PERONISMO & PROYECTO AGROINDUSTRIAL. O construimos una nación o nos resignamos a la marginación. Boot comenta una nota de Natanson que entusiasma al Gobierno

Altas jerarquías del gobierno nacional están fascinados con esta nota del socialdemócrata (dicho sea esto sin afán de menosprecio; mi padre y mi abuelo lo eran) José Natanson en Le Monde Diplomaticque. Aborda un tema crucial y su tesis principal, según la explicita el propio autor es que “un peronismo con proyecto nacional no puede desentenderse del campo ni resignarse a perder sus votos”. Se trata, convengamos, de un asunto de la mayor importancia, decisivo en cuanto al rumbo que debe tomar el movimiento nacional de liberación (¿o es que el peronismo ha dejado de serlo, dejando atrás el ferviente deseo regeneracionista de los Kirchner para emprender una alianza con los discípulos de Juan B. Justo o, peor aún, un lento regreso vergonzante al menemismo?) por lo que Pájaro Rojo le ha pedido a Teodoro Boot, hombre versado en las labores del campo, que evalúe y comenta la nota de Natanson. Que, es pertinente recordar, es el mismo que postuló que Mauricio Macri encarna una nueva derecha, civilizada y democrática y hoy sustenta la filosofía de que “si no puedes vencerlos ni convencerlos, únete a ellos”.

Digresión pavota 1: Recuerdo aquel fallido tan cómico de Deolindo Bittel en la campaña electoral de 1983 cuando el pobre dijo, palabra mas, palabra menos, en el calor de un discurso frente a numeroso público que “Nuestra decisión es clara, entre liberación o dependencia, elegimos dependencia”.

Digresión pavota 2: No sé a santo de qué JN habla de “cordobecismo” así, con “c” ceceosa, y no de cordobesismo, como (casi) todo el mundo. En Google: 93.000 entradas contra 428.

Primero la nota de Natason, luego el comentario de Boot, más lúgubre de lo que él y yo hubiéramos querido. Pero es que la situación, nacional y planetaria, no parece ameritar otra cosa.

Un peronismo para el campo argentino

POR JOSÉ NATANSON / LE MONDE DIPLOMATICQUE

Lo que los porteños que no podemos distinguir una planta de soja de una de maíz llamamos simplemente “el campo” constituye en realidad una trama socioeconómica tan heterogénea como densa, que incluye desde los puertos de las multinacionales sobre el Paraná y las grandes propiedades tradicionales a los nuevos pools de siembra, junto a los negocios de venta de maquinaria agrícola, los sindicatos vinculados, las oficinas de los profesionales y, adquiriendo cada día más centralidad, las empresas prestadoras de servicios, en donde se desempeña una creciente población de clase media de ingenieros agrónomos, veterinarios, mecánicos, pilotos de aviones fumigadores, transportistas… El campo son los grandes terratenientes pero también los medianos y pequeños propietarios, surgidos con la partición hereditaria establecida en el Código Civil de Vélez Sarsfield y las leyes de congelamiento de los arrendamientos impulsadas por Perón en los años 40.

El campo actual es también el resultado de un proceso de medio siglo, que comenzó con la “revolución verde” de los 60 y continuó con la introducción de la siembra directa en los 90. Felipe Solá habrá cometido muchos errores en su vida política, pero Argentina le debe eterno agradecimiento por la temprana decisión de autorizar los transgénicos. En conjunto con la reducción del costo de la tecnología posibilitada por la convertibilidad, la siembra directa produjo un salto de productividad que se terminaría de consolidar una década después, cuando la demanda asiática impulsaría hacia arriba los precios de los commodities.

Esta transformación silenciosa desplazó el régimen de creación de riqueza rural, que tradicionalmente giraba alrededor de la tierra, a la tecnología, que hoy es no sólo la mediación que habilita los cambios productivos sino el principal vector de acumulación capitalista. Insisto con este punto, desarrollado en profundidad por las investigadoras Carla Grass y Valeria Hernández (1), que me parece crucial: la creación de riqueza pasa menos por la tierra (que se hereda o se compra) que por la tecnología (que hay que saber aplicar profesionalmente, sufre de obsolescencia y por lo tanto hay que renovar, reinvirtiendo).

