Indignaciones volcánicas, soponcios y peligro de apoplejía en 6-7-8

Aunque Boot escribe en serio, la situación es humorística y dudo de que Capusotto-Saborido pudieran hacerlo mejor. Ay, temo que nunca nos inviten al programa. ¡El único que veo! 


Sandra y Cecilia: así las queremos ver, sin llantos ni amarguras


Ay mamá, ¿qué pasó?


Por Teodoro Boot

Sandra Russo está indignada. Barone, exasperado hasta el aneurisma. Cecilia Roth, dolida, Barragán hiperventilado. Víctor Ego Ducrot trasmutó en un temible Robespierre televisivo, Ricardo Forster ha decidido invertir lo aprendido en años de estudios de filosofía, cursos, seminarios, posgrados y una notable y destacada producción teórica en retar a un desconcertado Robert Cox que parece más lejos del mármol que de la arterioesclerosis.
                                                                                                                                                  
Eduardo Aliverti, por su parte, explica que algunos periodistas (abre deditos) progresistas (cierra deditos) quedan prisioneros de sus egos, pobrecitos, ignorando que el único ego que vale la pena es el suyo, que no es el de ellos sino el de Aliverti, que no por nada tiene la voz de Dios (bueno, también está el ego de Ducrot, pero el de Ducrot no es en serio sino en farsa, o en todo caso en nombre).
Pero ¿qué pasó?
Pasó que alguien se excedió de dosis, y por haber elogiado flemáticamente la ley de servicios audiovisuales, creyó al pobre Robert Cox una reencarnación de Orwell, un Moreno angloparlante, un Taras Bulba de la libertad de expresión, desconcertando, en primer lugar y más que a nadie, al propio Robert Cox, que todavía no se recuperó de la impresión.
El talentoso periodista Robert Cox ha sabido ser siempre fiel a sí mismo –que no es algo de lo que puedan alardear muchos–, publicando durante la dictadura de Videla las declaraciones y reclamos de las Madres de Plaza de Mayo y difundiendo noticias que para las autoridades de entonces debían permanecer ignoradas. Pero Robert Cox también había sabido ser fiel a sí mismo reclamando el golpe de Estado que reemplazara al deficiente pero legítimo y electo gobierno de Isabel Perón, no por otro gobierno democrático, o en todo caso también electo por el voto popular, sino por el de un dictador militar. Alguno, cualquiera, que acabara con ese impresentable populismo, de una vez por todas,  ya mismo, sin esperar el año escaso que faltaba para las elecciones nacionales. Esos dos Robert Cox son el mismo Robert Cox, y ese Robert Cox de hace 40 años es el mismo Robert Cox de ahora, a quien Ricardo Forster está decidido a retar, sacar de clase, ponerle un bonete de burro, mandarlo a dirección y aplicarle 15 amonestaciones a menos que repita, con todas las letras, sin respirar y sin soplar, un discurso completo de Hugo Chávez.
¿Es un farsante Robert Cox o esos tres Robert Cox que son y siempre han sido un solo inglés verdadero? ¿O es Forster el que ha enloquecido en su empeño de convertir a un ya anciano y británico Robert Cox en un joven populista latinoamericano? Si no la filosofía, al menos sus estadías en Yacanto deberían haberle enseñado a Forster que, por más empeño, dialéctica y pedagogía que se aplique, burro viejo jamás agarra trote.
Pero eso no es todo. Parece ser que Jorge Lanata y Martín Caparros habrían agregado algunas barbaridades de su propia cosecha a la tontería consuetudinaria, a esta altura inmanente de Ernesto Tenembaum. No es de extrañar, pero ¿cuáles serían esas barbaridades?
Jorge Lanata, tras explicarle al alumno Tenembaum que, embanderado, como siempre lo ha estado en su vida, con los débiles y desposeídos, había descubierto entre ellos a  Héctor Magnetto, arrebatado por el demonio de la histeria proclamó públicamente que estaba harto, harto, harto, harto de oír hablar de los 70. Caparrós lo secundó, más flemática y pedánticamente en su hartazgo.
