Entre muchas escenas memorables de Don’t Look Up, la película de Adam McKay “de la que habla todo el mundo”, hay una que destaca por su nivel de doloroso absurdo. En pleno mitin negacionista de la presidenta Janie Orlean, uno de los asistentes mira casualmente hacia arriba y ve al cometa perfectamente recortado en el cielo, ese cometa que todos allí sentenciaban falso. Y estalla de indignación al grito de “Desgraciados, ¡nos mintieron!”, iniciando una lluvia de objetos que impacta en el desolado Jason. La verdad estuvo siempre allí, era fácil comprobarla; el objeto de furia del engañado no fue su propia estupidez sino “los políticos mentirosos”. A veces cuesta distinguir la ficción de lo real.

No vale la pena zambullirse en el debate sobre las cualidades cinematográficas de No miren arriba, en estos días las redes arden con manifestaciones igualmente enérgicas a favor o en contra. Lo interesante de la película de Netflix es su capacidad para usar a un meteorito del tamaño del Everest como excusa para hablar del aquí y el ahora, de una Humanidad desmadrada por la pandemia, de la frivolidad y el esnobismo y la ceguera y la manipulación, pero que en realidad sufre la eclosión de un estado de las cosas que viene desarrollándose hace tiempo. Y también permite jugar al “qué hubiera pasado si…” con respecto a otras tres películas que en su momento tuvieron la misma acidez para diseccionar un estado social, pero no contaron con la capacidad de penetración que ofrece hoy el streaming para provocar las mismas olas de discusión y análisis.

El ciudadano Bob Roberts

En 1992, Tim Robbins ya era un actor reconocido, y se dio el gusto de debutar como director con una película incómoda, tan incómoda como las opiniones políticas que expresaba junto a su pareja Susan Sarandon. Bob Roberts (titulada en Argentina El ciudadano Bob Roberts) fue en su estreno un grano molesto, tanto que hubo sospechas de que Paramount no hacía mucho esfuerzo por difundirla. En un país gobernado por George Bush padre, embanderado en la Guerra del Golfo y todavía no muy enterado de lo que pasaba en Panamá, la historia que protagonizaba el mismo Robbins hacía demasiado ruido.

Tim Robbins, candidato a senador de derecha.

 

Como No miren arriba, Bob Roberts exhibe la manipulación de la opinión pública desde el poder. Un poder que no siempre es lo mismo que el poder político, como bien resume ese “Janie, ¡dije ahora!” que le lanza el siniestro tecnohead Peter Isherwell a la Presidenta, que corre presurosa tras él. A tono con los tiempos, el film de Robbins apunta un poco más hacia el complejo industrial-militar que descorchaba con Bush, y anticipa el pensamiento trumpiano desde un personaje bien diferente. Como una criatura de Capusotto / Saborido, el candidato republicano a senador se presenta con bellas canciones folk cuyas letras operan como un negativo de Bob Dylan. Y cuando un periodista (un joven Giancarlo Esposito) empieza a sacar a la luz el confuso episodio con una menor primero, y los vínculos del candidato con un negociado narco de la CIA después, un falso atentado y otra falsa invalidez dan el empujón para el triunfo. El periodista es asesinado por un seguidor fanático del Ciudadano Roberts.

Bob Roberts tuvo un lanzamiento limitado, y su recaudación superó por apenas 300 mil dólares los 4 millones que costó.

Mentiras que matan

Cinco años después, en diciembre de 1997, a Barry Levinson le fue mejor. Wag the Dog costó 15 millones y cosechó 64, junto a dos nominaciones al Oscar (a Hillary Henken y el gran David Mamet por Guión Adaptado, y a Dustin Hoffman como Actor) y un Oso de Oro Especial del Jurado en la Berlinale 1998. Eran otros tiempos. Caerle a Bush por las tropelías en Irak y Panamá ya estaba habilitado, el presidente era el demócrata Bill Clinton. Pero la película que en Argentina se conoció por el más impactante pero menos ingenioso título de Mentiras que matan terminó protagonizando un hermoso rulo de la ficción anticipando a la realidad. Lo que en No miren arriba es diagnóstico, en Wag the Dog fue pronóstico.

Robert De Niro, Anne Heche y Dustin Hoffmann en Mentiras que Matan.

 

A dos semanas de la elección en que busca un nuevo mandato, el presidente de Estados Unidos está en problemas: hacerle avances sexuales a una menor de edad en la Oficina Oval no es algo que atraiga muchos votos, y así entra en escena el monje negro Conrad Brean (Robert De Niro) y el productor de Hollywood Stanley Motss (Hoffmann). En 95 minutos de película, el dúo pone en marcha una máquina de manipulación y falsificación mediática que comienza con la invención de una guerra con Albania y se va complejizando más y más. El dispositivo para desviar la atención pública llega a la fabricación del caso de un soldado perdido tras las líneas (lo que propicia otra de esas breves y explosivas apariciones de Woody Harrelson) y una canción patriótica que, para profundizar la ironía, interpreta un Willie Nelson siempre más cerca del folk de protesta y la militancia marihuanera que de las operetas políticas. Un “comando albanés” se adjudica un atentado. El presidente consigue la reelección.

Un mes después del estreno de Wag the Dog estalló el escándalo de Clinton y la becaria Monica Lewinsky. Ese mismo 1998, Bill Clinton ordenó bombardear una supuesta fábrica de armas químicas del terrorismo en Sudán.

“¿Por qué el perro mueve la cola? Porque un perro es más inteligente que su cola. Si la cola fuera inteligente, podría mover al perro”, cita Levinson.

Idiocracia

La inteligencia, precisamente, es el tema central de Idiocracia. O más bien la falta de ella: Mike Judge ya tenía experiencia en criaturas con cámara de eco en el cráneo como esos Beavis & Butt-Head que comentaban videoclips en MTV. Pero en 2006 dio un paso más allá, en varios sentidos. El contexto resultaba ideal: Estados Unidos iba por el segundo mandato del segundo Bush, otro experto en llenarle el tanque a los bombarderos en nombre de la paz y la libertad. La sensación de degradación cultural (¡Y aún faltaban once años para Donald Trump!) llevó a Judge y el coguionista Etan Cohen a imaginar una distopía más pesadillesca que la de Terminator.

Identificado como “el tipo más común y corriente” del cuerpo, el soldado Joe Bauers (Luke Wilson) es reclutado para un experimento de criogenización que sale mal: el militar a cargo del proyecto es arrestado por organizar una red de prostitución, Bauers y la trabajadora sexual Rita quedan congelados 500 años y despiertan en un país donde el coeficiente intelectual promedio es apenas superior al de un mono bien entrenado. El programa televisivo más popular es Ay, mis bolas!!!!, donde un tipo aparece y patea en las bolas a otro. La gente riega cultivos con la bebida energizante Brawndo, cuya compañía madre es propietaria del Departamento de Agricultura y la Administración de Drogas y Alimentos de Estados Unidos. Los edificios aparecen arrumbados, los extremos de los puentes no coinciden. El Presidente es el inefable Dwayne Elizondo Mountain Dew Herbert Camacho, rodeado de sponsors -y de un gabinete de idiotas como Frito Pendejo– y remachando discursos en el Congreso con una metralleta al techo.

Bauers el mediocre es ahora la persona más inteligente del país.

El país de Idiocracia.