Horror I. Un caso parecido al de María Soledad (pero más cruento) en Misiones

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Esta nota es del domingo. El caso tiene todos los condimentos que tuvo en Catamarca el asesinato de María Soledad y el plus del asesinato de quien parece haber desempeñado el mismo papel que el «Tula». ¿Recuerdan? 

Tiempo reunió a la mamá de una chica violada y asesinada con la del acusado, ahorcado en una comisaría

Dos madres unidas por la muerte de sus hijos denuncian la impunidad

Rosa González y Nora Valdez acusan al poder político de Puerto Esperanza, en Misiones, por el crimen salvaje de Lieni Itatí Piñeiro y el presunto suicidio de Hernán Céspedes. En ambos casos, estaría involucrado un familiar del intendente.


POR GASTÓN RODRÍGUEZ / TIEMPO ARGENTINO
 
Un rato antes había avisado que no sería buena anfitriona. «A mi casa no entra», insistió Rosa González y ofreció esperarla en el patio, evidenciando que la buena voluntad estaba vedada. Nora Valdez fue puntual, y también cordial al intentar el beso, pero Rosa no tuvo paciencia y apartó la mejilla con brusquedad, en ese gesto del que teme el contagio de una peste o algo peor. El destrato trajo frío, aunque afuera se adivinaba el sol de los últimos días de mayo entibiando el barrio, haciendo un poco menos jodida la vida de los pobres de la periferia. Dan ganas de salir. Es probable que el encuentro haya sido una muy mala idea. Por suerte Rosa lo descarta.

–Acepto la nota junto a ella porque quiero que el caso tenga repercusión nacional, espero que el diario llegue a la presidenta, así ella le pide al gobierno provincial que se preocupe por esclarecer el hecho.
 
Nora asienta con la cabeza pero es incapaz de agregar algo. Todavía las mujeres no intercambiaron palabras. Tampoco cruzaron miradas. A Rosa el asunto parece no preocuparle. Incluso, es seguro que lo haya planeado así.


«Al principio –continúa– lo que menos quería era tener contacto con ella. Me acuerdo que cuando se acercó la primera vez yo no podía ni hablarle así que la escuché en silencio. Me dijo que Hernán no había sido y que los culpables eran otros. No la pude aceptar enseguida. Pasó el tiempo, me fui enterando de cosas y al final conversamos. Pero su hijo no es inocente. Él fue el entregador.

A Rosa le mataron una hija. Se llamaba Lieni Itatí Piñeiro, le decían «Tati» y tenía 18. Antes del degüello final abusaron del cuerpo. Ya pasó casi un año y el único sospechoso del crimen también está muerto. Apenas estuvo tres noches preso. Durante la última apareció ahorcado en su celda. Era Hernán Céspedes, hijo de Nora y compañero de colegio de Tati. Tenía 19.

Las víctimas eran vecinas. Vivían separadas por cinco cuadras, en una de las tantas barriadas de Puerto Esperanza, en el Alto Paraná Misionero, a 40 kilómetros al sur de las Cataratas, donde hoy todavía se cortan rutas y se marcha en silencio por las dos muertes.

Nora comienza a llorar. Debe dolerle mucho. Ninguna madre quiere escuchar acusaciones contra el hijo. Y menos que lo vinculen a un hecho atroz. Cuando la garganta se aclara  dice: «Mi hijo era un perejil.» También argumenta que juntas podrían  lograr más cosas y termina el descargo arriesgando que comparten el mismo dolor.

Los ojos negros de Rosa se clavan por primera vez en los de Nora. El rostro sin expresión. La mirada sostenida, sin parpadeos, el aliento detenido parece eterno. Después, lo suelta decidida a no errar.

–Yo nunca voy a ser tu amiga. Y no digas que las dos sufrimos lo mismo porque a mi hija la violaron. 


CRÍMENES SIN CASTIGO. La mañana del 12 de julio de 2012 Rosa entró a la habitación y descubrió que las sábanas no estaban desarregladas. Hizo varios llamados pero nadie, ni los hermanos, ni las amigas, sabían dónde había dormido Tati la noche anterior. Rosa no imaginó que muy cerca de su casa, en un yuyal donde se confunden los barrios El Progreso y Esperanza, la policía había encontrado a su hija.

Tati tenía los pantalones bajos hasta los tobillos, una campera celeste estropeada y el rostro desfigurado a golpes. Llevaba la misma ropa que eligió el día anterior para ir al Bachillerato con Orientación Laboral Polivalente Nº 20 donde cursaba el segundo año. El hallazgo conmocionó al pueblo. Hasta el intendente Alfredo Gruber se acercó al lugar y prometió no ahorrar esfuerzos para esclarecer el crimen. Enseguida todos los recursos de la policía local se destinaron a la búsqueda de pistas que permitieran identificar a los responsables. O por lo menos eso dijeron las autoridades.

