Verbitsky y su amistad con Juan José Álvarez, por Hernán López Echagüe

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En su nuevo libro, «El regreso del otro» (ver post anterior) Hernán López Echagüe arroja luz sobre aquella sorprendente estampa de fines de 2001: Horacio Verbitsky haciendo antesala con grandes auriculares y micófono en la mano en la Casa Rosada aguardando su turno para entrevistar al efímero pero muy sonriente presidente Adolfo Rodríguez Saá. A continuación el texto:

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“La gente tiene la sensación de que el Presidente no llega a 2003. No quieren esperar dos años más. Y esa sensación puede convertirse en una profecía autocumplida”.
Eduardo Duhalde, 16 de octubre de 2001, diario La Nación.
Punta Gorda, Nueva Palmira. Domingo veintitrés de diciembre del dos mil uno.
Poco después del mediodía me llamó por teléfono Horacio Verbitsky. Nunca voy a olvidar la conversación porque no tengo la costumbre de hablar por teléfono en el baño, sentado a lo comanche en el piso, entre la bañera y el inodoro, en tanto jugueteo con un blíster de lexotanil con la mano libre, y eso fue lo que ocurrió, porque mi casa era un berenjenal de gente y de voces y cotorreos, como la casa de cualquier argentino esquizoide el mediodía de un domingo veintitrés de diciembre del año dos mil uno, con tanto aquelarre y cadáveres aún templados en cada filo del sueño, en cada pestañeo, razón por la cual tomé el teléfono inalámbrico, me encerré en el baño y tranqué la puerta. “Acaba de llamarme Juanjo”, me dijo Verbitsky. Dijo Juanjo con extrema familiaridad, con un dejo de ternura, pero su voz denotaba cierta inquietud. “Necesita saber en qué fuentes te apoyaste para escribir lo que escribiste sobre Giacomino en tu libro sobre Ruckauf”. ¿Juanjo? ¿Quién demonios es ese Juanjo que te pide que me llames para pedirme que le corra la cortina a mis fuentes? “Juan José Alvarez, el secretario de Seguridad”. No entiendo. Me explicó que en su columna dominguera de Página/12 había añadido un recuadro sobre Giacomino con información que había tomado de un libro mío:
El viernes por la mañana desde las oficinas de Carlos Rückauf se hizo trascender que en reemplazo del comisario Santos sería designado jefe de policía el comisario Roberto Giacomino (…) Algunos datos sobre Giacomino constan en el libro El hombre que ríe, del periodista Hernán López Echagüe. Allí narra que Giacomino, (a) El Dandy, fue el jefe de la custodia de Rückauf en el Senado, cuando llegó allí como vicepresidente de Menem. “Serán, para Ruckauf, los días más gratos de su temporada en el Senado. Toresán, Falduto, Lorena, Labato y el comisario Giacomino conformaban una suerte de obsecuente grupo de tareas varias que sin reparos lo acompañaba constantemente en cada uno de sus movimientos y decisiones”, dice. Cuando asumió la gobernación, “no abandonó a su suerte al leal comisario Giacomino. Una vez más, jefe de Custodia, y, misión novedosa, encargado, junto a Toresán y Falduto, del enlace operativo de la Policía Federal con los buenos muchachos de la policía bonaerense. Es que el Dandy se había convertido en su verdadero y enigmático hombre de confianza. Su quehacer trascendía largamente la protección de su jefe; asesoraba a Ruckauf en cuestiones de seguridad pública y asuntos de negocios; organizaba los encuentros del grupo de tareas varias en el club de campo El Ombú; con llamativa frecuencia viajaba al extranjero en representación de Carlitos para llevar a cabo misiones inefables”, afirma HLE. El libro también sostiene que el comisario del que el país oiría hablar si los destinos políticos de Rückauf lo permitieran posee una casa en Villa Gesell y otra en el country El Ombú, muy próximas a las de su protector.
Me contó que Juanjo y él eran muy buenos amigos, que Juanjo era una excelente persona, y que si yo le revelaba las fuentes y su amigo el secretario de Estado corroboraba la información, al comisario Giacomino le darían una pateadura en el culo. “Juanjo no quiere meter la pata, esta noche voy a tomar un café con él y me pidió que le ratifique la información de tu libro”. Juanjo quería, necesitaba saber. Podés decirle que consulté muchas fuentes que no pienso revelarle, le dije, tengo absoluta certeza de la veracidad de lo que escribí. Quiero creer que un secretario de Seguridad del gobierno nacional cuenta con más recursos de los que cuento yo para confirmarlo; suficiente, por ejemplo, será que inspeccione la nómina de las personas que han obtenido préstamos fabulosos y que tienen un plazo fijo en el Banco Provincia, y lo puede hacer en internet, sin salir de su despacho. Verbitsky también me comentó que Rodríguez Saá le había propuesto hacerse cargo de la secretaría o dirección, no recuerdo qué, y en realidad no interesa qué, de derechos humanos. Lo que aquí interesa o importa, si de veras hay algo que sea digno de interés o importancia en esto que estoy relatando, es que el aun fresco presidente de la Nación, don Adolfo Rodríguez Saá, señor feudal de San Luis, había tenido la idea de ofrecerle un cargo público a Verbitsky, señor progresista de la prensa escrita, y, a mi juicio, más allá de sus vaivenes políticos, uno de los mejores periodistas del país. ¿Vas a aceptar? “No, no es el momento. Le sugerí que se lo ofreciera a Jorge Taiana”. Luego se puso a hablar de lo magnífico que es Alberto, hermano de Adolfo: “Hablan mal de él sin ningún motivo. Es pintor, caminar por su casa es imposible porque hay cuadros por todas partes, apoyados contra la pared, contra los muebles. Y un pintor no puede ser un mal tipo”. De la particular interpretación de los valores morales de un artista, pasó al elogio del discurso de asunción de Rodríguez Saá. Verbitsky estaba fascinado. “¿No te hizo recordar al discurso de asunción de Cámpora en el setenta y tres?”. No, de modo alguno, definitivamente no.

