LINCHAMIENTOS, Desbordes y política

Dos notas distintas -de Horowicz y Sandra Russso- para un mismo fenómeno que todavía me da arcadas.

El subsuelo ideológico de la violencia social

La mamá de David muestra su rostro antes de su martirio. No tenía antecedentes. No hay prubas de que haya robado nada.

«Horowicz, los que tienen que putear son los que leen, no los que escriben.»
Jacobo Timerman, director del diario La Opinión.

Por Alejandro Horowicz / Tiempo Argentino

Cuatro hechos violentos, violentísimos, aparentemente inconexos, dan cuenta del subsuelo ideológico de la política. Todos sucedieron en la Argentina y nadie los desconoce. Los medios no pararon de «informar», pero el sentido no ha sido capturado. Y no lo será mientras permanezcan inconexos. Vale la pena ordenarlos de mayor a menor, según una valoración de la escala de violencia, para luego leerlos como parte de una serie. Mi hipótesis: una voluntad de linchamiento, fogoneada por el terror a la crisis de 2001, por el fantasma de perder las pertenencias, recorre el imaginario colectivo. Dicho sin ambages: una suerte de fascismo rudimentario organiza los valores hegemónicos de la sociedad argentina, conformando un nuevo patrón de comportamiento.  

PRIMER HECHO. Una joven de 21 años fue asaltada en Rosario. La zona de Liniers y la cortada Marcos Paz fue el escenario del arrebato, le sacaron la cartera. David Moreira de 18 años fue linchado por los vecinos, minutos mas tarde. La versión difundida  por la joven robada –puesta en boca de su abogado– señala que Moreira sería el ladrón. El estado de shock no le impidió identificar a Moreira. Lo reconoció pese a la brutalidad de la golpiza, ya que el rostro del joven se hallaba desfigurado. Sin embargo, fue incapaz de identificar a ninguno de sus múltiples asesinos. Según este curioso relato Moreira en su huida fue interceptado por un grupo que lo golpeó hasta provocarle la pérdida de gran parte de su masa encefálica. Pasaron horas hasta el arribo de Moreira al hospital, y a juzgar por la información que circuló por las redes sociales, ese tiempo –diferencia entre paliza terrible y asesinato premeditado– fue garantizado por los atacantes. Esto es, desinformaron a las autoridades imposibilitando el acceso de una ambulancia para socorrerlo. No se trataba de evitar el robo, sino de matar al presunto ladrón.
El gobierno de Santa Fe y el municipio de Rosario dicen estar preocupados por quienes decidieron ejercer «justicia por mano propia». La ola se extiende. El sábado se produjo otro incidente en la zona norte de la ciudad, donde un grupo de vecinos golpeó a un joven de 21 años que presuntamente intentó asaltar a dos mujeres en Reconquista al 1900. Se trató del cuarto caso similar que se produjo en la provincia en los últimos días, luego de que el jueves falleciera  Moreira. Lorena Torres, la madre del joven asesinado fue muy clara: «Si creyeron que mi hijo cometió un robo, lo tendrían que haber llevado a una comisaría. Hubieran llamado a un móvil policial para que se lo llevara a la seccional. Pero no agarrarlo y matarlo como lo mataron.» 
En rigor ese comportamiento estaba en la naturaleza descompuesta de las cosas. En el barrio Echesortu, zona de clase media rosarina, existe un centro comercial, y un grupo de jóvenes «sanos» creó hace meses una «patrulla comunitaria» para combatir la inseguridad. Según publicó el sitio Rosario3.com, esta modalidad –que es ilegal– está fuera de cualquier regulación. Pero los integrantes de este grupo confían en que obtendrán «apoyo político».