Unos días después, una comitiva de la Unidad Regional V visitó la casa de Nora. Pidieron hablar con su hijo Hernán y requisarle la habitación. Luego del interrogatorio los policías dejaron tranquilo al joven aunque se llevaron su moto con el pretexto de someterla a pericias. En un segundo allanamiento ordenado por el juez de Instrucción Juan Pablo Fernández Rizzi, luego de que la prueba de luminol detectara restos de sangre en la moto, se halló en la vivienda de los Céspedes el celular de la víctima. Hernán fue llevado detenido acusado de ser el principal sospechoso del asesinato de su amiga Tati.

Al joven se lo encerró en el destacamento de Puerto Esperanza. Eran casi las 23 de un viernes y recién el lunes podría contarle al juez todo lo que sabía. En las horas previas a su detención había jurado a sus padres que no tenía nada que ver con el crimen. Les contó que la noche anterior al hallazgo del cuerpo de Tati la había llevado con su moto hasta la escuela 728 por pedido de ella. Que ahí la dejó y que luego la vio irse en una moto de mayor cilindrada conducida por otro pibe que no reconoció.

Todavía nadie explicó el traslado de Hernán a la comisaría de Puerto Iguazú. Tampoco por qué a la 1:30 de la madrugada del domingo, dos policías ingresaron a su celda y le extrajeron muestras de ADN. Y mucho menos cómo fue posible que antes de las 7, momento en que se concretó el cambio de guardia, el detenido haya logrado ahorcarse con el cordón de una campera.

Lo que sí se sabe es que Hernán nunca llegó a su cita con el juez. También que fueron cinco los policías que custodiaban la celda de resguardo donde estaba alojado el sospechoso, al que habrían torturado para que asumiera todas las culpas. 

–¿Coinciden en que Hernán no se suicidó? 

Nora: –A mi hijo lo mató la policía para acallarlo. Antes de que se lo lleven a Iguazú pude verlo tres minutos. Me dijo que lo hacían dormir parado y esposado a un caño y que le metían biromes en el oído. También que todo el tiempo le decían que era un asesino y cuando pedía para comer le tiraban botellas llenas de orina. Mi hijo se murió pasando frío y hambre, ¿sabe el dolor que es eso para mí? La policía me entregó a Hernán muerto para tapar algo.

Rosa: –Coincidimos en que al hijo de ella lo asesinaron porque sabía muchas cosas y las iba a contar. Y también en que acá se tapa todo porque no tengo dudas de que detrás de esto están los hijos del poder. Son los que tienen más plata en Esperanza. Ellos organizan fiestas sexuales, con bebidas y drogas, y se llevan a las chicas de la zona y después aprietan y amenazan a la gente para que no cuente nada, por eso nadie se mete, pero yo voy a seguir luchando hasta que se haga justicia porque lo que hicieron con mi hija no tiene perdón de Dios. 

MONSTRUOS. En Puerto Esperanza no sobran las oportunidades. Para los casi 20 mil habitantes (más de la mitad llegó desde Paraguay) las posibilidades de un empleo formal se agotan en la municipalidad y en la fábrica de celulosa Alto Paraná. En ese contexto de una mayoría excluida, se les hace muy fácil imponerse a los pocos afortunados. Así se hizo costumbre que durante los fines de semana las camionetas 4X4 y los autos importados bajen a las zonas más postergadas para reclutar chicas que animen sus fiestas privadas.

Aunque el juez que investiga el crimen ni lo considera, todos en Esperanza dicen que a Tati la mató el grupo de «Pendorcho». Hace más de 20 años que los hermanos Gruber, ambos del Frente Renovador, se alternan el comando político del pueblo. Alfredo es el actual intendente y Gilberto, que lo supo ser durante dos períodos y al que todos llaman «Pato», es diputado provincial y padre de Fabián, más conocido por su apodo de Pendorcho.

Pendorcho, que tiene 25, y sus amigos, más o menos de las mismas edades, no son mesurados. Organizan fiestas maratónicas que se extienden hasta después del mediodía, y siguen gozando más tarde al contar los miles de pesos que gastaron en drogas y alcohol. Pero Pendorcho tiene otros egresos. En Puerto Esperanza todos saben de su afición al sexo violento. Pendorcho paga una tarifa extra y así también transpira golpeando.

Algunos testigos, muy pocos, se animaron a contar que el 11 de julio a la noche hubo una fiesta en Shadow, un local sobre la Avenida 20 de junio que supo ser pizzería pero que desde hacía un tiempo estaba desocupado. El dueño es el hijo de una concejal de Puerto Esperanza y amigo de Pendorcho, quien propuso hacer una reunión privada aprovechando que en el lugar todavía quedaban algunas heladeras. A Tati la vieron entrar pero no salir. Se presume que en algún momento quiso irse o se negó a tener relaciones y eso enojó a los organizadores.

