Camps y monseñor Plaza en acción: El infierno en la tierra

No se si es una gran crónica ésta de «Campanita» Dandán, que debió haberla escrito a «vuelapluma» (yo la leí anoche, medio dormido)  pero en cualquier caso es tremendamente emotiva. Escuchar (es un decir) a Camps responder «Regálelas, no sé, haga lo que quiera» cuando le preguntan qué hacer con dos nenas, hijas de la mujer que acaba de secuestrar, estremece (aunque no case muy bien que digamos con la existencia de un «plan sistemático») y «ver» al hijueputa de monseñor Plaza tratando de pirovar a una angustiada abuela que busca a sus nietos da arcardas.
ANA LAURA MERCADER RELATO COMO FUE EL SECUESTRO Y LA DESAPARICION DE SUS PADRES

«Una incertidumbre insoportable»

En La Plata, en una nueva audiencia por los crímenes en el Circuito Camps, Mercader reconstruyó la historia que comenzó el 10 de febrero de 1977, cuando fueron secuestrados Anahí Silvia Fernández y Mario Mercader. Sus restos fueron identificados en 2009. 
Por Alejandra Dandan / Página 12
Hace poco Ana Laura Mercader golpeó las puertas de una casa y se presentó como periodista. Dijo que hacía una investigación sobre un operativo de la dictadura, sucedido muy cerca de ahí. Los moradores, después de un silencio de 36 años, se ofrecieron a acompañarla: no sólo sabían qué había pasado, sino que una de las mujeres había sido niñera de las dos hermanas de la casa. Días más tarde, cuando Ana Laura logró finalmente decirles quién era, que ella misma era una de esas hermanas, su vieja niñera sacó de adentro de un armario una camisa con bordes de broderie que había sido de su madre. Ayer, en una nueva audiencia por los crímenes cometidos en el Circuito Camps, Ana se sentó envuelta por esa camisa a reconstruir el operativo realizado en la casa de sus padres.

¿Jura decir toda la verdad?, escuchó al sentarse. El presidente del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, Carlos Rozanski, abría su declaración. A sus espaldas estaban sentados los represores y la silla de Miguel Etchecolatz. «Lo juro por los treinta mil desaparecidos», dijo ella.

La abogada Guadalupe Godoy le preguntó si tenía familiares víctimas de esta etapa del juicio. Ana respondió con el nombre de sus padres. «Mi mamá, Anahí Silvia Fernández de Mercader, y mi papá, Mario Mercader, están desaparecidos desde el 10 de febrero de 1977 –dijo–, lo que voy a contar lo supe por lo que me contaron las personas que estaban conmigo y mis padres ese día, mis abuelas y familiares.»

El 10 de febrero de 1977, alrededor de las 7, una patota de unas veinte personas rodeó su casa de la calle 119. Unos diez se desplegaron a lo largo de la cuadra y otros subieron por los techos y entraron a la casa. «Rompen todo, tiran todo», dijo Ana. «La interrogan a mi mamá, le preguntan dónde está mi papá. Todo el tiempo le preguntan por él. Según una vecina, me interrogan a mí que tenía dos años y medio, y me preguntan dónde está mi papá.»

Mario era técnico electricista. A las seis se había ido a trabajar. La patota decidió esperarlo. A las ocho llegó la persona encargada de cuidar a Ana Laura y María, de cuatro meses. Mary tenía 17 años. «La hacen entrar –dijo Ana– y le dicen que se quede y también le dijeron que limpiaba muy bien, y le advirtieron que se la iban a llevar.» Mientras, un represor le dio un tranquilizante a Anahí, otro grupo salió de compras paralizando a los vecinos del barrio: los vieron entrar al almacén por leche y pan; le ordenaron a la dueña que se quedara adentro, que si lo hacía no le iba a pasar nada.