Las ciudades medianas son las protagonistas de esta extraordinaria transformación de la ruralidad. Todavía hablamos de Olavarría, Junín o Venado Tuerto como “pueblos”, cuando en realidad podemos estar haciendo referencia a una ciudad de 100 mil habitantes con una concesionaria Toyota, locales multimarca que ofrecen los mismos jeans Jazmín Chebar que en los shoppings porteños y un PIB per cápita equivalente al de Recoleta o Madrid. En la ciudad cordobesa de Villa María, que combina la prosperidad del campo con el influjo cultural de su universidad, no hay villas. Repito: en Villa María no hay villas. Asimismo, el chacarero de alpargatas y boina recién bajado del tractor tal vez disponga de: dos camionetas de 50 mil dólares, una sembradora de precisión que compró en Expoagro a 600 mil dólares, una casa en Sunchales que comparte con su mujer y un departamento en Rosario, frente al río.

El mercado ya se ha enterado. Veamos si no el mapa de las sucursales de Cardón, una marca de ropa a mi gusto demasiado proclive al marrón y la gamuza pero que sintetiza este nuevo imaginario rural-urbano, y que funciona como una muestra de la prosperidad de los “pueblos del interior”. La distribución de sus locales es una cartografía precisa de la zona núcleo; sus precios, un indicador de su prosperidad: camisa de lino Parera 15.400 pesos, piloto Río Grande 23.980 pesos, saco Biela ¡53.990 pesos!

Los datos son estimativos, porque justamente una de las características del nuevo campo es que no queda del todo claro dónde empieza y dónde termina, pero se calcula que explica alrededor del 10% del PIB, otro tanto de la recaudación tributaria, 20% del empleo (si se incluye empleo directo e indirecto) y el 70% de los ingresos de divisas (2). Cualitativamente, el campo es el sector más dinámico de la economía argentina y uno de los pocos sectores verdaderamente competitivos a nivel global; el único, por otra parte, que genera temor en los países desarrollados. En Serotonina, la novela en la que Michel Houellebecq describe la frustración de las clases rurales de la Francia profunda, un agricultor anticipa sus temores ante un posible acuerdo Mercosur-Unión Europea:

Las exportaciones agrícolas de Argentina se disparaban literalmente desde hacía unos años, en todos los sectores, y no se habían acabado, los expertos estimaban que Argentina, con una población de cuarenta y cuatro millones de habitantes, podría a largo plazo alimentar a seiscientos millones de hombres, y el nuevo gobierno lo había entendido bien, con su política de devaluación del peso, estos cabrones literalmente iban a inundar Europa con sus productos, además no tenían ninguna legislación restrictiva sobre los transgénicos, estaba claro que estábamos en problemas.

—Su carne es deliciosa –objeté en un tono conciliador.

—Si sólo fuera la carne –respondió, cada vez más sombrío–: los cereales, la soja, el girasol, el azúcar, el maní, el conjunto de las producciones frutícolas, carne por supuesto e incluso leche: en todos estos sectores Argentina podría hacerle un gran daño a Europa, y eso en un breve lapso de tiempo.”

Elogio del cordobecismo

Los clásicos límites entre lo rural y lo urbano se difuminaron y hoy el campo se articula cada vez más con las finanzas, la industria y los medios de comunicación, como quedó demostrado durante el conflicto entre el kirchnerismo y los productores rurales de 2008. Dotado de una novedosa conciencia para sí, el campo se transformó, a partir de esa disputa fundacional, en una fuerza sociocultural que funcionó como el eje de sucesivas coaliciones anti-kirchneristas, ganadoras de 5 de las últimas 7 elecciones nacionales. Por eso me parece que vale la pena tratar de entenderlo.

