DISYUNTIVAS. El peronismo kirchnerista y los senderos que se bifurcan

De cara a 2015         
Desventuras políticas de los herederos del peronismo

Si Cristina designara a un candidato a sucederla, fracturaría su propia tropa. ¿Qué hizo que cambiara tanto un sistema acostumbrado al dedo?

Por Alejandro Horowicz
 

Una especie de acuerdo regula la lectura de los analistas políticos, más allá de sus inclinaciones personales: el gobierno no está en posibilidad de lanzar un candidato presidencial de su riñón. En todo caso, no en la pole position. Comparto ese enfoque. Pero en ese punto termina el acuerdo. Y en caso de intentarlo, si Cristina Fernández designara a dedo un hombre o una mujer explícitamente K, fracturaría su propia tropa.

Una pregunta surge nítida: ¿una corriente que gobernó 12 años puede ser tan débil? Si algo caracteriza al presidencialismo nacional es la capacidad, aptitud del titular del Ejecutivo, para elegir sucesor. Desde Roque Sáenz Peña en adelante, desde que los procesos electorales son relativamente transparentes, el presidente saliente somete a plebiscito a su candidato. Y por lo general gana.
¿Qué pasó para cambiar tanto las cosas? 
EL FACTOR SCIOLI. La decisión de Daniel Scioli, de disputar la candidatura oficialista de 2015, no puede sorprender a nadie: el gobernador del mayor distrito electoral, la exhibió en privado y en público todo el tiempo. Fiel a su estilo subrayaba su condición de «sometido» voluntario, que conservaba la posibilidad de independencia a futuro, la presidencia de la Nación.
Para evitar todo barroquismo confuso: nunca ocultó su proyecto, siempre le pusieron un techo, Néstor y Cristina. Si uno de ambos podía o quería continuar se haría a un lado; la muerte de Néstor redujo la lista a uno, si se trata de cualquier otro (un ungido por el dedo del Ejecutivo), no. En ese punto haría valer su propio capital político. Y el «sometido» terminó produciendo contra su voluntad una declaración de guerra. 
Cristina le cobró sus aspiraciones; Scioli ni perdió la vertical, ni resignó su candidatura, que hoy por hoy encabeza el pelotón pejotista. Ningún otro postulante, por el momento, le hace sombra. El problema es y no es Sergio Massa, que juega y no juega en la misma cancha. 
Cuando Scioli sostuvo «no tengo que dar ningún test de lealtad, de compromiso con el peronismo» dijo, en sus términos, la verdad fáctica. En su naturaleza reside parte del problema. Ese compromiso «con el peronismo» incluyó a Carlos Saúl Menem y a Néstor Kirchner. Menem no fue otra cosa que la profundización de la «democracia de la derrota». El cuarto peronismo.  
María Estela Martínez de Perón, de la mano de José López Rega y Celestino Rodrigo, tras la muerte del presidente Juan Domingo Perón, inicia ese ciclo. Abandona la última variante del Plan Pinedo, para abrir el curso a las procelosas aguas de José Alfredo Martínez de Hoz y Domingo Cavallo. Entre 1975 y 2001 ese proyecto económico fue el hilo conductor de la política del bloque de clases dominantes.  
El tránsito del menemismo al kirchnerismo no incluye tan sólo a Scioli. El peronismo en masa –incluso los que «rompieron» como Chacho Álvarez– a la hora de la verdad siguió por la misma huella. Basta recordar el gobierno de Fernando de la Rúa, por iniciativa de Álvarez, reubicó en la poltrona del quinto piso del Palacio de Hacienda al padre de la Convertibilidad. Aun buena parte de los integrantes de la Izquierda Nacional, con Jorge Abelardo Ramos a la cabeza, justificaron el gobierno menemista. Entonces, ¿en qué se diferencian de Scioli, si menemistas fueron casi todos los que importan? 
Es posible responder desde el realismo. Político es aquel que conserva su lugar en la cancha. Para conservarlo es preciso aceptar las reglas del juego. Las reglas no se eligen. Para bailar el minué de las habilidades del rock, incluso el nacional, no sirven. Pero existe la oportunidad, y cuando aparece –como durante la crisis de 2001– las reglas cambian. Eso sí, los jugadores siguen siendo los mismos. Entre esos jugadores sobrevivientes surge un nuevo jefe; siempre fue así, ¿acaso el propio Perón no fue un oficial del liberal y proscriptivo general Agustín P. Justo? Así suele ser el barro de la historia. Kirchner entendió la oportunidad y facilitó el cambio de las reglas, la reorientación del rumbo. En cambio, Elisa Carrió y Ricardo Alfonsín no pueden desprenderse ni siquiera hoy de la vieja receta.  Esa es toda la diferencia, y lo demás es voluntarismo ingenuo.  
