JOSÉ LUIS D’ANDREA MOHR. En su memoria

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Quise mucho a José Luis, en cuya lápida bien podría leerse lo que quería el poeta Espronceda para la suya: "Fue bueno, leal, generoso y valiente". El puso su uniforme para la tapa de "El Periodista" en la que detallamos las andanzas y curros del "Departamento de Producción" de la Jefatura II (Inteligencia) del Ejército, y viajamos juntos a Madrid y a Sevilla en 1999, cuando él declaró ante el juez Baltasar Garzón y ambos participamos de un encuentro entre militares españoles en actividad y en retiro y ex detenidos desaparecidos argentinos organizado por la recordada Gala Rebés. El autor, un reputado abogado que fue hasta hace unos pocos meses director del Instututo Espacio para la Memoria (IEM) lo conoció de bastante antes, ya que hizo la colimba en la compañía de la Policía Militar a su cargo.

A la memoria de Vasco

 Por Eduardo Tavani *

El general no pudo soportarlo, se sintió “ofendido” y resolvió recurrir a la Justicia en busca de reparación. Era el año 1999.

El señalado como “ofensor” había sido pasado a retiro con el grado de capitán del Ejército por decisión de un tribunal militar en 1976. A partir de entonces y por denunciar el golpe y a los golpistas, fue sancionado reiteradas veces con arresto, hasta que en 1985 un Consejo de Guerra dispuso su destitución de la fuerza.

Integró a su tiempo el Centro de Militares para la Democracia en la Argentina (Cemida) y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

Tiempo después egresó como periodista del Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica (ISER) y colaboró en los diarios La Razón, Río Negro, Página/12 y en las revistas Humor y El Periodista de Buenos Aires.

Su primer libro, El Escuadrón Perdido, publicado en 1998, es un minucioso trabajo llevado a cabo a través de años de investigación hurgando en archivos públicos y privados, recogiendo testimonios y cotejando expedientes administrativos y judiciales. Allí daba cuenta del secuestro y la desaparición de 129 soldados del Ejército Argentino, durante los años ’70. El general alcanzó la jefatura del Ejército, el máximo cargo en la carrera militar, en tiempos de Raúl Alfonsín.

Las investigaciones realizadas por el supuesto “ofensor” desnudaban el destino sufrido por un grupo de jóvenes soldados del Ejército durante el período más aciago de la historia argentina contemporánea.

Las “ofensas” al honor, dignidad y reputación que parecían afligir al general eran una derivación de su vinculación con los hechos investigados en el libro, entre los que se destacaba el caso de un joven miembro del Ejército, el cabo José Hernández, uno entre muchos otros, desaparecido por el terrorismo de Estado en la provincia de Salta, donde el “ofendido” con el grado de teniente coronel se había desempeñado como jefe del Regimiento 28 de Infantería de Monte con asiento en Tartagal, organismo bajo jurisdicción de la V Brigada de Infantería de Monte de Tucumán, cuyo responsable fuera el también jefe del Operativo Independencia, Antonio Domingo Bussi.

El “ofendido”, en plena vida pública y todavía jefe del Estado Mayor, el 5 de mayo de 1986, ante 300 oficiales, en el comando logístico de Palermo habría afirmado: “… quedará para el futuro, cuando el tiempo y el espacio lo permitan, si es que podemos, reivindicar a nuestros comandantes”, según extracto del artículo “La Política del Punto Final, el plan de Ríos Ereñú”, publicado en El Periodista de Buenos Aires Nº 120, del 26 de diciembre de 1986, páginas 8 y 9, Ediciones de La Urraca.

En los estrados judiciales fueron demolidos, uno tras otro, los presupuestos relativos a la responsabilidad que el “ofendido” le endilgaba al “ofensor”, quien con absoluto apego a la verdad y sentido crítico, en tiempos de impunidad se había animado a denunciar crímenes sin juicio ni castigo.

Un dictamen, oscuro y arbitrario del entonces procurador general de la Nación Nicolás Eduardo Becerra habilitó a que la Corte Suprema de Justicia mandara dictar una nueva sentencia. Los votos de los jueces Belluscio, Vázquez y Boggiano y de las conjuezas Cossio de Mercau y Berraz de Vidal conformaron la mayoría que facilitó el vuelco de la causa. No fue difícil imaginar el origen y peso de las influencias que permitieron tumbar un fallo justo.

El “ofensor”, José Luis D’Andrea Mohr, por entonces ex capitán, autor del El Escuadrón Perdido, un hombre íntegro, a quien serví como colimba, de quien fui amigo y que me honró al designarme su defensor en la causa “Ríos Ereñú, H. C/D’Andrea Mohr y otros”, no alcanzó a ver tamaña satrapía. Falleció el 22 de febrero de 2001.

El “ofendido”, Héctor Ríos Ereñú, fue condenado el 21 de diciembre de 2013 a prisión perpetua por el Tribunal Oral Federal de Salta, por crímenes de lesa humanidad, cometidos a partir de 1975, en esa provincia.

José Luis, doce años después, todos a los que aún nos duele tu ausencia podemos afirmar que esta batalla, en la que como en otras, tozuda e inquebrantablemente te enfrentaste a la impunidad y el olvido, está ganada.


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