CRISIS. La salida es política

Claro que tenemos problemas: una inflación que a pesar de lo que nos quieren hacer creer no está descontrolada, y el déficit externo. Pero no hay crisis energética sino un déficit en la distribución en Capital y Gran Buenos Aires. Y la inflación (todavía, casi) no deterioró el poder adquisitivo, aunque sí una competitividad industrial basada en las ventajas del tipo de cambio, y no en una mayor eficiencia o una mayor inversión. Más allá de sus exageraciones, lo escrito por Fidanza es cierto porque ¿Cuál es el problema económico? Lo que pasa es que por querer chicanear con lo de la «épica política» a Fidanza se le escapa que existe acá, como en cualquier parte, una guerra por apropiarse de la mayor parte de la riqueza que produce la sociedad, ya no entre patrones y obreros sino, dicho bestialmente, entre el sector financiero y el productivo.
El tema es ¿hubo o no serios errores políticos? REB

Publicado hoy en La PolíticaOnline
El problema es político
Ya lo decía el gran Leopoldo Marechal: «De todo laberinto se sale por arriba».

La falta de conducción y los mensajes contradictorios complican un escenario económico manejable. El Gobierno de Cristina Kirchner todavía tiene márgenes importantes para corregir una situación económica que está lejos de viejas catástrofes argentinas. Con más de 29 mil millones de dólares en el Banco Central (Menem recibió al inicio de su mandato 3.400 millones y Kirchner 15 mil millones) y con poco más de un año y medio por delante, la situación no debería presentar los matices de urgencia que hoy se percibe no sólo en los círculos de poder, sino también en la calle.

Paradoja que se agrava porque ocurre justo cuando el Gobierno empieza a sumergirse en las aguas profundas de un ajuste largamente demorado. Porque más allá de la pavada de las teorías conspirativas que agitan Cristina Kirchner y su ministro de Economía, lo cierto es que el Gobierno está aplicando un mini –por ahora- rodrigazo.

Devaluación del peso, licuación del poder adquisitivo de los trabajadores, ajuste de tarifas en transporte, suba de la tasa de interés, intento de ponerle un techo bien bajo a las paritarias: ¿Qué más hace falta para definir como un ajuste hecho y derecho al programa que va delineando Kicillof?

Si se combina ese giro con el acercamiento al FMI y el Club de Paris, la negociación abierta con los holdouts y los pagos al Ciadi y Repsol, el viraje exime de mayores comentarios.

Ahora, la pregunta es en todo caso: ¿Porqué pese a estos ingentes esfuerzos el Gobierno, no logra atenuar la incertidumbre?

Sacando a amplios sectores de la oposición que están demostrando lo superficial y oportunista que sigue siendo buena parte da la “dirigencia” argentina, que ahora critica lo que hace tiempo venía reclamando, la incógnita es porqué los factores económicos miran el actual proceso con tan pobres expectativas.

Y es allí donde la única respuesta posible es política. Lo que está fallando es antes que nada un problema de conducción, que no logra transmitir un rumbo claro –aunque lo haya-. Y no lo hace sobre todo por complejos ideológicos que le impiden al Gobierno decir lo obvio: La plata dulce se acabó, hay que ajustar. El programa es este, los objetivos aquellos y los plazos estos.

Se eluden esas definiciones porque se estima encierran un costo alto para la “épica” kirchnerista y lo que se pierde en el camino es mucho más profundo: La posibilidad de darle horizonte y reglas de juego claras a una sociedad, que tiene que andar adivinando –por ejemplo- que pasará con su moneda.

Si la devaluación del peso del 20% en apenas 48 horas no fue una decisión del Gobierno sino el resultado de una presión del mercado, el mensaje que se envía a la sociedad es que estamos librados a la buena de Dios y de ahí al sálvese quien pueda hay un paso. Para no asumir una medida necesaria pero impopular, Cristina paga el costo de ofrecer la imagen de un Gobierno impotente.

Incomodidad con la hora que les toca, que acaso expliquen las contradicciones del ministro que por esas ironías de la vida, cuando finalmente llegó al lugar que tanto ansió, se ve obligado a hacer exactamente lo contrario de lo que predicó. Nada grave, es política. Bajarse de ese caballo duele, pero acaso es también una oportunidad que se puede metabolizar de manera positiva.

Cristina enfrenta el tramo final de su Presidencia con amplia mayoría en ambas cámaras, un fuerte aparato mediático, injerencia en sectores claves de la Justicia, el doble de reservas que recibió su marido, excelente precio de la soja y una de las relaciones deuda PBI más bajas de la historia reciente.

Es verdad, tiene una inflación de las más altas del mundo, crisis energética y déficit creciente. Son desafíos bravos, que exigen las correcciones que aún rebotando contra las paredes, da la impresión que está intentando instrumentar. Nada agradable, pero nada imposible. Son problemas que están a la altura de cualquier líder más o menos solvente.

Entonces, si el problema es político la única solución posible hay que buscarla en la conducción. Que es la que elije los ministros -que pueden generar confianza o confusión-. Y que es además la poseedora de la palabra presidencial, que bien usada, tiene un efecto insustituible sobre los estados de ánimo de la sociedad, que es donde hay que colocar las anclas que permitan capear la tormenta.

Ahora, si lo que se busca es seguir sosteniendo –ya en el epílogo- una dialéctica cada vez más divorciada de la realidad que vive el ciudadano de pie, lo que se obtiene es el extrañamiento del Gobierno. Y nada bueno ocurre cuando el poder se aisla.

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