El campo retomaba así una larga tradición de reclamos contra el Estado. Como reconstruye Roy Hora, tan lejos como en el verano de 1911-1912 el campo produjo su primera rebelión fiscal articulada, en este caso en rechazo a un incremento del impuesto rural en la provincia de Buenos Aires. Al igual que durante el conflicto del 2008, los productores se sentían protagonistas del gran momento que atravesaba la economía argentina, la de mayor crecimiento del mundo en el contexto de la “primera globalización”, y rechazaban los aumentos impositivos. Para complejizar una historia que jamás es lineal, Hora recuerda que la rebelión desafiaba al Partido Conservador, en ese entonces en el poder, y que de hecho el campo apoyó la candidatura de Hipólito Yrigoyen, cuya lista a diputados en la provincia de Buenos Aires estuvo encabezada por… un terrateniente (Leonardo Pereyra Iraola).

Juan Schiaretti. ¿Síntesis de macrismo y peronismo?

Volvamos al presente. El campo supo traducir su peso económico en potencia política, y detrás de ello está el hecho de que ya no se autopercibe, ni es percibido por buena parte de la sociedad, como un resabio conservador, oligárquico y rentista, como en el pasado. Hoy es visto como un sujeto dinámico y competitivo, generador de divisas genuinas y adaptado a las exigencias del capitalismo globalizado. Importa poco si el campo es realmente así, lo central es que se ve de esta forma y que un sector importante de Argentina coincide con esta mirada. Y que esta ética protestante de espíritu capitalista sintoniza casi naturalmente con ciertos tópicos del discurso opositor: el progreso concebido como modernización, el emprendedorismo como antítesis de la dependencia estatal y una inserción en el mundo que no cuestiona el rol subordinado en la división internacional del trabajo. Como ya señalamos, el mapa del voto al macrismo coincide matemáticamente con el mapa del monocultivo, lo que no le impidió al peronismo conservar –y a veces recuperar– estos territorios, a punto tal que las provincias de la zona núcleo –Córdoba, Santa Fe, San Luis, La Pampa– están bajo el dominio de gobernadores peronistas.

A este “peronismo pampeano” el gobierno debería prestarle más atención, atendiendo a sus particularidades de tradición y origen. Detengámonos por un momento en el más exitoso de todos, el cordobecismo de Jose Manuel de la Sota y Juan Schiaretti. Como sostiene el historiador cordobés César Tcach (3), el peronismo provincial nació a partir de la convergencia de dos sectores: Acción Católica, que a partir de la fuerte tradición cordobesa proponía una nueva cara social para la Iglesia como camino para evitar el avance del comunismo, y un conjunto variopinto de caudillos y caudillejos del viejo conservadurismo, que aportaron el know how de los fiscales, las campañas y los votos, lo que hoy llamaríamos el aparato. El conservadurismo originario del peronismo cordobés era tal que el 14 de julio de 1949 el diputado provincial Novillo Sarabia justificó la negativa de su bloque a prestar homenaje a la Revolución Francesa alegando en su discurso que prefería… la Edad Media.

Este conservadurismo primigenio, construido en buena medida como contrapunto al progresismo del radicalismo sabattinista y alentado por un primer Perón más pragmático de lo que muchos quieren aceptar, derivó en el flexible peronismo pro-mercado de De la Sota-Schiaretti. Para el politólogo Federico Zapata (4), la clave del éxito del cordobecismo es haber logrado sintonizar con lo que denomina la “democracia de los farmers”, esa corriente de piamonteses, lombardos y friulianos que poblaron Córdoba desde comienzos del siglo XX (también Santa Fe, San Luis, La Pampa). No eran, sostiene Zapata, inmigrantes, sino colonos, es decir personas que dejaban una sociedad preexistente para construir en conjunto una nueva, dotados por lo tanto de un propósito colectivo y una voluntad de cambio (el ideal del colono es transformar el medio al que llega, mientras que la aspiración del inmigrante es superar el shock cultural y asimilarse).

Movidos por un agresivo espíritu emprendedor, una fuerte compulsión por el trabajo y una vocación casi calvinista por el ahorro (y su contraparte, la inversión), los colonos crearon cooperativas, empresas y asociaciones, un entramado de “capitalismo desde abajo” al que el Estado cordobés tuvo la inteligencia de adaptarse: el radicalismo de Eduardo Angeloz-Ramón Mestre y el peronismo de De la Sota-Schiaretti tienen en común la atenuación del componente popular (anti-alfonsinista el primero, anti-kirchnerista el segundo) y un espíritu neoliberal no beligerante.