SEGUNDO HECHO. Tres jóvenes jugadores de Independiente se vieron envueltos en un «supuesto» abuso sexual que no sorprende a nadie. La fórmula «supuesto» corresponde técnicamente porque la causa todavía no ha sido caratulada. Benítez dormía con su novia, Zárate ingresa al cuarto, se mete en la cama y la viola. Esto declara la víctima, los dichos de Benítez concuerdan, los mensajes de texto coinciden. Los medios incapaces de ocuparse del hecho se preguntan si la chica era o no la novia de Benítez, como si esto modificara la violación. Los inefables periodistas deportivos intentan separar el club de sus jugadores y dicen: «Por el amor del cielo, que esto no manche al club.» La tragedia no es la violación, sino el escándalo.  Mientras la fórmula «escándalo sexual» remite a fiesta,  a una diversión consentida, y no a un acto delictivo de máxima gravedad. Este abordaje equipara al varón casi con un animal incontinente. Incapaz de cuestionarse nada. Ergo, desde ese punto de vista, la mujer debería cuidarse y no hacerlo sería su responsabilidad. Más que violadores hay mujeres que no se cuidan. Sostuvo Malena Pichot en Pagina 12: «El hombre que viola no es un enfermo mental aislado, no debe ser comparado con un paria, un psicótico que ha quedado fuera de las normas de la sociedad. El hombre violador no es un hijo enfermo del mundo, es un hijo sano del patriarcado.»
TERCER HECHO. Dos jóvenes denunciaron en la Comisaría 14ª de barrio Belgrano haber recibido una feroz paliza al ser «confundidos» con dos motociclistas que la mañana del sábado asaltaron una remisería de la zona oeste. Atacados por seis adultos, empleados del comercio robado, que los persiguieron a tiros hasta una estación de servicio. Todo se inició cerca de las 6 hs del sábado, cuando Oscar Bonaldi, de 22 años, y su amigo, Leonardo Medina, de 24, iban a trabajar. La paliza terminó cuando los agresores se enteraron a través de un llamado telefónico que los verdaderos ladrones de la remisería habían sido detenidos. Cuando Bonaldi estaba tirado en el suelo, un policía que custodiaba la estación llegó, con uno de los playeros, a la escena del suceso; detuvo la golpiza pero no a los atacantes, que se marcharon llevándose la moto de los jóvenes. Moto que más tarde hicieron desaparecer, para borrar su responsabilidad en el ataque.
CUARTO HECHO. El relato vía Twitter de un violento episodio con un carterista en Palermo, Capital Federal, despertó una atroz polémica en las redes sociales. Diego Grillo Trueba cuenta con escalofriantes detalles cómo un joven arrebató la cartera a una mujer provocando la ira de vecinos. Lo capturaron, golpearon y patearon en la calle, con clara intención de matarlo. La Policía Federal confirmó la intervención de la Comisaría 21, por la tentativa de robo que derivó en los incidentes posteriores. Según el relato de Grillo Trueba, el violento episodio ocurrió en Charcas y Coronel Díaz, ayer por la tarde. «La gente casi lincha a un carterista», puntualizó. «Se veía un tumulto de gente. Me termino de acercar y empiezo a ver lo dantesco. Un tipo grandote con uniforme de portero estaba arriba de un pibe de 16/7 años inmovilizándolo.» En sucesivos tuits Trueba organiza esta crónica: «De repente, una de las personas del tumulto se acerca corriendo y le mete una patada en la cara al pibe. Para que se entienda: de la boca le salía un río de sangre que primero formaba un charco en las baldosas y luego un reguero hacia la calle.» Y remata así: «Una mina de unos 55/60 años se acercó corriendo y empezó a gritar ‘¡Lo van a matar! ¡Paren que lo van a matar!'» El usuario contó que la policía tardó en llegar unos 25 minutos. «En el medio, la gran mayoría que seguía gritando que había que matar al pibe».

