Retrato de una escritora asesina

Arancibia Clavel está en libertad lo menos hace dos años, cuando me lo encontré, recién salido de  la cárcel, tomando un vino en el complejo La Plaza. JS
¿Conoció Ud. a Mariana Callejas?

Fue cómplice del asesinato del general Carlos Prats y su esposa, y al mismo tiempo, anfitriona de fiestas y reuniones literarias en una casona donde se torturó y planeó atentados. Crónica de una agente de la DINA que soñó con ser escritora.

POR CAROLINA ROJAS / EÑE-CLARÍN 20-01-10

SENTENCIADA. En julio de 2010, le dieron cinco años sin presidio por su participación en el atentado.

Aquí mató el empleado de Jimmy al funcionario español de la Unesco. Aquí mató Jimmy a la Cecilia Sánchez Poblete. A veces yo estaba viendo la tele con los niños y la luz se iba por un rato. No oíamos ningún grito, sólo la electricidad que se iba de golpe y después volvía. ¿Quiere ver el sótano?” Ella es María Canales, uno de los personajes del libro Nocturno de Chile de Roberto Bolaño, una mujer que pasea sin culpas por su casa al cura y poeta Sebastián Urrutia Lacroix. Un lugar donde se realizaban festejos y talleres literarios, mientras en el sótano se torturaba.
En esta novela, Bolaño dispara contra la nueva literatura del gobierno militar, para tildarla de siniestra con personajes como Lacroix, hombre de letras que dicta lecciones de marxismo a Pinochet. Para Bolaño, Chile se hundía y los hombres se hundían en sus miserias. Esta historia de indolencia no fue sólo una fábula. María Canales es Mariana Callejas.

En el inconsciente colectivo chileno, Callejas siempre será anfitriona de las reuniones literarias y fiestas de la casona de Lo Curro, un barrio aristocrático de Santiago. Allí los letrados y aspirantes a escritores compartían críticas y copas de vino.
Vida bohemia que sucedía en la misma casa que fue solventada por la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) para la brigada llamada Quetrupillán.

La DINA ya se había gestado de la mano de Augusto Pinochet, en noviembre de 1973 tras el golpe de estado. Puso a su cabeza a un ex pupilo en la Escuela militar: Manuel Contreras, un hombre que estuvo al mando del organismo represivo durante toda su existencia. En sólo cuatro años, la Dina asesinó a 2.279 personas.

En la misma época, Mariana Callejas perfilaba como cuentista. Para ello convocó a un taller de literatura y pocos quieren reconocer que asistieron. Salvo el reconocido novelista Carlos Franz, ganador del premio La Nación/Sudamericana con su libro El desierto , Gonzalo Contreras novelista, autor de El nadador, y Carlos Iturra, escritor chileno, el único amigo de la escritora en la actualidad.
Callejas los llamaba “mis chiquillos”. Iturra fue el único que se atrevió a escribir sobre esta experiencia en su cuento “Caída en desgracia”. Allí narra, con protagonistas de nombres cambiados sobre el movimiento cultural de Santiago, poco después del 11 de septiembre de 1973.

En ese entonces, Callejas era una mujer pequeña y delgada de 42 años. Según sus asistentes, tenía locuacidad y un encanto que hacía que sus fiestas fueran concurridas. Gonzalo Contreras, se queda en silencio, sentado de piernas cruzadas en una silla de madera de su departamento. Mira al techo como si allí fuera a encontrar cada episodio. Advierte que es la última vez que hablará del taller de Lo Curro. “Ella era la más prolífica del taller, la respetábamos por eso”, dice.

Recuerda que antes de concebir su propio taller, Callejas ya había deslumbrado a la pequeña audiencia en el aula del escritor Enrique Lafourcade con su cuento “¿Conoció usted a Bobby Ackerman?”, un monólogo sobre un sastre judío de Brooklyn y sus evocaciones de las persecuciones antisemitas. Con él obtuvo el premio Rafael Maluenda del diario El Mercurio. Tampoco fue su único galardón. A mediados de los 80, ganó el concurso de la revista La bicicleta con su cuento “Jess Abraham Jones”, escrito bajo un seudónimo. Al abrir el sobre y saber quién era su autora, el jurado dudó en entregarle el reconocimiento. Pero la impresión de los jueces fue la misma que sus compañeros de taller tienen hoy. Callejas fue y será muchas cosas, menos una mala escritora.

Cartas con Mariana

Hoy, Mariana Callejas está enferma y desconfiada. El largo camino hasta ella comenzó con una llamada a la casa de su hermano, el único que aparece en la guía telefónica. Un anciano de voz dócil que explica que su hermana está muy delicada de salud. Dicta el número telefónico de Callejas sin dudarlo un segundo. Ella contesta el teléfono hosca, y con la displicencia de un centinela ordena que escriba las preguntas por carta, la única forma que aceptó para responderlas. Revela que uno de sus hijos no le habla desde la última entrevista que concedió. Por primera vez, su voz se vuelve trémula.

