Una de amor, para llorar un rato

Compartí

Dejemos en libertad a la señora chismosa que casi todos los periodistas llevamos dentro. La realidad supera la ficción de los guionistas mas imaginativos… Leí esto y casi, casi, se me pianta un lagrimón. ¡Felicidades para la nueva pareja!

El amor se parece a este rayo de sol

Poe Exequiel Siddig / esiddig@miradasalsur.com

Son risas. «Ahora vivimos la vida que queremos vivir», dice Carla. (JUAN ULRICH)

Carla Rutila y Nicolás Biedma son hijos de desaparecidos. El papá de él la tuvo en brazos en Automotores Orletti. Se casaron el 4 de abril.

«Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.»
Julio Cortázar

El 19 de julio de 1966, Patricio Antonio Biedma Schadewaldt figuraba en las planillas de la Universidad Católica de Buenos Aires como estudiante de Sociología. Luego de la Noche de los Bastones Largos, aquella noche que presagiaba el invierno, Patricio se solidarizó con los maestros apaleados de la UBA. A los dos años se radicó definitivamente –pensaba entonces– en Santiago de Chile, donde se doctoró y llegó a ser un importante dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el MIR chileno. En 1975, cuando el cerco pinochetista comenzaba a cerrarse sobre su casa, Patricio, María Luz Lagarrigue y sus tres hijos –Sebastián, Manuela y Nicolás– se exiliaron en Buenos Aires.
Nicolás, el menor, tenía apenas dos años; nació en noviembre del ’73, dos meses después del golpe de Estado contra Salvador Allende. Antes de julio de 1976, se fue con su mamá y sus hermanos a vivir a Cuba. Su papá, Patricio, se quedó en Buenos Aires. Desde julio de 1976 hasta diciembre de 1983 no supo qué había pasado con su padre. Cuando Nicolás y los suyos volvieron a Chile, en 1977, luego de pasar un año en Francia, su mamá decidió cortar de cuajo antiguos lazos de militancia; mandó a su hijo menor a una escuela de monjas, el Liceo Leonardo Murialdo.
A veces, Nicolás no entendía porqué su mamá algunas veces se bajaba con él del taxi desesperada y se escondían en el primer hall que apareciese en la cuadra. En aquella época, Nicolás aborrecía que hablaran de política delante de él. Solía levantarse de noche para ver si su mamá no había desaparecido en el invierno de su eterna noche huérfana.
Antes de caer en la educación religiosa, fue en primer grado al Colegio Poeta Rubén Darío, una institución progresista. La maestra no era inocente, les propuso una tarea: que volvieran a casa y preguntaran a sus mamás qué había sido de la vida de sus padres. En el curso, había varios papás desaparecidos. Nicolás creía que a su papi «lo habían matado los indios». María Luz esa noche le contó a su hijo la verdad. No sabía adónde estaba Patricio Biedma. Era un «detenido-desaparecido», le explicó, y el hijo aprendió la lección de los pies al corazón, y esa amargura le subió a la cabeza.
Ahora sí, Nicolás comenzó a hablar de política él mismo. En 1988, a la vuelta del colegio, tocó todos los timbres de una de las cuadras de su barrio, el copetudo Manquehue, para preguntar a los residentes cómo votarían en el plebiscito sobre la continuidad o no del gobierno autoritario. «¿Usted está de acuerdo con Pinochet?», preguntaba Nicolás. Algunos lo mandaban a freír churros: «¡Ándate a la porra!». En una casa encontró el final del juego: lo metieron a empellones. «A este cabro lo vamos a secuestrar…», le dijeron con una risa turbia. Ese día comenzó a cerrar las puertas de su país.

***

Graciela Rutila Artés fue torturada en Bolivia, según los procedimientos atrozmente eficaces del Plan Cóndor, que articulaba la represión militar de las dictaduras latinoamericanas en los ’70. Su hija, Carla, nacida el 28 de junio de 1975, fue primero capturada en un orfanato en Villa Fátima, La Paz. Su padre, Enrique Lucas López, dirigente uruguayo de Tupamaros, planeó un operativo para rescatarla, pero desistió porque los otros niños estarían en peligro. Cuando la dictadura boliviana de Hugo Banzer trasladó a Graciela a la frontera con Argentina, le puso a Carlita en el pecho. Ambas, madre e hija, terminaron en Automotores Orletti, el centro clandestino de detención y tortura que funcionaba en un taller automotor de Venancio Flores y Emilio Lacarra, en el barrio de Floresta. Allí Carla recuerda que la dejaban moverse por donde quisiera. Estuvo allí hasta que uno de los genocidas del predio, Eduardo Zapato Ruffo, de tanto verla, se la apropió.
Carla vivió con sus captores hasta que Ruffo fue apresado, a comienzos del gobierno de Alfonsín. Fue recuperada en 1985. A los diez años, luego de una corta pero intensa vida en la que la «educaron» a golpes, Carla volvió a vivir con su abuela materna, Matilde «Sach’a» Artés Company. Con la Ley de Punto Final y Obediencia Debida, abuela y nieta empezaron a experimentar una «manía persecutoria». Así hoy lo define Carla. Decidieron escaparse de ese miedo, se fueron a Madrid. En el ’91, cuando Ruffo finalmente salió de la cárcel –había sido apresado sólo por falsificación de documento de una menor–, la pavura de encontrárselo en una calle madrileña, de que quisiera dañarlas, llevó a Carla a trasladarse a Palma de Mallorca, una de las islas españolas, «la perla del Mediterráneo». Allí vivió con su tío paterno Juan Carlos. Allí se casó el 31 de marzo de 1995; allí tuvo a su hija Graciela el 21 de octubre de 1995; y allí se separó a comienzos de 1996. Carla y su hija regresaron solas a Madrid.
Cuando volvieron a Mallorca, casi tres años después, el amor con el viejo amor mallorquín no prosperó. Carla quedó embarazada y decidió tener a su segunda hija otra vez sola. En noviembre se fue a Madrid. El 7 de marzo de 1999 tuvo a Anahí. Cuando la pequeña tuvo nueve meses, Carla se angustió mucho y supo por qué: a los nueve meses de vida, Carla había sido arrancada de los brazos de su madre por primera vez. Anahí, por fotos que conserva su bisabuela, tenía la misma cara que Carla a su edad. «Era exacta a mí. Era muy difícil mirarla.»

