La falsa reapertura de la calle Mitre

EL PLAN DE SANTILLI
Empate técnico en la calle Mitre

Entre internas de los familiares de Cromañón e idas y venidas del GCBA, la vieja calle finalmente no se abrirá al público sino que a su lado se trazará una nueva arteria, sin tocar el santuario que recuerda a las 194 víctimas. 

Por Juan Salinas / Noticias Urbanas

La reapertura de la calle Bartolomé Mitre después de más de siete años de cierre a cal y canto trajo aparejada una sorpresa. Anunciada por Mauricio Macri hace cinco años y ordenada por la Justicia hace diez meses, la reapertura es consecuencia directa de otra tragedia evitable, la del tren Sarmiento en la estación Once, a unas dos cuadras de la megadisco (o miniestadio) Cromañón, donde a fines de 2004 perdieron la vida 194 personas, en su mayoría muy jóvenes.

Y se produce ante la palmaria evidencia de que las ambulancias y camiones de bomberos tuvieron dificultades para acceder a la estación a causa de su clausura. La sorpresa vino porque no será la vieja calle la que se abra al tránsito, sino una nueva traza paralela a aquella, abierta nueve metros más hacia el norte sobre terrenos pertenecientes al ex Ferrocarril Sarmiento, sobre parte de los cuales (en la esquina de Mitre con Jean Jaurés) hasta el viernes pasado funcionaba un estacionamiento.

De esta manera, el sector más intransigente de los familiares de Cromañón (al menos el que hasta hace unos meses era considerado así), Familiares por la Vida, acaudillado por Nilda Gómez, se salió con la suya y consiguió que el «santuario» erigido sobre la calzada de la calle Mitre junto a la esquina de Ecuador, en el vértice norte de la plaza Miserere, permanezca incólume. Un módico milagro si se tiene en cuenta que muchos arquitectos y urbanistas consideran dicho cenotafio un adefesio; y desde hace más de seis años (desde que se cumplió un año de la tragedia) hay un proyecto surgido de un concurso público convocado por la Sociedad Central de Arquitectos para erigir en ese mismo sitio un bello memorial en recuerdo de las víctimas (lo ganaron los arquitectos Pablo Suárez y Mariano Orlando).

Cuando hace diez meses la Cámara de Casación Penal ordenó que la calle Mitre se reabriera al tránsito vehicular y peatonal, Norma Bonamini, líder de la facción más intransigente (en el entorno de Aníbal Ibarra dicen que en su momento le pidió 50 mil dólares para dejar de hostigarlo), la más ultra de los familiares de las víctimas, estalló: «Si se abre la calle va a correr sangre». Gulp.

CHICANEADO 

El ministro Diego Santilli ya era entonces columnista en el programa que Samuel Gelblung tiene en Radio Mitre (Hola, Chiche). Desde entonces, Gelblung viene chicaneándolo, desafiándolo en público y privado a que abra la calle, cerrada de prepo por los familiares de las víctimas. «El que se atreva a abrirla y acabar con esta situación absurda será el próximo jefe de Gobierno», le repitió una y otra vez, en público y privado.

Así las cosas, y tras corroborar que Mauricio Macri seguía siendo partidario de mandar las topadoras sin previo aviso, Santilli estuvo tratando de hallar el momento para reabrir la calle, pero sin encontrarlo a causa de la resistencia numantina de quienes se erigieron en custodios del dichoso «santuario». 

Ya porque haya sido intimidado por ellos, ya porque se conmovió por su dolor, Santilli se plegó hace medio año a la propuesta que la defensora de la Ciudad, Alicia Pierini, elaboró en diálogo con parte de los familiares: abrir una vía alternativa que evitara la demolición del monumento. Un proyecto que no terminaba de concretarse porque, por un lado, nunca se consiguió sumar al acuerdo a todas las facciones en que se subdividen los familiares y, por otro, porque el secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, se demoraba en firmar el traspaso a la Ciudad de los terrenos del ex Ferrocarril Sarmiento por los que, ahora sí, correrá la nueva traza.

La tragedia de Once sorprendió a Santilli de regreso a la Ciudad tras dejar a sus hijos mayores en el Colegio San Jorge de Quilmes. De inmediato, recibió informes de las dificultades que encontraban las ambulancias y los bomberos para llegar a la estación. Creyó llegado el momento y se dirigió a la calle obturada con una cuadrilla de obreros con la intención de abrir la calle en el acto. 

Sin embargo, no solo se encontró con más dificultades técnicas que las pensadas, sino también con un grupo de padres de las víctimas de Cromañón dispuestos a defender a ultranza el «santuario». El ministro discutió con ellos, pero terminó abrazándolos y al borde del llanto.

Así que Santilli volvió al plan largamente madurado por Alicia Pierini, con quien se lleva de maravillas. Las negociaciones comenzaron hace casi medio año, y por la Ciudad participaron tanto el secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, como el arquitecto Jorge Sábato, subsecretario de Proyectos de Urbanismo, Arquitectura e Infraestructura del Ministerio de Desarrollo Urbano, quien se encargó de la redacción final del documento. Sin embargo, el asunto no terminaba de cuajar porque el secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, no estampaba su firma en la cesión de los terrenos del ferrocarril por donde se está construyendo la nueva traza de la calle.

