Los españoles en verano quieren ver el mar

Desamarre usted el Fortuna, majestad

Ayer fue un viernes negro. O quizá gris. Que es el color del que se queda el paisaje tras una explosión nuclear.
La semana también fue gris. O quizá negra, con ese color carbón que traían los mineros tiznándoles la cara, y que nos acabó tiznando a todos, a los funcionarios en rebajas, a los indignados, a los pensionistas, a los enfermos, a los parados, a los dependientes y a toda esta chusma que poblamos España.

Y entre tanta futilidad revolucionaria y carbonera, entre tanto contenedor ardiendo y tanto porrazo policial en la frente, se nos ha escapado una importante noticia que conviene consignar.

A saber. Nuestra Casa Real va a dejar este verano en dique seco el yate Fortuna porque gasta mucho gasoil, y son tiempos de sacrificarse todos por España.
Aunque en principio pudiera parecer noble gesto por parte de nuestros reyes, infantas y príncipes, no conviene precipitarse en emitir tan alocado juicio, pues corremos el grave riesgo de pasar este verano sin ver el mar.
Con un millón de parados convertidos en sintecho, cinco millones de proletarios convertidos en parados, quince millones de burgueses convertidos en proletarios, y otros quince millones de pensionistas convertidos en huele-basuras de las traseras del Mercadona, este verano el 90% de los españoles solo vamos a poder ver el mar por televisión. Y si el Fortuna no desamarra, me temo que no llegaremos ni a verlo.
Desde hace meses, escucho a todos mis amigos y enemigos, a los que tienen trabajo o una empresita o unas ñapas, decir que este año no se van de vacaciones. Lo dicen ufanos, como presumiendo, porque ahora tener trabajo, aunque sea precario, aunque ocupe veintitrés horas al día y duermas encima del teclado del ordenador, es un signo de grandilocuente distinción, de elevada alcurnia, de incipiente nobleza. Eso de tener oficio, un sueldo, una agarradera, una esclavitud, una mierda pinchada en un palo, es acercarte a Dios. Y nadie ha visto nunca a Dios tumbado en una playa.

Así que nos quedamos todos en casa, en la oficina, en la calle, en las manifestaciones. Y yo creo que el gobierno, sensible como es a la jodienda a la que nos somete con su sadismo tecnócrata, no va a sacar mucha playa en la tele este verano para que no la veamos semivacía, paradisíaca, aristocrática, limpia, azul y chiringuitera como un edén de estío.
El mar no va a salir en la tele, o sea, a no ser que nuestros reales se calcen el pantalón corto y se pongan a surcar océanos en el Fortuna con cara de felicidad, los dientes perfectos, Sofía y Corinna buceando cual delfinesas asirenadas (una más escamada que la otra), Letizia regañando simpáticamente al rey por no leer a Faulkner, y las figuras de cera de Urdangarín y Marichalar ahorcaditas en el palo de mesana.
Todo lo precedente no es invención o conjetura, pues uno empieza a atisbar, acariciando las páginas de las revistas del cuore, que este verano no va a ser como los anteriores, que se acabó el glamour, se acabaron las fiestas champaneras, han volado hacia otros septentriones las falditas de tenis de las pijas, y las risas cargadas de dinero no han venido a tus balcones sus nidos a colgar.
En resumen, que los ricos no quieren salir en el couché para que no veamos que se han hecho más ricos con esta escandalera de los mercados, con esta tercermundialización de una democracia entera, con este contradiós. Barrunto.
Y envían al couché a sus huestes tecnócratas, políticas, grises y parlamentarias.
Ya digo que no hablo de oídas.
Esta semana, prueba irrefutable de mi tesis, las revistas del corazón han sacado en el couché a Pedro Morenés yendo a una fiesta. ¿Qué hace un ministro de la Guerra en el couché? Hasta ahora, los ministros solo salían en el couché cuando tenían una o dos amantes, cuando habían chorizado algo, cuando iban a ser mamás o cuando se les presuponían inclinaciones sexuales excéntricas, de esas que hacen confundir peras con manzanas.
Sin embargo, este año, nos sacan en el couché al ministro de la Guerra, el menos glamuroso de los ministros, para significarnos que somos la carne de cañón. Que vamos a las trincheras este verano, y no a las playas. Que nos espera la fosa común, y no un castillo de arena.
Como la cosa tiene pinta de empeorar a partir de septiembre, no se extrañen si este fin de año anuncian que las campanadas también las va a dar el ministro Morenés, que además de un tanto siniestro es experto en uvas. No en vano, antes de su nombramiento era comerciante de bombas de racimo.
Ante esta perspectiva de presente y de futuro, por favor, majestad, no ahorre tanto y desamarre usted el Fortuna, que los españoles necesitamos ver otra vez el mar. Aunque sea en Tele5. Aunque sea con ustedes.

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