BRASIL, DRONES Y MUNDIAL. La vigilancia que se ejerce en Gaza se aplica ahora a las favelas

El mundial de fútbol de Brasil se ha caracterizado por el uso intensivo de drones. También en Argentina hay un programa de desarrollo de drones por el Ministerio de Defensa y empresas estatales como INVAP. Esto ha sido recientemete objeto de una nota muy interesante en La Nación. Por otra parte,  Cristina ha reivindicado en varias oportunidades la construcción del misil Cóndor II, destacando que se discontinuó por presiones externas (de los Estados Unidos) por parte de quienes no quieren que tengamos desarrollo industrial. El tema de las tecnologías que tienen tanto usos civiles como militares tiene sus bemoles. Aunque parece claro que es cruicial para la independencia nacional desarrollarlas, también lo está que hay un entramado de intereses, sobre todo israelíes, que buscan recolonizar estos intentos descolonizadores. Para entender mejor esta problemática, vale la pena que miremos lo que está ocurriendo en Brasil.
 
Exportar Gaza: El armamento de seguridad del Mundial de Brasil

Por Dave Zirin / The Nation / Sin Permiso*


Durante mi estancia en Brasil para los primeros días de la Copa del Mundo de Fútbol, a mí —como a muchos otros periodistas — me lanzó gases lacrimógenos la policía militar. En las calles vi los brillantes tanques adaptados para ciudad y sentí las granadas de aturdimiento que lanzaban metralla subsónica a los tímpanos. No vi los «drones» que volaban sobre nuestras cabezas, pero, por otro lado, se supone que nadie que no tenga un telescopio Hubble puede llegar a verlos.

Vi también un militarismo que era menos de alta tecnología y más de la variedad tradicional consistente en desplegar tropas. Varias de las favelas —esas precarias comunidades de los pobres que fueron antaño santuarios tanto de los fuera de la ley como de los revolucionarios— sufren una ocupación a gran escala, lo que ha desatado protestas de los habitantes de las favelas en contra de la violencia de tener que vivir bajo un constante sometimiento policial.

El nivel de los instrumentos de alta tecnología que hemos visto desplegados apenas sí resulta diferente del de anteriores Mundiales y Juegos Olímpicos. Cañoneras y lanzamisiles se han convertido en el último decenio en parte del paisaje del mismo modo que el Fan Park de la FIFA y la Villa Olímpica. El problema, sin embargo, no estriba en realidad en que los medios de comunicación hayan ignorado este tipo de imperativos de seguridad posteriores al 11 de septiembre [de 2001] (aunque sea esto un problema). Es la forma en que, en demasiados países anfitriones, la militarización no termina cuando terminan los macro-acontecimientos. Por el contrario, se convierte en la nueva realidad. Si compras un «drone», como me dijo en 2012 un funcionario de seguridad de Londres, «no vas a meterlo otra vez en la caja». Se normaliza la cultura de la vigilancia y, mediante el caballo de Troya de los deportes, nace una nueva realidad orwelliana.

Los dirigentes brasileños no se avergüenzan de esta abrumadora exhibición de fuerza. El Estado ha expresado en diferentes momentos su preocupación por los manifestantes, la delincuencia y el terrorismo. Trágica, si no previsiblemente, prefieren considerar la protesta como un hecho delictivo y hasta como un acto terrorista en sí mismo. He sido testigo de ello repetidamente, con el efecto de convertir al anfitrión del Mundial, como me dijo un activista, en «un facsímil  de la vieja dictadura».

La preocupación respecto a los manifestantes, la delincuencia y el terrorismo ha tenido sin duda su parte en el desarrollo de la seguridad, pero es que Brasil también ha incrementado sus fuerzas armadas de modo espectacular en los últimos años para mostrar al mundo que su nueva potencia económica tendría una equivalencia militar. Pero la presencia de tan abrumador armamento —por no hablar de la alta tecnología—suscita una pregunta crucial: ¿Quién está armando a Brasil? ¿Quién se lo suministra —y se lucra— a partir de esa nueva normalidad?

