Los compañeros de Rodolfo Walsh en la agencia ANCLA

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Me encantó el comentario de Lila acerca de que Walsh insistía mucho en que los militantes de su grupo leyeran La orquesta roja, de Gilles Perrault, sobre la red de epionaje del Ejército Rojo en las entrañas nazis que dirigía desde Bélgica Leopold Trepper. Es, a mi juicio, un libro insoslayable. Increíblemente, no hay edición argentina desde hace una punta de años (creo que lo publicó Emecé a comienzos de los ’70) ni tampoco española (creo que a comienzos de los ’80 hubo una de Bruguera, o de Plaza y Janés, a la que se le salían las páginas conforme uno las iba leyendo). Mucho más recientemente hubo una de Txalaparta, la editorial vasca “abertzale” (patriota, es decir, independentista) en dos tomos, del que solo pude conseguir uno. ¡A ver si algún editor nacional se pone las pilas, che!

Mientras,  y ya que estamos hablando de Aznarez y los abertzales,  Aznares (que no sé si está viviendo aqui o allá, en el País Vasco, creo que está aqui, por lo pronto aparece en la foto de Tiempo) se considera uno de ellos (yo no, porque aunque mis padres se conocieron en el Laurak-Bat, mi abuelo Constantino y mi padre, Antonio, ambos socialistas -hoy, una estirpe extinguida- no veían impedimento en ser alsasuarras, navarros, vascos y españoles. y también porque  las comunidades cerradas siempre me parecen un poco bastante racistas).

Pues bien, he leído en el Facebook de “Manzanita” Elizalde Leal una furibunda y fundamentada impugnación suya a la “progresía” del ex juez Baltasar Garzón. Azanarez  destacando la paradoja de que aqui Garzón pase por un paladín de la libertad de pensamiento y de la Ley de Medios, en Euzkadi cerró diarios y revistas y encarceló a sus directivos y a otros periodistas. También es una paradoja, digo yo, que Garzón, un españolista a ultranza, esté prácticamente desterrado en la Argentina por haber querido desenterrar los muertos del franquismo, asesinatos que datan de hace más de 75 años.
Bueno, los dejo con la nota. ¡Adentro! 

 Lila Pastoriza, Lucia Pagliai y Carlos Aznares
Los compañeros de Rodolfo Walsh en la agencia clandestina ANCLA

Por iniciativa de los tres periodistas que lo acompañaron se publicó un libro con 80 cables y dos cartas de Walsh. En esta nota cuentan de qué manera buscaban información y cómo era trabajar con el autor de Operación Masacre.

Por Ivana Romero / Tiempo Argentino

Durante 14 meses, Rodolfo Walsh llevó adelante junto a Lila Pastoriza, Lucila Pagliai y Carlos Aznares una experiencia que marcó la historia del periodismo pero también la historia a secas: la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA). Con cuatro máquinas de escribir, un archivo artesanal y un grupo de informantes, estos cuatro periodistas (que además eran militantes de Montoneros) crearon una herramienta política capaz de quebrar el cerco de terror. Porque esos cables –prolijos, breves, rigurosos– eran verdaderas bombas que explotaban en los bordes del silencio con la denuncia de crímenes que la dictadura recién llegada al poder cometía y ocultaba. “Vivíamos (…) soportando una cerrazón informativa como jamás había ocurrido en el país, y es en ese marco, que el oficial montonero Walsh se fusionó mental y físicamente con el Walsh estratega comunicacional”, escribe Aznares en uno de los textos introductorios de Rodolfo Walsh y la Agencia de Noticias Clandestina 1976–1977, de Ejercitar la Memoria Ediciones. Compilado por Israel Lotersztain y Sergio Bufano y por iniciativa de los tres periodistas que acompañaron a Walsh en ANCLA, este libro reúne unos ochenta cables. Incluye, además, las cartas que Walsh escribió tras la muerte de su hija María Victoria (asesinada por el Ejército) y la que envió a la Junta Militar horas antes de ser secuestrado.

-En la introducción del libro cuentan que comenzaron a trabajar a principios de 1975 aunque ANCLA emitió sus primeros cables recién en abril de 1976. ¿Cómo fue ese proceso?