Con matices y diferencias, transformaciones similares experimentaron otros peronismos provinciales, como el de San Luis, bajo el liderazgo modernizante de los Rodríguez Saá; el de La Pampa, con Carlos Verna, y el de Santa Fe: luego de años de dominio peronista bajo la conducción de una dupla al estilo cordobés, la que integraban Carlos Reutemann y Jorge Obeid, el peronismo santafesino sufrió una derrota histórica con el Partido Socialista que los candidatos identificados con el kirchnerismo (Agustín Rossi y Rafael Bielsa) no lograron revertir, hasta que otro dirigente de perfil moderado y sensible a los intereses del campo, Omar Perotti, consiguió recuperar la gobernación.

Es la hidrovía, estúpido

La tesis de esta nota es que un peronismo con proyecto nacional no puede desentenderse del campo ni resignarse a perder sus votos. Martín Rodríguez viene insistiendo desde hace años en la necesidad de “desconurbanizar” el peronismo, que no puede limitarse a ser el partido del AMBA. Agregaría que el tema es “desconurbanizar” hacia dónde, y que un camino posible es hacia la nueva ruralidad. Esto es así por motivos pragmáticos (el 33 por ciento de la última elección) pero también por razones más profundas. El peronismo, la fuerza que en sus tres ciclos largos (Perón, Menem, Kirchner) logró situar a Argentina en el centro de los procesos de modernización del capitalismo, no puede desvincularse de los sectores más dinámicos de la economía: sin caer en el absurdo macrista, que apenas llegó al poder implementó el combo, único en el mundo, de devaluación y baja de retenciones, a tal punto que el propio FMI terminó pidiéndole que las reestablezca, el peronismo debería ofrecerle al campo un programa que, en lugar de criticar su intrínseco egoísmo, lo interpele en el marco de una visión más amplia.

Esta “desafección estratégica” del peronismo se refleja en cuestiones bien concretas. Por ejemplo, ¿cuál es el enfoque del gobierno sobre la cadena del maní, que produjo 1.150 millones de dólares en la campaña del 2020, de los cuales el 90 por ciento se exportaron, y se convirtió en la economía regional más importante del país, superando a la vitivinicultura (el 80 por ciento del maní que se consume en Europa es argentino)? Sabemos lo que propone el macrismo: retirar al Estado, liberar las fuerzas productivas, desregular y flexibilizar la legislación laboral. ¿Sabemos qué propone el peronismo? ¿Cuál es la “mirada peronista” sobre los nudos de infraestructura, los embotellamientos de camiones en los puertos, el drama de los caminos rurales? ¿Cómo puede ser que, sabiendo que expiraba el plazo de concesión, el peronismo haya llegado al gobierno sin un proyecto de Estado sobre la hidrovía, por donde pasan las exportaciones que generan el 80 por ciento de las divisas del país? ¿Cómo puede ser que el Ministerio de Medio Ambiente festeje el prohicionismo a la cría de salmones en Tierra del Fuego, una provincia que es una aspiradora de dólares, mientras que el Ministerio de Desarrollo Productivo lo lamenta?

Por supuesto que hay políticas públicas para muchos de estos temas. El Estado es grande y arrastra miles de déficits, pero no es cierto que “no hace nada”. En particular Matías Kulfas viene desplegando un interesante trabajo desde el Ministerio de Desarrollo Productivo; por momentos parece el único funcionario realmente preocupado por conseguir dólares. Sin embargo falta algo más. Es materia discutible si la prosperidad del período 2003-2011 fue consecuencia de una política económica virtuosa o el mero resultado de un contexto internacional favorable, pero lo cierto es que desde hace al menos una década que Argentina perdió la brújula del desarrollo. Quizás porque es cordobés, Zapata elabora una propuesta interesante, a la que llama “biodesarrollismo”. Podrá ser esa, u otra, pero lo que resulta indudable es que el peronismo no puede resignarse a ser la suma táctica de la Tercera Sección Electoral y el Norte empobrecido, y que debe elaborar una visión del desarrollo que incluya al campo e interpele a su sociedad.

