Justin Bieber: ¡Es rock & roll, nennnnnnnnnnnnnnnnnnnnne!

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Justin o Bieber

Por Juan José Becerra/ Miradas al Sur

La idolatría tiende a encabezar los catálogos sociopáticos como una manifestación de euforia infantil o juvenil, cuyos objetos de adoración serían –esta es la clave de la empatía– jóvenes eufóricos montados en un escenario global. Se olvida que los adultos y ancianos que se agolpan en la Plaza San Pedro del Vaticano son, a su manera, beliebers de Francisco, y que no tienen síntomas diferentes: vociferan sus «I Love you Pope», lloran ante su paso sanlorencista y compran merchandising.

¿Quién inventó todo esto? ¿Elvis Presley? ¿Los Beatles? Quien quiera que haya sido –en todo caso no lo fueron tanto los genios de la música como las bocas tecnológicas que los expendían–, lo que hizo fue inventar la raíz, el abono y la savia que mantienen vivo al pop, entendido como el gran genérico de la cultura de los últimos cien años.

Toda esa luz que se desprende de los triunfos fulminantes de los ídolos, bienes renovables que nunca conocerán la experiencia del agotamiento (como los clavos, un ídolo saca a otro ídolo), produce una oscuridad gélida, como de quirófano, de la que su muestra más patente son los objetos hallados en la habitación de Michael Jackson el día que murió. Toda la claridad playera de los Jackson Five, toda la armonía familiar de un clan de negros subidos a un escenario derivó, sin dudas y naturalmente, en algo más triste que su final fúnebre: los años de víspera.

Luego supimos, en el racconto, que Michael era obligado por su padre a cantar y a bailar y que, al pifiar un movimiento, era prácticamente revoleado contra las paredes en concepto de correctivo coreográfico. Si esa violencia es la causa directa de la dulzura pedófila que rodeó ese museo de perversión llamado Neverland, no lo sabemos ni deseamos justificarlo. Sólo diremos: puede ser, puede ser.

Jackson, multipicado por five y luego puesto en su lugar como rey de la familia y de la cultura pop, es un hecho que se desprende de sus antecedentes más nítidos: Judy Garland bajándose de The Gumm Sisters Kiddie Act –el trío del que participó con sus hermanas– para cortarse sola, un ejemplo de que en el mundo del espectáculo las pymes familiares no van porque, en su interior, también se compite por el primer puesto.

La mejor versión de estos productos ocurre cuando la industria, que los fabrica como golems que tarde o temprano serán derretidos por la lluvia del tiempo, no puede controlarlos. No hay casting, contrato, complicidad familiar ni millones que puedan reducir la energía juvenil a la esclavitud que se pretende de ellos, una esclavitud de la apariencia por la que a los jóvenes ídolos se les exige una sola cosa: rendir.

La aparición de Britney Spears en los años ’90 no fue tan veloz como su degeneración respecto del modelo que encarnaba. Niña Disney con todo un mundo por delante, luego de su beso con Madonna no hizo otra cosa que raparse, drogarse, emborracharse, tener hijos y entregarse a los postres saturados de grasas trans.

Cristina Aguilera, que acaba de regresar a la vida, fue un poco la copia edulcorada de la conducta de Spears, aunque con el mismo despliegue de kilos. Como si sus preciosos cuerpos inteligentes se inflaran de golpe para decirle al mercado de la música y el baile: «a ver si te gusta esto». Sus gorduras, cuando las tuvieron, fueron el anticuerpo que combatió todos los regímenes que el pop le exige a sus ciudadanos ilustres: el de la forma deseable, la conducta burguesa y –sobre todo– la previsibilidad industrial. La respuesta de las chicas, surgidas de las entrañas de su inconsciente, fue el lucro cesante, un atentado letal al just in time de cualquier fábrica.

Por la misma senda áspera va camino a la ruina Miley Cyrus. Ya fue tapa de Rolling Stone, fuma en público, besa muñecos con forma de monstruos y «pela». Pero será recordada por su tendencia irrefrenable a sacar su extensa lengua, tanto o más hermosa que la de Jessica Simpson, otra que desbarrancó. Como vemos, y con la excepción de Lady Gaga, cuyo control de su imagen y de su sobra está muy por encima de sus competidoras, los ídolos de la juventud envejecen de golpe.

Ya hemos formado un lecho considerable de antecedentes para darle paso a nuestro tema de la semana: Justin Bieber o, simplemente, «Yastin». ¿Qué se oculta detrás de ese jopo de kilo, kilo y medio? Un rocker. Su currículum puede intercambiarse con alguno de sus precursores –no con el de Justin Timberlake, que supo crecer– sin que nos demos cuenta. Cantante precoz, porte andrógino, soltura para la exposición pública. «Ya está, éste es el hombre», dijo el «talent manager» Scooter Braun cuando lo descubrió a los 14 años. Bah, «talent manager»: un bandido que se la pasa viendo youtube para ver qué pescado puede llevar a su freezer.

El comienzo de Justin Bieber es el de un precoz más haciendo los deberes. Digamos: un Claudio María Domínguez hablando de mitología por televisión. Album My world en 2009 (a los 15 años), disco de platino, giras, hoteles, pim, pum, pam. En el horizonte del amor se asomó Selena Gómez, que decidió dar un paso al costado para pisar aunque sea los bordes de esa superficie llamada seriedad. Pero Justin, el ídolo de la adolescencia burguesa que acaba de dejar el tendal en la Argentina, siguió. Siguió vomitando en los escenarios, contratando putas o consiguiendo chicas sin cargo como –creemos– ocurrió con los servicios que le prestó la sólida modelo Tati Neves en un hotel de Río de Janeiro.

Del glamoroso Hotel Faena, en el que entre otros ídolos del arte se alojó Ricardo Arjona con una conducta fiel a la lírica inocua de sus baladas, Justin Bieber fue expulsado. Los rockeros, y Justin lo es (lo es más que Mick Jagger, al que hace décadas que no echan de un hotel), tarde o temprano demuestran que lo son cuando no pueden resistir la violencia de género que los caracteriza. ¿Cuál es esa violencia? La que se aplica contra las cosas, en especial contra las cosas de hotel, objetos pasajeros del que es difícil discernir a quién pertenecen.

Existe la ilusión de que los objetos de un hotel son un patrimonio público como el mobiliario de una plaza y que, al ser de todos, también podría ser nuestro si lo tomamos. Es la sensación que tiene el ciudadano que se roba los adoquines de San Telmo para tenderlos en su jardín de invierno (o la que tenés vos, mamá, que no parás de traer toallas de los hoteles de Brasil).

Matías Morla, el Abogado que Nunca Ríe, embargó los bagayos de Justin. Quiere proteger los derechos de quienes invirtieron miles de pesos para que el autor de «Baby» («uuuuhhhhh») cantara sólo cuatro canciones sin ganas. Lo lamento por ellos. Hubieran invertido en Paul Mc Cartney, que viene seguido y es más barato. Pero el escarmiento judicial no le hará bajar el copete al ídolo, porque si hay algo que ha ocurrido con su identidad –supongamos que tiene una– es que le ha encontrado el gusto a esa sarna que consiste en romper todo porque sí.

Justin Bieber cerró tempranamente la puerta de su ciclo argentino. Partió, barrió el piso con la bandera creada por el diseñador gráfico Manuel Belgrano y ¿cuánto le importamos? Nada. Ese tipo de gestos, acá o en la China, se llama rock and roll.


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