Lila Pastoriza: –Yo militaba en la JP de Hurlingham cuando Rodolfo me ofreció trabajar con él en un proyecto que se transformó en ANCLA. Ahí quedé como responsable del grupo que armamos con Carlos y Lucila, que también fueron convocados por Walsh. En ese primer período trabajamos en análisis de fuentes públicas de información, construimos un archivo y escribimos informes de uso interno. Crear esta agencia fue una decisión que Walsh impulsó y defendió dentro de la organización porque él pensaba que era un momento de resistencia popular y no de ofensiva militar, como sostenían muchos en la cúpula de Montoneros por entonces. Además, a diferencia de otras herramientas de difusión de nuestra organización, ANCLA no sólo no tenía un nombre ligado a Montoneros –como por ejemplo, la revista Evita Montonera– sino que además tenía otro estilo en los que respecta a la difusión de información.

Carlos Aznares: –A Rodolfo yo lo conocía de antes porque habíamos militado juntos en organizaciones de prensa. Cuando pasamos de la experiencia de peronismo de base y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAP) a Montoneros, volvimos a encontrarnos. Rodolfo nos explicó que la estructura informativa que armaría iba a estar dentro de la organización, pero que iba a tener características especiales, en el sentido de que se trataba de periodismo riguroso, donde la información misma iba a ser la encargada de transmitir qué pensábamos.

Lucila Pagliai: –Creo que inicialmente Walsh me contactó por eso, porque yo, que venía de la Facultad de Letras, sabía trabajar con archivo. Otros compañeros me pusieron en contacto con él para armar este grupo de análisis y producción de información calificada. Walsh decía, con razón, que el 90% de la información es pública y hay que saber buscarla. Así que nos enseñaba a rastrear datos en avisos necrológicos, en juzgados, en revistas de chimentos como Gente, en sociedades anónimas, en edictos… Él creó además una red que incluía informantes que muchas veces estaban ligados a las bases de la organización pero otras tantas veces, no. Y también, periodistas que no podían publicar ciertos materiales donde trabajaban. Así formamos una especie de mesa de redacción, que seleccionaba y clasificaba los datos que después se transformaban en cables. Una de las claves del éxito de ANCLA fue ese, saber buscar información, estar entrenados para saber leerla y por lo tanto, para determinar si algo servía o no.

-¿Por qué Walsh hablaba de “construir herramientas de resistencia” más que de actuar en una ofensiva?

Carlos: –Rodolfo percibió la necesidad de la agencia en ese momento porque la cerrazón informativa era total y la censura, atroz. La magnitud que alcanzó el terrorismo de Estado era inimaginable para muchos de nosotros, pero no para él.

Lila: –Quiero apuntar dos elementos. Por un lado, como dice Carlos, el valor político que le daba Rodolfo a la información, a que el pueblo tuviera en sus manos información veraz. Es decir, él pensaba que la única manera de contrarrestar el terror era saber lo que estaba pasando. Eso incidió mucho en la necesidad de hacer una agencia informativa. Y por otro lado, creo que él partía de una valoración de la importancia del Golpe que no era exactamente compartida del todo por la organización. Rodolfo venía haciendo un seguimiento del accionar de las Fuerzas Armadas desde tiempo anterior. Indagando en sus papeles personales, que en algún momento se publicaron, se veía bastante claro que venía estudiando la estrategia de las Fuerzas Armadas y su avanzada sobre todo el espectro social y los sectores de poder, como la Iglesia. Además tenía una idea bastante clara de los alcances del terrorismo de Estado y en ese sentido, pensaba que había que armar estructuras poco visibles, sin gran infraestructura, que pudieran moverse, trasladarse, desmontarse, con facilidad.

-¿De qué infraestructura disponía ANCLA?

Carlos: –Máquinas de escribir, mimeógrafo para hacer copias en papel biblia, más barato y discreto. Y un archivo compartimentado en carpetas. Se compraban y relevaban todos los diarios y revistas. Hacíamos un pequeño sumario de lo que iba saliendo diariamente y después había temas, áreas: Fuerzas Armadas, Sindical, Iglesia. Algunos atendían dos o tres temas a la vez, otros se especializaban en uno. Además teníamos un escáner. Rodolfo lo llamaba así pero era un radio receptor, no el escáner de ahora… se usaba para interceptar escuchas. Acordate que él había aprendido a encriptar y desencriptar información en la época que se fue a Cuba y fundó Prensa Latina, a finales de los cincuenta.