Parece un juego de espías, como en sus cuentos. Callejas, sigue siendo Callejas. O tal vez no. Ya no luce altiva, con la melena rizada de las fotografías que la retrataban con una sonrisa de dientes grandes, la blusa holgada y jeans ajustados, hace tres décadas. Una época donde se atrevía a dar entrevistas y publicar memorias y cuentos: La larga noche (1981), El ángel de los rincones (1985), Siembra vientos (1995) y Nuevos cuentos, libros fantasmas (2007). “Pero estoy muerta socialmente”, respondió a la pregunta de por qué ninguna editorial ha querido publicarla.

Ya no es la misma. Las últimas imágenes de la televisión la mostraron anciana, encorvada, con el pelo corto y más escaso.
Su edificio rojo queda en la calle Suecia, un barrio de clase media alta santiaguina. Un jardín cuidado y un hall con piso de mármol responden la pregunta sobre si Callejas tendría o no un mal pasar, después que fue desalojada de su casa en Lo Curro. Ese episodio ocurrió un día de julio de 1995, ella gritaba que no tendría dónde dormir. Llovía a cántaros y mientras sacaban sus cosas, vio cómo sus escritos y cartas se hundían en las posas de agua, entonces lloró. Fue la única vez que se le ha visto hacerlo públicamente.

En la espera y en la pequeña lucha con un conserje que me enrostra su pequeño poder, dejo el sobre. Dice que se necesita una orden del juez para hablar con ella. El portero llama por citófono a “la señora Marianita”, y ella le ordena recibir la carta. Nada más. Tras la cortina, con la luz encendida de su ventana en el cuarto piso, la única imagen que me llega de Callejas es una especie de sombra china. Al día siguiente, su conserje dice que Callejas ya respondió las preguntas. En la misiva escribió una disculpa por los maltratos de su portero y confiesa que últimamente son muchos los reporteros que la asedian. “Los periodistas son los que más me han hecho daño”, dijo. Pero el conserje canoso y más amable que el anterior no sólo me entregó un sobre, Callejas agregó a la carta una encomienda: el libro Nuevos cuentos

El taller literario y la casa de las torturas

La DINA asesinó al general Carlos Prats en Buenos Aires, en la primavera de 1974, y a Orlando Letelier –estudiante militar de Contreras– en Washington en 1976. Tras este último atentado en los Estados Unidos, se firmó el certificado que terminó con el organismo de inteligencia, sustituido por otro en 1977. El atentado contra Bernardo Leighton en Roma, en 1975, también figura entre los siniestros antecedentes de la DINA.

Uno de los crímenes más renombrados, cometidos en la casona de Lo Curro, fue el del diplomático chileno-español Carmelo Soria. El 14 de julio de 1976, Soria fue secuestrado. Se le aplicó sarín y le rompieron la cerviz. Finalmente lo llevaron a Villa Grimaldi, donde lo asesinaron. Lo subieron a su Volskwagen con una botella de alcohol y lo arrojaron en un canal de Santiago.

Michael Townley fue miembro de Patria y Libertad, el grupo paramilitar derechista opositor al gobierno de la Unidad Popular. También fue el tercer esposo de Callejas, con quien tuvo dos hijos: Christopher y Brian. Después de que se casaron en Santiago en 1961, se fueron a vivir a Miami.

En sus confesiones, Townley reveló que los días previos al asesinato fue la sombra del ex general, que en ese entonces trabajaba como gerente de relaciones públicas de la empresa Cincotta del barrio Palermo. Townley declaró que planificó el asesinato una y otra vez. Esperó con las artes pacientes de una fiera y construyó la bomba. El artefacto se activaba por control remoto. Luego Townley buscó al general Prats y vigiló su departamento. Se metió en su estacionamiento y aprovechó la ausencia del portero para ocultar el explosivo que ató a la parte central del automóvil. Detonó la bomba cuando el ex general estaba con su esposa Sofía Cuthbert. Sus cuerpos quedaron destrozados tras la explosión y, según un parte policial, los restos del automóvil se hallaban esparcidos en un radio de 50 metros.

En ese tiempo, Mariana Callejas ya usaba su chapa “María Luisa Pizarro”, otras veces se llamó Ana Pizarro Avilés, nombre con el que ingresó a la Argentina para preparar con su esposo el asesinato de Prats. Esa no fue la única vez que “María Luisa”, “Ana”, o Mariana Callejas vivió de ambivalencias. En la década del 50 fue parte de los jóvenes conquistadores de Israel; en los 60 una hippie en EE.UU. que protestaba con pancartas en contra de la guerra, y cuando la Unidad Popular llegó al Gobiernbo fue miembro de Patria y Libertad, movimiento extremista de derecha.

Carlos Iturra, Franz y Contreras, llegaban a la casa de Lo Curro, montados en el mini de Callejas. A veces se topaban con este personaje hosco que era Townley. Un fantasma que apenas cruzaba un par de palabras con ellos, un espectro dedicado a armar y desarmar piezas como un perverso relojero.

La poeta chilena Carmen Berenguer se refiere a ese lugar como “La casa del horror”. Comenta que a diferencia de lo que señalan los ex alumnos del taller, era díficil abstraerse de la realidad de la época. “De ese instante, uno escuchaba nombres como ‘la flaca Alejandra’, ‘el guatón Romo’, los desaparecidos, los centros de tortura. Todos eran gente de derecha, quizás alguna vez llegó un despistado ( …) El arte tiene su ética”.

