: “La tierra, como concepto geopolítico, es la forma de una civilización (…) “Tierra” es un tipo de sociedad (…) Es el paisaje constante, inmutable, inamovible (…) la sociedad que tiene un centro (…) Esta civilización [es] jerárquica, y en el mismo momento, trascendente, religiosa, teniendo un dios eterno como la representación del valor máximo, del valor más alto [para] construir todos los otros valores: el Estado, la familia, la sociedad, la cultura, las jerarquías (…)”.

La civilización de la tierra es una civilización premoderna, estamental y anticapitalista que, según Dugin, a su vez, puede servir para justificar perspectivas continentalistas como aquellas que pretenden afirmar la unidad y autonomía latinoamericana como algo diferente de occidente y del atlantismo que no es otra cosa que la civilización que, en oposición a la de la tierra, estaría emparentada con el mar.

Volviendo a traer a Schmitt, Dugin afirma que la civilización del mar “está basada [en] el cambio (…) El cambio es algo líquido, es el mar. Si la tierra es una constante eternamente idéntica a sí misma, el mar cambia siempre. El mar no puede ser organizado en base a fronteras, porque no es posible trazarlas en él. El mar es universal, está desencarnado. El mar es cambio, es una metáfora del tiempo (…). Sobre el concepto del mar como renovación, progreso, cambio, dinámica, movilidad, se construye la civilización alternativa (…) frente a la civilización de la tierra. El mar es otra manera de escoger (…) el tiempo en lugar de la eternidad, de escoger la igualdad en lugar de la jerarquía, de escoger el progreso en lugar de la tradición, de escoger la ausencia de la jerarquía en contra de esta idea de la verticalidad de la sociedad (…) Es puro capitalismo”.

Dicho esto, es muy interesante observar que la metáfora de “lo líquido” sobre la que tanto ha transitado el sociólogo Zigmunt Bauman para definir a la posmodernidad, tiene antecedentes y que, frente a todas las naturales objeciones o excepciones que el lector pueda realizar, cabe mencionar que el propio Carl Schmitt advierte que esta civilización del mar, atlantista, ha sido hegemonizada por los anglosajones (primero por Londres y luego por Washington). ¿Desde cuándo? Desde que cayó la Gran Armada española, porque tanto los españoles como los portugueses eran civilizaciones “de tierra” tal como demostraron cuando intentaron fomentar este tipo de sociedad en la América del Sur. Pero hoy Occidente está dominado por lo líquido, el único tipo de sociedad donde puede florecer el capitalismo y el liberalismo, y la globalización no es otra cosa que una proyección de la civilización del mar.

Esta afirmación nos permite hacer una breve referencia a lo que Dugin llama “Cuarta Teoría Política”. Es que, para él, la modernidad arrojó tres teorías generales: el liberalismo, el comunismo y diversas formas del nacionalismo (incluye allí también al fascismo). Durante la primera parte del siglo pasado, las primeras dos se unieron para vencer a la tercera. Y luego, en la segunda mitad del mismo siglo, las dos grandes teorías vencedoras se enfrentaron hasta que la caída del muro decretó el triunfo del liberalismo. A partir de allí, esta teoría que originalmente fue revolucionaria, devino totalitaria y la respuesta a ella no puede venir de los simulacros de marxismos y fascismos de la actualidad que, siempre según Dugin, ya no son un peligro para el capital. La salida estaría en una “Cuarta Teoría Política” que no sería ni comunista ni nacionalista y que, a juicio de quien escribe, resulta algo inasible y difícil de precisar. Con todo, podría decirse que para Dugin, el sujeto político de la transformación sería el da-sein heideggeriano arrojado a las determinaciones de su tierra y su civilización como una forma de límite a la pretensión del imperialismo del capital financiero.

