ROMÁNTICO y besucón se reveló Nahuel Coca

Recuerdo mi primer beso. Fue como nacer a un mundo maravilloso, y pensar «qué bueno, finalmente está pasando». Hoy los besos no tienen la misma expectativa, pero reconfortan como aquel que dí una tarde de sábado o domingo de 1998, en una sala de cine de Pilar. Hoy la chica está casada, es madre de dos, y está muy bien. Me alegro por ella.
Después siguieron muchos, para mi suerte o desgracia. Así como algunos hacen analogías con el sentido de la vida y distintas sucesiones (de camas, de habitaciones, de recitales, de asados) me parece que la única sucesión posible es la de besos.

Alguien dijo, alguna vez, que morimos el día que muere la última persona que recuerda nuestro nombre o nuestro rostro, la última con la que tomamos algo alguna vez. Borges, tan preocupado por la inmortalidad, invocaba su Everness, sus versos gravísimos que invocan que no existe el olvido, idea robada por una banda de rock mediocre muchos años después. Estaban equivocados estos tipitos, al decir que no existe el olvido.

Quizás la única forma más o menos efectiva para combatir el olvido, sea el arte. Y de todas las formas del arte, son las que adquieren formas icónicas las que mejor efecto tienen en su lucha inútil contra Chronos.

¿Cuántos recordarían al Che – no en su magnitud humana, no en su pasión, no en sus luchas, sino ya en su calidad de ser que fue – si no fuera por aquella foto de Korda? La multitud de remeras que indigna a unos es una bandera de los otros, que se aferran sin saberlo del todo a íconos populares, lo que de este lado de las sensaciones y del marketing algunos definimos como banderas, pero que al levantarlas no son más que íconos, símbolos más o menos compartidos.

El rescate del olvido de los besos, entonces, podría ser el título de estas líneas.

¿Cuántos besos fueron íconos? Muchos, quizás, o muy pocos. En las artes algunos son colgados, también, como banderas privadas en nombre del amor, como el beso de Gustav Klimt, los amantes que cabalgan en los cuadros del viejo Chagall.

También son icónicas las fotos de Robert Cappa, que pude ver no sin admirable terror hace unos años, en el Borges. (Cappa desembarcó en las playas de Normandía como un músculo escondido en la media res desembarca en la carnicería, y salió intacto. Imaginen los primeros veinte minutos de Rescatando al Soldado Ryan, aunque disparando con una Leica… mientras zumban las balas nazis de frente). Alcanza con pasearse por la World Press Photo, cada año, para encontrar que aquellas imágenes con más chances de volverse icónicas no son las del amor, sino las de la guerra.

Uno de los besos más icónicos del siglo XX se murió ayer. No se murió el ícono, pero los labios que besaron con prepotencia, con alegría, con bronca, con calentura, hoy descansan six feet under.

Kissing sailor, como se la conoce popularmente, fue titulada por su autor V-J (Victory over Japan) day in Times Square, y fue publicada por la revista Time. Alfred Eisenstaedt fue un gran fotógrafo americano del siglo XX, quizás uno de los más importantes maestros del arte de la composición. Esa foto, tan iconicable, esconde la ciencia de las líneas rectas y diagonales. Y esconde también una historia divertida de un pibe que besó a troche y moche a toda mujer que se le cruzó por el camino, para celebrar dos bombas atómicas:

«Ví un marinero que corría por la calle agarrando a cada mujer que veía. Si eran abuelas, flacas, viejas, gordas, a él no le importaba. Corría delante suyo con mi Leica mirando hacia atrás sobre mi hombro pero ninguna de las fotos posibles me gustaba. De repente, en un flash, ví algo blanco que era agarrado. Giré y disparé en el momento justo en el que el marinero besaba a la enfermera. Si ella hubiera estado vestida de negro, nunca hubiera tomado la foto. Si el marinero hubiera tenido uniforme claro, tampoco. Tomé cuatro fotos, en pocos segundos. Sólo una está bien, por el balance. En las otras el énfasis está mal, con el marinero de lado, o muy alto o muy chico. La gente me dice que cuando lleguen al cielo recordarán mi foto»

La foto tomada el 14 de agosto de 1945 esconde dos nombres. Glenn McDuffie, el marinero desfachatado, el besucón de prepo, murió el 9 de marzo pasado a los 86 años. La enfermera, Edith Shain, había muerto el 20 de junio de 2010, después de perderla contra el cáncer.

Con ellos murió el beso más injustamente icónico del siglo XX, una bandera de aquellos que celebran la fanfarria de vencedores sobre vencidos. Para mí ningún beso es justo ni suficiente, y todo beso es una victoria en sí misma; de la vida sobre la muerte, pongamosle, aunque esa vida (ahora sí) pueda ser injusta o se imponga sin Justicia sobre otra vida.

Pregunto quién recordará las pequeñas victorias que dí y que me dieron cuando ya no esté.

http://www.nahuelcoca.com.ar/2014/03/la-muerte-de-un-beso.html

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