El final de esta historia es conocido. Juanjo metió la pata, Giacomino asumió, metió todas las patas, todas las manos, y tiempo más tarde, al descubrirse que había convertido a la obra social de la policía en un emporio de negocios familiares, lo echaron.
*      *      *
Algunos pasajes de la vida de Alvarez infunden asombro y una franca sensación de recelo. Podemos señalar el momento del relámpago, del fusilazo que lo lleva a aventurarse en un camino que cambiará por completo su vida, en el verano de 1981. Tiene veinticinco años, estudia abogacía en la Universidad Católica y está casado con Graciela, hija de un coronel retirado del comando de Remonta y Veterinaria, coronel, Pedro Mercado, que no es un coronel común y ordinario, o quizá lo es, si tenemos en cuenta la época: en la Conadep será acusado de complicidad en la desaparición de la trabajadora social Lucía Cullen, secuestrada el 22 de junio de 1976 y luego encerrada en el centro clandestino Omega.
 
De la noche a la mañana, Alvarez siente en su interior los badajazos del llamado de la patria. Le hace saber a su suegro que un fuego secreto le recorre el cuerpo, que su identificación con la dictadura lo ha movido a tomar una decisión que considera inexcusable: quiere ser agente de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE). El ex coronel Mercado celebra la disposición de su yerno y le solicita al ministro del Interior de la dictadura, general Albano Harguindeguy, que le eche una mano, cosa que el general hace de inmediato. Remite una esquela al general de división Carlos Alberto Martínez, jefe de la SIDE: “Conozco desde hace más de cinco años al candidato y lo considero un excelente elemento que no defraudará la confianza que en él se deposite. Un fuerte abrazo”. Y le aconseja a su yerno que le mande al general Martínez una carta de presentación, cosa que Alvarez también hace de inmediato. Escribe a mano una carta de tono escolar y servil:
Carta a mis futuros superiores:

Me dirijo a uds. a quienes no conozco, con la idea de que a través de esta carta por lo menos me conozcan a mí.

Ya habrán uds. tenido, cuando tuvieron que tomar una elección tan importante como la que estoy tomando al entrar (o pretender entrar) a la secretaría, ciertos temores e incertidumbres como los míos; temores de, primero, no entrar e incertidumbres de una vez en mi lugar de trabajo, cuál será éste y si estaré realmente capacitado para no defraudar. La respuesta, es obvio, no la encontraré hasta llegar el momento, pero puedo decirles qué es lo que me decidió.

Trabajaba con mi padre y eventualmente con mi hermano desde los 15 años aproximadamente, cursé el colegio secundario en cinco años y entré a la Universidad Católica, facultad de Derecho. Al cabo de tres años y por motivos de salud de mi padre abandoné los estudios, actitud que quizá no fue correcta vista desde hoy, pero que en su momento se me presentó como única.
En el año 79 en el mes de marzo me casé con Graciela y en los últimos días del mismo año nació nuestro hijo. Con la responsabilidad de una familia fui madurando lo que quizá no maduré antes (en cuanto a intensidad) y a partir de aquí volví a soñar con terminar mis estudios y poder servir mejor a nuestra Patria.

Ahora bien ¿cómo? Un trabajo por mi falta de horarios era una gran dificultad; evidentemente no era posible había que buscar un trabajo con un orden horario.

Entonces aparece el segundo interrogante, ¿dónde?

Mi convencimiento de que un joven debe servir a su país unido a la posibilidad que me brinda (espero) la secretaría para hacerlo me decidieron a postularme. Creo tener ciertas condiciones que pueden ser aprovechadas por uds.

Soy un buen lector, trato de estar informado y considero que mi carácter amistoso pero enérgico es favorable para una actividad de una responsabilidad como tienen uds. y busco yo.

