Perdida, por Alejandrina Morelli

“Me perdí varias veces en la vida» le dije a mi amiga Gloria. “¿Cómo que te perdiste? Habrás perdido las llaves, el documento, seres queridos pero uno a uno mismo no se pierde nunca” respondió casi ofuscada.
“Bueno- contesté tímidamente- eso también”.

Siempre pierdo las llaves.  En esta casa, que apenas hace un año que estoy viviendo, ya cambié dos veces la cerradura. Como me conozco dejo una copia en algún lugar seguro.  El otro día  cerré de un portazo y me di cuenta que no tenía la llave para poder abrir el portón de hierro y salir a la calle ni, obviamente para volver  a entrar. Quedé literalmente prisionera en el patio. No podía ir al fondo porque estaba puesta la alarma  y  no podías saltar la reja porque tiene cuatro metros de altura. Quedé  cual monito enjaulado, mirando pasar la gente por la calle Dodera. Por suerte tenía el celular así que llamé a un apersona  que tiene una copia  y me la mandó con un taxi. Todavía recuerdo la cara del tachero cuando me vio presa en mi propia casa y él abriéndome la puerta… Entonces decidí enterrar copias en el jardín. El otro día, después de meses, me puse a rastrearlas a ver en qué estado estaban. Encontré dos de tres. Todavía  miro con desconfianza a  limonero que creció en el lugar donde podría estar la tercera.

Más serio es el problema con la llave del coche,  que tiene una combinación especial por lo cual cada copia cuesta un dineral.  El otro día un vecinos me tocó el timbre: “Vecina, se dejó la llave puesta en la puerta del coche“.  Colorado el llavero y colorada yo. ¿Qué decirle?. Ni siquiera tomo alcohol como para excusarme por una copa de más.

Como me cansé ver por la ventanilla cerrada la llave puesta en el arranque y de pagar cerrajeros que me abran, hice varios juegos Puse uno en la billetera, otro en  la puerta de la cocina con un imán, dejé  dos en casa de amigos -por si alguno se va de vacaciones- y enterré una quinta en el jardín.

Del documento de identidad ni hablemos. Perdí siete veces el  DNI argentino. Tan sorprendidos estaban que me iniciaron una investigación a ver si me dedicaba  a traficar  documentos  y me aseguraron que el séptimo era el último. No sé si será verdad pero por si acaso lo tengo guardado bajo llave,  destruido por la humedad y varias  idas, al lavarropas adentro de un vaquero.

No solo eso. Cuando fui a sacarlo, la primera vez, me tuvieron detenida e  incomunicada diez  horas, porque  había ido tarde y veían demasiadas irregularidades (entre ellas, claro, que yo nunca soy   realmente yo). A la salida me esperaba mi madre, con un abogado de Derechos Humanos y una representante de Madres de Plaza de Mayo.

Pero  claro, eso es difícil de explicar  a la gente que ha vivido siempre en la misma casa, se ha dedicado siempre a lo mismo, nunca perdió el documento ni las llaves.

No puedo sacar la cuenta  en cuantas casas viví. Apenas las ciudades en este orden: Buenos Aires, Mar del Plata, Buenos Aires,  Montevideo, Punta del Este, Buenos Aires, Madrid, Barcelona, Punta del Este, Buenos Aires, Punta del Este y ahora Maldonado. El tema de las mudanzas viene de atrás, de migraciones y exilios.

Quizá sea eso. Tal vez sea lo que perdí en los entreveros políticos del Plata, la identidad, la patria, y de allí en más ando rastreando un territorio donde afincar el corazón y no lo encuentro.

De los cambios de trabajo mejor no hablo. Lo  único que puedo decir es que cada emprendimiento en el que me metí, que cada trabajo que hice, lo hice con toda mi  energía, mi voluntad, mis ganas, mi compromiso. Y quedaron por allí, a veces en manos de otros, a veces simplemente vacios de mí, como vestidos del guardarropa de un museo de teatro. Vestidos  que encarnaron personajes, que tuvieron, vida, palabra, voz, y ahora duermen un sueño de fantasías, en  una vitrina de cristal. A veces me divierte ver los  vestidos que me hice a  mi medida y ahora se han puesto otros. Les falta la peluca para ser yo.

Por eso, también, siento que me perdí tantas veces. Me construí y abandoné el traje como  ropa vieja porque no me daba la talla o simplemente porque me gusta saber que no soy la cáscara.  La carcasa, digo: la posición, el status, el “nombre”, la trayectoria, que  como la carroza de   la Cenicienta, siempre llega una hora en que se vuelve  un zapallo.

Por eso es un buen ejercicio saber desprenderse a tiempo, dejarlas, como dejan los gusanos de seda su caparazón para volverse mariposas.

Entonces, se me ocurre que tal vez sea lo de la patria, de los antepasados, del abuelo periodista uruguayo exiliado en la Argentina y el padre periodista argentino exiliado en Uruguay. Tal vez sea el placer de estar desnuda,  con la capacidad intacta de volver a empezar, con la posibilidad de inventarme un nuevo vestido, una nueva vida, que volveré a dejar, colgada en la vitrina, un día. O tal vez sea, simplemente, un ansia de libertad que volará hasta que el sol me queme las alas.

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