MIGRANTES. El futuro es negro y llegó en tromba

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¡Bosa!

El futuro llegó en tromba. Casi un millar de jóvenes negros, la crema y nata de un continente expoliado hasta los tuétanos, asaltaron el martes en medio de una niebla cerrada la barrera de acero de cinco metros de altura  jalonada y coronada de cuchillas  y alambres de púas, y quinientos de ellos, ayudándose mutuamente, sin dejar desfallecer a los heridos (algunos muy graves), solidarios y mancomunados, la traspasaron e hicieron pie en Melilla, uno de los dos énclaves que conserva España en territorio marroquí. Tan pronto lo hacían,  sin importarle piel y ropas rasgadas, se abrazaban como si hubiesen ganado una final de fútbol gritando «¡Bosa!¡ bosa!». Ver aquí.

No sé en qué idioma se dice así «victoria». Ha de ser en los que se hablan en Malí o en Senegal, países ambos oficialmente francófonos y que se encuentran desangrados por conflictos internos… producto de las fronteras trazadas por el colonialismo y azuzados por países europeos (en particular, en lo que hace a Malí, por la propia Francia), ya que se informa que la mayoría de los que consumaron la proeza provienen de esos países.

Antes, los desplazados tenían la opción de refugiarse en la Libia del panafricanista coronel Muammar Gadafi,  quien fue siempre el principal sostén económico del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela. Pero tras el vil asesinato del rais, los negros fueron objeto de linchamiento por presuponérselos sus partidarios (del mismo modo que entre nosotros se los pesiguió y ahorcó en 1952, presumiéndose rosistas sino mazorqueros), con lo que para quienes terminan el colegio secuendario y no tienen empleo ni esperanza de tenerlo la única esperanza es alcanzar Europa.

Así, en julio último, quienes quisieron hacerlo en una barca («pateras», le dicen los españoles) para desembarcar en Ceuta (el otro enclave español en África), fueron recibidos por los guardias civiles con gases y tiros. Dicen que las balas eran de goma pero al menos 15 de ellos murieron ahogados.

El salto del martes fue un récord absoluto. El anterior data de 2005, cuando las vallas eran dos de tres metros de altura y fueron vulneradas por 350 muchachos.

En todo el año pasado las burlaron 1074, pero en lo poco que va de 2014 ya las traspasaron más de 1600.

Unos días antes, el gobierno español había destituido al jefe de la Brigada de Extranjería y Fronteras de la Policía Nacional en Ceuta, Ramón Caudevilla, considerado un experto en el tema que nos ocupa.

Caudevilla fue destituido fulminantemente porque refutó la tesis de que la mayor afluencia de muchachos «subsaharianos» (así les dicen en España, con una supuesta corrección política que a mi juicio rezuma racismo por los cuatro costados) se debe a una proteica mafia que los embala y esquilma. Hay, también, vale recordar, un importante contingente de sirios que huyen de la guerra y presionan contra las murallas de Ceuta y Melilla. Y centroafricanos, que también están en guerra.

Al responder a un periodista de El Faro de Ceuta, el comisario Caudevilla dijo que no se trataba de mafias perfectamente organizadas sino que se trataba de «un movimiento impulsivo», y razonó que era «imposible que exista una grupo organizado que pueda manejar tantas nacionalidades, y dentro de cada nacionalidad, cada tribu». Dijo en cambio que se trataba de «una unión, de un ‘vamos a ponernos de acuerdo para hacer esto, a ver si nos sale bien’, nada más», que quienes se agolpan esperando uina oportunidad de penetrar las defensas europeas «han visto que los intentos de entrar en Ceuta y Melilla a nivel masivo son una solución, y en vez de estar meses y meses en Marruecos esperando una oportunidad, optan por entrar a las bravas».

El comisario se mostró muy escéptico sobre que haya alguna posibilidad de que el flujo de migrantes se detenga. «Vamos a poner todas las trabas, todos los medios disuasorios estáticos como alambradas, concertinas, mallas antisaltos, lo que queramos. Pero los inmigrantes le van a buscar la vuelta para pasar… Ellos tienen 24 horas para pensar lo que van a hacer… al final siempre encontrarán la manera».

En 1974, el presidente argelino Houari Boumedienne, al hablar ante la asamblea de la ONU pronosticó que llegaría el día en que «millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte (…) para conquistarlo poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dará la victoria».

A fines de mayo de 2005, luego de aquella primera tromba «subsahariana» que rompió las defensas en Ceuta, Oscar Taffetani escribió una nota que reflexionó sobre uno de los fenómenos a mi juicio más importantes y menos difundidos del siglo XXI.

Las Murallas

APE (Agencia Pelota de Trapo, 29.05.05). – Planchas de acero usadas para armar pistas de aterrizaje en tiempos de la primera guerra de Iraq (1990), fueron usadas luego como blindaje de frontera entre los Estados Unidos y México, para evitar el paso de trabajadores ilegales.

Década y media después, con el mismo concepto, el gobierno de los Estados Unidos invitó a grandes fábricas de armamentos que participaron del negocio de la última guerra de Iraq -Lockheed Martin, Northrop Gumman y Raytheon, entre ellas- a producir alambradas inteligentes, zepelines de vigilancia y radares con destino al Muro.

¿Qué es el Muro? Un cerco de 1.300 kilómetros de largo, hipervigilado, que la administración norteamericana está construyendo al sur del Río Grande, especie de solución final (perdón por esta involuntaria asociación) para el problema de los inmigrantes sin papeles.

