MITOS. ¿Existe la libertad de prensa?, por Federico Fasano

El autor, nacido en Argentina, no solo es oriental (uruguayo) por adopción, sino que fue entre otras muchas cosas, dueño y director del diario La República, cuya existencia estuvo muy ligada a la del Frente Amplio. Aquí reflexiona amargamente –y con indudable conocimiento de causa– sobre un tópico, fácilmente extrapolable a esta orilla occidental del Plata.

¿Existe libertad de prensa en Uruguay?

 

POR FEDERICO FASANO MARTENS

En estos días Uruguay se convirtió en la capital mundial de la libertad de prensa al llevar a cabo la Unesco en Punta del Este la Conferencia Anual sobre ese derecho, consagrado el 3 de mayo de 1993 por las Naciones Unidas.

Centenares de delegados de todo el mundo debatieron sobre la libertad de prensa, en medio del escándalo desatado por la afamada organización ¨Reporteros sin Fronteras¨ que este año descendió a nuestro país en el ranking mundial de la libertad de prensa, retrocediéndolo del lugar 18 en que se encontraba al puesto 44 de su índice anual.

El inefable Ministro de Cultura del gobierno conservador, Pablo da Silveira, en lugar de analizar las razones del descenso, espetó que ¨Uruguay no tiene un problema con la libertad de prensa, Reporteros sin Fronteras tiene un problema con su metodología¨.

La situación y el evento mundial me motivó a reflexionar sobre el tema, ya que sigo sosteniendo que en Uruguay, como en muchos otros países, no existe libertad de prensa.

El simpático discurso liberal  ha confundido deliberadamente la libertad de expresión de la sociedad con la libertad de poseer medios de comunicación, así como la libertad de difusión colectiva de las ideas con la libertad de difusión del medio y la libertad de información con la libertad del informador.  En síntesis ha confundido la libertad de prensa con la libertad de empresa.

No debemos confundir libertad de expresión con libertad de difusión. Y tampoco creer que es lo mismo la libertad de difusión de los propietarios de los medios de comunicación y la libertad de difusión de los consumidores.

Cómo podría existir libertad de prensa cuando en nuestro país el 95% de los medios masivos de comunicación en prensa escrita, radio y televisión se encuentran en manos de menos de 10 familias. Que son las que fijan las políticas, las prioridades informativas, el nivel de la manipulación, de la exageración o del ocultamiento noticioso, y qué es o no es noticia. Esto, más allá de la autonomía relativa de los profesionales de la comunicación que aun sin ser censurados, conocen los límites que no pueden traspasar. La autocensura realista y pragmática es la norma, con excepciones que confirman la regla. Es imposible concebir, por ejemplo, que el diario El País destaque en tapa una noticia que lesione su política editorial.

La gran mayoría de la población continúa hoy privada, por distintos caminos, de lo que le es originario. El derecho a participar de modo directo y sin tutelas en la actividad política por excelencia: comunicarse con sus conciudadanos.

Los medios de comunicación se vuelven cada vez más, estructuras técnicas sofisticadas que requieren de inversiones importantes y de una organización empresarial moderna. Es cada vez más difícil que cualquier ciudadano pueda hacer uso de estos medios para ejercer su libertad, y precisamente, su libertad de expresión solo tiene sentido y realidad en la medida en que efectivamente comunica su pensamiento a los demás, no en el mero acto de gritarlo en la soledad de su casa.

Esa libertad no puede ser un absurdo monólogo interior, un virtual ejercicio onanista sino un auténtico intercambio social.

¿Cómo puede un ciudadano tomar parte en la política si no está informado o lo está solo parcialmente, si no se le permite expresar sus puntos de vista públicamente o se le cobra por ello?  La gente que no sabe de los procesos políticos, solo informada de cuál es el último modelo de automóvil, de las supuestas alegrías que producen bebidas y modas y de las lágrimas vertidas cada tarde por las sufridas mujeres de las telenovelas, no están en capacidad para tomar decisiones políticas razonadas que los beneficien a ellos y a la sociedad.

