Cámaras de video urbanas: El Gran Hermano a full: Macri, Montoto y Rafuls

Garfunkel omite puntualizar al menos dos hechos importantes: que Rafuls es la ex de Alberto Fernández y que la embajada que más respalda a Montoto es la de Israel.

Quiénes están detrás de las cámaras de seguridad en la ciudad de Buenos Aires

Macri, Montoto y Rafuls

Publicado el 5 de Febrero de 2012

Por Matías Garfunkel
Co-editor responsable de Tiempo Argentino.

Releyendo el artículo “Mi Buenos Aires Querido” que publicó Tiempo en su edición del 22 de junio de 2011, me parece estar viviendo en el libro 1984, de George Orwell, con la diferencia de que en nuestro caso está comandado por Mario Montoto, Guillermo Montenegro y Alejandra Rafuls, y controlado por el ojo cínico y extorsionador de manos privadas que, al manejar las cámaras de la Ciudad, tienen la facultad de editarlas constantemente y así poder sacar rédito personal en detrimento de las políticas de Estado.

Las estadísticas de robos de autos a mano armada es una constante que se mantienen crecimiento. A pesar de que la Ciudad de Buenos Aires cuenta con la mayor cantidad de cámaras instaladas y en funcionamiento de todo el país, su índice de robos automotrices es el que más creció en términos porcentuales, convirtiéndose en el mayor de todo el país.

Muchas veces no existen soluciones sencillas para cuestiones que tienen que ver con las políticas de Estado a largo plazo. Si bien Global View, de Mario Montoto, no es la única empresa dedicada al “negocio” de las cámaras de seguridad, sin dudas es la más importante: firmó un contrato a cinco años por más de 65 millones de dólares con el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para la instalación de 2000 cámaras.

Si observamos el déficit habitacional de la Capital Federal y el beneficio en seguridad obtenido en los últimos cuatro años con la contratación directa de Global View para el monitoreo de cámaras de seguridad, ¿no sería una política más acertada utilizar semejante cifra de dinero para invertirlos y buscar una solución definitiva al tema de las villas miseria?

Que Mauricio Macri esté acostumbrado a las privatizaciones no es algo nuevo. Es un mal de familia vivir a expensas de las arcas públicas y a costa del Estado. En su momento, como beneficiario directo de Carlos Grosso y ahora como adjudicador de negocios que suele repartir entre amigos, con contrataciones directas y sin llamados a licitación. Otra moneda corriente en la gestión pública del jefe de gobierno ha sido el espionaje telefónico a familiares propios, a víctimas de la AMIA, y a personalidades de la política y de la comunidad judía en particular. No creo que Macri sea antisemita, aunque sus declaraciones racistas contra paraguayos, bolivianos y peruanos tal vez me hagan recapacitar.

En todos los casos anteriormente denunciados, Macri quedó procesado por la justicia federal. Tal vez su pasado menemista y sus vínculos ideológicos con personajes tan siniestros como ex militares, con oficiales y suboficiales del Ejército, con un sector de la prensa que respalda una forma de hacer negocios mediante la extorsión y con Mario Montoto, Alejandra Rafuls y Guillermo Montenegro harían pensar que cambia “favores económicos” por protección mediática.

Así como en el imperio romano todos los caminos conducían a Roma, en la nueva visión de negocios del entorno macrista todos los caminos conducen a la consultora de prensa Alejandra Rafuls, a su esposo Jorge Gándara, a Montoto, a Montenegro y a antiguos amigos sindicalistas y radicales que se van sumando a las filas del macrismo.

La titular de la consultora de prensa AR, Alejandra Rafuls, fue la vocera de Juan José Zanola y la desaparecida obra social La Bancaria. Allí trabó relación con el interventor Víctor Alderete, a quien luego acompañaría en su denunciada gestión en el PAMI.

Graciela Ocaña seguramente no será recordada como una gran ministra de Salud ni por sus aportes a las políticas sanitarias, pero su obsesión por combatir lo que denominó “la mafia de los medicamentos” está permitiendo conocer un entramado de corrupción y negocios al amparo del Estado que quizás represente el punto más bajo de la dirigencia argentina: la construcción de fortunas a costa de la salud de la gente. En esta trama de remedios adulterados, sobreprecios, contrataciones directas, tráfico de drogas, aportes a campañas electorales y negociados millonarios, sorprende la recurrente aparición de un nombre: Alejandra Rafuls.

Esta poderosa consultora de comunicación, especializada en personajes de la política tan disímiles como el bonaerense Carlos Stornelli o el macrista Guillermo Montenegro, comenzó en los negocios grandes de la mano de su marido, el ex secretario de Coordinación Económica del alfonsinismo, Jorge Gándara.

Gándara se convirtió luego en un hombre de consulta del ya entonces titular del gremio de bancarios Juan José Zanola. Tan fuerte era su presencia en el entorno del sindicalista que en el gremio bancario se hablaba del “Grupo Gándara” como una organización paralela con puestos claves en toda la estructura gremial y en la obra social, que naturalmente respondía a Zanola.

Sin embargo, en un comportamiento que luego se haría norma, ni Alejandra Rafuls ni Gándara ocupaban cargos formales en el gremio bancario. “Siempre se cuidaron que la firma la pusieran otros”, una precaución que Rafuls no extendió a sus empleados, ya que una de sus más leales colaboradoras terminó procesada por la justicia.