Hasta aquí los hechos. Como una mancha de aceite la ideología profunda de la sociedad argentina emerge. La distancia geográfica –Rosario, Buenos Aires– subraya la uniformidad del comportamiento. No se trata de acciones concertadas previamente, sino de una lógica que subyace: joven, morocho y en moto: ladrón. Y con los ladrones tolerancia cero ¿Cómo entender desde este abordaje la seguridad? Fácil, hay que matar a los ladrones. O los mata la policía o los «ciudadanos» se ocupan. Nada de Derechos Humanos, nada de garantismo jurídico, máxima e inmediata punición. En cuanto a la relación con la violación, es obvio, la pregunta se trata, al igual que en los otros casos de ¿quién ejerce la violencia legítima? El macho es aquel que la ejerce, y el cuerpo de la mujer (más aun si es joven y bonita), al igual que el cuerpo de los pobres, es el espacio sobre el que esta sanguinaria soberanía se afirma. Estos mismos datos fueron leídos en idéntica clave por el think tank de Sergio Massa. No se trata de reformar el Código, sino de actuar. No se trata de proteger a los más débiles, sino de garantizar la propiedad personal, no se trata de políticas de inclusión, sino de excluirlos de la política. Si la sociedad argentina acepta estos términos el linchamiento pasara de delito gravísimo a «justicia por mano propia».

El buen nombre de David Moreira

Por Sandra Russo

Gracias a La Garganta Poderosa, que de estas cosas –de víctimas que nunca son visualizadas como tales, ni por las instituciones ni por los medios– sabe más que muchos, se pudo oír la voz de la madre de David Moreira, el chico señalado como un ladrón y asesinado a patadas en el barrio Azcuénaga de Rosario, donde tampoco eran nuevas esas confusiones: dos semanas antes, otros dos jóvenes que andaban en moto fueron también confundidos con ladrones por un grupo de remiseros, que los persiguieron a tiros. Los de la moto creían que los perseguían para robarles la moto, hasta que se cayeron y a uno de ellos lo molieron a palos, sin enterarse y a esa altura sin que tuviera importancia si eran ellos los culpables de algo o eran otros. Es necesario retener en la memoria el peso del asesinato de David, porque aunque él hubiese sido el verdadero ladrón de carteras, su asesinato seguiría siendo un homicidio. Pero su familia y sus amigos dicen que David no era un ladrón. Eso reclamó enseguida su familia: salvar su buen nombre. No se podrá esclarecer ese caso, porque David ya fue declarado culpable y escarmentado hasta la muerte en el medio de la calle. Las crónicas sobre su muerte fueron el disparador de otras similares aunque no tan extremas. El nombre de David quedó sepultado entre otros sin nombre. La cosificación de los pobres, en las oleadas de mano dura, es lo primero que sucede.

En este equívoco de la turba que persigue al ladrón pero termina linchando al que se le parece –porque al que se persigue es a un fantasma–, se basa la cosificación del otro, sea cual fuere el otro, si una mujer, si un negro, si un pibe, si un sin techo. El linchamiento de David fue uno de los primeros, y a pesar de que terminó con su muerte y a pesar de que su familia afirma que no era él el ladrón, esa confusión, esa posibilidad de equivocación quedó tapada en los debates televisivos. Ese dato –¿y si nos equivocamos?– no perturbó a ninguno de los exaltados que brotaron como un herpes en diversos puntos del país, ya evidentes contagiados mediáticos con ansias de liberar eso que no tuvo un repudio unánime ni general. Los grandes medios –y otros más chicos que ya se alinearon con ellos– lo presentaron como un debate posible: “¿Está bien o mal linchar?”. A la historia de la confusión de los vecinos de Rosario se la tragaron la dinámica periodística y la miseria política de sus líneas editoriales. Pero no es menor esa confusión, y el margen que este estallido de barbarie le deja a esa confusión. Por esa grieta delgada se filtra la violencia social indiscriminada y sin más salida que el crescendo.