En este sentido, el derecho a dar y recibir información no puede jamás formularse como contradictorio con el ejercicio de la libertad de prensa, sino por el contrario, como su defensa.

Los medios son hoy los que mandan en el área informativa.  El poder de la difusión de noticias lo ejerce férreamente la estructura privada de comunicación, las sociedades anónimas de la información en poder de un puñado de personas. Estas han impuesto un modelo librado a la fuerza de los intereses particulares, centrado en el emisor, ajeno al ciudadano y férreamente dispuesto a defender el privilegio de un albedrío especialmente libre para el lucro, que impone por sobre la rentabilidad social del mensaje el incremento incesante de la tasa de rentabilidad económica a través del control absoluto del mercado. Dicho todo esto sin ignorar el deterioro económico de los medios tradicionales privados, que no supieron ni quisieron aggiornarse ante las nuevas tecnologías, cayendo en la tentación de retirar sus cuantiosas utilidades en las épocas de las vacas gordas del monopolio informativo. Por lo que han perdido utilidades sin perder poder.

En tanto instrumentos, como bien argumenta Camilo Taufic, los medios de comunicación no jugaran otro rol que el que quieran asignarle sus dueños, y así podrán ser instrumentos de cultura o instrumentos de incultura, medios de dominio o medios de liberación, elementos para unir a un pueblo o para desorganizarlo, para enaltecerlo o para hundirlo.

La estructura mercantil de la noticia ha sabido explotar muy bien: a) el rechazo de la gente a descubrir planes maquiavélicos por todos lados, sobre todo cuando están piloteados por hombres simpáticos, amables y de ancha sonrisa, confundiendo personajes con intereses, los hombres con el sistema, el medio neutro con la estructura mercantil que lo dirige; b) la forma inofensiva en que se transmite el mensaje, no adoptando éste la forma del descaro;  c) la forma particular en que los medios actúan descohesionando a los sectores sociales; d) la retórica del cambio para impedir todo cambio;  e) el lugar al que va dirigido el mensaje y que no es otro que el lugar psíquico, aquel que moviliza antes que el raciocinio y las instancias de control, a los factores afectivos e intuitivos que son los que determinan los comportamientos de empatía.

Los medios se han constituido en el único poder que no requiere sustento democrático. Su estrategia esencial es la división tajante entre informadores e informados. Yo informo, tú sos informado. Expresión historia de una división clasista del trabajo.

Insistimos, ¿puede existir acaso libertad de prensa cuando el 95% de la información se procesa en los grandes medios privados de televisión radio y prensa que son los que deciden lo que es o no es noticia? No puede existir libertad de prensa cuando los medios constituyen un virtual monopolio que solo representa a un sector social, el sector hegemónico. Y de ahí a la imposición autoritaria de un solo cuerpo de pensamiento uniformizado hay un solo paso.

Los medios de comunicación en Uruguay no son representativos ni en proporción, ni en el fondo ni en la forma , de las distintas fuerzas sociales que componen la Nación. Existe una distorsión de la representatividad social. Es por ello que son antidemocráticos: porque no son representativos en un área de poder donde la representatividad es o debe ser la ley. ¿Qué tiraje, cuántas horas de televisión y radio representan a la fuerza del trabajo en el país?
La real contradicción se presenta cuando el ejercicio de la libertad se combina con intereses económicos particulares, nacidos de la rentabilidad que para algunos ofrece el hecho de vender en el mercado aquello de lo que los demás carecen.

El antagonismo se expresa entre el sentido social de la información y su mercantilización privada. De esta manera la información y su control minoritario se convierten en un círculo vicioso. El monopolio del poder tradicional condujo al monopolio de la imagen, al monopolio de la palabra y al cuasi monopolio de la escritura, lo cual conduce a su vez hacia un mayor monopolio de la política, atenuado transitoriamente cuando el pueblo se reveló en los inicios del siglo XXI derrotando al centenario poder conservador aliado de los grandes medios de comunicación. Aunque sin poder modificar la desigual correlación de fuerzas en el área informativa que sigue en poder de la comunicación monopólica.

