La noche que Astiz estuvo a punto de quedarla

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Mi amigo Carlos “Quique” Muñoz recordó así en Facebook el día en que, hace exactamente 35 años, lo secuestró la patota de la ESMA. Lo comparto.

Había esperado ese momento mucho tiempo, no quería que llegara pero en algún lugar parecía inevitable. Me estaban pateando la puerta del departamento, al grito de “¡Abrí, somos la policía!”. Y entonces hice lo que sabía que tenía que hacer: manoteé el Colt 38 de abajo de la cama, y sin avisarle nada a Ana, que dormía el pesado sueño de una gripe, encaré para la puerta. No había otra escapatoria, en ese departamento de Once, a más de 30 metros del suelo. Lo habíamos repasado decenas de veces y no quedaba otra que vender cara la muerte. Pasé por delante de la habitación donde dormía mi bebe de tresmeses, y lo miré pensando que iba a ser la última vez, apreté el fierro y me parapeteé detrás de la puerta.

Ese martes 21 de Noviembre de 1978 había vuelto a casa con la decisión de que nos “levantáramos” del lugar lo antes posible, pero la enfermedad de Ana, fue la excusa que ocultó el cansancio de seguir escapando.

Cuando la puerta cedió, un tipo rubio entró como una tromba, y le metí el arma en el medio del pecho. Si disparaba, un pedazo del corazón de ese hijo de puta terminaba en el living del vecino. Pero no pude, no pude o no quise matarlo. No logré atravesar la barrera que significa matar a un ser humano. Entonces un gordo me puso el caño de una Ithaka en la frente, y otro, un típico policía de bigote, una 9 entre las costillas. Tire el Colt al piso y levante las manos, el “Gordo Tomas”, el teniente de fragata Cionci, para más datos, me metió un culatazo detrás de la oreja derecha, que me partió el hueso y me hizo caer desvanecido al piso. Un policía que nunca pude identificar me arrastró de los pelos hasta la habitación del pibe y me empezó a pegar. Mientras tanto el “Gordo Tomás” y “Fafa” (Claudio Pitana, oficial de la policía federal, hoy con perpetua) se encargaban de Ana, que los puteaba. El rubio al que casi le arranco el corazón, “Gonzalo” (el teniente de fragata Alfredo Astiz, con perpetua hoy también), descorchó una botella de champán que me había regalado mi hermano, y tomando un sorbo del pico gritó: “Brindo porque este hijo de puta no me mató”.

Dieron vuelta el departamento, se robaron la plata, algunos, los únicos, objetos de valor, nos encapucharon, esposaron, y ante los ojos de decenas de vecinos que miraban calladamente desde los balcones, nos metieron en dos autos y partimos hacia la ESMA.

Lo que siguió, era lo previsto: golpes, tortura, picana,grilletes, esposas, capucha, siempre la capucha. Cuatro meses tirado en un colchón, rodeado de compañeros, que pese a lo tremendo de la situación siguieron siendo solidarios, Con una palabra de aliento. con un cigarrillo que no se sabía, ni se preguntaba, de donde venía. Con un pedacito de chocolate, para matar tanto hambre y tantas amarguras.

Después, un año falsificando documentos para los milicos como mano de obra esclava. En el mismo sótano donde la picana no paraba nunca y donde la gran mayoría de los compañeros se la bancaba sin largar ningún dato. Porque ojo, que quede claro, los que cantaban eran una ínfima minoría.

Hoy, mi tarea y mi mandato es dar testimonio de lo vivido. Para que se haga justicia con los verdaderos héroes, los únicos, los que ya no están. Los que fueron tirados vivos al mar desde los aviones, los que resistieron a los tiros, los que se tomaron la pastilla…

Mi recuerdo entonces para Yoyi, Danielito, Raimundo, La Gallega, Josefina, Dina, Ricardo, Tito, El Turco, Pablo, El Topo, Catalina, Tachito, Nando, Pisco, Leticia, Patricia, Mely, y tantos, tantos otros de los cuales sólo supe el número con lo que los torturadores nos identificaban.

Para todos ellos grito “PRESENTES, HASTA LA VICTORIA SIEMPRE”.



CARLOS MUÑOZ “QUIQUE”

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