Los investigadores nunca siguieron esta hipótesis. Tampoco importó que en la agenda del celular de Tati figurara el número de Pendorcho y que exista el antecedente de haberla llevado sin su consentimiento una noche a un boliche en Montecarlo, distante a unos 50 kilómetros de Puerto Esperanza. Pero lo más escandaloso lo aportó el juez Rizzi al admitir que en la mano izquierda de la víctima se encontraron cabellos rubios semi largos, aclarando luego que no se pudo determinar el patrón genético. No supo qué responder, sin embargo, cuando se le recordó que Céspedes (el joven suicidado) era morocho y llevaba el pelo muy corto.

«Esta historia la tiene que saber todo el mundo –pide, casi ruega, Nora–. Acá el poder está metido hasta el punto en que la policía mata a un inocente. Nos tienen que ayudar porque nosotros no podemos hacer nada contra estos monstruos.»

Nora se queda en silencio. Espera que lo dicho alcance para despejar el rencor y convertirse en cómplices. Pero Rosa es implacable. «Ya está bien», murmura y se levanta, llevándose la silla adentro. Apenas pasaron diez  minutos. No hubo saludo y tampoco habrá despedida.


Informe: Alejandro Dpivak

El dato

El juez que no habla

Este diario intentó entrevistar a Juan Pablo Fernández Rizzi pero se negó a dar una nota.
Las fotos del supuesto arrepentido 

Con el supuesto suicidio del único imputado, la causa por el crimen de Tati estaba prácticamente cerrada.

Sin embargo, alguien, quizás un arrepentido, decidió darle un nuevo impulso, aunque en otra dirección.

A fines de febrero, el periodista local Daniel Ortigoza recibió en su casa un CD con cinco fotos tomadas al cadáver de Lieni. Las imágenes mostraban la saña de los asesinos, pero también aportaban pruebas de la ineficaz investigación del juez Rizzi.

En las capturas, registradas entre las 5:48 y las 5;51, se ve el cuerpo maltratado de Tati aunque no en el lugar donde la policía lo encontró cerca de las 7.

El dato indicaría que a la joven la asesinaron durante la madrugada y después trasladaron el cuerpo a otra parte. Para Ortigoza, el escenario de las fotos sería el aeródromo de Puerto Esperanza, ubicado a unos dos kilómetros del descampado donde la policía halló el cadáver de la chica, totalmente ensangrentado.

Pero esa no fue la única revelación. En otra de las fotos, tomada a las 10;17, se ve el cadáver de Tati acostado sobre una camilla, totalmente lavado, lo que confirmaría una de las denuncias de Rosa González, quien siempre declaró que no sólo no la dejaron reconocer el cuerpo de su hija, sino que además antes de entregarla a la morgue la habían llevado al Hospital de Área de Puerto Esperanza para borrar cualquier rastro de los asesinos.

Luego de que trascendiera la existencia de estas fotos, el director de la institución Fabián Vera renunció al cargo.




La autopsia adulterada 

Desde que los expedientes abiertos por las muertes de Tati Piñeiro y Hernán Céspedes, recayeron en el despacho del juez Rizzi, los padres de los jóvenes se mostraron molestos por la marcha de la investigación.

Entres las numerosas irregularidades que se han denunciado, figuran la adulteración de las autopsias y la contaminación de la escena del crimen, en presunto beneficio del hijo del diputado renovador. El abogado de las dos familias, Juan Carlos Selva Andrade habló incluso de una «fenomenal red de encubrimientos» que involucra al poder político de Puerto Esperanza y al propio juez del caso.

«Nosotros recusamos a Rizzi con fundamentos. Por ejemplo, denunciamos que ‘Pato’ Gruber integra la Comisión de Parlamentos y Poderes de la Cámara de Diputados de la provincia que es la que se encarga de designar a los jueces. Eso quiere decir que Rizzi le debe el puesto al padre del que todos en Puerto Esperanza señalan como uno de los asesinos de Tati.»

Selva Andrade consiguió además la declaración de un trabajador del hospital, que contó que la mañana en que apareció el cadáver de Tati, Pendorcho Gruber pasó por la guardia con arañazos en el cuerpo y que lo atendió una enfermera que llegó con él y que ese día estaba de franco.

El padre no sólo justificaría el trato preferencial que habría recibido su hijo. Su esposa y madre de Pendorcho, Graciela Toledo, es la directora del Área Programática de Salud de Puerto Esperanza, Wanda y Puerto Libertad.


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