Aun la síntesis dialéctica entre ambos polos, el sentido social de la información y su mercantilización privada, debemos reconocerlo, no ha sido resuelta. Y no podrá ser resuelta con fórmulas estatistas o privatistas, que no contemplan con realismo el escenario social sobre el que se desenvuelven los múltiples componentes del problema.

Nos dirán, cómo es posible afirmar que no existe libertad de prensa, libertad de comunicación, cuando en las redes sociales todos los ciudadanos se expresan sin limitación alguna.

Conviene aclarar en primer lugar que la Conferencia de la Unesco se refiere a los medios tradicionales de comunicación, a la prensa escrita, a las radios, a la televisión, a los medios masivos de información.

Pero y es lo más importante, las redes sociales que han tenido el mérito de abrir un hueco en las inexpugnables fortalezas de los medios tradicionales, no han podido impedir ser infectados por un aluvión desinformador de fake news, de calumnias, de noticias falsas, sin haber logrado una autorregulación que bien hubiera servido para horadar la comunicación hegemónica.

Y además aún no se ha podido encontrar la vacuna para curar el virus de aislamiento que lleva su sello originario.

Los consumidores de información se aíslan cada vez más.  Las relaciones sociales horizontales se debilitan en beneficio de aparatos verticales. Tienden a desaparecer las mediaciones sociales colectivas. La revolución informática y su mito de democracia electrónica que ofrece, todo, hasta votar por computadora desde casa, aisla cada vez más a los individuos. La gente se aisla en sus casas, convertidas en verdaderas fortalezas electrónicas, mientras las relaciones tradicionales horizontales vinculadas al trabajo, al consumo, al entretenimiento colectivo se debilitan en beneficio de aparatos verticales que les ofrecen trabajo, servicio o líderes políticos carismáticos. Seres dispersos molecularmente en sus hogares e interconectados a través de terminales, eliminan los espacios donde se articulan las luchas por la democracia. El grupo deja de reconocerse. Se diluye la escuela, el hospital, los centros de gestión, las salas de esparcimiento.

La democracia no armoniza demasiado bien con el uso de las nuevas tecnologías que giran alrededor de las computadoras. Las tecnologías debieran estar después de los objetivos de bienestar humano y no antes.

Por eso aplaudimos la existencia de las redes sociales que permiten alzar voces, imposibles de ser escuchadas antes de su existencia, sin el permiso de los medios hegemónicos. Pero no podemos dejar de alertar sobre sus debilidades y peligros.

El objetivo debe seguir siendo la libertad de prensa real, es decir que la voz de la gente, de los consumidores de noticias y opiniones, se incorpore en la construcción del mensaje informativo, no solo a través de las cartas de los lectores o del tan retaceado derecho de respuesta, o el derecho a decir sí o a decir no, decidiendo no comprar el diario, o apagar el televisor o la radio o cambiar de programa. Si no el verdadero derecho que debiera otorgar la libertad de prensa, el de tener un espacio para expresarse e incidir como consumidor en las políticas informativas, mediante una legislación que ampare el derecho constitucional de información tanto de los emisores como de los receptores.

Todo esto tiene que ver con nuestra democracia. La democracia formal se detiene en el cómo de su ejercicio, mientras que la democracia real apunta hacia el quién la ejerce. Pero en materia de democracia informativa estamos en la prehistoria del liberalismo. También en el cómo le ha sido confiscado a la sociedad. Hay que empezar a recuperar el cómo para después recuperar el quién.

Porque los derechos fueron conquistados por los pueblos para ser ejercidos. Y un derecho que no puede ser ejercido no existe como tal.

Entonces, ¿de qué libertad de prensa estamos hablando?

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