GROGGY

Luego de la tragedia y de la metedura de pata de Schiavi al opinar que es una rareza cultural que los pasajeros se apiñen en el primer vagón y especular que si el percance con los frenos se hubiera producido un día feriado no habría habido muertos o habría habido unos pocos (algo así como «si mi madre tuviera ruedas sería una carretilla»), traspié por el cual Hebe de Bonafini lo tachó de «pelotudo», el compungido ecretario de Transporte –golpeado, para el sopapo, diríase que al borde del nocáut técnico–, urgido por Santilli, firmó por fin el acuerdo, narró a Noticias Urbanas un alto funcionario de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad (a Pierini, la tragedia ferroviaria la sorprendió de viaje en Uruguay). 

Santilli inició las obras el sábado por la mañana, con la intención de concluirlas y proceder a la apertura del tránsito el viernes, plazo perentorio que al momento de escribirse estas líneas allegados al ministro reconocían que no podrían cumplir, por cuanto todavía no se había hecho la platea, es decir, el basamento de la traza alternativa.

Cualquiera podría pensar que, con la satisfacción del deber cumplido y la mente puesta en la profecía de Gelblung, Santilli debería estar sonriendo de oreja a oreja, pero no es así. ¿La causa? Que está recibiendo en su celular frecuentes mensajes de texto del tipo «La maldición de Cromañón caerá sobre tus hijos», emitidos muy presumiblemente por un pequeño grupo de cromañones irreductibles, enemigos del acuerdo conseguido… básicamente porque no fueron consultados.

En principio, no parece difícil rastrear la procedencia de esos mensajes, pero el caso es que Santilli no quiere hacer la correspondiente denuncia. Y es que se diría que no hay políticos que no le hurten el cuerpo a un enfrentamiento con estos energúmenos.

UN POCO DE SENSATEZ

Como no sabemos quiénes son los iracundos, sólo es posible recordar que un pequeño grupo de familiares, encabezado por Graciela Peloso, amagó con ensayar una tímida resistencia a la apertura sui generis iniciada con velocidad de blitzkrieg por las topadoras del Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño, pero la mayoría no la siguió, e incluso el sector que se nuclea en la ONG Que No Se Repita, liderado por la arquitecta Adriana Magnoli, se pronunció hace ya mucho por la reapertura de la calle Mitre. Magnoli dijo más: afirmó que si la calle permaneció cerrada tantos años fue por la presión de «un grupo minoritario de padres».

«Dicen que la calle no se puede pisar porque es suelo sagrado. Yo puedo entender el dolor, pero debemos dejar el derecho a circular. No quiero que haya nada más cerrado. No queremos ser repudiados por impedir tareas de rescate», afirmó en un comunicado.

La alternativa de abrir «otra» calle en lugar de la original demostró creatividad pero también el poder de presión de un grupo de familiares de las víctimas. Basta recordar que ni en ocasión de los atentados a la Embajada de Israel (17 de marzo de 1992) y la AMIA (18 de julio de 1994) las calles Arroyo y Pasteur resultaron cerradas a pesar de la importante capacidad de presión de «la cole» judía.

CUIQUI Y APRIETES

«Todo el mundo les tiene miedo. Y es que nadie nunca les paró el carro. Cuando Aníbal (Ibarra) dijo que había que reabrir la calle, hace cinco años, le pusieron un piquete en la puerta de su casa y le pintaron toda la fachada. Después volvieron a hacer lo mismo varias veces sin sufrir ninguna consecuencia. Apretaron a jueces y a legisladores, y nunca les pasó nada», dijo un estrecho allegado al exjefe de Gobierno, depuesto precisamente a consecuencia de la tragedia que tuvo como saldo 194 muertos, la mayoría de ellos intoxicados por los efluvios cianóticos de la media sombra incendiada por una bengala de las llamadas «tres tiros».

Curiosamente, nunca se identificó a quienes dispararon las bengalas segundos después de que Omar Chabán –que ya les había pedido encarecidamente que se abstuvieran de hacerlo– consiguiera que el líder y vocalista de Callejeros le preguntara de mala gana al público «¿Se van a portar bien?». Es, al parecer, una costumbre argentina. Como en el caso de los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, hay muchos interesados en estigmatizar presuntos instigadores o «autores intelectuales» pero hay todavía más interesados en que no se individualice a quienes encendieron las mechas o detonaron las bombas.

La comparación no es ociosa: el allegado a Ibarra puntualizó que «hace siete años que los familiares de los muertos de Cromañón reciben subsidios, sin perjuicio de que prosigan los juicios que le iniciaron al Estado porteño en procura de una suculenta indemnización».

«No hay nadie que haya recibido un trato similar, ni los combatientes de Malvinas, ni los que estuvieron presos durante la dictadura, ni los familiares de detenidos-desaparecidos, ni ninguna víctima del llamado ‘gatillo fácil’. Nadie. ¿Por qué? Porque nadie aprieta como ellos», concluyó.


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