El persuasivo argumento del presidente Bush frente a los fabricantes de armas es que muy pronto Washington habrá repatriado el total de las tropas estadounidenses en Iraq, para usarlas en la represión interna, y que se producirá una impasse en el negocio bélico, hasta que comience la nueva guerra, la guerra contra Irán…

No es ése el único muro que están construyendo los «locos con carnet» (así los llamó el Nano Serrat) en su desesperada carrera hacia la destrucción y la nada.

En Israel -esa utopía feroz fundada por sobrevivientes de Auschwitz- ya estará terminado para fin de año un muro de hormigón de 790 kilómetros de largo, con el que esperan garantizar la separación entre los habitantes de los territorios actualmente ocupados y los de los territorios antiguamente ocupados.

Paradójicamente, habrá trabajadores palestinos viviendo a ambos lados de ese muro. La vida, ya se sabe, tiene esa maldita costumbre de abrirse camino.

Del tamaño del miedo

Tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, muchos optimistas creyeron que había llegado por fin la hora de la mundialización (del capitalismo, claro) y que la Libertad, con mayúsculas, sería incorporada como valor a todos los catecismos del planeta.

No fue así. Para desencantarse, basta con hacer una reseña de los 27 (sí, veintisiete) muros existentes en la actualidad, y cuyo traspaso o intento de traspaso ha costado la vida a más de diez mil personas en los últimos años (pensemos que el cementerio del Muro de Berlín, en treinta años de actividad, no logró reunir más de 270 lápidas).

Una frontera erizada de alambres de púa y minas terrestres divide hoy las dos Coreas.
Infranqueables barreras armadas, vigiladas día y noche, separan la India de Pakistán, en la zona de Cachemira; y la India de Bangladesh; y Arabia Saudita del Yemen; Kirguistán de Uzbekistán; Iraq de Kuwait; Chipre de Turquía; Tailandia de Malasia; Botswana de Zimbabwe; Ceuta de Melilla…

El muro construido por Marruecos para detener a los independentistas del Frente Polisario es, hasta ahora, el más largo: 2.500 kilómetros. El que separa a los protestantes irlandeses de los católicos irlandeses, en Belfast, es el más corto: 4,83 kilómetros.

También se ven muros en los puertos y aeropuertos de Europa. El más importante -se lee en una colorida guía turística- es el del puerto de Rotterdam, en Holanda. «El país de los tulipanes, los molinos… y los muros», debería decir.

Por último están los muros invisibles, hechos de leyes y decretos; de prohibiciones y restricciones ocultas; de apartheid disfrazado de diálogo; de amable segregación, disfrazada de ayuda humanitaria.
Una sola fotografía, tomada en estos días en un muelle de Tenerife, a la llegada de un cayuco con inmigrantes africanos, ilustra sobre los muros invisibles.

Allí se ve a una veintena de subsaharianos cansados, de mirada triste, sin poder echar pie a tierra, mientras agentes de policía y asistentes sociales, con guantes y barbijos -para prevenir cualquier contagio- van estudiando al contingente, antes de derivarlo a otro puesto de control.

El Parlamento de Canarias -leemos en la prensa europea- reclama al Gobierno que la Armada blinde (sic) las costas del archipiélago canario, para evitar que los inmigrantes ilegales sigan colándose por esa frontera «blanda» que aún queda en la UE.

Tan simple como una canción

A fines de los ’60 -cuando todavía la Guerra Fría dibujaba sus falsas antinomias y divisiones- algunos poetas y cancionistas se propusieron enviar un mensaje distinto, a contrapelo de lo que era el discurso dominante.

Así, pudimos escuchar en la voz de la venezolana Soledad Bravo una hermosa canción titulada El punto y la raya, que decía entre otras cosas:

«Entre tu pueblo y mi pueblo / hay un punto y una raya. / La raya dice no hay paso; / el punto, vía cerrada. (…) Caminando por la vida / se ven ríos y montañas, / se ven selvas y desiertos, / pero ni puntos ni rayas…»

Y escuchamos, también, en su propia voz, unos versos del peruano Nicomedes Santa Cruz: «Yo no coloreé mi Continente -decía Nicomedes- ni pinté verde a Brasil / amarillo Perú, / roja Bolivia. // Yo no tracé líneas territoriales / separando al hermano del hermano…»

Pero la más popular de esas creaciones -recordamos- fue una canción del grupo chileno Quilapayún, compuesta sobre versos del cubano Nicolás Guillén:

«Para hacer esta muralla -decía la letra- tráiganme todas las manos / los negros, sus manos negras / los blancos, sus blancas manos. // Una muralla que vaya / desde la playa hasta el monte / desde el monte hasta la playa, / allá sobre el horizonte…»

Y la parte más linda de la canción, la que todos queríamos cantar, era la que decía qué cosas había que poner a un lado y otro de esa Muralla:

Abramos la muralla a la paloma y al laurel, decía. Al corazón del amigo. Al mirto y la yerbabuena. Al ruiseñor en la flor. Y también decía que cerráramos la Muralla al sable del coronel, al diente de la serpiente, al veneno y al puñal…

Son odiosas todas las murallas, era el mensaje. Pero si acaso tenemos que construir una, que sea la indestructible muralla del Amor y la Solidaridad del género humano.

Y que pasen todos los locos. Excepto los locos con carnet.


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