Pobres y violencia: Cuando la mamá encadena y tortura al hijo traficante para que no consuma
Javier Auyero sobre la Asignación Universal por Hijo:
Agrego yo: «… veíamos que el dealer podía ser violento con un cliente, pero cuando iba a la casa, la mamá lo encadenaba y le pegaba para que no consuma.»
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Entrevista a Javier Auyero
Con la maestra María Fernanda Berti, estudiaron en un barrio del Conurbano la otra cara de la inseguridad.

Cuando el sociólogo Javier Auyero y la maestra María Fernanda Berti comenzaron su investigación en una escuela primaria de Ingeniero Budge, en la ribera del Riachuelo a metros de la Capital Federal, la intención era otra: replicar el trabajo en Villa Inflamable, estudiar el sufrimiento ambiental en otro barrio del Conurbano Bonaerense. Sin embargo, a semanas de haber empezado su trabajo de campo, surgió lo inesperado. Junto a los relatos «tóxicos» sobre los basurales a cielo abierto y el agua con sabor a aceite, los alumnos llevaban historias de asesinatos, violaciones, tiroteos y peleas domésticas. Retrataban una dimensión de la violencia invisible a los ojos de los investigadores; una violencia que permeaba y definía la vida de la gente.
Ahora, Auyero y Berti se atrevieron a deconstruir el discurso sobre la seguridad para señalar que en la discusión pública no hay lugar para la violencia que sufren los pobres.
Tomando datos objetivos, estadísticos, y subjetivos, me quedan muy pocas dudas de que estos barrios son más violentos de lo que eran. Los chicos, adolescentes y adultos hablan casi compulsivamente de esta experiencia. No de un asalto, sino uno seguido de un tiro, de un cuchillazo, y muchas veces seguido de muerte», reflexiona en diálogo con Tiempo Argentino.
Primero detectamos la frecuencia, y luego, comenzamos a hacer un trabajo de detectives, para ver cómo se conectaban entre sí. Porque veíamos que el dealer podía ser violento con un cliente, pero cuando iba a la casa, la mamá lo encadenaba y le pegaba para que no consuma. Esto quiere decir que este tipo de violencias que pensamos como fenómenos aislados, en algunos casos, están interconectadas.
–¿Cómo explica que, a pesar de una mayor presencia estatal y una mejor distribución de los ingresos, haya habido este retroceso en la calidad de vida de los sectores populares?
–Si uno toma dos fotos del mismo barrio, en los años setenta y hoy, lo que ve es un enorme proceso de informalización. Los sectores más afectados, los más pobres, experimentaron la desaparición de los modos formales de regulación del conflicto, las instituciones formales dejaron de regular la vida. Yo puedo estar o no de acuerdo en que se han recuperado ciertos derechos, que ha crecido la economía, que el Estado adquirió un rol más importante, pero también hay que remarcar la mayor presencia del Estado punitivo. Hoy hay más gente presa. Y a diferencia de hace 25 años, la cárcel se ha vuelto una institución de la vida cotidiana. Antes nadie hablaba de un familiar preso, o era muy raro. Hoy buena parte de las familias de los sectores populares están afectadas por el brazo punitivo. Si uno quiere entender el porqué puede decir que hay informalización, desproletarización, mayor degradación de las condiciones de vida, mayor presencia de un Estado contradictorio. Pero es imposible encontrar una causa.
–¿Qué tipos de efectos colectivos e individuales generan a mediano y largo plazo «la violencia como aprendizaje»?
–La noción de ghetto, en Ciencias Sociales, se usa para características que no están presentes acá, porque hace referencia a cuestiones raciales de la población o de mecanismos de dominación racial. Sí es pertinente hablar de territorios segregados. Porque esta gente está bastante poco integrada con otras zonas de la Capital, toman peor agua, no tienen pavimento, van a peores escuelas. En ese sentido, hablo de margen urbano.
–Mencionaba el peso de la informalización, ¿cuánto colabora con este panorama el mercado ilegal de drogas?
–La economía de las drogas ilícitas es siempre un arma de doble filo. Las drogas pueden mantener a los barrios económicamente, y por el otro lado, los puede destruir. Yo no diría que es un mito que en Argentina ha aumentado el tráfico. Si se ven los mapas de distribución, hoy Argentina aparece en la región como un lugar, no sólo de paso, sino también de consumo: el mercado interno se ha consolidado. Cualquiera que haya estudiado cómo funciona este mercado sabe que en el Conurbano efectivamente ha aumentado el tráfico de drogas ilícitas. Pero la conexión entre drogas y violencia no se da exclusivamente por el efecto psicofarmacológico que produce. La mayor frecuencia de situaciones violentas producidas por las drogas es porque el mercado es ilegal y por ende inherentemente violento.
Si a estos elementos –informalización, intervención de la policía, expansión del mercado de las drogas y su transformación interna– le sumás el trabajo en La Salada, el mercado localizado en donde hicimos trabajo de campo, uno entiende por qué es tan violento Arquitecto Tucci. Son miles de personas que salen con cash dos veces por semana. Así que se presentan oportunidades para el crimen. El libro no intenta atribuir causalidad, pero es cierto que estos factores explican bastante.
–Me cuesta pensar que hay un agente detrás. Un plan, una intención de control. Efectivamente funciona sometiendo, fragmentando, debilitando, destruyendo a la gente que allí vive. No puedo decir que es un ejercicio de control de parte de los sectores dominantes. Ahora, el hecho de que una mujer tenga que acudir a la policía, que la sabe delincuente, para disciplinar su hijo, me parece una forma de lo más paradójica de gobernamentalidad, en el sentido foucaultiano de gobierno sobre las mentes y los cuerpos. Porque es el propio sujeto gobernado quien demanda ser gobernado. Este orden social está creando sufrimiento. Esto no ocurre porque los sectores populares, los pobres, son así. Ocurre porque el propio orden social ha creado esta monstruosidad.
La AUH, para tener los efectos que se le atribuyen desde ciertas posiciones políticas, se debería multiplicar por diez. Debería ser un ingreso que cubra en serio las necesidades de los más pobres. Creo que es tan erróneo decir que los pobres no van a trabajar porque reciben la asignación, como atribuirle el efecto contrario: que es igualador, que empodera a los signatarios, porque eso tampoco se basa en la experiencia de quien la recibe.
La gente que la cobra la valora mucho, es cierto. Es un programa que funciona, eso no hay duda. Pero no hay que sobredimensionar la cosa… en el país de los ciegos, el tuerto puede ser rey para la política, pero no para las Ciencias Sociales que investigan de manera cuidadosa.
–Fernanda, la otra autora del libro, que es maestra, apuesta por la función de la escuela como integradora, como posible actor del ascenso social. Me cuesta pensar en cuánto pueden hacer estas escuelas en las que chicos y chicas tienen dos horas y diez minutos promedio por día de horas efectivas de clase.
–En el libro trabajan con tasas de criminalidad y mencionan que no es correcto comparar con las de otros países. ¿Este es un proceso regional o es síntoma de que nuestra «estructura social» está más latinoamericanizada?
Integrar al mercado laboral y al educativo, es una opción, pero además, hay que pensar otros problemas. ¿Cómo le pedimos a una mamá de un chico adicto, a la que el marido le pega, que viaje una hora a la comisaría de la mujer, y otra hora y media para tratar de internar al hijo? ¿Por qué no pensamos en una oficina del Estado que, para confrontar la violencia encadenada, integre su manera de tratar los problemas? En ese sentido es razonable decir que los más marginados están abandonados.