***

Carla pasó 23 años purgando el miedo en España. Unos años llegó a recluirse en una isla. Nicolás, cuando creció, se fue al sur de Chile, a una ciudad «de izquierda», se perdió después en una isla lejana del Pacífico durante un año y se pasó casi una década recluido en su departamento. Carla se fue a mediados de los ’80 a Madrid, volvió a la Argentina el 7 de mayo de 2011. Nicolás decidió venir a militar para los derechos humanos en un país que lo celebraba; también era el país que se había tragado a su padre de la faz de la Tierra.
Cuando Nicolás comenzó a participar en el Instituto Espacio para la Memoria (IEM) no sabía que en Automotores Orletti hubiera habido chicos apropiados. Se enteró por una nota en el periódico. Una nota sobre la historia de Carla Rutila Artés. El 15 de agosto concurrió al lugar donde desapareció su padre Patricio, en Floresta, a propósito de una charla con un colegio secundario. Lo esperaba Juan Carlos Bertazzo, sobreviviente de Orletti. Cuando llegó, reconoció en la puerta a un grupo de psicólogas que trabajan con los testigos del horror. Se puso a hablar con una chica que creyó era del equipo; no reconoció que era Carla, la chica del periódico, apropiada en ese lugar. Entraron. Ricardo Poggio, coordinador del centro, pidió a cada uno que se presentara. Los alumnos, absortos. Sólo ahí Nicolás recordó quién era Carla, la chica del periódico, la chica que fue apropiada en Orletti.
Días después, se volvieron a encontrar en el chat de Facebook. La primavera porteña prometía un tango dulzón, pensó Nicolás. Quedaron en la esquina de Pueyrredón y Corrientes algún día de la víspera de la primavera, a las 4 de la tarde. Carla nunca llegó. Pasaron tres meses de chateo, que para Nicolás fueron una eternidad y un día. El día de diciembre en que ella le propuso tomar unos mates. Cuando Nicolás llegó a la casa de Carla, ella estaba preparando un catering. «Yo soy cheff, te ayudo», le dijo. Terminaron tan tarde que él se quedó a dormir en la planta baja. Se mensajearon vía celular, estaban contentos.
Así transcurrieron los días de diciembre. Una mañana, a Carla le encantó el café que él le había preparado. No se habían besado todavía. Cocinaban, se contaban historias y chateaban por la noche, acostados a la intemperie de su vida. Carla le dijo que Bertazzo le había contado que su papá, Patricio Biedma, la había sostenido en sus brazos en medio de la oscuridad del centro clandestino. «Seguro me habló de vos», le dijo a Nico.
La noche del 18 de diciembre chateaban. Él desde su cama improvisada en planta baja. Ella, desde el primer piso. «Algo me hace tilín tilín», propuso ella. «A mí me hace tilín desde que te vi», respondió él. La mañana siguiente, Nicolás, como un Ceniciento, fue despertado por el beso de la princesa del piso de arriba.
El 4 de abril de 2012 se casaron. Si hubiera sido por el domicilio legal de Carla, les hubiera tocado el Registro Civil de Bacacay 3968, a cinco cuadras del ex centro clandestino.
Llegados hace una semana de la luna de miel en Montevideo, donde reside la abuela paterna de la argentina, Nicolás y Carla hablan y se acarician las manos y él ríe y su cara se despliega como un bandoneón, y ella sonríe y siente que algo en su vida se abre.
Carla y Nicolás se conocieron el 15 de agosto del año pasado en el ex centro Automotores Orletti, donde sus padres fueron apresados, torturados y luego desaparecidos. «Ahora vivimos la vida que queremos vivir», dice Carla.
Allí, donde sus vidas habían quedado estancadas, al comienzo del mundo, en Floresta, volvieron a vivir. La más poética resignificación de una fosa de la dictadura.

Otras notas

  • Carla recuerda la cara de su madre envuelta por la penumbra y el olor fatigoso del centro clandestino de detención y torturas Automotores Orletti. Le conoció el amor sólo hasta el año y tres meses, cuando la arrancaron de su genealogía, en octubre de 1976. Graciela Rutilo Artés, su madre, está desaparecida desde entonces. Carla, en cambio, fue apropiada por uno de los verdugos de esa fosa ilegal, el sanguinario Eduardo Alfredo Zapato Ruffo, que en octubre de 2011 fue condenado a 25 años de cárcel como parte de la banda paramilitar de la Triple A que comandaba Aníbal Gordon.


Compartí

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *