MONTONEROS – LIDIA BORDA – PATO ZUKER. Una historia de película

La contraofensiva montonera, el desgarrador testimonio de la cantante Lidia Borda y el recuerdo de Marquitos Zuker y la piba Verónica Cabilla

Escribo notas sobre las desapariciones de compañeros por la dictadura genocida desde que me exilié en Barcelona a fines de 1976, primero en boletines mimeografiados de Co.So.Fam (Comité de Solidaridad de Familiares de Detenidos y Desaparecidos) y de la Casa Argentina, luego en el suplemento América Latina del diario Tele/eXprés que dirigía el gran poeta Alberto Szpumberg, y en diciembre de 1980 publique un dossier (cuadernillo central, separata) de la revista El Viejo Topo dando cuenta del conmovedor testimonio de Graciela Geuna, sobreviviente del ccd La Perla. Ya en 1982 publiqué varias notas en el Diario de Barcelona, y de regreso a la Argentina en El Porteño, en el diario Nuevo Sur y en otros muchos medios. Desde el 24 de marzo de 2012 hasta hace aproximadamente un año edité la página memoria.telam.com.ar dedicada a los derechos humanos y principalmente a los juicios por crímenes de lesa humanidad. Dicha página fue discontinuada por la dirección de Télam, encabezada por Rodolfo Pousá, que en estos días se alejará por segunda vez de la agencia después de haberla desguazado también por segunda vez. De nuevo, esta vez como secuaz de Hernán Lombardi, cobrando una suculenta, millonaria indemnización (?). En fin, que llevo cuatro décadas largas, casi medio siglo, leyendo y escribiendo sobre torturas y asesinatos, lo que me ha desarrollado una fobia: no puedo ver crueldades, torturas ni efusiones de sangre ni en películas, lo que ha hecho que vea algunas películas, por ejemplo las de Tarantino, cerrando los ojos en algunas secuencias. Sin embargo, hace unos minutos no pude evitar ponerme a leer está crónica publicada en el Diario del Juicio por el aplastamiento a sangre y fuego de la llamada contraofensiva montonera (1979-1980) en la cual fueron secuestrados y asesinados compañeros que conocía de la época en que militaban en la UES, como, por ejemplo, Marcos Zuker, el Pato Varieté, hijo del actor homónimo y gran hincha de Nito Mestre y los Desconocidos de Siempre, San Lorenzo y Defensores de Belgrano, y de su esposa Marta “Ana” Libenson, desapariciones que fueron el eje de El tren de la victoria, el libro escrito y publicado por su hermana Cristina.

Marcos “El Pato” Zuker. Abajo su compañera, Marta Libenson, y más abajo la adolescente Verónica Cabilla, montonera e hija de montoneros.

Todo esto viene a cuento que desde hace un año me resisto a seguir leyendo crónicas que narran lo sufrido por compañeros de mi generación en aquella época terrible (muchas, admito, se las reenvio sin leer a Oscar Taffetani, también editor de la discontinuada página memoria.telam.com.ar). Sin embargo no pude resistir la tentación de comenzar a leer la que transcribiré a continuación. Y quedé atrapado no solo porque la historia bien vale la pena, sino porque está muy bien escrita. La llamada  contraofensiva montonera (que ya fue abordada en la película Infancia clandestina) merece otras miradas, por ejemplo la narrada en primera por el montonero Eduardo Astiz (primo del marino) en su trepidante Lo que mata de las balas es la velocidad. Pero bueno, como buen pájaro, ya me he ido por las ramas. Los invito a leer esta historia que me ha llegado al corazón. Y a escuchar a la testigo, la cantante Lidia Borda, entonando este Sueño de juventud, capaz de difuminar la pesadilla que atravesó siendo muy pequeña.

Crónicas del juicio -día 28- Aplausos bajo el escenario

La cantante Lidia Borda fue testigo en el juicio. Lo hizo porque su madre fue pareja durante un año y medio de un integrante de una de las patotas de Campo de Mayo, en fecha coincidente con una etapa de la Contraofensiva. Borda aportó sus recuerdos de adolescente, entre los que se encuentra haber tenido en su propia casa un cenicero y un medallón que, todo indica, pertenecieron a Ricardo Marcos Zuker y Verónica Cabilla, secuestrados en la Terminal de Ómnibus de Retiro y desaparecidos luego de haber pasado por Campo de Mayo. (Por El Diario del Juicio*) 

📝 Texto 👉 Fernando Tebele  

💻 Edición  👉 Martina Noailles 

📷 Fotos  👉  Julieta Colomer

Colaboración  👉 Diana Zermoglio 


Un rumor poco frecuente recorre la sala mientras Lidia Borda ingresa para dar su testimonio. Tal vez sea por el reconocimiento que tiene como cantante. Quizá tenga que ver con que no se relaciona su figura con haber sufrido un trauma personal durante el genocidio. “No sabía que tenía algún familiar desaparecido”, murmura alguien con poco bagaje informativo acerca del juicio. Borda, en realidad, no está aquí porque sea una figura pública. Ni por lo que el genocidio le llevó. Más bien por lo que le trajo. Y eso queda en evidencia apenas comienzan las preguntas, cuando promete decir la verdad.