-¿Ustedes también aprendieron eso?

-No, era dificilísimo (dicen los tres y se ríen).

Lila: –Bueno, pero convengamos que nos mandaba a leer libros de espías. A él le encantaban las novelas policiales y por ahí nos pasaba unos libros aburridísimos. Insistía mucho con La Orquesta Roja, de Gilles Perrault, por ejemplo. A ese lo leíamos (vuelve a reír). El papel de la verdad en la revelación de los enigmas estaba en su literatura pero también en su trabajo periodístico. Además no sólo se trataba de romper el cerco informativo sino de crear cierta acción psicológica sobre lo que Rodolfo denominaba “el enemigo”; es decir, los factores del poder. Sabíamos que las internas entre los distintos sectores de las Fuerzas Armadas y entre ellos y la policía existían y las incentivábamos. La idea era resquebrajar esa unidad aparente y en parte se logró.

-¿Cómo distribuían la información?

Lucila: –Escondíamos los cables –en bolsitas de supermercado, por ejemplo– e íbamos hasta correos que quedaran lejos de donde funcionábamos. Hacíamos envíos a diarios de Buenos Aires, del país, a corresponsales extranjeros y a un listado de personas, amigas y enemigas, capaces de diseminar la información.

-En los cables, muchas veces las fuentes son vecinos que relatan allanamientos. O un hombre cuenta que fue a pescar al lago San Roque y encontró unos cuerpos. O un obrero denuncia el secuestro de su hijo de 23 años. ¿Cómo operaba el terror en lo cotidiano?

Lucila: –Una de las ideas de este libro, para mí, es que las generaciones nuevas sepan qué pasó pero también, que sepan que sólo pasa algo así si hay anuencia de la sociedad. Si no, no se puede. No me refiero exactamente a la información sino a esa red que formaron los milicos, la sociedad, la prensa, la iglesia… Hace muy poco se empezó a hablar de un golpe cívico militar. Y fue así.

Lila: –Yo discuto la idea de que la sociedad sabía lo que pasaba. No era así, precisamente. El terror consistía en dejar escapar algo para que entrara cierto temor pero sin decir qué pasaba de manera explícita. De ahí el valor de la información que, aunque fuera terrible, era salir de esa bruma. El terror funcionó de esa manera. La gente veía que había un operativo pero no sabía qué pasaba. Y la gente que nos daba información no era sólo de Montoneros sino vecinos que habían visto algo y se daban cuenta de que, aunque no se terminara de entender lo que ocurría, era necesario contar.

-Un cable de ANCLA fechado el 1 de abril de 1977 denuncia el secuestro de Walsh el 25 de marzo de ese año. ¿Qué cambió a partir de ahí?

Carlos: –Estábamos tremendamente conmovidos. Fue una sensación de agujero. Rodolfo era Rodolfo no sólo para ANCLA sino para toda la organización.

Lila: –Había pocos tipos tan cuidadosos y con tantas estrategias para eludir la represión como él. Yo me acuerdo que pensé “si cayó Rodolfo, qué nos espera”.

Carlos: –Creo que ese golpe para nosotros fue lo mismo que lo que él debe haber sentido cuando mataron a Vicky. Además, después de la caída de Rodolfo, cayó Lila (secuestrada en junio de 1977 a manos de un grupo de tareas de la ESMA).

Lucila: –Carlos y yo nos exiliamos, él en Madrid y yo en París. Nos vimos varias veces pero nos encerrábamos así que prácticamente no conocíamos la ciudad donde vivía el otro. En agosto del ’77, Horacio Verbitsky se hizo cargo de la agencia, que duró unos meses más.

Lila: –Otro golpe para Rodolfo fue la caída de Pablo y Mariana, una pareja amiga suya, en diciembre de 1976. Lo encontré después de eso, antes de la carta que le escribió a la Junta. Y me acuerdo que me dijo: “Yo no me callo más.”


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