OPINIÓN. La libertad de llamarse Ignacio

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​Por Oscar Taffetani

Me puse feliz -como cientos de miles de argentinos- hasta las lágrimas cuando me enteré de que las Abuelas habían recuperado al nieto número 114, que resultó ser el hijo de Laura Carlotto, hija de Estela Barnes de Carlotto, verdadero símbolo de esa lucha que nunca se termina para lograr que en la Argentina se respeten, para siempre, los Derechos Humanos. Pero hay hay algunos detalles que me desconciertan o, para decirlo con más propiedad, me incomodan, y que surgen de la simple lectura de la información que se publica.

Dice en una crónica Remo Carlotto, hermano de la desaparecida Laura, quien participó del encuentro de seis horas con su sobrino llamado Ignacio Hurban, que recuperó su identidad biológica luego de someterse a los estudios de ADN: “Nuestra única estrategia es nuestro contacto con Guido, sus tiempos, lo que él quiere ir construyendo. Nosotros le decimos Guido, él nos dice que le gusta el nombre Ignacio. Somos respetuosos de eso”.

A la vez, leo en el título de la crónica: “Carlotto: Guido es un maravilloso, sencillo, íntegro”. Y estoy escuchando a Cristina, por TV, en este momento, hablar de Guido, Guido y Guido.

¿En qué quedamos? ¿Lo vamos a llamar Guido o lo vamos a llamar Ignacio, como él quiere que lo llamen?

El derecho a la identidad lo tiene todo el mundo, y es incuestionable. Pero también hay un bien muy precioso, que debemos cuidar cada día, y empezando por casa: la libertad personal. La libertad de llamarse Ignacio.


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