Spinetta atraviesa generaciones

Compartí

Y no sólo dos, como dice, muy medidamente, Fabregat (la mia y la suya). Ya son tres, y estoy seguro de que serán muchas más. Para su felicidad y la mía. Para la de todos los seguidores de El Flaco, una supernova en nuestra bóveda celeste.

Por Eduardo Fabregat

La tristeza no tiene explicación, ni tiene justificación ni razonamiento. La tristeza es eso que te hace llorar cuando ya comenzaron los primeros minutos del último día del año, y suena “Quedándote o yéndote” y se vienen abajo todos los diques y todas las defensas: decís “pero la puta madre, se murió Rapoport” y ya no tenés nada que caretear y dejás que te caigan las lágrimas. Porque se te murió otro cacho de adolescencia, porque Kamikaze era un rito compartido con un amigo que se fue hace muchos años, porque uno ya viene sensible y ahora esto.
Ahora esto: se murió Diego Rapoport.
Pero cómo, decís, si ayer nomás lo vimos en Vélez y Luis y él tocaron “Ella también” y un estadio entero, un estadio entero, entendés, hizo absoluto silencio para escuchar una de las canciones más hermosas que nos ha dado esa cosa que tratamos de definir como rock argentino. Y después los dos tocaron y cantaron eso de los niños que escriben en el cielo y no buscarse más en el umbral para que sepan la forma de tu alma, y Liniers se vino abajo. 

Apenas estamos tratando de digerir la canallada que le hicieron a Spinetta esos buitres que se dicen periodistas, y nos cae esta trompada. Diego vino desde Bariloche a darle un abrazo a Luis, y a la hora de volver el corazón le dijo basta. Y uno no sabe qué hacer con el vacío, con la andanada de recuerdos, con tanta belleza experimentada frente a un escenario, con la horrible sensación de quedarse un poquito huérfano.

No es exageración. No se trata siquiera de una apreciación de las virtudes musicales de Diego Rapoport –que las tenía, y de sobra–, sino de que gracias a tipos como él, en interacción con Spinetta o con Lebon (“El tiempo es veloz” quizá no sería la canción perfecta que es si no estuviera el Fender Rhodes de Diego), con Seru Giran o con Raíces, uno entendió que en el rock argentino había algo más que la mera acumulación de notas o la construcción de canciones. Rapoport contribuyó a la magia. Rapoport nos dio belleza. 

Por eso la congoja.

Lo que podían hacer las manos del pianista está ahí, al alcance de la mano y el oído, para quien quiera escucharlo. La leyenda dice que ni al mismo Charly le gustaba el solo que hacía en “Tema de Nayla”, y por eso en Bicicleta se puede escuchar a Diego Rapoport.

Ese Rhodes de sonido tan reconocible, que es otro de los puntales de Kamikaze: cada cual tiene su ranking particular del Flaco, y en la de este que escribe ese disco de 1982 está encima de todos. Allí, Spinetta y su Ovation encuentran en Rapoport y su piano el socio perfecto para conjurar momentos de belleza plena, de alto vuelo, cosas sencillamente perfectas como “Barro tal vez” o “Quedándote o yéndote”. Pero también está en el exquisito, a menudo poco valorado A 18 minutos del sol. Y si a alguien le queda alguna duda, que vaya y saque Alma de Diamante y Los niños que escriben en el cielo: primero con Juan del Barrio y luego con Leo Sujatovich, Rapoport dibujó melodías exquisitas, contribuyó a que ese primer Jade eludiera, a pura gracia, con elegancia y nervio rockero, las trampas pretenciosas del jazz rock.
En los últimos años, Rapoport vivía en Bariloche, alejado de la locura de Buenos Aires, dedicado a la docencia y a tocar relajadamente con amigos. Allá, sobre el filo del fin de año, nadie podía creerlo. Para las muchas personas que lo trataron y disfrutaron, se perdió algo más que un músico enorme.

Compartí

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *