James Steele y los Escuadrones de la muerte en El Salvador e Irak

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Una de las masacres de El Salvador. Además de Steele, hubo militares argentinos asesorando a los escuadrones de la muerte.

Éste es uno de una serie de artículos que publica The Guardian de la investigación que le insumió un año. MM.

6 de Marzo 2013

Investigación Especial

De El Salvador a Irak: un hombre de Washington detrás de los escuadrones de torturadores

En 2004, con la guerra en Irak yendo de mal en peor, los Estados Unidos confiaron en un veterano de las guerras sucias de América Central para  ayudar a crear una nueva fuerza para luchar contra la insurgencia. Resultado: centros clandestinos de detención, tortura y la entrada en una  espiral de carnicerías y violencia sectaria.

Link to video: James Steele: America’s mystery man in Iraq
Video: James Steele; el misterioso hombre de USA en Irak.

Un campo de golf privado detrás de una espaciosa casa de dos pisos. Una manguera verde de jardín se encuentra enrollada sobre el césped. Los listones grises de la persiana de madera están cerrados. Y, al igual que en las otras casas de lujo abandonadas en esta comunidad cerrada cerca de Bryan, Texas, nada se mueve.
 

El coronel retirado Jim Steele, cuyas condecoraciones militares incluyen la Estrella de Plata, la Medalla de Servicio Distinguido de Defensa, cuatro Legiones de Mérito, tres Estrellas de Bronce y el Corazón Púrpura, no está en casa. Tampoco está en su oficina de la sede en Ginebra, donde se presenta como director general de Buchanan Renewables, una compañía de energía. Esfuerzos similares para seguirle la pista a la oficina de su empresa en Monrovia, Liberia, fueron inútiles. Le dejamos mensajes. No devuelve las llamadas.
 

Durante más de un año, The Guardian ha estado intentando ponerse en contacto con Steele, de 68 años, para preguntarle sobre su papel durante la guerra de Irak como enviado personal del Secretario de Defensa Donald Rumsfeld a los Comandos Especiales de la Policía de Irak: una fuerza paramilitar temible que dirigía una red secreta de centros de detención en todo el país. Lugares donde los sospechosos de rebelarse contra la invasión liderada por Estados Unidos fueron sistemáticamente torturados para arrancarles información. 
En el 10 º aniversario de la invasión a Irak, las acusaciones sobre el vínculo de los EEUU con las unidades que aceleraron el hundimiento de Irak en una guerra civil, dan a la ocupación un nuevo y aún más polémico tinte. La investigación se inició hace un año por los millones de documentos clasificados del ejército estadounidense que saltaron a Internet y sus misteriosas referencias a las órdenes de los soldados estadounidenses de ignorar la tortura. Por esa filtración, el soldado Bradley Manning, de 25 años, se enfrenta a una condena de 20 años, acusado de filtrar secretos militares.
 

La contribución de Steele era fundamental. Él era la figura secreta  de EE.UU. detrás de la inteligencia de las nuevas unidades de comandos.El objetivo: detener una incipiente insurgencia sunita. ¿Cómo? Utilizando la infornación extraída a los detenidos.
 

Era un papel a medida para Steele. El veterano se había hecho un nombre en El Salvador casi 20 años antes como jefe de un grupo de asesores de EE.UU. en las fuerzas especiales que estaban entrenando y financiando a los militares salvadoreños para luchar contra la insurgencia guerrillera del FNLM. Estas unidades del gobierno adquiriero una temible reputación internacional por sus actividades como escuadrones de la muerte. En su autobiografía Steele describe su trabajo en El Salvador como el “entrenamiento de la mejor fuerza de contrainsurgencia”.
 

De su experiencia allí en 1986, dijo el Dr. Max Manwaring, autor de El Salvador en Guerra: Una Historia Oral: “Cuando llegué aquí había una tendencia a centrarse en los indicadores técnicos … pero en una insurgencia el enfoque tiene que ser en los aspectos humanos. Eso significa que la gente tiene que hablar con usted. “
 

Sin embargo, el suministro de armas por los EEUU a una de las partes del conflicto aceleró el hundimiento del país en una guerra civil en la que murieron 75.000 personas y un millón de personas -de una población de seis millones- se convirtieron en refugiadas.Celerino Castillo, un oficial de la lucha antidroga  y  agente especial de la administración que trabajó junto a Steele en El Salvador, dice: ” Yo escuché que el coronel James Steele iba a ir a Irak y me dijeron que iban a poner en práctica lo que se conoce como la “opción salvadoreña” en Irak y eso es exactamente lo que pasó. Y yo estaba devastado porque conocía las atrocidades que iban a ocurrir en Irak, porque sabíamos lo que había pasado en El Salvador “. 
Fue San Salvador que Steele entró en contacto de cerca por primera vez con el hombre que ordenaría las operaciones estadounidenses en Irak: David Petraeus. En 1986 un joven Petraeus visitó El Salvador y se dice que incluso se quedó en casa de Steele.
 

Pero mientras Petraeus se dirigía a la cima,  la carrera de Steele tuvo un inesperado contratiempo cuando se vio envuelto en el escándalo Irán-Contra. Un piloto de helicóptero, que también tenía una licencia para pilotar aviones, regentaba el aeropuerto desde donde los asesores norteamericanos vendían ilegalmente armas a la  Contra en Nicaragua. Si bien la investigación del Congreso consiguió poner fin a las ambiciones militares de Steele, ganó la admiración del entonces congresista Dick Cheney, quien estaba en el Comité y admiraba los esfuerzos de Steele contra los izquierdistas tanto en Nicaragua como en  El Salvador.
A finales de 1989 Cheney estaba a cargo de la invasión de EE.UU. a Panamá para derrocar al  general Manuel Noriega. Cheney llamó a Steele para hacerse cargo de la organización de una nueva fuerza de policía en Panamá y ser el principal enlace entre el nuevo gobierno y los militares de EE.UU.Todd Greentree, que trabajaba en la embajada de EE.UU. en El Salvador y conocía a Steele, no se sorprendió por la forma en que volvió a aparecer en otras zonas de conflicto: “No le llaman ‘guerra sucia’ por nada, así que no es ninguna sorpresa ver individuos que están asociados con una especie de saber los detalles de ese tipo de guerra, y reaparecen en diferentes momentos de estos conflictos”, dijo. 
Una generación más tarde, y medio mundo de distancia, la guerra de Estados Unidos en Irak iba de mal en peor. Era el año 2004 y los neoconservadores habían desmantelado el aparato del partido baazista, lo que había fomentado la anarquía. Una insurrección sunita fue ganando terreno y causando grandes problemas en Faluya y Mosul. Hubo una reacción violenta contra la ocupación de EE.UU. que se cobraba más de 50 vidas estadounidenses al mes en 2004.
 

El Ejército de EE.UU. se enfrentaba a una insurgencia no convencional, de guerrilla, en un país que conocía muy poco. Ya se hablaba en Washington DC de la “opción de El Salvador” en Irak y el hombre que iba a encabezar esa estrategia ya estaba en el lugar. 
Poco después de la invasión de marzo de 2003, Jim Steele estaba en Bagdad como uno de los  “consultores” más importantes de la Casa Blanca, enviando informes a Donald Rumsfeld. Sus notas fueron eran tan valoradas que Rumsfeld se las pasó a George Bush y Cheney. Rumsfeld habló de él en términos elogiosos. “Hemos tenido discusiones con el general Petraeus ayer,  y yo he tenido una sesión informativa hoy con un hombre llamado Steele que ha estado ahí fuera trabajando con las fuerzas de seguridad y ha estado haciendo un trabajo maravilloso como civil”. 
En junio de 2004 Petraeus llegó a Bagdad con el mandato de entrenar una nueva fuerza de policía iraquí, con énfasis en la contrainsurgencia. Steele y el coronel de USA James Coffman presentaron a Petraeus  un pequeño grupo de endurecidos comandos de la policía, muchos de ellos  sobrevivientes del antiguo régimen, entre ellos el general Adnan Thabit, condenado a muerte por un complot fallido contra Sadam pero salvado por la invasión de EE.UU.
 
Thabit, seleccionado por los norteamericanos para dirigir los comandos especiales de la policía, desarrolló una estrecha relación con los nuevos consejeros. “Ellos se convirtieron en mis amigos. Mis asesores, James Steele y el coronel Coffman eran todos de las fuerzas especiales, así que me he beneficiado de su experiencia … pero la persona principal con quien contacto es David Petraeus.”

Con Steele y Coffman como sus lugartenientes in situ, Petraeus empezó a hacer llegar dinero de un fondo multimillonario a los que se convertirían en los Comandos Especiales de la Policía. De acuerdo con la Oficina de Contabilidad  del Gobierno de los EE.UU.recibieron una parte de un fondo de 8.2 billones de dólares (8.200 millones de dólares) pagados por el contribuyente de EE.UU. La cantidad exacta recibida es confidencial. 
Con un acceso casi ilimitado de Petraeus al dinero y las armas, y la experiencia de Steele en el campo contrainsurgente, el escenario estaba listo para que los escuadrones de la muerte emergieran como una fuerza aterradora. Un elemento más para completar el cuadro: los EE.UU. había prohibido a los miembros de las milicias chiítas violentas como la Brigada Badr y el Ejército del Mahdi unirse a las fuerzas de seguridad, pero en el verano de 2004 esa prohibición se levantó. 
Los miembros de las milicias chiítas de todo el país llegaban a Bagdad en camiones de carga para unirse a los nuevos comandos. Estos hombres estaban dispuestos a luchar contra los sunitas: la venganza buscada desde hacía muchas décadas contra los suníes apoyados por el régimen de Sadam, y la oportunidad de devolver el golpe a los insurgentes violentos y el terror indiscriminado de al-Qaida.Petraeus y Steele desatarían esta fuerza local sobre la población sunita, así como contra los insurgentes y sus simpatizantes y cualquier otra persona que tuviera la mala suerte de ponerse en el camino. Fue contrainsurgencia clásica. También fue dejando un letal y sectario genio fuera de la botella. Las consecuencias para la sociedad iraquí serían catastróficas. En el apogeo de la guerra civil, dos años más tarde, aparecían 3.000 cadáveres al mes en las calles de Irak- muchos de ellos civiles que no pertenecían a ninguna facción. 
Pero fueron las acciones de los comandos dentro de los centros de detención  las que plantean las cuestiones más preocupantes para sus amos norteamericanos. Desesperado por conseguir información, los comandos crearon una red de centros secretos de detención donde eran llevados  los insurgentes para extraérsela. 
Los comandos utilizaron los métodos más brutales para hacer hablar a los detenidos. No hay evidencia de que Steele o Coffman participaron en estas sesiones de tortura, pero el general Muntadher al Samari, un ex general del ejército iraquí, que trabajó después de la invasión de los EE.UU. para reconstruir la fuerza policial, afirma que sabían exactamente lo que estaba pasando y se suministraba  a los comandos con las listas de personas que debían llevar.  Dice que él trató de detener la tortura, pero que fracasó y huyó del país. 
“Estábamos almorzando, con Steele y el Coronel Coffman, y se abrió la puerta y el capitán Jabr estaba allí torturando a un prisionero. Él [la víctima] estaba colgado boca abajo y Steele se levantó y cerró la puerta, él no dijo nada – era algo normal para él “. 
Dice que tenían entre 13 y 14 prisiones secretas en Bagdad bajo el control del Ministerio del Interior y utilizadas por los comandos especiales de la policía. Alega que Steele y Coffman tenía acceso a todas estas prisiones y que visitó una en Bagdad con los dos hombres.
 

“Eran secretas, nunca declaradas.  Pero el mando superior estadounidense y los dirigentes iraquíes sabían todo acerca de estas prisiones. Las cosas que pasaron allí:… violaciones, asesinatos, torturas. La especie más fea de tortura que jamás he visto”.
 