Notas

1. Radiografía del nuevo campo argentino. Del terrateniente al empresario transnacional, Siglo XXI, Buenos Aires, 2016.

2. http://agro.unc.edu.ar/~economia/wp-content/uploads/2018/03/El-campo-argentino-en-n%C3%BAmeros-2017.pdf

3. https://historiasocialargentinaunlp.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/cesar-tcach.pdf

4. https://panamarevista.com/la-democracia-de-los-farmers/

 

Si no construimos una nación, nos resignamos a la marginación

 

POR TEODORO BOOT

La nota de Natanson es una breve lista de lugares comunes y loas a los transgénicos y la siembra directa, algo muy trillado y obsoleto desde hace más de una década: nos quiere volver a imponer como novedad lo que empezó a deslumbrar a algunos paparulos y distraídos (entre los que me cuento) allá por 1984* y que hoy todo propietario rural medianamente consciente y decidido a producir y no sólo rentar, ya empieza a estar arrepentido. Vale la pena aclarar que a los transgénicos suele a menudo confundírselos con los híbridos, y cabe aclarar que toda raza fue alguna vez un híbrido, pero que no todo can híbrido tendrá la dudosa fortuna de transformarse en un inútil bull dog francés. En sintesis, ni los transgénicos son tan horrendos como pregona Jorge Rulli –aunque sí pueden llegar a serlo la siembra directa y el sistema económico creado a su alrededor– y es materialmente imposible lanzar a un país a una producción natural, sustentable y competitiva.

La verdad verdadera está en la encíclica Laudato Si… pero andá a ponerla en práctica. Éste debería ser un tema de debate, no abstracto, sino íntimamente relacionado tanto con el bienestar social como con el crecimiento nacional, pero de seguir las cosas así lo que terminará ocurriendo es que de a poco o rápidamente –según sea el punto de vista– el planeta seguirá colapsando hasta volver ociosa toda discusión.

En fin que aunque la nota no me produce ningún entusiasmo, tampoco me parece objetable. Estoy de acuerdo con su tesis de que “un peronismo con proyecto nacional no puede desentenderse del campo ni resignarse a perder sus votos”. El problema es que Natanson abona  las tesis agrario-industrialistas, sin abordar el tema que me parece principal y vital: la separación de los precios internos de los externos.

Es ésta una discusión tan imprescindible como hasta ahora fallida: sobre la burguesía (y las clases trabajadoras formales, que participan de la misma ideología) pesa la maldición original del peronismo, la primera gran derrota de Perón, el primer gran revés del peronismo: la enajenación cultural, ya de movida, de una clase imprescindible para su proyecto, una burguesía industrial.

Su deserción del proyecto nacional inclusivo, hizo que Perón tratara de reemplazarla por un hojalatero, un sombrerero y, sobre todo, por un ejército nacional en particular y por las Fuerzas Armadas en general. Esa es la razón, según Carlos Piñeiro Iñiguez, por la que el Estado peronista (que se comenzó a destruir en 1955, proceso que culminó con su práctico desmantelamiento en 1976) duró mucho menos que el Estado varguista, que sobrevivió a la dictadura y aun sobrevivirá a Bolsonaro (¿o qué son la renovación judicial y el renacimiento de Lula sino la reacción de la burguesía paulista a su anterior intento de suicidio?). Porque no se trata de que la justicia brasileña sea más transparente, honesta y valiente que la argentina: lo que cambia es la patronal.

Digamos que lo que va de ayer a hoy entre el primer peronismo y las posibilidades de reeditarlo podrían sintetizarse en la muerte del brigadier Juan Ignacio San Martín, un cordobés argentinista. (foto)

Un proyecto agroindustrial debe formar parte de las estrategias del campo nacional, a condición de que esos supuestos industriales comprendan que el reforzamiento del Estado y la justicia social son instrumentos indispensables del desarrollo. Y que el desarrollo es consecuencia de la independencia, tema que aunque da como para escribir toda una biblioteca, me parece obvio de toda obviedad.

Con la tesis industrialista dirigida a las exportaciones ocurre otro tanto. No es que no nos sirva… (¡claro que nos sirve! En las actuales circunstancias todo ingreso de divisas vale oro) el problema es que deja a las mayorías al garete, ahonda la brecha social, produce una sociedad invivible, cada vez más injusta, violenta, reaccionaria e inútil: La cantidad y calidad de potencial talento nacional desperdiciado debido a la desigualdad social, cultural, educativa, sanitaria y de posibilidades es inconmensurable.