Con los antecedentes personales de cada uno de los involucrados en el rentable negocio de atemorizar a la población para vender el combo completo del problema-solución, ¿qué tan descabellado sería pensar que el propio Macri compra protección mediática a cambio de un contrato que ronda los 65 millones de dólares por monitorear permanentemente a la población porteña? 

La suerte cotidiana de los porteños no deja de ser un show mediático del empresario Mario Montoto y sus socios, con la ayuda permanente de su relacionista pública Alejandra Rafuls.

Tal como anticipara en su momento Tiempo Argentino, la calle se ha convertido en un inmenso set de televisión, mientras los ciudadanos, actores inconscientes, producirán sin ser advertidos contenidos que pueden ser cedidos a medios de difusión audiovisual, de acuerdo con lo dispuesto por el actual ministro de Seguridad de la Ciudad, Guillermo Montenegro. De esta forma, no sólo se desconoce la razón por la cual fueron instaladas dichas cámaras, sino que también violenta los derechos de quienes transitamos por las calles de Buenos Aires.

Las cámaras, de acuerdo con la ley inicial, tienen como objetivo adoptar medidas destinadas a la utilización del espacio público. Un lindo tema para interpretarlo desde la óptica del filósofo e historiador Michel Foucault. O aprovechar la mirada de George Orwell para debatir la sociedad de control y las limitaciones del Estado en la vida de las personas. La buena nueva parece nacer de una singular interpretación literaria del poema de Jorge Luis Borges al elegir entre el amor y el espanto: el espanto que produce esta ciudad–cárcel que no mira el río y sólo observa el mundo de los negocios, que en este caso pertenece a Global View del empresarios Mario Montoto, de estrechos vínculos con la Embajada de los Estados Unidos y el Reino Unido, y que sin la estrecha colaboración de Rafuls, Gándara y Montenegro tal vez no hubiese conseguido tan jugoso contrato.

¿Qué dirán los abogados democráticos cuando se enteren que la nueva norma viola el derecho a la intimidad y la prohibición de comercializar o brindar el material registrado para su difusión? ¿Cómo ser habitante de una ciudad que nos empuja a la clandestinidad para vivir lo cotidiano de un beso en una plaza?

La década infame del menemismo dejó unos cuantos muertos en el camino. No sólo vendió la patria que aún hoy seguimos pagando, sino que también dejó como herencia una suerte de periodistas salidos de las filas neoliberales del pensamiento más retrógado de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona.

Buenos Aires tiene, por ahora, pronóstico reservado. Está enferma de tanto neoliberalismo, de tanta mercantilización ciudadana, de tanto rechazo a su bella locura, empujada casi siempre al desalojo a cambio de un shopping donde abundan prendas confeccionadas en talleres con mano de obra ilegal. Y como si esto fuera poco, el juez de turno premiado con el puesto de ministro de seguridad porteño sigue contribuyendo al crecimiento de las arcas del tándem Montoto-Rafuls. 

Montoto llega a Rafuls cuando el gobierno puso en la mira los servicios de trenes metropolitanos, que funcionaban en forma desastrosa, para quitarles la licencia. Rafuls organizó una puesta en escena en la que filmó los trenes con cámaras ocultas durante las 24 horas. Luego, editó el material y mostró cómo los trenes supuestamente eran destruidos por los propios usuarios, cuando en realidad lo hizo “mano de obra desocupada” contratada para tal tarea.

Así, Rafuls fue trabando una amistad con Montoto que dura hasta el día de hoy. El tándem Rafuls-Montoto funciona casi a la perfección. 

Con las cámaras de seguridad en la Ciudad, el negocio es redondo para el cuarteto: inventan un problema, lo agravan, extorsionan y tienen siempre presente el ojo de Gran Hermano controlando los movimientos de la ciudadanía.

¿No será tiempo de que sepamos qué clase de gente nos cuida? ¿No debería ser la policía quien controle los centros de monitoreo y no permitir que estos queden en manos privadas?

Rafuls tiene una teoría muy particular con los clientes. Siempre se hace amiga de las esposas de los poderosos y las invita de viaje por el mundo. Cuando el poderoso en cuestión es soltero lo resuelve rápido: le consigue una “hermosa novia”. Tal fue el caso de Aníbal Ibarra, a quien le presentó a la entonces desconocida periodista Muriel Balbi, que luego paso a ser conductora del noticiero de C5N y ahora está al frente del programa DERF de Montoto, por la misma señal de cable.

Estamos viviendo en la casa de Gran Hermano, pero sin la seguridad de Gran Hermano. Nos quieren espiar de todas las maneras posibles. "Como en Hollywood" dirán las vecinas quejosas por la inseguridad, con changuito y todo frente a las cámaras “que le garantizan” tranquilidad. ¿El ladrón tendrá mayores cuidados? ¿Saldrá mejor acicalado en las imágenes que le cristalizan el deseo de una vida mágica? Se armará así una trágica y aburrida novela, con actores ad honorem que jamás cobrarán su bolo artístico, ese que en el uso corriente del lenguaje se llama vida.

Ciudadanos más indefensos que nunca sabrán que están en guerra aunque el ojo avizor recale en cada movimiento, como si fueran el enemigo. No habrá veredas libres de cámaras.

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