Cuenta un soldado del Regimiento Blindado 69 que se desplegó en Samarra en 2005, pero que no quiso ser identificado:. “Eran como los nazis … como la Gestapo, básicamente ellos [los comandos] esencialmente torturaban a cualquiera que tuvieran una razón para sospechar, que sabía algo, o era parte de la insurgencia … o que la apoyara, y la gente lo sabía. “

The Guardian entrevistó a seis víctimas de la tortura como parte de esta investigación. Uno de ellos, un hombre que dice que fue torturado durante 20 días, dijo: “No había sueño, desde la puesta del sol, la tortura comenzaba para mí y los otros prisioneros.. 

“Querían confesiones Decían….’ Confiesa qué has hecho’ Cuando dices: ‘Yo no he hecho nada ¿Debo confesar algo que no he hecho?’, decían: ‘Sí, esta es nuestra manera. Los estadounidenses nos dijeron que había que detener a tantos como fuera posible para mantener la gente asustada…”.
 

“Yo no confesé nada, a pesar de que fuí torturado y [ellos] me arrancaron las uñas de los pies.”
Neil Smith, un enfermero de 20 años de edad, destinado en Samarra, recuerda lo que soldados estadounidenses de  bajo rango contaban en la cantina:  “Lo que fue muy conocido en nuestro batallón, definitivamente en nuestro pelotón, es que eran muy violentos con sus interrogatorios. Que  golpeban a la gente, daban descargas eléctricas, los apuñalaban, yo no sé qué más … parece que  cosas bastante terribles. Después de enviar un hombre allí, iba a ser torturado y violado o tal vez lo que sea, humillado y maltratado por los comandos especiales para obtener toda la información que querían.”

Ahora vive en Detroit y es de la Iglesia de los Cristianos renacidos. Habló con The Guardian, porque dijo que ahora consideraba su deber religioso contar lo que vio. “No creo que cuando volvimos a casa, la gente supiera que los soldados estadounidenses estuvieron involucrados en la tortura y todo tipo de cosas.” 
A través de los medios de comunicación, de Facebook, Twitter y las redes sociales, The Guardian logró contactar con tres soldados, quienes confirmaron que se entregaba a los detenidos para ser torturados por los comandos especiales, pero ninguno, excepto Smith, estuvo dispuesto a hablar ante la cámara. 
“Si alguien era arrestado y entregado al Ministerio del Interior, iba a ser colgado, electrocutado, golpeado o violado con una botella de coca-cola o algo así”, dijo uno. Dejó el ejército en septiembre de 2006. Ahora, con  28 años, trabaja con los refugiados del mundo árabe en Detroit,  enseñando inglés a los recién llegados, incluidos los iraquíes. “Supongo que es mi manera de decir lo siento”, dijo. 
Cuando The Guardian / BBC para el mundo árabe,  le preguntó a Petraeus sobre la tortura y su relación con Steele, recibió en respuesta una declaración de un funcionario cercano a dicho general, “la grabación del general (R) Petraeus, que incluye instrucciones a sus propios soldados … refleja claramente su oposición a cualquier forma de tortura (…) El coronel (R) Steele fue uno de los miles de asesores de las unidades iraquíes, que trabajan en el ámbito de la policía iraquí. No hubo reuniones frecuentes entre el coronel Steele y el general Petraeus, si bien Petraeus lo vio en varias ocasiones a lo largo la creación y el despliegue inicial de la policía especial, en la que el coronel Steele ha jugado un papel significativo “.
 

Pero Peter Maass, corresponsal del New York Times, que ha entrevistado a los dos, recuerda su relación de otra manera: “Hablçe con cada uno de ellos del otro y era muy claro que estaban muy cercanos en cuanto a su relación de mando y también en términos de ideas e ideología de lo que había que hacer. Todos sabían que él era el hombre de Petraeus. Incluso Steele se definía así como ‘hombre de Petraeus’.”Maass y el fotógrafo Gilles Peress consiguieron  una audiencia con Steele en una biblioteca convertida en centro de detención en Samarra. “Era de noche y todo el tiempo se escuchaba a prisioneros gritando. Hasta el punto que un joven capitán de EE.UU. tuvo que decirle a sus soldados que no se acercaran ahí”, recordó Peress.