Mario regresó finalmente con un compañero de Mar del Plata, apodado Piraña. Pero antes de entrar Anahí le gritó que se fuera. «Cuando mamá le grita, mi papá corre por el pasillo, se mete por un baldío, empieza un tiroteo y cuando quiere saltar por una pared le meten un tiro en una pierna y se lo llevan herido en una ambulancia.» Ese fue el momento casi del final del operativo, que terminó cuando llegó el jefe de la Policía de Buenos Aires, Ramón Camps. Para entonces, entre los que estaban tirados en el piso, estaba el padre de Mary. De regreso del trabajo, se topó con el barrio rodeado, agarró los documentos de su hija y se aproximó a lo de los Mercader. Lo tiraron al piso, le apuntaron con un arma, le preguntaron quién era y, cuando les dijo, le preguntaron cómo era posible que dejara a su hija trabajando en un lugar así. «Después de eso, su padre escucha que el jefe de la patota le dice a Camps que mi mamá no tiene nada que ver. Camps le dijo: ‘A ella también la vamos a llevar’. El padre de Mary le pregunta qué van a hacer con las nenas. Y Camps le respondió: ‘Regálelas, no sé, haga lo que quiera’.»

Ana describió el operativo casi sin parar, cortada por una tos que iba y venía. De todo lo que sucedió después, las imágenes casi no existen, aunque hay una que siempre imaginó como un cumpleaños: «Cuando nos vamos a la casa del padre de Mary había muchísima gente, yo recuerdo y eso sí lo recuerdo, porque había pensando que en ese lugar había un cumpleaños, ahora sé que eran las caras de todo el barrio que estaba en estado de shock».

El padre de Mary llamó a sus abuelas. «Y mis dos abuelas nos llevan con ellas y a partir de ese entonces nuestra vida cambió. Tuvimos otra vida que no era la que nos correspondía, pero era mejor de lo que nos podía haber tocado después de la desaparición.» Esas abuelas, Elba Lahera y Monona Nélida Meyer, pidieron un hábeas corpus, se entrevistaron con quienes pudieron, incluso con el obispo Antonio Plaza. «Plaza le hizo una propuesta –dijo Ana–, quiso seducirla e invitarla a dormir con él… Más allá de lo anecdótico, me parece una cosa terrible.» La búsqueda siguió durante años. Incluyó visitas a neuropsiquiátricos. Otro allanamiento. Datos falsos en los diarios.

«Vivimos toda la vida con todo esto… Todos estos años han sido muy difíciles porque la desaparición genera una incertidumbre insoportable», dijo ella. «Yo quiero recalcar que mi papá militaba en Montoneros, de lo cual estoy muy orgullosa, me enorgullece pensar que había gente que estaba pensando en cambiar un país. Mi mamá no militaba. Eran muy chicos, tenían 22 años. Vivimos así hasta el 2009, cuando nace mi hijo más chico y, a los tres meses, mi tío viene a darnos la noticia de que reconocieron los restos de mi papá y de mi mamá. Estaba mi hermana presente en ese momento, para nosotros fue un shock: no pensamos en ningún momento que esa noticia iba a llegar, no estaba en la cabeza.»

Los huesos de Anahí estaban en el cementerio de Avellaneda. Los de Mario en Rafael Calzada, pero los identificaron en el mismo momento. Según los datos, los dos murieron fusilados, los huesos están rotos por las balas que penetraron en los cuerpos. Por los sobrevivientes, saben que pasaron por la Brigada de Investigaciones y la Comisaría V. Anahí también estuvo en el Pozo de Arana. Mary, en tanto, nunca declaró. No sabe si alguna vez va a hacerlo porque no quiere ser desaparecida como Julio López.

«Me gustaría decir –dijo Ana al final– que los crímenes de lesa humanidad no prescriben hasta que no aparezca el último desaparecido.» Y agregó: «Los desaparecidos están, o vivos o muertos, pero están y ellos (los represores) tienen que decir dónde están porque nadie desaparece y se esfuma. Están».

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