PARADOJAS: El peronismo como vendaval erótico (y el silencio de los defensores de la honra de Evita ante su amordazamiento)

 

Corría 1989 y Menem ya había asumido la Presidencia. En la revista El Porteño publiqué una larga nota que titulé así, “El peronismo como vendaval erótico”. Formó parte de un dossier en el que también se publicó un breve cuento de Néstor Perlongher titulado “Evita vive en casa hotel organizado”, consigna que había distinguido en los años 70 al Movimiento de Inquilinos Peronistas (MIP) afín a Montoneros. No tengo ahora a mano aquel artículo mío ni el cuento de Perlongher, pero baste decir que si el primero era un racconto de las muchas cosas que se le habían atribuido a Perón (desde Gina Lollobrigida al campeón mundial peso pesado Archie Moore y a Evita (que habría sido ligera de cascos sino directamente meretriz) y el segundo hacía que ella volviera de la muerte a una pensión de la calle 25 de Mayo (donde antaño, lo digo para los jóvenes, cuando no estaban las torres de Catalinas norte, estaban los pirigundines y quilombos que curtían marineros y niños bien, de los que no han quedado ni rastros) a confraternizar -y fornicar- con un marineros, negros, heroinómanos, prostitutas y vigilantes.

Aquella osadía motivó una sesión especial del Concejo Deliberante en el curso del cual parte del oficialismo (el intendente, que no secundó la propuesta, era Carlos Grosso) pidió lisa y llanamente la clausura de la revista. Por su parte, el gobierno bonaerense de Antonio Cafiero nos retiró la página de publicidad que nos había dado (creo recordar que era la única que teníamos y que la había conseguido Coco Blaustein, que por entonces tenía un conchabo en la Secretaría de Cultura a cargo de Julio Bárbaro).

Pues bien, cuando unos años después junto a Alberto Schprejer le quitamos la mordaza a Evita, publicando su testamento político (“Mi mensaje”) ocultado durante muchos más años que su cuerpo, y eso hizo que se nos acusara de todo, y que en el caso de Schprejer, el editor, una editorial famosa y las propias hermanas de Evita, chupacirios ellas, lo demandaran con un increíble argumento (Ese texto no es de Evita, y si lo fuera, los derechos son nuestros) y lograron el secuestro de la edición.

Así, aunque Schprejer logró demostrar la autenticidad del texto, dictado por Eva Perón desde su lecho cuando agonizaba (gracias, entre otras cosas, a la entrevista hecha a uno de sus colaboradores que ofició de mecanógrafo; que un par de páginas habían sido escritas “de puño y letra” por ella, y que había puesto sus iniciales sobre las demás) con el resultado de que tuvo varias ediciones en el extranjero, en la Argentina la publicación de “Mi Mensaje” siguió  prohibida largos años por orden judicial. Hasta que La Cámpora hizo caso omiso de la tal prohibición y la republicó.

La paradoja es que mientras hubo muchos peronistas históricos que se nos tiraron a la yugular cuando publicamos “El peronismo como vendaval erótico” y el cuento de Perlongher, prácticamente nadie salió en nuestra defensa cuando publicamos el ocultado testamento político de Evita. No hubo un solo dirigente del Partido Justicialista que nos apoyara. No pudieron bancar los dichos corrosivos y subversivos de quien había proclamado que “el peronismo será revolucionario o no será” contra los caudillejos provinciales, los dirigentes sindicales traidores a su clase, los obispos reaccionarios y los militares al servicio de la oligarquía.

Desde entonces, no les tengo mayor respeto.

Todo esto viene a cuento de los dichos de Victoria Tolosa Paz a Pedro Rosemblat y Martín Rechimuzzi. A los mayores la palabra “garchar” nos resulta muy fuerte (nosotros, los que coréabamos “slow and easy con Virna Lisi”) usábamos socialmente la mucho más fluida “fifar”, y escucharla de labios femeninos siempre nos chirría un poco, vemos que hay gente joven que tiene incorporada a su vocabulario la palabra “garchar” y la dice con naturalidad, aunque lo que unifica a todas las generaciones es “cojer”.

En fin, que se puede discutir si VTP ganó votos entre los jóvenes (que son abrumadora mayoría en el padrón electoral) o los perdió entre los viejos por decir esa palabra, pero el mero hecho de enzarzarse en estos debates, me parece, es darle de comer a nuestros enemigos, tal como venimos señalando hace mucho en El Gato escaldado (AM750, domingo de 7 a 10) y puntualizan periodistas avezados, entre los últimos, Roberto Navarro y Héctor Sosa, director de Motor Económico.

Leo hoy en Página 12 una nota de Marta Dillon sobre el acto de decir garchar. Hace casi dos décadas, coincidimos en un mensuario erótico al que bautizamos en la redacción de El Porteño como El Libertino. Las vueltas de la vida. Se puede coincidir con Marta o no, pero su texto es amable, para nada agresivo. Viene bien para poner las cosas en su sitio. Y dar vuelta la página y pasar a otra cosa. Hay una oposición que no tiene absolutamente nada para reivindicar y que se aferra a cualquier cosa para desviar la atención y tratar que no se note. Y que se diría que no garcha, ni fifa ni coje.

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