—¿Dejó sus datos por secretaría? —consulta el presidente del tribunal, Rodríguez Eggers, como cada vez.
—Sí.
—¿Su nombre? —pregunta, como parte del cuestionario inicial.
—Lidia Elba Sciarelo —responde Borda, sorprendiendo a más de una persona.

Se produce allí un silencio, porque la secretaria del juzgado la había anunciado por su nombre artístico, por lo que Pablo Llonto, abogado querellante, pide que se tenga en cuenta que se la citó con su nombre artístico, y que se deje constancia de que su nombre real es otro. Nunca se sabe dónde clavarán sus uñas los imputados en alguno de sus intentos desesperados por quedar prendidos al muro alto de la impunidad.

Lidia tal vez sienta un nerviosismo incomparable con el de cualquier escenario. Le costó acomodarse en la silla. Acaba de mirar varias veces hacia el público buscando a su hijo, que la acompaña. El joven estaba en la primera fila, pero lejos de su madre. Tras esa búsqueda casi desesperada, no duda en reubicarse y queda exactamente a sus espaldas. Lidia tiene el pelo atado, pero se lo suelta, como si desanudara algo más que su cabello antes de comenzar a contar su historia, que no es de las que habitualmente se hayan podido escuchar en este juicio. Sólo es comparable con el histórico aporte realizado por Pablo Verna, el hijo del genocida Julio Verna, quien aportó datos relevantes sobre el accionar de su padre.

Lidia va a hablar de su convivencia con un militar de Campo de Mayo, quien fuera pareja de su madre durante un año y medio, coincidiendo en tiempo y espacio con una de las etapas de la Contraofensiva de Montoneros.

 

 

“Neri Roberto Madrid, se llamaba”, arranca tras el pie que le da la fiscal Sosti. “Era pareja de mi madre, Nora Lidia Borda. Ellos eran vecinos, porque él se había mudado con su familia al lado de mi casa. Comenzaron una relación sentimental con mi mamá. Al poco tiempo él se vino a vivir a mi casa, en Moine y Bufano, en Bella Vista, muy cerca de la puerta 4 de Campo de Mayo”. Entre los recuerdos que tiene por haber habitado la zona, destaca que “circulaban todo el tiempo camiones. Yo tenía 13 años. Él era Sargento pero lo ascendieron a Sargento Primero de Caballería. Él trabajaba en Campo de Mayo”. Él, dice reiteradamente, y tratará de no nombrarlo salvo que se lo pregunten.

A partir de ese instante, comienza a relatar detalles de un calvario que podría ser el de cualquier familia con un hombre violento en el hogar, pero en este caso con el agregado que tuvo, además, que fuera parte integrante de una de las patotas que operaba en Campo de Mayo. “Él contaba distintas escenas referidas a su trabajo. Alardeaba de su machismo. Dormía con un revólver debajo de la almohada. Era golpeador. Golpeaba muchísimo a mi mamá. A mí también”, señala Lidia, probablemente reviviendo el dolor de aquella etapa.

Objetos aparecidos

Si uno de los objetivos de la desaparición de los cuerpos tal vez haya sido borrar los rastros no sólo corporales de las personas secuestradas, cada objeto que aparece es una manera de fijar sus historias personales en la historia colectiva. En este juicio ya se han vuelto visibles cartas, cintas grabadas, mensajes sonoros, fotografías, dibujos. Y en esos objetos aparecidos probablemente se juegue un contrapeso de la desaparición, que, por supuesto, nunca alcanzará para emparejar la balanza y mucho menos para mitigar el dolor.

 

La importancia del testimonio de Lidia Borda está por surgir de la mano de esos objetos. Un cenicero y un medallón son los vínculos que conectan la sufrida historia familiar de la cantante con la desaparición de militantes de la Contraofensiva. “Un día mi mamá me llamó y me mostró una serie de objetos. Bajó de un estante del placard de su habitación un cenicero. En aquella época había unos ceniceros de madera de unos 10 o 12 centímetros de alto. Era rústico con tallas de estilo indígena, como de artesanías. Ese cenicero tenía un fondo desmontable. Mi mamá lo desmontó y me mostró unos papeles que había ahí adentro. Lo que había era un documento de identidad con el nombre de Zuker. No recuerdo su nombre. Conocí su apodo en aquel momento, le decían Pato“, suelta de entrada, en alusión a Ricardo Pato Zuker.

Enseguida aporta más datos: “El relato que mi madre me hizo es que él le contó que lo habían secuestrado en Retiro junto a una chica de 16 años”. Se refiere a Verónica Cabilla; su mamá, Ana María Ávalos, dio testimonio en este juicio. “Había otros objetos en casa. Un medallón oval de plata con un centro oval más pequeño, calado. Lo entregué a las Madres de Plaza de Mayo a través de Elvio Vitali, un amigo. Le pedí que lo conservaran, que para mí era importante”, recuerda.

Las Madres reciben muchas pertenencias de personas desaparecidas. De hecho, en la sede de la Línea Fundadora, una vitrina los reúne. En este caso particular, Borda recuerda habérselo entregado a la principal referente de ese sector, Nora Cortiñas, que ha acompañado el debate desde el público. Consultada por El Diario del Juicio, Cortiñas corroboró el relato de Borda: “Recuerdo el momento exacto en el que me lo dio. Es más, recuerdo que estaba negro por el paso del tiempo”. Sin embargo, en una de las mudanzas de la sede, el medallón volvió a perderse. La fiscal Sosti le pide autorización al tribunal para que la testigo lo dibuje. Le dan a elegir entre hacerlo sobre un papel o pasar al frente para dibujarlo en un una pizarra, que todavía muestra el croquis de una dependencia policial a la que llevaron a varios niños, dibujado por Mauricio Amarilla. Lidia elige dibujar sin moverse de su lugar y lo hace sobre un papel. Luego, continúa aportando datos: “Además había otros objetos. Un collar de mostacillas largo, que era de la chica de 16 años. Él dijo que el collar era de la chica. Había una radio a transistores, muy moderna para el momento, que tenía onda corta, era importada”.

Muchas sospechas, una certeza

Lidia va dejando recuerdos sobre la mesa en la medida que van pasando las imágenes por su cabeza. “Una vez yo entré al baño de mi casa, un baño chico, y vi a mamá llorando frente al lavabo, que estaba lleno de agua roja. Mi mamá estaba lavando la ropa que él había traído y la había obligado a lavar. Eso lo vi yo”, refuerza. Y salta a otra situación sospechosa, que con el paso del tiempo, y reunida con otras, se fue convirtiendo en una certeza: estaban conviviendo con un represor.

“Él manejaba dos autos: un Taunus amarillo y un Falcon bordó que le daba el Ejército. Una vez me dijo ‘limpiame el auto’. Yo fui a limpiarlo y encontré hojas, un papel donde había un diseño como de una especie de croquis, como si fuera algo que debía hacerse, con un itinerario en rojo, como un plan”. Y hay más: “Tenía una valija que llevaba siempre en el auto. Una vez fuimos en uno de esos autos a una quinta en Pilar. Fuimos con bastante miedo junto a mi mamá porque manejó muy rápido. Estaba su jefe, al que le decía El Tordo. Había un portón tipo tranquera. Entramos como a un patio típico de casaquinta de las afueras. De ese lugar me llamó la atención que había varios niños con edades parecidas. Ella luego me contó que había como unos establos. Que escuchó ruidos. Ella se dirigió hacia ese lugar, pensando que había caballos, y Neri le dijo que ahí no fuera”, señala, llamándolo por su nombre quizá por única vez. “A mi mamá le pareció muy sospechoso porque, si había caballos, ¿por qué no podría ir a verlos?”.

La violencia era sistemática: “Yo estaba en primer año. Lo viví como un calvario. Como una situación insoportable. Una vez llegué y la encontré a mi mamá tirada en la cama, completamente desfigurada por los golpes. No podía ni llorar de tan desfigurada. Me llevaron a otra casa. Cuando volví esperaba no verlo más, pero cuando llegué estaba charlando amablemente con mi mamá al lado de su máquina de coser”. Luego vendría el tiempo de pensar en escapar. “Yo le preguntaba a mi mamá por qué no nos íbamos. Y mi mamá una vez me respondió que él le había dicho que no le costaba nada meterme un par de panfletos en el bolsillo y tirarme en una zanja”.

