ATENTADOS. ¿Tuvo Irán algo que ver? Despejar X


PRIMERA NOTA: FALSURA EXPUESTA (cliquear aquí)
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No hay en la causa AMIA nada que permita acusar de su demolición y la muerte de 85 personas a algún ciudadano iraní, y mucho menos al gobierno de la República Islámica de Irán. Tampoco hay evidencias de que haya existido una camioneta bomba aunque sí, y vehementes, de que eso es lo que quisieron hacer creer tanto los extorsionadores que llevaron a cabo el atentado como los extorsionados que recibieron el claro mensaje: Paguen lo que deben.

Porque si hay indicios concordantes de algo, es de que el ataque se dirigió a la hasta entonces casi ignota DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) con sede en el quinto piso del edificio de la mutual judía y presidida por el banquero Raúl Beraja. Y, cómo se verá más adelante, que estuvo directamente relacionado con una “mexicaneada” en el blanqueo de dinero procedente de la comercialización de cocaína colombiana en Italia. Puede que hayan habido otras causas concurrentes (por ejemplo, otras “mexicaneadas” vinculadas al tráfico de armas, o de heroína) pero aquél vínculo parece claro, como ya se verá.

La embajada es la clave

Para forjar hipótesis valederas acerca de lo que ocurrió aquel lunes 18 de julio de 1994 en el corazón del barrio de Once a las 9.53 de la mañana es imprescindible considerarlo en conjunto con el que lo precedió, contra la embajada de Israel, el martes 17 de marzo de 1992 a las 14:47, con un saldo de 22 muertos. A pesar de la opacidad de la investigación llevada a cabo por la Corte Suprema (baste decir que hasta hoy y durante más de dos décadas, para muchos medios, acaso la mayoría, los muertos fueron 28, cuando solo están registrados 22), en el atentado a la embajada, que se encontraba en refacciones, para los observadores atentos de movida estuvo claro que se había tratado de una explosión interna.

Hechos

Que se había tratado de lo que muchos llamaban impropiamente una “implosión” (como si fuera imposible colocar, viniendo de afuera, una bomba adentro del edificio, cuyas medidas de seguridad se habían relajado lo suficiente como para nunca se haya establecido cuanta gente estaba en él, siendo evidente que hasta una hora antes había más del doble) resultaba evidente no sólo por los motivos expuestos por los periodistas que cubrieron la tragedia en los diarios y revistas que aparecieron en las horas subsiguientes –como ya se ha mostrado– sino porque nadie dijo haber visto algún vehículo que se aproximara a la puerta de la legación diplomática en los momentos previos a la explosión, porque la pared externa de la misma cayó hacia afuera, sobre la calle, porque no había en ésta cráter alguno, lo que fue corroborado por muchos cronistas de la Nación que acudieron al lugar esa tarde infausta, al anochecer y aún al día siguiente.

En la noche del miércoles 18 “alguien” remedió esa falta haciendo un pozo, al parecer con pala; ese pozo se agrandó y cambio de forma la noche siguiente, tal como consta en el expediente judicial y la escandalosa diferencia de profundidad que ya se ha destacado (mientras “expertos” de la PFA dijeron que tenía 40 centímetros, poco después le informaron –y le hicieron bolacear– al ministro Manzano que tenía ¡1,70 metros!). En cuanto a la identidad de ese “alguien” caben pocas dudas puesto que el lugar estaba acordonado por la Policía Federal, que no dejó pasar a los gendarmes enviados por la Corte Suprema, a cargo de la investigación por tratarse de territorio extranjero, lo que estuvo a punto de provocar un enfrentamiento armado.

Por fin, hasta el perito enviado por Israel, un oficial de la policía de Tel Aviv llamado Jacob Levy, dejó claro en su informe de que a su juicio no había habido vehículo-bomba.

Es verdad que entre los escombros aparecieron piezas de automotor que primero el ministro del Interior, José Luis Manzano, dijo que correspondían a un Ford Falcon y que terminaron habiendo sido de una camioneta Ford F-100 (por cierto, registrada como perteneciente a un fotógrafo de la Policía Federal) pero estas piezas fueron aportados por efectivos de esta repartición sin que se labraran actas que aclarasen dónde (y cuándo) se habían encontrado.

El fotógrafo policial dijo que le había dejado la camioneta a un vendedor de autos de la avenida Juan B. Justo, Roberto Barlassina, y éste dijo que aunque estaba de vacaciones, abrió su negoció un sábado a la mañana para pintarlo, ocasión en que ingresó un supuesto brasileño con nombre de corredor de autos, anteojos oscuros, gorro encasquetado y documento de residente (por la alta numeración), que le pagó por la camioneta al contado un precio muy superior al de mercado con dólares que, después aseguraría una pericia, tenían las marcas de una casa de cambios de Beirut.