¿Eso es todo?
Eso es prácticamente todo. Y pareció suficiente para poner a Cecilia Roth al borde del llanto, entre otras muchas pero no tan bellas reacciones psicosomáticas desplegadas en la pantalla televisiva, en las páginas de los periódicos, audiciones radiales, blogs y conversaciones de sobremesa.
Lamento informar a la gente indignada que tanto Robert Cox como Jorge Lanata, Ernesto Tenembaum, Martín Caparros y mi tía Leonor, son muy dueños de pensar lo que se les antoje, y de decirlo ante quien quiera escucharlos. Y si lo pueden decir ante una extendida audiencia, será porque alguien los escucha, o alguien les paga o alguien les pone los espacios a disposición (no a mi tía Leonor, claro, pero por algo será)
¿Alguna vez ha sido diferente? ¿Acaso es diferente ahora, en algún lugar? ¿Cuál sería entonces el problema en que Lanata esté harto harto, harto y harto de oír  hablar de los 70? No a todos nos gusta lo mismo ¿no es cierto? Y todos estamos hartos de algo, y eso no es para tanto.
También es un asunto de Tenembaum esa competencia demencial que ha entablado con Leuco y mi tía Leonor por ver quién hace mejor el papel de dama indignada (lamento informarle a Tenembaum y a mi tía Leonor, que Leuco les saca varios cuerpos)
Tampoco nada parece ser tan aberrante ni escandaloso como para hacer lagrimear a Cecilia Roth, encolerizar a Orlando Barone o poner a Sandra Russo al borde de la incontinencia literaria. Esta gente sobre-reacciona, como diría Robert Cox, pero en inglés.
Hay que cuidar la presión arterial de Barone, que en cualquier momento puede entrar en combustión espontánea y en vez de arder Troya prende fuego a canal 7, y guarda, gordo, con seguir haciendo llorar a Cecilia, que te vamos a agarrar en la esquina. Pero, sobre todo, que alguien disuada a Sandra Russo de su obsesión por convertirse en la Pasionaria kirchnerista. Hay que evitar que se empiece a hablar y a escribir encima. Ya está empezando a hacerlo enredándose en larguísimas disquisiciones para distinguir entre verdaderos y falsos progresistas, cuando nadie –ni Forster, y eso es mucho decir– sabe qué diablos puede ser el progresismo. 
Larguísimas disquisiciones, ella, que escribe tan bien, tan cortito y tan lindo.
Que Sandra empiece a escribir mal sería demasiado grave, casi tanto como que Forster siga perdiendo el tiempo tratando de hacer de Robert Cox un populista de bien. Es tan ridículo y absurdo como que Roberto Piazza se empeñara en convencer a Fidel Castro de participar en un desfile de modas luciendo un vestido de novia hecho con papel crepe.
¿Y todo porque a Lanata, Tenembaum, Caparrós, así como a Leuco, Eliaschev y Walger se les ocurre decir tonterías? ¿Y por eso llora Cecilia y Sandra se enreda y confunde para explicarnos la diferencia entre, en palabras de Aliverti, falsos y verdaderos (abre dedito) progesistas (cierra dedito)?
Deseo sinceramente que Cecilia ya no llore por culpa de Lanata, que a la primera de cambio Barone no se transforme en el superhéroe Antorcha, que Ricardo comprenda que jamás podrá hacer de Cox el Hombre Nuevo Latinoamericano pero, más que nada, que Sandra esté en paz consigo misma, siga escribiendo como sabe hacerlo y se deje de joder con traiciones que nunca existieron.
Tenembaum, Lanata, Caparrós, así como Leuco, Eliaschev y varios más, nunca han dicho nada muy diferente a lo que dicen ahora, ni piensan distinto ahora de lo que pensaron antes ni hicieron ni hacen nada que merezca que se los acuse de traicionar a nada ni a nadie.
Ellos no cambiaron. Nunca fingieron ser otra cosa de la que son ahora. La que cambió fue Sandra Russo. Enhorabuena, bienvenida a este lado del mundo. Y si a algún eunuco no le gusta ese cambio, que bufe nomás.
Pero basta de pavada, de escándalo y de histeria. 
Y lo más importante: no llores más, Cecilia: el gordo no vale la pena.

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