El 18 de septiembre de 1976 hubo un evento exclusivo en la casa de Callejas. Townley estaba de viaje. Hubo un asado y Enrique Lafourcade, llegó con un invitado: Nicanor Parra. Fue la única vez que el antipoeta estuvo en Lo Curro, se pasó de copas, estuvo a punto de pelear con un pintor y le dedicó un libro a uno de sus hijos. “Para mi más joven admirador, mi amigo Chris Townley”.

Esa misma noche, pero horas más tarde sonó el teléfono. Callejas contestó.”Todo listo y marchando. Dile a Luis Gutiérrez que el artefacto está instalado” escuchó al otro lado las indicaciones de su marido. Luego hizo un llamado y repitió el mensaje a Cristoph Willike –el verdadero nombre de Gutiérrez– que integró la DINA en 1974, y fue jefe del organismo en Buenos Aires, donde trabajó con Enrique Arancibia Clavel, quien cumple una pena por el asesinato del general Prats. Tres días después de la conversación larga distancia, estalló la bomba que mató en Washington a Letelier y a su secretaria Ronnie Moffit.

Fue el 5 de marzo de 1978, cuando los escritores que asistían al taller se enteraron de que sus vidas habían tocado el espanto. Ese día, el escritor Enrique Lafourcade tomó el teléfono y les dio una orden expresa a Gonzalo Contreras y Carlos Franz: alejarse lo máximo posible de Callejas. “Fue un balde de agua fría …”, dice Contreras y se queda pensativo.

Después de la portada donde la escritora aparecía retratada junto a Townley, como los principales sospechosos del asesinato de Prats, el taller literario dejó de existir para siempre.

Caída en desgracia y una novela futura

Callejas dice en su segunda carta que, a pesar de todo, nunca ha dejado de escribir. En la nota que dejó en el casillero 44, revela datos de una novela que tiene entre manos. “Con mucho empeño, tal vez tengo armado un tercio, lo demás irá andando a paso lento”. Callejas se extingue, la segunda carta es más breve, “está extenuada”, dice el portero. Se acostó a las siete de la tarde y dejó las respuestas en el tapete. No pudo bajar. A veces no sale del departamento en tres días, a veces se apaga.

En 2008 le dieron una sentencia de 10 años y hace dos meses esa pena quedó remitida a cinco años sin prisión. El cargo: cómplice del homicidio del general Prats.

A pesar de todo, persevera garabateando y escribiendo ideas, ideas de cuentos y cuentos. “Soy demasiado vieja, tengo bastantes recuerdos para escribir acerca de ellos”.

Una vez estuvo sentada al lado de Borges, en una cena en la casa de Lafourcade. Confiesa que de este escritor ella ha intentado emular su estilo cuando le da por escribir cuentos fantásticos.

Su ficción fue rayana con la realidad. En su libro La larga noche incluyó un cuento llamado “Un parque pequeño y alegre” donde narra la historia de una pareja que debe poner una bomba debajo de un coche para matar a un hombre de familia. “Tenemos dos kilos de C-4 para ese trabajo. Ves que es importante. Dos kilos para el caballero ( …) Esta noche la instalamos bajo el asiento”.

Pero Callejas y Townley fueron eso y más. “Me impactó saber que quien iba a apretar el botón era ella, y falló a la hora de asesinar a Prats”, dice el escritor Gonzalo Contreras y en los pasillos de los tribunales, muchos aseveran esa hipótesis.

En la Casona, aparte de los invitados envueltos en nubes de humo, los tragos y las críticas literarias, hubo experimentos de espionajes electrónicos, se fabricaron las cédulas de identidad falsas para la llamada “Operación Colombo”, que logró hacer desaparecer 119 personas, como si hubiesen sido asesinadas por sus camaradas en Brasil y en la Argentina.

En un taller del costado, Eugenio Berríos, fabricó gas sarín, en otro cuarto, Carmelo Soria estuvo cautivo y malherido. Allí se alojaron los cabecillas cubanos que atentaron contra Letelier.

“Estoy sola, estoy bien así, sola”, dice Mariana. Y confiesa que le gustaría revivir la idea del taller literario. “Me ha dado vuelta en la cabeza la idea de enseñar”.

Callejas escribía, y todos comían juntos mirando la televisión. Ella dice que jamás se fue la luz, como sostiene el libro de Roberto Bolaño. Pero abajo, abajo se asesinaba, como en sus cuentos…

“Magnífico, Max, excelente, tiene que funcionar. Esta noche la instalamos debajo del asiento. Va a ser hermoso. No tienes que preocuparte de nada, jamás sospecharán de ti. Tú no has hecho otra cosa que armarla…” dice el posible álter ego de Mariana Callejas Honores, o “María Luisa Pizarro”, la agente de la DINA que soñaba con ser escritora.

“Hoy estoy sola, mejor así, sólo he recibido silencios de mis antiguos amigos”, dice Mariana Callejas en el final de la segunda carta.

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