La respuesta la encontramos en Haifa, Israel, en dos fabricantes multimillonarios distintos de armas y electrónica: Rafael Advanced Defense Systems y Elbit Systems. Rafael es una empresa con ánimo de lucro propiedad del Estado de Israel, mientras que Elbit es una empresa privada. Las ganancias de Elbit están aumentando de manera espectacular, y sus aviones no tripulados proporcionan vigilancia de masas durante la celebración del Mundial. Como ejecutivo jefe, Bezhalel Machlis afirmó en una entrevista con Bloomberg: «Las tecnologías de recogida de inteligencia electrónica y óptica de Elbit y nuestros socios brasileños se ajustan perfectamente a los desafíos de seguridad interior propios de estos acontecimientos». El suministro de militarismo de alta tecnología hizo que los ingresos netos aumentaran en su segundo cuatrimestre «en un 30% hasta llegar a 50 millones de dólares». Bloomberg News escribió asépticamente que el deseo de Brasil de aumentar la adquisición de armamento fabricado por Elbit experimentó «un nuevo impulso después de que el torneo de fútbol de la Copa Confederaciones de junio [2013] moviera a un número sin parangón de gente a salir la calle a protestar por una serie de cuestiones, entre las que figuraba el gasto en estadios de ultimísima tecnología».

Por lo que respecta a Rafael, la fundó en 1948 el Estado de Israel recién creado para armar al país contra quienes hasta entonces habían vivido en su territorio. Rafael tiene una posición aun más fuerte en Brasil que Elbit. Tal como informaba Flavie Halais, escribiendo en Open Democracy el año pasado, «Rafael Advanced Defense Systems ha adquirido una participación del 40% en Brazilian GESPI Aeronautics. En 2010, Brasil e Israel firmaron un acuerdo de cooperación y las informaciones de prensa afirmaban que el acuerdo concernía concretamente al Mundial y las Olimpiadas. Desde entonces, funcionarios de ambos países se han reunido para desarrollar formas de colaboración para macro-acontecimientos y expertos israelíes de seguridad han impartido varias conferencias y talleres a funcionarios brasileños y miembros de la Guardia Muncipal».

Este flujo de armas entre Israel y Brasil ha desencadenado en Brasil un movimiento dirigido por el Frente em Defesa do Povo Palestino–SP (São Paulo), que se compone de docenas de organizaciones y sindicatos de la sociedad civil, y forma parte del movimiento a favor del Boicot, Desinversión y Sanciones. El año pasado organizó una protesta en la Feria Aeroespacial y de Defensa Latinoamericana, a la que asistieron fabricantes de armas de todo el mundo, compitiendo todos —con la ayuda de modelos ligeros de ropa —por armar a Brasil con ocasión de la Copa del Mundo y las Olimpiadas. El acontecimiento se consideró un triunfo de los fabricantes israelíes de armamento a los que se concedió, de acuerdo con un enterado, acceso especial al vicepresidente brasileño, Michel Temer, y al Secretario de Defensa, Celso Amorim.

«Lo que están haciendo Rafael, Elbit y Global Shield es exportar las mismas tácticas que se utilizan en la Franja de Gaza», me dijo en Rio un activista. «Toman los barrios de la pobreza y la ira y crean Gaza en las favelas de Brasil. La meta de cualquiera que se considere parte de la sociedad civil debería ser que no hubiera más Gazas». Hasta desde la perspectiva humanitaria más básica resulta esto irrefutable, sobre todo considerando los acontecimientos de esta semana [en los Territorios Ocupados], como el castigo colectivo, los bombardeos y demoliciones que han sido la respuesta al descubrimiento de los cadáveres de los tres adolescentes muertos en Cisjordania. Deberíamos tratar de imaginar cómo desmilitarizar Gaza para que los 1,8 millones de personas que tienen por hogar esta franja de tierra dispongan de libertad de movimiento y de oportunidades sin el constante espectro de las incursiones militares.

Exportar el «modelo de seguridad de Gaza» a las ciudades del futuro es una receta de distopía. Utilizar el Mundial —y nuestro amor colectivo por el fútbol — para crear una nueva normalidad es algo a la vez aterrador e indignante. Este deporte, creado y alimentado por los pobres de todo el mundo, se juega ahora en zonas de exclusión bajo los ojos vigilantes de los «drones» en los cielos y la bota militar en el suelo. Podemos gozar ahora mismo de tan hermoso juego, pero también nos hace falta luchar por reivindicarlo.

* Dave Zirin, corresponsal deportivo del semanario progresista norteamericano The Nation, es uno de los periodistas más activos y completos sobre política y deportes. Colaborador de las emisoras MSNBC, ESPN y Democracy Now! es autor de numerosos libros como  Game Over: How Politics Has Turned the Sports World Upside Down. (The New Press, 2013), A People’s History of Sports in the United States (The New Press, 2008) o Bad Sports: How Owners Are Ruining the Games We Love (Scribner, 2010). Le ha dedicado sendos volúmenes a distinguidos deportistas como Muhammad Ali y John Wesley Carlos y su publicación más reciente versa precisamente sobre Brasil: Brazil’s Dance with the Devil: The World Cup, the Olympics, and the Fight for Democracy (Haymarket Books. 2014). Su trabajo periodístico se puede leer en www.edgeofsports.com.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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