Marihuana. El de Alicia Castilla en Montevideo es un caso líder

Extractos de una carta enviada a Tiempo Argentino desde un penal de Montevideo

Alicia en el País de las Arbitrariedades

La autora de dos best seller sobre cultivo y cultura cannábica, Alicia Castilla, lleva 60 días detenida en Uruguay por tener 29 plantas en su casa de Atlántida. Tiene 66 años. Ayer le negaron otra vez su pedido de prisión domiciliaria. Acá manda con pitos y cadenas al español que la denunció a la policía.

Por Alicia Castilla

El relato a seguir, lamentablemente autobiográfico, es un doloroso ejemplo de dichos enunciados. Con la intención de continuar con mi trabajo en un lugar apacible compré una finca localizada en un bosque frente al mar en Uruguay. En diciembre de 2010 inicié un pequeño cultivo en exterior utilizando los materiales mencionadas con el objetivo de testearlos, pero no para producir marihuana ya que las plantas por tener tres meses de atraso no lograrían tal fin. Para los desavisados, el ciclo de la planta en el hemisferio sur comienza en septiembre y finaliza en mayo o abril. Por lo tanto las mías no llegarían a producir cogollos.

Paralelamente, y para adecuarme a los tiempos, decidí transformar mis libros y el almanaque en productos electrónicos para comercializarlos por Internet. Para ello, convidé a Gonzalo Belchi Cruzado, cultivador español, colaborador de la Cannabis Magazine, experto en informática y fotografía. Llegó a Uruguay a finales de noviembre de 2010. (…) La convivencia con Gonzalo se transformó en una película de terror.

Retornó a España el 22 de enero de 2011. Desde allá envió a la División Narcóticos de Montevideo hartas fotos de mis plantas, de los fertilizantes y del frente de mi casa. El domingo 30 de enero recibí la visita de cinco patrulleros armados hasta los dientes. Fui tratada como si fuese la versión femenina de Pablo Escobar Gaviria.

Quedé espantada con la ignorancia de las autoridades uruguayas sobre el tema. Me incautaron, además de las plantas, mis remedios homeopáticos con sus respectivas recetas, el aceite de citronella que uso para combatir los mosquitos. El total de lo incautado lo llevó una camioneta.
Después de una noche esposada a un banco en la cocina de la comisaría, donde constaté la ignorancia de la policía al respecto, fui trasladada al juzgado, donde constaté que la jueza era más ignorante aun sobre el tema.

Se me vulneraron diversos derechos, el primero, no me permitieron llamar a un abogado, la defensora de oficio me comunicó que sobre el tema “drogas” no sabía nada. De ahí a la cárcel femenina de Canelones. De la misma forma que Alicia en el País de las Maravillas cayó por un tubo oscuro para otra dimensión, yo, Alicia en el País de las Arbitrariedades, caí en un pozo mal oliente semejante al expreso de la medianoche. Por la cama circulan cucarachas y por todos lados ratas del tamaño de conejos.

Se me acusó de tener objetos con olor a marihuana. Me confiscaron, además de dos computadoras, el celular, guantes de látex, test de ph, pipas, papelillos, todos objetos de uso personal que vengo acumulando en los más de 40 años de consumo de cannabis y un ejemplar del libro Sativa, de Alberto Huergo.
Aprendí cómo la autoridad emplea la falsedad ideológica para mantener su superioridad sin escrúpulos en valerse de fraude. Me encuadraron en el artículo 30 de la Ley de Drogas que trata de “producción”.

Las plantas que me encontraron fueron filmadas y aparecieron en los telediarios. Cuando llegué al penal, las reclusas me reconocieron y hasta me aplaudieron. Me gané el apodo “la abuela del porro”, todo un dignificante cargado de respeto. La población de la cárcel asciende a unas 120 mujeres. Hasta mi traslado al CNR, fui la mayor de todas en edad. Menos de 20 están por delitos diversos, como homicidio, secuestro, asalto a mano armada, más de 100 por “drogas”.

Como forma de amenizar el horror, comencé una encuesta. Un pequeño porcentaje que podría ser denominado “clase A”, cayó en el aeropuerto intentando viajar a Europa con kilos de cocaína. La gran mayoría, vendedoras minoristas de paco, dentro de estas, varias categorías: amas de casa, jefas de familia, no consumidoras, que encontraron en ese métier una forma de resolver sus problemas financieros. Otras, veteranas de la prostitución que vieron en la venta de paco una forma de compensar el natural declive que genera la edad. El grupo más desgarrador y numeroso es el de chicas jóvenes, sin dientes, con tatuajes tumberos (física, psíquica y moralmente destruidas) que comenzaron consumiendo paco y a las que el consumo llevó a cometer todo tipo de delitos para poder continuar consumiendo.

Uno de los resultados de la encuesta: sólo dos admiten que no van a retomar la actividad. Todas las otras reconocen que volverán (…), pretenden dejar de ser “minoristas” para posicionarse como “mayoristas”.

El mismo Estado paternalista que las recluyó por “tráfico de drogas ilícitas”, las medica con psicofármacos antidepresivos, antipsicóticos, etcétera. Algunas recibieron hasta diez comprimidos por día. Es obligatorio ingerirlos delante de la policía-enfermera.
Con increíble habilidad las esconden debajo de la lengua para posteriormente rescatarlas y venderlas. Moraleja: continúan viviendo del tráfico de drogas.

No cabe duda de que las “drogas” constituyen un problema para la sociedad. Se admite que la “guerra a las drogas” fracasó. Me pregunto qué conciencia tienen las autoridades pertinentes de esta situación.

No se puede poner en la misma bolsa el autocultivo de marihuana y la venta de paco. Es necesario que el tejido social genere espacios dignos para las víctimas de este flagelo.
Es necesario aceptar que el “estado de ebriedad” provocado por las drogas es algo que los seres humanos buscan y persiguen desde hace milenios. Es inmoral que el tabaco sea legal y el cannabis ilegal. Las sociedades que permiten el alcohol no tienen autoridad moral para condenar el uso de drogas.

La responsabilidad por este estado de cosas es en parte iguales de los gobiernos y de los narcotraficantes.

La moral social respecto de las drogas es tan paradojal que hace posible que alguien que abusa de los psicofármacos, del alcohol, del tabaco pueda mandar preso a quien estudia la marihuana.

El delito por el que se me acusa es excarcelable, pero el fiscal me negó la excarcelación. Durante el año 2010 fueron incautadas 71 plantas en diversos procedimientos. Nadie fue procesado. En 2011 una jueza sobre cuyo marido pesan acusaciones de narcotráfico nos procesa a Mauricio B y a mí.
En el momento que escribo estas líneas llevo cinco días de huelga de hambre. Siento que llegué al final de mi parada en este planeta.

Me niego a recibir suero o medicación por parte de un Estado que me incautó mis remedios homeopáticos.

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