Cuando se desatan estos bajos instintos sociales, es en esa posibilidad de equívoco en el que intentan hacer pie sus promotores: el “caos” es precisamente la ruptura de las causas y las consecuencias. La aprobación o la justificación de una condena a muerte ejecutada de facto por una banda de exaltados que aunque sean designados con la palabra “vecinos” actúan como bestias, la justificación, decía, es la piedra libre para que sea linchado cualquiera. Es el ABC del terror. No hay que saber teoría del Derecho –en lo que Sergio Massa se excusa–, para advertir que si se animan las turbas, el linchado no será necesariamente el ladrón, sino el que pase corriendo y al que le griten ladrón. Ese es el núcleo duro del escenario que vienen a proponerle a esta sociedad ahora, treinta y ocho años después del último golpe militar, quienes se llaman a sí mismos “renovadores” y que se dejan asesorar y rodear por los residuos del funcionariado judicial que acompañó a la dictadura. En ese escenario basta un grito señalando a alguien para direccionar la furia bestial en su contra.

La cosificación consiste en borrar todas las huellas personales de alguien, para reducirlo a un vago objeto de odio, de un odio que tampoco es estrictamente personal. Da lo mismo cómo se llame, da lo mismo si tiene o no familia, da lo mismo lo que hizo o lo que no hizo. Algo habrá hecho, parecen decir las patadas a mansalva de quienes se animan unos a otros para ver quién es más macho en la acepción más caricaturesca del término. Es un instinto de eliminación que lo primero que elimina es la subjetividad del que lo experimenta. Por eso las turbas son turbas y capaces de cualquier cosa, porque ellas también están integradas por cosas. Porque quienes las componen se descomponen en ellas, degradados. Todavía mucho más debajo de nuestros impulsos animales, de allí sale esa fuerza que hace del otro una cosa a disposición para vomitar sobre ella la descarga de furia.

Gracias a la madre de David Moreira –esa cosa de 18 años pateada por otras cosas que terminaron matándolo–, nos enteramos de que había nacido un 4 de enero y que en su último cumpleaños había decidido, con sus ahorros, tatuarse en el tobillo el nombre de sus hermanitos menores, Micaela, Elías y Tomás. Nos enteramos de que como su papá era vendedor ambulante y estaba poco en la casa, David ayudó a criar a esos hermanitos. Que había dejado el secundario y que su mamá se enojó mucho, pero quiso ayudar en la casa y empezó a trabajar como albañil. Que él creció rodeado de cariño. Que tuvo padres y tíos que lo quisieron mucho. Que era muy tímido, que se ponía colorado enseguida, pero que igual tenía muchos amigos. Nos enteramos de que ese chico muerto por las patadas de esos extraviados no era de los que viven en la calle. Que tenía una relación tan estrecha con su madre que la llamaba siempre para decirle dónde estaba o a qué hora iba a llegar. Que era hincha de Central. Que esa tarde que no llegó a su casa su madre creyó que tal vez había ido a la cancha, pero después averiguó que no, que David había decidido, tal como le había dicho, no gastar en la entrada. Cuidaba cada peso. Su billetera, cuando cobraba, se la daba a su madre, y le decía “sacá lo que necesites”. Hasta de su cuerpo hubo otros que pudieron sacar lo que necesitaban: la familia de David donó sus órganos a siete personas que estaban en lista de espera. “Se fue mi mano derecha, mi David querido, pero hay muchos como David que pueden ser asesinados o maltratados”, escribió su madre en la carta a La Garganta Poderosa.

Pero el agite mediático se olvidó de él. No está en agenda. El debate vergonzante que surgió de su asesinato insiste en si está bien o está mal linchar ladrones. David ha quedado sumergido bajo la maraña de falacias y reducciones que perforan los tímpanos desde las pantallas o las radios. Fue privado de la vida y de la oportunidad de un buen nombre. El proyecto de país que late bajo este tipo de violencia reintroduce la idea de la población sacrificable.

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