Barlassina, que desempeñó el mismo papel que dos años después habría de cumplir Carlos Telleldín, increíblemente nunca fue molestado, al punto de que no se conoce su cara.

Conjeturas

Respecto a los posibles motivos por el ataque, no había que ser un lince para sospechar que quizá tuviera que ver con el revoleo de valijas repletas de dólares provenientes de la venta al menudeo de drogas en la costa este de los Estados Unidos que supuso el “Yomagate”.

Como se recordará, los gobiernos de Argentina (Carlos Menem) y Siria (Hafez al Assad) hicieron una joint-venture para “lavar” la ingente cantidad de billetes de dólar de baja denominación que se acumulaban en la costa este de los Estados Unidos a causa de las nuevas regulaciones que obligaban a declarar por escrito la procedencia del dinero en los depósitos bancarios de más de 10.000 dólares. Materializaron esa sociedad en un matrimonio de conveniencia entre el coronel de inteligencia sirio Ibrahim al Ibrahim (que ya estaba casado) y Amira Yoma, secretaria privada de Menem, miembro del partido Baaz sirio y amante del traficante sirio Monzer al Kassar. Y apelaron a la colectividad siria de Buenos Aires, a cuyos miembros solían pagarles viajes a Miami y Nueva York con la única condición de que aceptaran que se trajera de allí a su nombre valijas samsonite herméticamente cerradas.

La sociedad contaba con una tercera pata, la organización encabezada por el contador cubano-panameño Ramón Puentes Patiño, uno de los fundadores de la organización anticastrista Alpha 66 (que encabezó en 1961 el frustrado desembarco en Playa Girón, Bahía de los Cochinos), veterano de la CIA y durante muchos años lavador de dinero para el general Manuel Noriega, hombre fuerte de Panamá hasta su derrocamiento por una invasión estadounidense en 1989, época en la cual pasó a desempeñar la misma función para Menem. Las maletas repletas de dólares eran llevadas a Montevideo y su contenido depositado en bancos que lo giraban a Panamá, desde dónde era remitido a bancos de los Estados Unidos.

Puentes Patiño era secundado por un joven gangster cubano, un “marielito” que se había agenciado documentos argentinos a nombre de Mario Anello haciéndose amigo de Carlos Menem hijo, lo que le había franqueado las puertas de la residencia presidencial de Olivos.

El emprendimiento, es obvio, contaba, con la obvia complicidad de los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel, y con el concurso de bancos y banqueros variopintos. El esquema saltó por los aires cuando, el juez Baltasar Garzón detuvo a otro contador panameño, Andrés Cruz Iglesias, quien le confesó detalles de la organización, el papel que le cabía a Amira y también que el entonces vicepresidente Duhalde estaba metido hasta el cuello porque uno de sus colaboradores, Alberto Bujía (luego misteriosamente muerto en un accidente) retiraba semanalmente “encomiendas” de cocaína en el aeropuerto de Ezeiza. Cuando Garzón se lo dio entender en un breve diálogo telefónico, Duhalde (que en ausencia de Menem había firmado el decreto que nombraba al sirio Ibrahim jefe de los vistas de aduana de Ezeiza y que había puesto junto a su firma las siglas FCA por “Feliz cumpleaños Amira”) entró en pánico y se entregó, por así decirlo, a la estación local de la DEA. A partir de entonces recorrieron las redacciones pertinaces  rumores acerca de que la pata siria de la organización había sido damnificada en muchos millones de dólares.

Como si esto fuera poco, y tal como relató pormenorizadamente el ex embajador Oscar Spinoza Melo, en su búsqueda de fondos para solventar las campañas electorales que le permitieron primero derrotar en las internas al gobernador bonaerense Antonio Cafiero y luego en las presidenciales a Eduardo Angeloz en 1989, Menem le había prometido al gobierno sirio dotarlo de una pequeña central nuclear, promesa que luego, bajo la presión de los Estados Unidos y de Domingo Cavallo, no pudo cumplir.

La verdadera (e inexplorada) pista iraní

Curiosamente, en el caso de la embajada de Israel si hubo una “pista iraní” que nadie quiso investigar. La aportó Dalila Dujovne, hija del filósofo León Dujovne y prima de la eximia periodista y escritora Alicia Dujovne Ortiz. Dalila había sido sucesivamente soldado del Tshal, la Fuerza Armada de Israel, y empleada de su embajada en Buenos Aires, y conocía por razones de trabajo al representante de la Iranian Shipping Lines, Majid Maschadi. En varios encuentros con quien escribe (y luego también ante periodistas de la revista Noticias, y por último ante un secretario de la Corte Suprema que antes se había negado a tomarle declaración) contó que Maschadi le había pedido dinero para darle más detalles, argumentando que cuando la bomba explotara tendría que desertar y ocultarse de los ayatolás. Maschadi le dijo a Dalila que necesitaba el suficiente dinero como para radicarse con su mujer y sus numerosos hijos en Santiago de Chile, pasajes de autobús para irse, etc. Dalila corrió a la embajada a informar sobre la posibilidad de un inminente ataque. Conocía a varios funcionarios y empleados de la época en que ella trabajaba allí y que habló con agentes del Shin-Bet, pero no le hicieron el menor caso. Dijo que de todos modos y muy inesperadamente para ella, Maschadi había desistido de desertar, y por lo tanto de dar más precisiones sobre el ataque en ciernes, en cuanto se ella le confirmó la obviedad de que, si él y su familia abordaban un autobús hacia Chile, tendrían que presentar sus pasaportes en la frontera.

