La deshumanización del kirchnerismo, un fracaso

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Por Eduardo Blaustein / Miradas al Sur
Imágenes del velatorio del ex Presidente. Como sucedió con el Bicentenario, la cadena de medios debió rendirse ante la potencia de los hechos. (MARTIN KATZ)

 

La empatía social con los Kirchner refuta la leyenda de los «manejos tiránicos» del poder. Cuando la emoción es política.

De toda la infinita, compleja, conmovedora marea de imágenes que circularon hasta el domingo pasado en la televisión repasando la historia personal y política de Néstor Kirchner, unas pocas líneas sobre algo que repasó 6,7,8. Fue cuando desde el programa reprodujeron la charla con el ex presidente de enero pasado. Un tema central a tratar era la cuestión Redrado. Kirchner dijo, con absoluta naturalidad, que si en su momento había optado por el antiguo Golden Boy para presidir el Banco Central, era para negociar la deuda externa. «¿Qué querés, que pusiera al Flaco Kunkel?», fue más o menos la respuesta. A lo que aludía era a una cuestión eminentemente política y técnica. Pero por debajo de la respuesta, opinable, se puede hablar también de una cuestión de empatía a la hora de relacionarse, dialogar o negociar con los otros. La empatía con Néstor Kirchner y Cristina es el asunto central de lo que sucede estos días, en felicísimo contraste y desmentida de la más exitosa operación cultural que primó hasta el último verano: la deshumanización del kirchnerismo.

Recordemos cómo comenzó todo esto porque en el principio fue la novedosa emergencia de un presidente humano. El discurso de asunción nos pegó fuerte a los que veníamos del palo. Pero en la escala social tuvo más alcance emocional el jueguito desmañado con el bastón presidencial, el zambullirse en la multitud (esa sed a saciar, esa necesidad de contención para ganar fuerzas), la herida en la frente por el golpe de la cámara, la urgente salida de raje a Entre Ríos con Daniel Filmus para ponerle fin a un largo conflicto docente. Añado una imagen que apenas retengo de los primerísimos días: la visita creo que a un geriátrico de San Martín, donde los viejos recibieron a Kirchner entre sorprendidos y lagrimeantes.


Aunque desde el periodismo o las ciencias sociales pretendemos apelar a la pura racionalidad a la hora de informar y explicar cuanto pueda suceder, se sabe desde los orígenes de los tiempos que lo emocional juega un rol crucial en los fenómenos políticos. Los sociólogos dedicados al estudio de la opinión pública y los que hacen comunicación política lo saben muy bien. La revalorización social del kirchnerismo y de lo hecho por Néstor y Cristina tienen que ver y mucho con los hechos concretos de sus gobiernos. Pero el dolor por la muerte del ex presidente supuso también un viaje en el tiempo no sólo a aquellos primeros días del flaco desestructurado, llano y entrador, sino hacia más atrás, muchos años más atrás, a una historia de amor militante. Humanidad pura.


Es fascinante: fue también en los primerísimos días que la derecha inició su operación deshumanizadora desde la pura, estúpida, vaciada solemnidad. Ellos veían con sospecha que el «estilo K» no respetara los protocolos de la etiqueta y el ceremonial. Inmediatamente, sí, el cuestionamiento fue más político. Hacia el 2004 ya se hablaba de los «riesgos» del estilo confrontador. Comenzaba a amasarse el falso imaginario de la crispación, el tirano, la puta montonera, «la gente en la calle los quiere matar».



Cristina danzante. A juicio de quien escribe una de las iniciativas más brillantes y la más exitosa operación cultural y comunicacional que produjo el kirchnerismo en los últimos tiempos fue la de los festejos del Bicentenario. Puede que hayan sido una bisagra en un año de recuperación económica. Están los otros hechos políticos, las «realidades efectivas» producidas por los gobiernos de Néstor y Cristina. Pero fue el Bicentenario el primer gran refutador de leyendas y falacias. Unos cuantos meses antes, antes incluso de la campaña electoral, habíamos expresado nuestra opinión, o conjetura, o deseo, de que Néstor saliese a los medios hostiles justamente para rehumanizarse, rebatir y refutar («Si Néstor Kirchner decidiera presentarse en las próximas elecciones podrá ocurrir algo asombroso: que allí donde sembró sal y dijo vade retro Satanás, los estudios de televisión y radio, se lo vuelva a ver como Pancho por su casa y riente»). Cuando el Bicentenario anotamos aquí lo bien que le hacía a Cristina en términos de comunicación aparecer humana, emocionada, sonriente y a la vez eficiente hacedora, bailando al ritmo de una murga. Eduardo Anguita, con buen criterio, me pidió entonces que retocara lo necesario un párrafo, como para que no quedara la idea de que le dábamos instrucciones de buen comportamiento a la Presidenta o consejos de marketing político.


Es la empatía lo que vivimos estos días. Nos quebramos con Cristina cuando se quebró en su discurso en la planta Santa Isabel, como se quebraron obreros y obreras de la fábrica (la cámara apuntando hacia sus rostros), como se quebraron los mozos de la Rosada en el velatorio, como se quebraron tantísimos miles. Habrá que recordar una vez más de dónde veníamos, habrá que recuperar imágenes olvidadas. Marcelo Tinelli estuvo en el velatorio y es posible que lo haya hecho desde una legítima necesidad o convicción. Pero fue desde su programa, durante la campaña electoral, donde se recreó la más espantosa síntesis de las Cristinas posibles: una pura y gruesa máscara de maquillaje, ausencia y frialdad; de autoritarismo rayano en la crueldad pura y dura. Es extraño, porque el Néstor de ese mismo programa era relativamente un tipo campechano y riente. Pero por esos días fue una Cristina horrible, más el alica-alicate, «ocurrencia» imbecilizadora, vaciadora y despolitizadora por excelencia.