Ese sujeto concreto, que en la cerrada terminología heideggeriana es el “ser ahí” “siendo con otros” pensado en el marco de una sociedad jerárquica, es la base desde la cual Dugin arremete contra la perspectiva del “sujeto descarnado” que ofrecería el liberalismo, en una crítica que existe ya desde Hegel y que es sostenida por los neocomunitaristas de la actualidad. En este sentido, Dugin entiende que conceptualmente el liberalismo ha sido una extensa carrera por construir un individuo vaciado sin referencia alguna a las identidades colectivas. De hecho, entiende que el origen del liberalismo es el protestantismo que intentó “liberar” a los individuos de la identidad católica que constituía a Europa; luego seguiría con la creación de los Estados modernos y el nacionalismo, como forma de deshacerse de la identidad vinculada a los imperios pero, una vez que los Estados modernos cumplieron esa función, el liberalismo habría arremetido contra las identidades nacionales en un proceso paulatino cuyo corolario estaría dado por la creación de los Derechos Humanos (es decir, unos derechos inherentes a la humanidad, determinados por encima de las soberanías de los Estados nacionales) y por una serie de instituciones supranacionales. Este triunfo globalizador se profundizó cuando, caído el comunismo, el liberalismo también barría con la identidad de clase y de esa manera, desde mi punto de vista, inauguraba las políticas de las minorías, esto es, identidades colectivas vinculadas a referencias como la etnia o el género. Pero Dugin advierte que el liberalismo también avanzará sobre éstas y que los discursos actuales de la deconstrucción, especialmente vinculados a algunos sectores al interior de lo que se conoce como “nueva ola feminista”, son funcionales al liberalismo en la medida en que poder optar por un género presupondría un individuo abstracto y racional que toma decisiones y opera independientemente de toda determinación histórica. Es más, Dugin afirma que el próximo y último ataque del liberalismo a la identidad colectiva es el ataque a lo humano mismo a través del “transhumanismo” y en el libro antes citado lanza la siguiente provocación: [el liberalismo buscará] liberar al individuo de la humanidad. Podremos ser humanos, pero seremos libres de escoger en caso de que no queramos seguir siéndolo. Esta es la política del transhumanismo (…) Políticamente hablando, es el mañana. Para nosotros el gay pride es algo habitual, mañana lo será el robot pride. Y si a alguno se le ocurre decir: “Aquel no es robot, es humano”, será acusado de fascista, habrá dicho algo horrible y habrá insultado al pobre robot”.

Así, el verdadero fin de la historia no es el que auguraba Fukuyama al momento en que la ideología liberal triunfaba por sobre el comunismo y globalizaba sus instituciones sino el que está próximo a llegar y se apoya en la realización del sujeto metafísico y descarnado en el que se sustenta el liberalismo desde sus orígenes.

Hay un sinfín de aspectos para discutir sobre las posiciones de Dugin, las cuales son, desde mi perspectiva, en algunos casos, sólidas y originales y, en otros, transitan senderos con una carga metafísica que los debates actuales han superado para bien. En cuanto a las advertencias acerca del porvenir, el tiempo dirá si Dugin tiene razón. No obstante, mientras tanto, siempre es bueno saber qué se está pensando lejos del microclima occidental.

¿Qué dice ahora Dugin?

“Esto no es una guerra con Ucrania. Es una confrontación con el globalismo como fenómeno planetario integral. Es una confrontación en todos los niveles: geopolítico e ideológico. Rusia rechaza todo en el globalismo: la unipolaridad, el atlantismo, por un lado, y el liberalismo, la antitradición, la tecnocracia, el Gran Reinicio en una palabra, por el otro.

“Está claro que todos los líderes europeos forman parte de la élite liberal atlantista. Y estamos en guerra con exactamente eso.

“De ahí su legítima reacción. Rusia ahora está siendo excluida de las redes globalistas. Ya no tiene elección: o construye su mundo o desaparece.

“No se trata de estar con Rusia o estar contra ella. Se trata de estar con el globalismo, George Soros, Bernard-Henry Lévy, Klaus Schwab, que ahora excluyen a Rusia como Rusia los excluye a ellos, o estar contra ellos. Los ucranianos no son nuestros enemigos ni nuestros objetivos. La guerra es contra Soros.

“Rusia ha fijado un rumbo para construir su mundo, su civilización. Y ahora se está dando el primer paso. Pero soberano frente al globalismo solo puede ser un gran espacio, un continente-estado, una civilización-estado. Ningún país puede soportar una desconexión completa durante mucho tiempo.

“Rusia ahora está creando un campo de resistencia global. Su victoria sería una victoria para todas las fuerzas alternativas, tanto de derecha como de izquierda, y para todos los pueblos. Estamos, como siempre, iniciando los procesos más difíciles y peligrosos.

“Pero cuando ganamos, todos se aprovechan de ellos. Esa es la forma en que debe ser. Ahora estamos creando las condiciones previas para una multipolaridad real. Y aquellos que están dispuestos a matarnos ahora serán los primeros en aprovechar nuestra hazaña mañana.

“Casi siempre escribo cosas que luego se hacen realidad. Esto también se hará realidad.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios (2)

  1. José Luis

    Impresionante el texto de dugin. Tengo que volver a leerlo para comprenderlo mejor.

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  2. Graciela

    Esclarecedor Muy buen artículo

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