Obama, un asesino serial desvergonzado

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Se me había pasado esta nota. Por prejuicioso. En estas páginas hemos dicho que hay testigos de que Escudé entraba como Pancho por su casa a la SSF (Coordinación Federal) durante la época más dura de la represión. Durante muchos años, estuve convencido de que Escudé (un raro caso de conversión al judaísmo, que más bien repele las conversiones) estaba tan al servicio de Israel como de los Estados Unidos (de los cuales era un servidor público). Todo ello realza más el interés de lo que dice aqui. ?¿Habrá que creer en las conversiones tipo San Pablo, que se cayó del caballo cuando iba a matar judíos díscolos en nombre de Roma? Qui lo sa. Lo que sé es que ésta es una nota de lectura imprescindible. JS

Obama y su “Operación Cóndor”

El 30 de septiembre fueron asesinados en Yemen dos ciudadanos estadounidenses con un misil lanzado desde un avión teledirigido. Sin juicio previo, el presidente ordenó su muerte tras haberlos acusado de terrorismo.

Carlos Escudé / El Guardián 13.10.2011

Apreciados lectores: aunque les escribo desde China, adonde he venido a participar en eventos académicos, esta carta es sobre Estados Unidos. Quizá alguno de ustedes recuerde que el 11 de septiembre dije, en el conocido programa de la Televisión Pública 6,7,8, que China ya ha desplazado a los Estados Unidos como el país extranjero más importante para todo el Cono Sur. Agregué que esa es una gran noticia para nosotros, porque como documenté en mi libro de 1983, Gran Bretaña, Estados Unidos y la Declinación Argentina, los yanquis nunca nos quisieron, y lo que es peor, jamás necesitaron de nuestros productos. Me permití entonces lanzar un grito entusiasta: “Yankee go home!!!”

Obviamente, fui interrogado por los periodistas presentes. ¿Cómo era posible que hubiera cambiado tanto de actitud, dada mi anterior adhesión a una alianza entre nuestro país y Estados Unidos? Respondí que la superpotencia traicionó la confianza de todos los que habíamos creído en ella cuando en 2003 lanzó su terrible guerra contra Irak, aduciendo falsamente que Saddam Hussein poseía temibles armas de destrucción masiva.

Los errores morales se pagan. Estados Unidos ahora padece una pérdida de credibilidad sin precedentes. Y la cosa es aún más grave si consideramos lo ocurrido el 30 de septiembre, cuando la CIA asesinó a dos ciudadanos estadounidenses en Yemen, usando un misil disparado por un avión robótico operado por satélite desde un remoto centro de cómputos. Uno de ellos, Anwar al-Awlaki, había sido incluido por la CIA desde principios de 2010 en una lista pública de terroristas de al-Qaeda que debían ser asesinados. La otra víctima, acompañante de al-Awlaki en la ocasión, fue un “daño colateral”.

Para que se comprendan las tremendas implicancias de lo acontecido, debemos reformular lo dicho: sin debido proceso judicial, y basándose en informes secretos de inteligencia, el gobierno de los Estados Unidos decidió quitarle la vida a un ciudadano de su propio país, violando flagrantemente la Primera Enmienda de su Constitución. Así como amparados en la infame “Operación Cóndor” de las dictaduras del Cono Surya  Pinochet mandaba asesinar chilenos en Buenos Aires, y Videla mandaba asesinar argentinos en Uruguay y Brasil, Obama manda asesinar norteamericanos en Yemen, sin juicio previo y apoyándose en presuntas pruebas secretas.

Anwar al-Awlaki estaba en la lista de blancos escogidos para el asesinato porque los servicios de inteligencia llegaron a la conclusión de que había tenido un papel central en un frustrado intento por hacer estallar un avión sobre Detroit, programado para la Navidad de 2009. El padre de la víctima, Nasser al-Awlaki , inició entonces una querella para sacar a su hijo de esa lista de reos de muerte sin juicio previo, pero el gobierno de Obama invocó el privilegio del secreto de Estado para desbaratar el proceso judicial. El juez John Bates, de la justicia federal de Washington, dictaminó que lo que estaba en juego era una “cuestión política” encuadrada enteramente en la esfera del Poder Ejecutivo.

De nada sirvieron las quejas de importantes organizaciones como la American Civil Liberties Union y el Center for Constitutional Rights, que el año pasado arguyeron a favor de la querella del padre de la víctima. Señalaron que, de insistir el gobierno en su decisión de asesinar a un ciudadano sin juicio previo, los criterios legales aplicados deberían ser explicitados en forma pública, ya que, a primera vista, se estaba violando la Constitución y la ley internacional. La respuesta del gobierno y de la Justicia fue que no sólo las pruebas sino también los criterios legales invocados eran secretos. Consumado el asesinato, Obama felicitó públicamente a los perpetradores de la fechoría.

Comentando sobre estos hechos el 3 de octubre, la prestigiosa revista The Atlantic Journal preguntaba indignada: “¿Qué justificación pueden tener el presidente Obama y sus abogados para mantener secreto el razonamiento legal que supuestamente los habilitó para este operativo? No se trata de un secreto militar. No es un caso en que se protege a un agente de la CIA que opera en forma encubierta. Tampoco es un caso en que se oculta al público una vulnerabilidad del país frente al terrorismo. (…) Estamos frente a un presidente que explota el secreto oficial para justificar la legalidad de sus decisiones sin tener que someter su razonamiento al escrutinio del público”.

Y en su editorial del 2 de octubre, Los Angeles Times preguntaba: “¿Cómo puede ser que se necesite una orden del juez para espiar las conversaciones telefónicas de un ciudadano, pero no para matarlo?”. Y agregaba: “Si Awlaki fue de verdad un arquitecto de ataques terroristas dentro de los Estados Unidos, como dicen los funcionarios, entonces quizá debamos celebrar su desaparición. Pero en el fondo no lo sabemos, ¿no es verdad?”.

Para colmo, esto se da junto al incumplimiento, por parte de Obama, de su promesa electoral de cerrar la cárcel de Guantánamo. Pero no sólo se mantiene vigente la perversa legalidad de la tortura offshore. Desde su elección, Obama fue más duro que su predecesor, George W. Bush, en sus políticas respecto de la CIA. Por primera vez dio a los espías un papel protagónico en las mismísimas operaciones de combate, a través del uso de aviones robóticos como el que mató a al-Awlaki.

Por cierto, cuando asumió, Obama eligió como jefe de la CIA a Leon Panetta, que este año fue ascendido a secretario de Defensa. Panetta fue el adalid de la guerra con aviones robóticos, que Bush había limitado mucho debido a las numerosas muertes colaterales que ocasionan. En cambio, Obama les dio luz verde. Un dato duro que documenta el cambio es que, según The New York Times del 13 de abril, en 2010 se efectuaron en Paquistán 117 ataques con aviones robóticos, más que la suma de todos los años previos. Y según un informe de 2009 de Brookings Institution, los ataques en ese país han matado a 10 civiles por cada uno de los militantes ultimados.


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