Libia, el Estado Mundial y los pibes

OSCAR TAFFETANI

A fines del siglo pasado, un sociólogo alemán radicado en México (Heinz Dieterich Steffan) lanzó la teoría de que se había constituido el Estado Mundial, aunque muy pocos se atrevían a reconocerlo. “En lo económico –decía Steffan– sus órganos ejecutivos son el FMI y el Banco Mundial. En lo militar, la OTAN. En lo político, los miembros con derecho a veto del Consejo de Seguridad de la ONU. Este Estado Mundial cuenta con un gabinete ejecutivo, que es el G-7. Y ya tiene un poder judicial, que es la Corte Internacional de La Haya”.
Aunque incisiva y seductora, aquella teoría de Steffan podia ser refutada advirtiendo el surgimiento de los nuevos bloques internacionales (sin ir más lejos, el de los países latinoamericanos) y también el pasaje, tempestuoso, de la bipolaridad de la Guerra Fría a la multipolaridad, con nuevos centros hegemónicos, que regiría al comenzar el siglo XXI.
Sin embargo, ese Estado Mundial que imaginó Steffan sí nos sirve, perfectamente, para reflejar ese mundo viejo que inexorablemente se extingue y que en sus manotazos y estertores sigue derramando sangre de inocentes: la de los pobres, la de los excluidos, la de los jóvenes, en todo el planeta.
El gran pensador italiano –y comunista- Antonio Gramsci, al analizar la tormentosa transición del Novecentoola de materialismo –dijo– está ligado a una crisis de autoridad. Si las clases dominantes han perdido el consenso, entonces ya no son más clases dirigentes, sino apenas clases dominantes, que dependen del poder coercitivo para mantenerse; lo que significa que las grandes masas ya están fuera de las ideologías tradicionales y no creen en aquello en lo que antes creían. Por eso la crisis radica, justamente, en el hecho de que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”.

Khadafi: su otoño sangriento
El Estado Mundial (para seguir con el chiste alemán de Steffan) aprendió muy bien la lección de la primera Guerra del Golfo, aquella en la que Saddam Hussein incendió los pozos petroleros kuwaitíes y una negra humareda de oro negro perdido  –contaban los montañistas- llegaba a verse desde las cumbres del Himalaya. Para la segunda Guerra del Golfo, una década después, a nuestro ogro le llevó sólo un año poner los pozos iraquíes de nuevo en producción, para amortizar con esas divisas el costo de una guerra genocida, que al margen de los marines caídos “en cumplimiento del deber”, le viene costando a Iraq más de un millón de muertos civiles (porque lo más importante –ya lo dijimos- es ese oro negro del mundo viejo que no termina de morir, antes que la sangre roja, indeleblemente humana, de ese mundo que no termina de nacer).
En el caso de Libia, el mundo viejo actuó más rápidamente todavía que con Iraq, asegurándose que los consejos y tribus rebeldes controlaran los yacimientos, los oleoductos y los puertos de exportación de petróleo antes de proseguir su marcha antidictatorial hacia Trípoli. Para el momento en que Saif-al-Islam-al-Khadafi, en representación de su padre, amenazó a Occidente con que “olvídense del petróleo y olvídense del gas”, el Estado Mundial ya sabía que el suministro de petróleo y de gas, aunque se hundiera el régimen, estaba garantizado.
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