La de Nicolás Casullo fue una mirada tan radiante como profética. Impresionante

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Así como siempre leí a Horacio González, muy pocas veces leí a Nicolás Casullo, otro de los fundadores de Carta Abierta. Y eso destaca aún más la fortísima impresión que me dio leer esta nota escrita en el 2002, cuando Néstor Kirchner ni siquiera era candidato. Alucino por la clarividencia y el buen juicio de Casullo. Realmente me ha dejó boquiabierto. Y, como yapa, Casullo contestó ya entonces a las preguntas que formuló José Natanson (ver más abajo) junto a la exhumación de esta nota suya. Digo, Natanson es un arquetipo de las generaciones «crecidas entre Luder y Menem» para los que «el peronismo de izquierda» que floreció en los ’70 «no dejó datos ni rastros», por lo que no alcanzaron «a descifrar ese rótulo como algo digno de ser pensado». Qué grosso, Casullo.
Léanlo: aqui están las claves de nuestro amor a Néstor.

El hombre que venía

El politólogo Nicolás Casullo escribió esta nota en mayo de 2002, un año antes de que Néstor Kirchner llegara a la presidencia y antes incluso de que fuera realmente un candidato. El notable texto pinta el personaje que el gobernador patagónico podría llegar a ser y en muchos aspectos realmente fue.

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NICOLÁS CASULLO / PAGINA 12 
Néstor Kirchner representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como equívoco en la Argentina: la izquierda peronista. En su rostro anguloso, en su aire desorientado como si hubiese olvidado algo en la mesa del bar, Kirchner busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético menemista. Convocatoria kirchneriana por lo tanto a los espíritus errantes de una vieja ala progresista que hace mucho tiempo pensaba hazañas nacionales y populares de corte mayor.

Revolotean escuálidos los fantasmas de antiguas Evitas, CGT Framinista, caños de la resistencia, Ongaro, la gloriosa JP, la Tendencia, los comandos de la liberación, ahora sólo eso, voces en la casa vacía. Por eso un Néstor Kirchner patagónico, atildado en su impermeable, con algo de abogado bacán casado con la más linda del pueblo, debe lidiar con la peor (que no es ella, inteligente, dura, a veces simpática) sino recomponer, actualizar y modernizar el recuerdo de un protagonismo de la izquierda peronista que en los ’70 se llenó de calles, revoluciones, fe en el General, pero también de violencia, sangre, pólvora, desatinos y muertes a raudales, y de la cual el propio justicialismo en todas sus instancias hegemónicas desde el ’76 en adelante, renegó, olvidó y dijo no conocer en los careos historiográficos. De ahí que en las nuevas generaciones de jóvenes de los últimos 20 años, las crecidas entre Luder y Menem, aquel “peronismo de izquierda” no dejó datos ni rastros: las nuevas generaciones medias no alcanzan a descifrar ese rótulo como algo digno de ser pensado. Por eso, como espacio histórico dramático y fallido, lo de Kirchner tiene el signo de la nobleza, del respeto a una generación vilipendiada con el mote de puro guerrillerismo. Es fiel a una memoria fuerte del país que ningún peronista “referente” se animó a aludir en la nueva democracia, y también signo de aquellos fatalismos. Larga es la lista de enemigos internos y externos de esa izquierda nacional en el movimiento desde 1953 hasta hoy: los “cobardes, entreguistas, traidores, claudicantes, negociadores, burócratas, mariscales de la derrota, antipueblo” y finalmente esa extraña y exitosa ecuación de modernización y renovación justicialista que desembocó en el menemismo-liberal que enamoró a todos los poderes reales en la Argentina. Lista de defecciones tan eterna y concreta que casi terminó siendo, desde 1955, la historia real del peronismo. La de sus defecciones.


En esa temeraria pelea está inscripto hoy el santacruceño. Según muchos, Kirchner asume la responsabilidad de una pieza semiarqueológica: los militantes peronistas “setenteros”, ahora cincuentones, quienes viven la biografía del movimiento del ’45 como sentados en una estación abandonada y ventosa muy al sur del país por donde volver a pasar, aunque todavía no se note, ni se crea, ni se oiga, aquel verdadero tren de la historia que algún día podrá llenar de humo purificador la patria.