Lo inaudito. Emerge ahora la multitud de los «yo no lo voté, pero…». Maravilloso proceso social que más allá de lo que vaya a durar en el tiempo (hay vastas razones para ser optimista en esa materia) habla del más extraordinario éxito que haya tenido el ciclo kirchnerista desde sus inicios: ganar una batalla comunicacional y cultural que venía complicadísima. La remontada de la cuesta es muy anterior a la muerte de Kirchner, fueron importantísimos los hechos concretos del acumulado, igualmente todas y cada una de las iniciativas que se repasaron estos días (Afjp, ley de Medios, matrimonio igualitario, AUH, las netbooks), así como la emergencia de una pluralidad de espacios de contracomunicación entre los que sobresalen 6, 7, 8, Miradas y tantos otros. Pero, de nuevo, hoy, ahora, lo central en esta historia es empatía pura, una empatía donde la dimensión de lo emocional no se opone a la política, es una empatía esencialmente política.


Vuelvo a lo de la marea de imágenes que todos repasamos en estos días. Y hago foco en un repaso que se hizo en Telefé, no recuerdo en cuál programa de archivo y chismes. Buena parte del material provenía de los diversos registros grabados del programa CQC. De nuevo: Néstor y Cristina humanos. Néstor rapidísimo de reflejos a la hora de retrucar chistes (el tipo era muy gracioso). Néstor pegándole manotazos de grandulón tosco a Gonzalito. Cristina y Néstor contándole a Daniel Tognetti historias de pareja, ambos haciéndose los malitos. Qué celosos y suspicaces se ponían los periodistas de otros medios por el hecho de que los Kirchner aparecieran en CQC y no en sus espacios. Me pregunto –cuando tantos descubren tarde la emergencia de la nueva relación entre jóvenes y política– si no convendría analizar como un capítulo que contiene sus especificidades esa otra construcción hecha acerca de Néstor/Cristina desde CQC o ciertos espacios de la Rock & Pop y la Metro.


Son fenómenos a atender para lo que sigue. En la nota mencionada más arriba habíamos anotado algún asombro ante el hecho de que todos termináramos naturalizando cierto autoexilio de Kirchner en su relación con los medios. Hablando de los primerísimos días, nos preguntábamos que había sido de ese viejo Kirchner. «¿Por qué se resignó a que lo construyeran otros? ¿Por qué se recluyó en un mundo chico y paralelo que la resta capacidad de interpelación social?».


Mirá qué grande Néstor ahora, qué manera de interpelarnos, de qué doloroso modo lo tenemos enchamigado con el mundo, o con una buena porción de ese mundo nuestro que venía tan estragado, hostil y estallado.


«No lo voté, pero»… Permanecemos en días de recogimiento, atravesados por esas andanadas tumultuosas de dolor y alegría ante tanto enchamigamiento colectivo. Lo anotó entre tantos Eduardo Aliverti: «Muchos testimonios, mucho oyente, mucho correo, muchas sensaciones… La angustia auténtica de la gente común que llamaba a la radio; la cantidad de llamados del tipo ‘no soy peronista, no soy kirchnerista, no quiero a este gobierno, pero…’. Ese pero. Ay, ese pero. Cuánto que hay en ese pero de ‘me parece que me di cuenta ahora, con la muerte, de que no hay nada real mejor que esto, por más que no me guste'».


La pelea continúa. Parte de lo ganado significa que lo peor de los medios ya no tendrá el poder corrosivo que tuvo hasta ahora, con un acumulado que hizo muchísimo daño. Hay reconfiguraciones políticas a diestra y siniestra. Ya bastante se habló sobre las primeras operaciones de los medios. Para las que vienen, Mariano Grondona, miliquito fiel, siempre con algo de pusilánime, se anotó en vanguardia: a falta de Néstor los inminentes satanizados serán los jóvenes (de juventudes hitleristas, de puñados de fanáticos contra el resto de la Argentina, habló el escritor de las últimas dos dictaduras).


Será prudente que todos, la muchachada en particular a la que le darán pa’ que tenga, tengan en cuenta la metáfora kunkeliana a la que aludió Kirchner en enero pasado. «No por el Flaco Kunkel», aclaramos, como agregó Kirchner, en su tono jodón y muchachero. Lo que está sucediendo en estos días es pura humanidad, abrazo fraterno y política. No es siempre a lo duro-duro-duro a lo que se tiene que apelar, también a las empatías. No hay nada que contagie tanto a la hora de recrear sentidos de pertenencia como la identificación con el otro, sea en el dolor, en la mística, en las alegrías colectivamente conquistadas o en los mejores valores. Los que anduvieron irradiando todo esto fueron los comunes del velatorio, maravillosamente diversos. La empatía se produce a través de anillos concéntricos –el llanto de los anónimos, el respeto de los afligidos, la identificación de los artistas– y produce efectos distintos al discurso en blanco y negro que pueda repetir un oficialista en combate. Es a los comunes, a su diversidad y a lo nuevo a lo que hay que seguir interpelando, abriendo, involucrando. A los que respetaron, a los que lloraron, a los que volvieron sobre sus pasos para pensárselo de nuevo.


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