Dos hombres de Samarra que fueron encarcelados en la biblioteca hablaron con el equipo de investigación de The Guardian. “Estábamos atados a una viga, colgados del techo por las manos y se me dislocó el hombró” dijo uno. “Me electrocutaron. Me colgaron del techo, me tiraban de las orejas con pinzas y me estampaban la cabeza contra la pared, preguntándome sobre mi esposa, diciendo que la traerían aquí…”, dijo el otro. 
Según Maass, “El centro de interrogatorios era el único lugar en la zona verde en Samarra que  se me permitió visitar Sin embargo, un día, Jim Steele me dijo: ‘Hey, han acabado de capturar un yihadista saudí. ¿Te gustaría hacerle una entrevista?” 
“Me llevaron, no al área principal, sino a un pasillo dónde con el rabillo del ojo vi que había una gran cantidad de prisioneros allí, con las manos atadas a la espalda. Y enseguida a una oficina a dónde habían llevado al saudí. Había sangre goteando a los lados de la mesa de la oficina (…) “Estábamos en una habitación en la biblioteca de la entrevista con Steele y miro a mi alrededor y veo sangre por todas partes, Él (Steele) escucha el grito de otro individuo que está siendo torturado en estos momentos, con las manchas de sangre en la esquina de la mesa, delante de él (…) Alguien gritaba ¡¡Allah Allah Allah! pero no era una especie de éxtasis religioso o algo por el estilo: eran gritos de dolor y terror.” 
Uno de los sobrevivientes de la tortura recordó cómo Adnan Thabit “entró en la biblioteca y le dijo el capitán Dorade y al capitán Ali ” ten cuidado con los prisioneros, no les disloques los hombros.” Fue para no tener que operar a la gente cuando fueran liberados de la biblioteca”. 
El general Muntadher huyó después que dos de sus colegas más cercanos fueron asesinados después de haber sido convocadoa al ministerio. Sus cuerpos se encontraron en un basurero. Se fue de Irak a Jordania. En menos de un mes, dice, Steele se puso en contacto con él. Steele estaba ansioso de conocerlo y le sugirió venir al lujoso Hotel Sheraton en Ammán, donde se alojaba Steele. Se reunieron en el vestíbulo y Steele lo mantuvo hablando durante casi dos horas.

“Me preguntó acerca de las prisiones. Me sorprendían las preguntas y yo le recordé que se trataba de las mismas cárceles donde ambos solíamos trabajar. Le recordé el incidente en el que había abierto la puerta y el coronel Jabr estaba torturando a uno de los presos y que él no hizo nada. Steele dijo: “Pero recuerdo que le dije al oficial ¡fuera!”

“No, no lo hiciste … Ni siquiera le dijiste al general Adnan Thabit que este oficial estaba cometiendo abusos contra los derechos humanos contra los prisioneros”. Y él se quedó en silencio. No hizo ningún comentario ni respondió.

Según el general Muntadher: “Quería saber específicamente si tenía alguna información sobre él. Si tenía pruebas contra él, fotografías, documentos: cosas que probaran lo que había hecho, le preocupaba lo que pudiera revelar. Ese fue el propósito de su visita.”

“Estoy dispuesto a ir a la Corte Internacional y de pie delante de ellos, jurar que altos funcionarios como James Steele fueron testigos de los crímenes contra los derechos humanos en Irak. Ellos dejaron que esto ocurriera y no castigaron a los autores . “
 

Steele, el hombre, sigue siendo un enigma. Salió de Irak en septiembre de 2005 y desde entonces se integró al grupo de empresas del petrolero texano Robert Mosbacher. Hasta ahora permanece dónde le gusta estar, lejos de la atención de los medios. Si no fuera por Bradley Manning y la fuga de millones de registros militares de Estados Unidos a Wikileaks, que levantó la tapa sobre abusos cometidos por los EE.UU. en Irak,  bien pudo haber seguido desconocido.

Los videos e imágenes de él son raras. Sólo un clip de vídeo de tan sólo 12 segundos en una hora larga de trabajo de investigación de televisón, captura a Steele, un veterano de 68 años de edad, en Irak, vacilante, mirando incómodo cuando ve una cámara que pasa. Se aparta de la lente, mirando con recelo por la comisura de su ojo y luego desaparece en un suspiro.


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