La desgracia de Aliverti y la jauria linchadora

Compartí

Aliverti, Cristóbal López y Todos Nosotros

Tomado de La Otra (para ir al original, hacer doble clic en el título). Siempre digo que ser «hijo de…» no es ningún mérito. Del mismo modo, ser padre no es ningún demérito… Pero a los linchadores, los organizadores de ejecuciones públicas, todo eso les importa un bledo.

«Voy a contar un único episodio. Perfil montó una guardia enfrente de mi casa, con fotógrafa, en un taxi estacionado de contramano sobre la esquina. Lo habíamos visto desde la noche del jueves. Ayer (por el viernes) a la mañana seguía ahí. No aguanté más. Salí de mi casa. Salió la fotógrafa del taxi. Le dije al conductor “disculpame, no es con vos”. El conductor me dijo “Eduardo, no puedo hacer nada, soy un laburante”. Enfrenté a la piba, a la fotógrafa. Me saqué y le dije, dos o tres veces, “por qué me hacés esto, hija de puta”. La piba me dijo “es mi laburo, entendeme, trabajo en Perfil”. Yo seguía sacado. En medio de la furia, conseguí decirle “pero ponete un límite, ponete un límite, buscá un trabajo donde no tengas que hacer esto”. La piba me dijo “conseguime otro trabajo y me voy”. Se subió al taxi y se fueron».

El lamentable episodio que termina con la muerte de un ciclista atropellado por Pablo García, episodio que trasciende mediáticamente por la circunstancia de que García es hijo de Aliverti, pone en evidencia lo insuficiente que viene siendo el proceso iniciado con la sanción de la nueva ley de servicios audiovisuales. La lapidación mediática desatada contra el periodista requiere un cretinismo pocas veces visto: hostigar política y mediáticamente a un hombre por el presunto acto de su hijo muestra que la máquina comunicacional mantiene su fiereza intacta, que la ley y todos los debates que la acompañaron no parecen haber disminuido. Quizá fuera ingenuo esperar que una ley pudiera alterar una práctica consustancial a esta fase del capitalismo. Algo así como la «prensa» ya no existe: lo que hay es una enorme máquina de picar carne y perturbar mentes. La ley de medios audiovisuales puede ser el comienzo de algo, de una conciencia pongamoslé, pero el fin de nada.

Pero hay síntomas políticos a pensar una vez que se ha perdido la ingenuidad de creer que la ley sola bastaba. Uno: no somos ingenuos si seguimos pretendiendo que estas prácticas, violatorias de los derechos humanos (esto que a falta de mejor nombre podemos llamar «lapidación» mediática) deben dejar de ser el modelo naturalizado de comunicación: mientras este modelo siga naturalizado, mientras no nos escandalice que una corporación de medios puede usar su poder destructivo para estigmatizar no ya a alguien que podría haber cometido un delito sino incluso a sus parientes, mientras aceptemos estas canalladas como algo normal, nuestra libertad de conciencia está seriamente amenazada. Dispositivos como el que esta semana ostentó C5N son un arma muy peligrosa contra la convivencia civilizada y el respeto a los derechos civiles. Este exceso de saña no puede ser tomado simplemente como un exabrutpo de un conductor telvisivo (el siniestro Eduardo Feinmann, por caso). El mecanismo activado tiene todos los rasgos de ser sistémico. No se lo puede encarar como si se discutiera contra un periodista excedido. Hay que reconocer las condiciones que hacen posible que esta cadena de ultrajes se realicen sin sanción social.

Cadena de ultrajes: no es solo Aliverti el agraviado, ni tampoco su hijo: incluso el hombre que murió es agraviado cuando su muerte se instrumenta para un ataque tan artero. Y por último, pero no por eso menos importante: la conciencia de toda una comunidad es agraviada cuando los medios corporativos se permiten pasar por alto el derecho a la defensa en juicio y predisponer a la masa consumidora al odio fascista.
Noté con preocupación a compañeros que temen pronunciarse contra esta abominable máquina de terror persecutorio porque ceden a un chantaje sentimental: como hay un hombre muerto no se puede salir a repudiar el amarillismo de los medios. Como si la muerte de un hombre nos inhibiera de percibir en qué cloaca estamos metidos. Nada de lo que digo cambiaría si García fuera efectivamente encontrado culpable de un homicidio. Ese resultado no podría legitimar el agravio cometido por la barbarie mediática. También me sorprendió que me respondieran que era más importante discutir la fallas en las políticas viales, como si una falla en este terreno permitiera devaluar la canallada que se comete desde el terror de los medios. El crimen de García es presunto y será inocente hasta que se demuestre lo contrario. La canallada de los medios es evidente y aunque no hubiera una figura penal que la caracterice, su peligrosidad política está a la vista. Estas maneras de comunicarnos nos enferman, nos perturban y nos predisponen a endurecer nuestra convivencia. Un choque entre un auto y una bicicleta, cualquiera sean sus motivos, no pueden llevarnos a un estado de linchamiento simbólico. Es algo que se debe dirimir en los tribunales y no en las pantallas. No podemos ser tan frívolos como para creer que como teleespectadores tenemos algún derecho a sumarnos a la banalización de la muerte. No lo tenemos.

Y una última cosa. ¿Cristóbal López era un empresario K? Mirá qué bien. Porque esta vez no fue TN, no tenemos chances de reducir este agravio a la guerra Clarín – Gobierno. ¿Cómo no advertir su responsabilidad empresarial en el sostenimiento de una línea editorial tan repudiable? En cualquier momento, si no ya, López puede convertirse en una lacra tan nociva para la democracia como el propio Magnetto.


Compartí

Deja un comentario