Quiero remarcar que de uds. espero me enseñen todo lo necesario para cumplir mi trabajo correctamente así con el tiempo dejaré de ser “deudor” con sus enseñanzas. Mi propia experiencia laboral más un título de abogado, el cual espero conseguir en no más de 3 1/2 años, me permitirán transmitirlo a otros aspirantes que como yo hoy, estén cargados de una gran ilusión unido a la idea clara de tratar de servir.

Sin más y esperando una respuesta que quizá nos sirva para conocernos mutuamente.

Saludos muy atentamente
Juan José Alvarez
El primero de julio de 1981 firma el contrato laboral con la central de inteligencia y se transforma en el agente Javier Álzaga, un alias pituco con el que obtendrá las calificaciones más altas en los cursos “Introducción a la Contrainteligencia”,  “Introducción a la Inteligencia” y “Teoría de la Subversión y Contrasubversión”. Conocimientos que le serán de gran utilidad dos décadas después, cuando asuma el cargo de secretario de Seguridad Interior de la presidencia provisional de Duhalde.

Alvarez dejó de ser Álzaga y volvió a ser Alvarez en 1984. O quizá Álzaga se camufló de Alvarez, de Juanjo, quién sabe, porque dicen que el orden de los factores no altera el producto, y tentó suerte, con muy buena fortuna, en la política: asesor del bloque de diputados del Partido Justicialista; miembro del Colegio Electoral que consagró la fórmula Carlos Menem-Eduardo Duhalde; superintendente nacional de Fronteras en el Ministerio de Defensa; miembro del directorio del Banco de la Provincia de Buenos Aires de 1991 a 1993, durante la gestión Duhalde; intendente de Hurlingham en dos oportunidades; subsecretario de la Función Pública de la Nación en el gobierno de Menem; ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires en la gestión de Ruckauf. Y ahora, en este diciembre macabro del 2001, lo hemos dicho, secretario de Seguridad Interior de la Nación de Rodríguez Saá.
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Bien, estábamos en el baño, en la conversación telefónica con Verbitsky, conversación que ya ha finalizado, pero vale continuar metidos en el baño unas líneas más, porque en el baño de un despacho del senado de la nación se resolvió la suerte de Javier Álzaga, alias Juanjo. Así me lo confió Adolfo Rodríguez Saá en abril de este año: “Estábamos deliberando con los gobernadores cómo conformar ese gobierno de emergencia, yo ni me imaginaba que iba a ser presidente, aunque mi nombre era el único que sonaba como candidato concreto. Me iban llenando de condiciones, me acortaban el mandato a treinta días, por solicitud de De la Sota. En un momento se hace una pausa, entonces, para dejarlos deliberar, me voy al baño. Cuando estoy en el baño entra Ruckauf y me dice: ‘Adolfo, ¿me das la secretaría de Seguridad? Yo tengo a Juanjo, un muy buen secretario de Seguridad. Dale, ¿lo nombrás a él?’. Y qué sé yo, le dije que sí, que bueno. ‘Bien’, me dijo Ruckauf, ‘entonces sos el presidente’”.  
“¡Imaginate la escena, Ruckauf y yo negociando la presidencia mientras meábamos!”, me dice el Rodríguez Saá engominado y de pellejo puntano, entre risas, ya de pie, mientras se lleva las manos a la altura de la bragueta y simulando sujetarse la verga, haciendo que oscile de forma acompasada de uno a otro lado, imita a un tipo meando en un mingitorio. “¡La política es una cosa increíble, increíble!”.
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Pero abandonemos el baño por un momento y dejemos encerrados en un retrete a Verbitsky, Javier Álzaga, Giacomino, Ruckauf y los hermanos Rodríguez Saá, todos, es de suponer, meditando acerca de lo increíble que es la política, y volvamos en el tiempo, sobre los pasos, para entender de modo más preciso y claro, si esto fuera posible, lo que sucedió en diciembre del año dos mil uno, cómo se llegó a ese punto, a esos días aciagos de conventículos y muerte, de desbandada, cinismo y muerte. ¿Cómo narrarlo? ¿De qué modo desembarcar en el instante en que De la Rúa se marcha de la casa de gobierno en un helicóptero tras dejar de obsequio un tendal de muertos; Rodríguez Saá llega a la presidencia, anuncia la revolución nacional y designa a Alvarez al frente de la secretaría de Seguridad, y Verbitsky toma el teléfono y llama a Nueva Palmira? Me llevan de la nariz las voces que escuché en todos estos meses, los recortes de prensa y los libros que anduve hojeando, el recuerdo, una percepción desconcertada. Y entonces se me hace, para facilitar la faena, que podríamos hablar de una cronología inteligible de la destitución, de una cronología de la gestación del caos o de la cronología de un derrocamiento dispuesto con astucia. Pero entregarse como un aséptico doctor en ciencias políticas a la escritura detallada, moco a moco, de una cronología del derrumbe, no es factible. Ensayemos entonces un relato determinado por la confusión, porque a veces de la sucesión de dichos y hechos confusos suele aflorar un haz de luz, una chispa de claridad.

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