Me parece que los peronistas o los nacionales, como le gustaba decir a Jauretche y también yo prefiero, tenemos que construir y trabajar por un proyecto nacional, que no es el proyecto de una clase (a no ser que pensamos en la “clase de los que trabajan”) sino el de una nación en su arduo intento de autoconstruirse, más difícil que nunca en un país sin una burguesía, con un poderoso sector antinacional (no no-nacional, sino directamente antinacional), con las trampas y las encrucijadas en las que pueden meternos las tentaciones onda el complejo agrario industrial como gran opción salvadora, o las tendencias puristas, que nos llevan al sectarismo y la derrota. Y siempre, siempre conscientes de dónde estamos parados, en qué tiempo y realidad estamos, a qué circunstancias debemos enfrentamos y con quiénes –con qué cuadros, con qué dirigentes, con qué fuerzas sociales y con qué pueblo– contamos para construir una nación justa, libre y soberana.

No se trata de buscarle el pelo al huevo. Es necesario reservar esfuerzos para reunir masa crítica, tanto en número, que buena falta nos hace, como en calidad y proyectos.

En síntesis, no se trata sólo de que el actual proyecto agrario industrial provocará un estallido (un problema mayor serán la creciente marginación y la consecuente resignación); se trata de que si no se consigue separar los precios externos de los externos, no servirá para nada. Se trata de que se impulsan un conjunto de proyectos dentro de un claro proyecto nacional o nos vamos al tacho.

La necesidad de un pacto social que sea un acuerdo estratégico

Para comparar la actual con una situación mucho más simple y una relación de fuerzas más favorable. Gracias al asesinato de Rucci, en su último gobierno, Perón arrancó debilitado. Cuando muerto Perón, el ministro Gelbard fue expulsado, al pacto social (y por ende, al proyecto nacional) no podía sostenerlo nadie. Lorenzo Miguel sucedió a Rucci con una nueva versión del vandorismo (que no es algo horrendo, sino simplemente antagónico al proyecto nacional toda vez que es el proyecto político y económico de una clase, la de los trabajadores industriales) y después ya no hubo quien lo sostuviera a él. Desde luego, Miguel vivió para arrepentirse, consciente de aquella gran metida de pata.

Coincido con el Papa casi punto por punto. El planeta se está volviendo invivible con mucha rapidez y pronto todas estas discusiones serán ociosas. Pero observo con amargura que sus propuestas son inviables porque no hay fuerzas que las puedan implementar. Me gustaría no pagar la deuda externa. O pagarla con otros préstamos, a lo macrista (pero cambiando de prestamismas explotadores, no porque sean mejores sino porque hoy, para nosotros, están más lejos). Pero al parecer, no hay muchas más posibilidades que mañererear, muñequear y hacernos los chanchos rengos, mientras se construyen las fuerzas sociales y económicas que puedan sostener un mínimo proyecto independiente.

No me parece que se pueda aspirar a mucho más. Y eso sin equivocarse de método y de discurso: hay que crear opciones antes que debilitar las pocas que aparecen, proponer ilusiones y, si es posible, idear soluciones antes que objetar proyectos defectuosos, deficientes o nocivos a largo plazo.

En fin, que Natanson y su nota no valen la pena mas que como disparadores de debates que siempre se postergan.No puedo creer que alguen se entusiasme con un texto que ni aporta nada. Que algunos funcionarios estén contentos con el aumento de la producción, me parece razonable. Pero no llamemos “saldos exportables” a los “faltantes de consumo”. Este es el gran intríngulis y el único modo de resolverlo es mediante un acuerdo político de carácter estratégico.

¿Está esa clase social con la lucidez y la dirigencia necesarias para hacerlo? ¿Estamos nosotros? ¿Lo están los otros sectores de la producción y el trabajo?

Nota

* Entonces Boot era el director de la revista “Comercio Exterior”, órgano del Centro de Despachantes de Aduana y yo, su secretario de redacción y publicamos una de las primeras notas laudatorias de la siembra directa.

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