Adelina, la argentina que fue brigadista en España

Adiós a Adelina Kondrátieva, brigadista y luchadora por la memoria

Adelina había nacido en 1917 en Argentina. Su padre, Benjamín Abramson, tuvo que huir de la Rusia zarista donde había sido condenado a muerte y se instaló en Buenos Aires

 Rafael Poch / Berlín / La Vanguardia

Adiós a Adelina Kondrátieva, brigadista y luchadora por la memoria

«No te olvides, Rafael», me dijo la última vez que la vi. Fue en una de esas grandes estaciones de metro moscovita, Oktiábraskaya. Una cita rápida para intercambiar papeles, algún libro, noticias de diarios y despedirnos.

Estaba a punto de cambiar la corresponsalía de Moscú por la de Pekín, y allí, «a la altura del primer vagón de la línea roja, dirección centro», tal como es habitual para no perderse en las enormidades subterráneas de Moscú, me esperaba Adelina Kondrátieva. Su encargo era que localizara en China la pista de los brigadistas chinos de la guerra de España. «Parece que aún queda alguno vivo», me dijo. Me olvidé.

Adelina tenía entonces 85 años. Diez años después ha muerto exactamente igual: activa, inquieta y con su buena facha. Demostraba que se puede ser guapo, por dentro y por fuera, a los 95.

Adelina había nacido en 1917 en Argentina. Su padre, Benjamín Abramson, tuvo que huir de la Rusia zarista donde había sido condenado a muerte y se instaló en Buenos Aires.

A su puerto llegó un día el primer barco comercial de la URSS, el Tovarisch, el mismo que años después llevaría armas soviéticas a Barcelona, y Abramson se convirtió en delegado comercial de la URSS hasta que el golpe del General José Felix Uriburu de septiembre de 1932 acabó con todo: fue detenido, torturado y expulsado.

La familia se trasladó a Montevideo, padre, madre, Adelina y su hermana Paulina, dos años mayor, esperando los papeles para ir a la URSS.

Eran tiempos duros en Moscú: en vísperas del gran terror estalinista. «Un brusco cambio de vida», recordaba Adelina. Aprendió ruso rápido y cuando surgió la posibilidad de ir a España, a ayudar a la República, se fue con sus 19 años acompañando a su padre.

Atravesaron Europa con papeles falsos y en calidad de agente comercial en viaje de negocios acompañado de su hija. En Barcelona se separaron, él marchó al frente de Aragón, ella a Valencia. Al poco se le presentó un ruso que se hacía llamar «General Douglas» (Yakov Smushkievich) que comandaba la aviación republicana.

«¿Quieres trabajar en la aviación?», le dijo. Respondió que sí y salieron inmediatamente en su coche hacia Los Llanos, Albacete, donde estaba el Estado Mayor.

Desde Albacete, Adelina viajó en calidad de intérprete por todos los lugares en los que se reparaban o montaban los aviones que la URSS suministraba, desde Alcalá de Henares, hasta Reus, pasando por Sabadell.

En esa ciudad asistió al entierro de un aviador, Elías, que congregó a una muchedumbre. Por alguna razón Adelina marchaba justo detrás del féretro y la tomaron por la novia del muerto: la gente la cubría de flores y abrazos.

En Madrid desde el piso trece de la telefónica presenció los combates por la defensa de la ciudad. Con la aviación todo se torció cuando se estrenaron los Messerschmitt 109 alemanes al servicio de Franco, explicaba.

Eran mejores y se hicieron los dueños. Mientras tanto, su hermana Lina hacía de intérprete al comandante «Xanti» (Hadji-Umar Mamsurov, 1903-1968), un legendario osetino, asesor de Buenaventura Durruti en la defensa de Madrid y organizador del XIV Cuerpo de Guerrilleros de la República. A «Xanti» le tomaban por vasco por el nombre, pero no hablaba español y se hacía pasar por macedonio.

Tiempo después sería el creador de las unidades «spetsnaz» (comandos) del espionaje militar soviético (GRU), luchó en la retaguardia alemana en Dresde, liberó dos campos de concentración con 16.000 prisioneros y fue condecorado como héroe de la Unión Soviética. Una leyenda. Paulina se casó con él.

En España «Xanti» conoció al escritor Ilya Ehrenburg, cuya tumba está hoy junto a la suya en el cementerio moscovita de Novodievichi. También conoció a Ernest Hemingway, quien se inspiró en él, dicen, para dar vida a su Robert Jordan, el héroe de su «Por quién doblan las campanas».

La guerra de España marcó a Adelina como a todos los extranjeros que participaron en ella. De regreso en la URSS participó como teniente en la guerra, asistió a los presos italianos y luchó contra el mal trato que recibían.

En 1951 su padre, de 63 años, fue detenido acusado de «trotskista», pero consiguieron que solo le condenaran a cinco años de campo con destierro. Tras la muerte de Stalin fue liberado. Adelina se casó con el militar Aleksander Kondrátiev, con quien tuvo una hija, y se doctoró en la universidad de Moscú.

A partir de los años noventa retoma el contacto directo con España y desarrolla una gran actividad en pro de la recuperación de la memoria historica en compañía de Dolores Cabra y en calidad de presidenta de la Asociación Archivo Guerra y Exilio (AGE). Fue también presidenta de la sección española del comité soviético de veteranos de guerra y recibió la nacionalidad española. No logró la pensión que le correspondía como teniente de aviación de la República.

«Tropezamos con las murallas infranqueables en las que se amparan las absurdas burocracias y también con la mala intención de altos estamentos políticos», explica Cabra, secretaria general de AGE. El deseo de Adelina era pasar sus últimos años en España. No lo consiguió. «Siempre le dije que en estos tiempos España es una madrastra para sus hijos más nobles», explica Cabra.

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