Sentados en el andén vacío y destartalado, como a una hora señalada, los del grupo toman mate, hacen muñequitos de madera con las navajas, parrillan corderitos en la estación sin nadie, miran de soslayo por si se acerca alguien, y achican los ojos cada tanto con las manos de visera en pos de un imaginario punto negro, lejano, que se vaya agrandando sobre las vías con su silbato anunciador. La cuestión es no dar demasiados datos de esa espera. Por eso Kirchner habla rápido, a veces medio desprolijo, o deambula confusamente entre cámaras de noticiero tratando de coincidir con la memoria de los mártires, con el subsuelo del tercer cordón ex industrial, o con una histérica cacerolera de Belgrano R. Porque en realidad está diciendo algo difícil, complejo, discutible, pero a lo mejor por eso profundamente cierto en cuanto a por cuál sendero se sale realmente de este entuerto, donde el país se desbarranca por la ladera, perdida toda idea de sí mismo, toda imagen nacional.


Es posible que no sea candidato, o mejor dicho que no le alcance el envión entre los sueños solapados del presidente Duhalde, las encuestas optimistas de De la Sota, la coincidencia de los poderes con Reutemann, las infinitas “re-reelecciones” de Menem, el caradurismo simpático de Rodríguez Saá. Desgarbado, lungo, de palabra directa, está último en esa lista, cuando cada tanto viene del sur para exigir elecciones ya. Para decir que va por adentro o va por afuera pero no va a entrar en ninguna trenza. Lo converso con mis amigos y el 80 por ciento no lo ubica, lo semitienen en algún rincón de las imágenes del consciente pero no del todo. Les digo que es el fantasma de la tendencia que vuelve volando sobre los techos y sonríen como si les hablase de una película que no se va a estrenar nunca porque falta pagar el master.


Si rompe con el peronismo corre el eterno peligro de quedarse solo, ser simple izquierda, ser no “negocio”. Si se queda adentro, ya nadie sabe en qué paraje en realidad se queda: corre el peligro de no darse cuenta un día que él tampoco existe.


En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que ésta no fue toda la historia. Que hay una última narración escondida en los mares del sur.
……………………….
Natanson afirma que esta es la segunda parte de un trabajo suyo titulado «Kirchner y la historia». La primera parte ya le hemos publicado aquí mismo.

Kirchner y la historia (Segunda parte)

¿Es el kirchnerismo una anomalía, como propuso Ricardo Forster en Página/12 el jueves pasado, o es el resultado lógico, la conclusión previsible de ciertas tendencias históricas? Sin entrar en un debate acerca del determinismo, sus potencialidades y límites (debate que me excede largamente), creo que vale la pena volver sobre el tema.

En mi columna del domingo pasado señalaba con asombro el registro emocional que adquirieron muchos de los análisis posteriores a la muerte de Kirchner, y ponía en cuestión un deslizamiento, creo que inconsciente, que a menudo se producía: el cariño por el líder fallecido derivaba en la idea de un Kirchner que apareció de la nada e hizo lo imposible. Un Kirchner que, por inesperado y sorprendente, se convertía en un Kirchner descontextualizado y ahistórico. La imagen era la del hombre que llegó del cielo, trastrocado en el frío y el viento de Santa Cruz. En la misma línea, sorprende también –se me ocurre ahora– la reiteración de comentarios acerca del aspecto físico del ex presidente, como si fuera posible establecer una relación directa entre la extrañeza que producía su figura –”desgarbada”, “informal”– y la naturaleza sorprendente de los cambios que impulsó.


Se ha dicho hasta el cansancio que Kirchner es un hijo de diciembre de 2001, y por supuesto es cierto: como Alfonsín con el derrumbe de la dictadura y Menem con la crisis de la deuda, Kirchner supo ver mejor que nadie que los cacerolazos y piquetes marcaban el inicio de una nueva etapa. Pero su ascenso y su gestión no sólo fueron resultado de la crisis, sino de la tibia, titubeante recuperación posterior. Kirchner llegó al poder también como promesa de continuidad del interregno duhaldista, aunque el éxito de la gestión del ex senador en cuanto a su capacidad de ordenar la economía y trazar las líneas fundamentales de un nuevo modelo (y todo lo que ello implicó en términos de continuidad de políticas –dólar alto y retenciones– y funcionarios –Roberto Lavagna, Daniel Scioli o el mismo Aníbal Fernández, que en ese momento se definía como “duhaldista portador sano”–) hoy resulte difícil de digerir. Kirchner no asumió la presidencia en diciembre de 2001 sino en mayo de 2003.


Kirchner fue un interpretador de grandes tendencias históricas, algunas de ellas subterráneas, pero todas preexistentes. Este es el núcleo de mi diferencia con los análisis mencionados. Las medidas más importantes del ciclo kirchnerista –del juicio a la Corte a la ley de medios o la estatización de las AFJP– no fueron inventos suyos sino propuestas, algunas de ellas de elaboración colectiva, que venían de antes. En algunos casos, como en el de la Asignación Universal, eran iniciativas que el kirchnerismo resistió durante años, hasta que finalmente se convenció de sus ventajas.


La continuidad respecto del gobierno de Duhalde y la capacidad de Kirchner de recoger demandas previas no implica negar su condición de bisagra, pero sí nos lleva a reconocer las fuentes en las que abreva y el contexto en el que se inserta, que es también un contexto regional. El kirchnerismo forma parte de una tendencia de giro a la izquierda que hoy cruza a casi toda Sudamérica y que, como suele ocurrir con este tipo de cambios profundos, tiene causas –difícil encontrar otra palabra– estructurales: la caída del Muro de Berlín, por ejemplo, eliminó la competencia bipolar y el peligro del avance del comunismo, lo que llevó a Estados Unidos a admitir en su patio trasero gobiernos que en el pasado hubiera bloqueado por vía de la desestabilización o el simple golpe de Estado (¿alguien se imagina a Washington tolerando a indígenas cocaleros u obispos de izquierda o partidos guerrilleros en países tan fácilmente intervenibles como Bolivia o Paraguay o El Salvador?). En todo caso, esto abrió un espacio geopolítico antes obturado por Washington y permitió el ascenso de los gobiernos que hoy se encuentran en el poder. Muchos de ellos, beneficiados por los altos precios de las materias primas de exportación (la soja y los cereales argentinos, paraguayos y uruguayos, el petróleo venezolano y ecuatoriano, el gas boliviano) consiguieron fortalecerse financieramente y se aseguraron amplios márgenes de autonomía.


Contra lo que a veces se dice, Kirchner no fue a contrapelo de las tendencias generales, sino a caballo de ellas. No las combatió sino que las intuyó tempranamente y supo aprovecharlas. En este sentido, las alusiones a los ’70 y la sensación de camporismo tardío que a veces rodea al elenco oficial no debería distraer: el kirchnerismo es un movimiento moderno, bien de época, totalmente sintonizado con los tiempos. Como en el resto de Sudamérica, mezcla un desarrollismo aggiornado, un razonable rigor fiscal, amplias políticas sociales y la apertura a nuevos reclamos (casamiento igualitario) y temas (ley de medios).


La curiosidad argentina no reside entonces en el programa pos-neoliberal, una tendencia general que abarca a casi toda la región, sino en quien lo protagoniza. En la mayoría de los países, las fuerzas que asumieron el poder tras el fin de la etapa neoliberal fueron, lógicamente, aquellas que habían liderado la lucha contra las reformas de los ’90: el PT brasileño, el MAS boliviano, el Frente Amplio uruguayo. En Argentina, todo así lo indicaba, debía ser el Frepaso, el gran protagonista de la oposición a Menem, pero la decisión de Chacho Alvarez de aceptar la continuidad de la política macroeconómica (profesión de fe sintetizada en el famoso arrepentimiento de haber votado en contra de la convertibilidad) terminó con la formación de la Alianza y el gobierno de De la Rúa, con Cavallo como ministro. Y al final fue el peronismo, el mismo que había concretado el giro neoliberal, el responsable de asumir la conducción de la nueva etapa. Mi tesis, retomando Forster, es que la anomalía argentina no reside en el giro a la izquierda sino en el responsable de llevarlo adelante: lo anómalo no es el programa sino el sujeto político. La anomalía se llama peronismo.


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