Fijar los recuerdos

Tiene una blusa roja Lidia. Un collar largo, como el que describe como perteneciente a Verónica Cabilla, cuelga de su cuello. Se la nota más tranquila con el correr de los minutos. Gira su cuerpo y apoya uno de sus brazos en la baranda de madera para escuchar las preguntas que buscan precisar los datos sueltos que fue entregando. Reafirma sus verdades amalgamadas con trozos de imágenes. Reflexiona acerca de eso. “Cuando pasan los años uno no sabe si lo que recuerda son recuerdos o recuerdos de recuerdos. Una noche, mirando la televisión con mi marido, muchos años después, veo a una mujer, de nombre Cristina Zuker, que estaba siendo entrevistada, y ella relataba algo en torno de la desaparición de su hermano. A mí me causó una conmoción fuerte, porque yo no la conocía, pero sabía lo que había pasado con su hermano. Ella decía en esa entrevista que no sabía qué había pasado con su hermano. Que no tenía seguridad. Entre las cosas que comentó, dijo que su hermano había sido secuestrado junto a una joven de 16 años. Entonces yo ahí corroboré que aquel recuerdo del collar de mostacillas de una joven de 16 años era verdad. Sentí la necesidad de encontrarme con Cristina Zuker para contarle lo que sabía que había pasado con su hermano. A través de una amiga la ubiqué, al poco tiempo. Enseguida me pidió si podía declarar como testigo en un juicio, junto a mi mamá, que era una persona muy temerosa, con razones. Ella aceptó participar y en esa declaración contó lo que sabía”.

Le preguntan entre Sosti y Llonto si alguno de esos objetos quedó en su poder. “El collar de mostacillas quedó en mi casa. Pero nosotras nos escapamos de mi casa un día que él salió a realizar un operativo y nos dijo que iba a estar dos o tres días afuera. Y mi mamá, manoteó algunas cosas, otras llevamos a casa de parientes, y otras quedaron ahí. Nos fuimos a una pensión de Flores”.

La fiscal Sosti insiste con hurgar en sus recuerdos, en el intento por ponerle nombres a más integrantes de esa patota.

—¿Nombraba a alguien?
—Hablaba mucho de Nicolaides. Y siempre del Tordo —repasa Lidia, aunque no sabe su apellido (N. del E: probablemente se trate de Carlos Francisco Villanova).

—¿Iban compañeros suyos de trabajo a tu casa?
—Sí. Eran personas bastante perversas. Mataban gatos y los comían por ejemplo. Se ufanaban de eso.

Desenlaces varios

Como en una trama novelada, sobre el cierre de su testimonio, que apenas supera la hora de duración, Lidia va narrando cómo deambularon de mudanza en mudanza hasta que se estabilizaron y pudieron vivir mejor, primero junto a su madre, luego con su propia familia.

Acerca de Madrid, al que le decían El Gallego o El Negro, agrega dudas sobre cómo murió. “Yo recibí el relato de que se había suicidado, pero a mí eso siempre me pareció muy extraño. Él siempre relataba que iban al Casino de Oficiales. El relato es que estaban en el Casino y él le pidió a un amigo que fueran a una barraca con una camioneta. Que el amigo se quedó en la camioneta mientras él bajó y su amigo escuchó el disparo, y que él se había suicidado”.

Retoma algo que ya había deslizado. Que Madrid inició, mientras estaba con su madre, una relación con una prima suya. Que cuando ellas huyeron, aquella relación se oficializó y tuvieron una hija. “Tengo entendido que esa hija recibió una casa que le regaló el Ejército. Creo que era por San Miguel. Que se trataba de una casa de las que ellos llamaban de botín”, señala en referencia a las propiedades de personas secuestradas que eran robadas con ventas firmadas bajo torturas o amenazas.

—Señora, su testimonio ha finalizado —cierra Eggers, con las mismas palabras de cada ocasión.

Los aplausos se hacen extensos mientras Lidia se pone de pie. No son los mismos aplausos a los que está acostumbrada. No suenan igual en sus oídos. No late su corazón del mismo modo ahora, mientras se abraza con su hijo, que tal vez esté pensando en su madre, a sabiendas de que la justicia no es arte, y que los aplausos están premiando hoy su talento para sobreponerse, para salir adelante, y para aportar, desde ese lugar que nunca hubiera elegido tener, algo de información para las personas que necesitan saber qué pasó con sus familiares. Una vez más, frente al silencio de los represores, son sus familias las que les ponen palabras al horror.

*Este diario del juicio por la represión a quienes participaron de la Contraofensiva de Montoneros, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, medio alternativo, comunitario y popular, junto a comunicadores independientes. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguinos diariamente en https://juiciocontraofensiva.blogspot.com

 

 

 

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