La amoralidad de este abordaje está a la vista. Todo vale, y las «almas bellas» sólo hacen comentarios políticos. La política contante y sonante la hacen otros desde esta lectura posibilista. Un poder vertical, sin intervención de los sectores populares, un clásico poder oligárquico. 
El reaccionario viraje del ’75 contiene una derrota histórica de los trabajadores. Esa derrota se profundizó en el tiempo. El primer escalón del infierno se abrió en marzo del ’76, con el arribo de Videla, Massera y Agosti. La cacería de militantes populares, la masacre instrumentada por la dictadura burguesa terrorista terminó estabilizando –más allá de la peripecia de Malvinas en abril del ’82– un nuevo orden político. Ese fue el segundo escalón de la derrota. En ese orden parlamentario, el de democracia de la derrota, el partido que gobernara carecía de importancia decisiva. Radicales o peronistas no cambiaban demasiado las cosas. Mientras los analistas liberales batían palmas por la «continuidad democrática» (madurez cívica, decían) la sociedad argentina se hundía sin límite. Hasta que los que terminaron fuera del «mercado» –necesidades básicas insatisfechas– resultaron más que los otros. Ese fue el tercer y último escalón. Cuando el modelo se volvió absolutamente inviable, sin que la resistencia popular fuera capaz de pergeñar un nuevo rumbo; entre las ruinas humeantes del corralito y el corralón, tras la fuga de las reservas del Banco Central, Eduardo Duhalde posibilitó una mutación sin salirse de la cancha. Tres candidatos con los colores del PJ, una interna externa, para las elecciones nacionales de 2003.  
El nivel de daño que supuso el periplo 1975-2001 todavía no se terminó de asimilar. Si De la Rúa hubiera salido de la Convertibilidad cuando asumió, en 1999, tendría otro lugar en esta historia; no lo hizo y terminó causando el estallido de 2001. Kirchner empezó a desarmar las bombas desparramadas, mediante un viraje desde arriba. Conviene no equivocarse, el valor del kirchnerismo es el valor del viraje. Y ese viraje está a medio hacer.  
¿Scioli es el hombre para la nueva etapa? ¿O sólo un sobreviviente de la anterior? ¿Cristina elegirá a Scioli?  
El dilema se presenta complejo. El destino de los «herederos naturales» en el peronismo termina siendo manifiesto. Perón liquidó al entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires. El coronel Mercante era junto con Evita un heredero natural. Perón se ocupó de que no lo fuera. La escena se repite entre Menem y Eduardo Duhalde. Los jefes del peronismo no prohíjan herederos naturales. Más bien los impiden. Néstor jamás pensó en otro heredero que Cristina. El postulado vale a la recíproca, pero Néstor murió, y el peronismo es el más impiadoso de los órdenes políticos.  
La única carta fue la reelección. Nunca se consideró seriamente otra. Desde el momento en que la reforma Constitucional quedó definitivamente bloqueada, cuando la elección de medio tiempo angostó el capital político, y los números parlamentarios dejaron claro que ya no era una posibilidad, la oposición respiró aliviada. El motivo es simple, no existía un candidato cuyo nombre garantizara la victoria. Todavía no existe. Massa encabeza la intención de voto, pero carece de armado nacional. Y si bien fue muy útil para limar el poder K, no es punto de recomposición, no asegura la victoria, pero le resta al oficialismo. 
En este punto Scioli recupera valor. Si se trata de una victoria pejotista es la mejor baraja. Si Cristina lo acompaña, si no lo lima, tiene espacio para crecer. Es cierto que carece del menor contorno épico, y desde ese punto de vista no acomoda con expectativas de la militancia juvenil. El peronismo tiene la curiosa habilidad de impulsarlas primero y frustrarlas después. Pero pensar que esto no tiene costo, que alcanza con un cínico encogimiento de hombros, supone desconocer los últimos 40 años de historia nacional.

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