El inicio

Sugestivamente, a escasas horas de que estallara la bomba en la Embajada de Israel, apareció un anónimo en el buzón de la iglesia sueca de la calle Azopardo, frente al diario Crónica. No vale la pena reseñar detalles: narraba una larga historia acerca de un supuesto iraní que habría gestionado la fantasmagórica F-100, historia que se demostró falsa de cabo a rabo. ¿Quién podía haber dejado ese anónimo sino los propios terroristas?

Lo mismo sucedió en ocasión de producirse el atentado a la AMIA. El viernes anterior, unos muchachos habían dejado una Trafic clara en un amplio estacionamiento de la Universidad, a escasas cuadras de la mutual. Lo habían hecho no como terroristas que quieren pasar desapercibidos, sino haciendo todo tipo de aspavientos. Antes habían tratado de dejarlo en el primer piso de otro parking cercano, junto al sanatorio Otamendi, dónde estaba a la vista que la camioneta no podía entrar por un vano de la puerta de baja altura. Lejos de resignarse a esta imposibilidad física, chofer y acompañante se habían empeñado en discutir con el encargado, un ex militar sanjuanino que luego, recordando el episodio, barruntaría que, o bien eran extranjeros, o bien querían pasar como tales. Camioneta y tripulantes fueron registrados allí por varias cámaras de video pero, insólitamente, agentes de la SIDE que dijeron que pasarían a buscarlas, jamás lo hicieron. Luego de aquellos aspavientos, los muchachos de la Trafic fueron a Jet Parking, que así se llamaba entonces el inmenso estacionamiento universitario. Y en vez de dejar la camioneta y retirar el correspondiente ticket, uno de ellos entró a la oficina de administración y enfrente de los tres empleados balbuceó con fuerte acento extranjero que quería dejar la camioneta hasta el lunes y pagar la correspondiente estadía. Para ello, tenía que rellenar una planilla, y en ella puso que vivía en el modesto Hotel de las Américas… el mismo que solían utilizar los empleados de la embajada de Irán que llegaban a Buenos Aires hasta conseguir departamento.

Según la Historia Oficial, alguien sacó esa Trafic de Jet Parking sin dejar rastros, y esa camioneta fue el vehículo-bomba que voló la AMIA, pero la verdad incontrastable es que los muchachos que dejaron esa camioneta fueron identificados. Los tres vivían en San Telmo y los tres los detenidos por la SIDE, ante cuyos agentes aceptaron haber dejado la camioneta en el estacionamiento). Los agentes de la SIDE los entregaron seguidamente al Departamento de Protección al Orden Constitucional (DPOC) donde fueron fotografiados, formalmente interrogados y rápidamente liberados porque estaban directamente vinculados a la repartición, siendo uno de ellos agente de uniforme. De los otros dos, los hermanos Mario y Tomás Lorenz, éste aceptó haber ido seguidamente del atentado a la isla venezolana de Margarita… a pesar de que nunca había sacado legalmente pasaporte (que por entonces y hasta hace poco, bueno es recordar, expedía la propia Policía Federal).

Todas estas cosas, entre otras, quien escribe las denunció formalmente en su momento ante el juez Juan José Galeano.

Por lo demás, no se trata sólo de que Irán fuera el principal comprador del trigo argentino (había reemplazado en ese sitio a la desaparecida URSS)  sino que hasta periodistas que son claramente partidarios de Israel en sus contenciosos con Irán, como Walter Goobar, reconocieron que en 1992, al producirse el atentado a la Embajada de Israel, Argentina e Irán estaban clandestinamente asociados para proveer de armas a la Bosnia musulmana y mediterránea, enfrentada a la Serbia ortodoxa en la guerra que desmembró a la Federación Yugoeslava. Y que lo hacían a través de envíos que recalaban en el puerto croata de Split (Croacia estaba aliada con Bosnia, ma non troppo, lo que convertía dicho tráfico en algo tan delicado como un mecanismo de relojería) por lo que ¿Cuál podría ser el interés de Irán de alterar, de atentar contra este estado de cosas?

Está claro que la bomba a la Embajada no benefició a la República Islámica de Irán, sino que la perjudicó.

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