TEODORO BOOT. A las 11 despediremos en Parque de la Memoria al polifacético escritor

En unas horas, su viuda, Mirta Rivera y sus hijos, Agustín y Martín, arrojaran al río las cenizas de quien nació como Raúl Enrique Blanco el 14 de agosto de 1950 en esta ciudad de Buenos Aires y se hizo conocido ya de adulto como Teodoro Boot.

La cita es en el Parque de la Memoria.

No se trata de una elección aleatoria. El parque es, a falta de cementerios, el  monumento a quienes cayeron combatiendo a las dictaduras o fueron víctimas del Terrorismo de Estado. Y se ha hecho costumbre, prescindiendo de necrópolis, arrojar en un recodo del mismo (donde se encuentra la estatua que recuerda a Pablo Míguez, un pibe de 14 años secuestrado por el grupo de tareas de la ESMA que lo incluyó en uno de los “vuelos de la muerte” por el único “delito” de haber visto demasiado) las cenizas de quienes habiendo sobrevivido a aquellas épocas funestas (o habiéndolas prefigurado, como John William Cooke) van dejando la vida terrenal por otras causas.

Pienso ahora, olvidándome de muchos, en Luis Alberto Spinetta, Eduardo Luis Duhalde, Rodolfo Mattarollo, David Viñas, Francisco Madariaga Quintela, Mabel Gutiérrez, varias madres y abuelas de Plaza de Mayo, Mario Clavell, David “Coco” Blaustein, y dos de mis tres hermanos menores, Luis y Pablo.

Raúl, que desde muy joven militó en el peronismo (primero en sus formaciones especiales, las Fuerzas Armadas Peronistas, Descamisados y Montoneros, y más tarde en el Frente de Unidad Peronista) se hizo conocido como pensador nacional, ensayista, experto en mitologías griegas y romanas, en el santoral católico, escritor de aguafuertes y prolífico aunque tardío novelista con el nombre artístico de Teodoro Boot (tomado prestado de un desconcertado periodista que protagoniza la novela Scoop de Evelyn Waugh, traducida al castellano como “Noticia bomba”).

Como fue una especie de hermano mayor muy amado, siento que tengo el deber de garantizar que Boot/Blanco tenga una entrada digna de su vida y trayectoria en la Wikipedia, para lo que instó a todes los que lo conocieron y apreciaron que me envíen datos y comentarios a jotajotasalinas@gmail.com

Por lo demás, lamento no tener el talento con el que Miguel Hernández escribió una elegía para despedir a su amigo Ramón Sijé o, al menos, para poder entonar una despedida como esta, sin llorar.

Si él me despidiera a mi, se que le pondría a su requiem un toque de humor irónico, al estilo de Vonnegut, quizá su carácter más distintivo. Lamento no poder estar a su altura. Solo me resta decir que Raúl/Boot fue el contemporáneo que más influyó sobre mi, y que su pérdida me resulta tan irreparable como intolerable. El único consuelo que encuentro es que partió sin dolor y que más temprano que tarde algunos de nuestros átomos se encontraran en el caldo primigenio del que surgió toda vida.

Hasta pronto, querido Raúl.

La cita es a las 11 en el Parque de la Memoria.

Y si extrañan la prosa de Raúl, sus convicciones, los invito a leer este extraordinario artículo que lo pinta de cuerpo entero, exhumado por un gran amigo suyo, Carlos Benítez.

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