SOLANAS: ¿Se puede seguir ostentando el cartel de “izquierda nacional” y decir que si “me sacan Fibertel me muero”?

Publicado en ARTEPOLITICA

Por Mariano, el 27 de Agosto de 2010.

Pino Solanas es un referente político al que el gobierno teme (en términos de estrategia para la construcción política, digo).

La voz de Pino, para tener alcance, necesita amplificación. Su construcción política es mediática, no territorial. El partido que fundó es personalista. Empieza en él y termina, no digo en él, pero a no más de 3 o 4 pseudo cuadros sin base. Sin embargo, difundido por la prensa profusamente, su discurso hace mella, y arrastra seguidores, en cantidad atendible en centros urbanos (de hecho, hasta podría ser primera fuerza en CABA si se decidiera a conseguirlo).

Tiene una diferencia fundamental con otros liderazgos de su misma especie: la referencia ideológica de su discurso. Pino es izquierda nacional.

Y pega por un flanco en el que el kirchnerismo, a falta de oponentes de fuste y beneficiado por la comparación con lo inmediatamente anterior, combinado todo esto con algunas varias decisiones que tomaron ese rumbo ideológico, pudo hacerse fuerte.
Por acción u omisión, cualquier actor que apueste a un debilitamiento político del kirchnerismo necesita cuidar y hasta fomentar la existencia de un Pino. Para demoler la pared que supuestamente hay a la «izquierda» del kirchnerismo. 
Esto es una verdad repetida muchas veces entre 2007 hasta hoy. Que operó con intermitencias de intensidad. Hoy vuelve a un punto alto del ciclo.
El discurso de Solanas varía en matices y circunstancias, pero mantiene una línea definida. Las petroleras, la Barrick Gold y las mineras en general, el establishment financiero internacional, las privatizadas de servicios públicos, son (según él) agentes cuyos intereses deberían quedar limitados por el accionar neutral del Estado, que para ello debería plasmar una visión de desarrollo nacional (fronteras adentro) y con espíritu redistributivo. En medio o como derivación obvia, queda la denuncia a la cooperación y la connivencia que el Estado presta (desde la óptica de Pino) a la hora de facilitar negocios a estos actores, que resultan en vaciamiento de la Nación.
Entonces, despotrica (Solanas) contra el permiso tácito que el Estado brinda a las petroleras o a las mineras para que expolien las riquezas del subsuelo de la patria sin dejarle al país ni siquiera dividendos aceptables por la faena, propone suspender provisionalemnte cualquier operación de canje o pago de deuda que se anuncie a los fines de revisar la legitimidad de la misma con el fin de obtener una quita suculenta de parte de las entidades financieras internacionales que son, en los hechos, representantes de los intereses de todos y cada uno de los acreedores, o plantea restaurar aportes patronales al nivel anterior al concedido en los noventa por el ex-ministro de economía, Cavallo.
Propone un cambio de postura desde el Estado: dejar de cooperar con, para enfrentar el avasallamiento de la soberanía nacional en distintas formas que de una u otra manera estos grupos llevan a cabo.
Fenómeno. Sin embargo, hay un punto insoslayable, desde el cual sobreviene la duda. ¿Qué pasa cuando el Gobierno (mal que le pueda pesar a quien sea, en representación legítima del Estado), en un hecho inédito desde 1983, plantea un enfrentamiento abierto con uno de los 5 grupos económicos más grandes de la Argentina?
Uno puede suponer que es legítimo que Solanas no coincida con alguna forma empleada. Se puede hasta prever que desde la «izquierda nacional» se denunciará la insuficiencia de las acciones, y se exigirá que se trate de igual modo a otros grupos económicos. Incluso cabe esperar que un dirigente político de tal extracción tome distancia y se declare prescindente en el enfrentamiento (mmm, esto ya es un poquito más forzado, hay que tener un poco de estómago para aceptarlo).
Se podía esperar, decía, hasta que tomara distancia. Pero encarar una defensa cerrada de las empresas del grupo, ya es otra cosa.
Es imposible compatibilizar un discurso de izquierda nacional con la denuncia de prepotencia por parte del Estado en el avance sobre un grupo económico concentrado. Es imposible declararse de izquierda nacional y actuar en consecuencia con la idea de que el Estado es un poder avasallador, cuando disputa con una corporación privada que pretende mantener el alcance dominante en los rubros comerciales en que opera.
¿Se puede seguir ostentando el cartel de «izquierda nacional» y decir que si «me sacan Fibertel me muero»?
¿Qué muestra de recule, diálogo y consenso exigirá la «izquierda nacional» al Estado en su disputa con una corporación? ¿Qué grado de tolerancia debe tener el Estado, según esta «izquierda nacional», para con determinados poderes fácticos, económicamente concentrados?

¿Cuáles son las formas que admitiría viables la «izquierda nacional» si tuviera que enfrentar en serio el poder de las mineras, las petroleras o el establishment financiero? ¿Dejarían de pagar la deuda externa y la repudiarían, pero sin lesionar intereses?
Un dirigente que ante un enfrentamiento abierto entre el Estado (mal que le pese, reitero, el Gobierno actúa en representación legítima del Estado) y un grupo económico de proporciones, opta por la defensa de éste último, pierde cualquier tipo de autoridad moral para proponer la lucha contra los intereses de las mineras, las petroleras o los bancos. Ya no se puede ser la «izquierda nacional» después de eso.
Pino Solanas, hoy, es un moderado. Si se tratara de otro, podría decirse que es un cobarde. No lo hacemos, por respeto.
Está muy bien, es su derecho elegir qué ideología representar, pero que devuelva las banderas.

Por este camino, además, su poder de fuego «por izquierda» se diluye inexorablemente.

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