ALFONSINISTAS. Bajo la advocación «Democracia para siempre. Patria para todos» nace una corriente alfonsinista no gorila

Los jóvenes radicales eran en 1972 muy pocos, ya que la UCR (en rigor, la UCRP balbinista) era, claramente, un partido de viejos. Su líder era Leopoldo «El Marciano» Moreau, el que ponía la cara en las Juventudes Politicas Argentinas, el que encabezaba las reuniones en el amplio cafe de Callao 11, un alfonsinista avant la lettre.
Publicado en www.leopoldomoreau.com.ar
DEMOCRACIA PARA SIEMPRE. PATRIA PARA TODOS

Movimiento Nacional Alfonsinista

Movimiento Nacional Alfonsinista

MANIFIESTO FUNDACIONAL del MNA

En su libro Fundamentos de una República democrática, Raúl Alfonsín sostenía: «La democracia está siempre vinculada a la pretensión de lograr la transformación del poder entendido como forma de dominación».

Los treinta años de estabilidad democrática constituyen un período lo suficientemente extenso para haber superado problemas del pasado y, a la vez, encontrarnos con nuevos desafíos. Pero particularmente han significado el recorrido de un camino de experiencias que deben dejarnos enseñanzas.

Una de ellas es que, a pesar de la mutación de las relaciones de poder que le ha dado supremacía a la soberanía popular y, precisamente por esa razón, los poderes fácticos dejaron de lado, felizmente, la pretensión de voltear los regímenes democráticos pero no su aspiración de tutelarlos o restringirlos.

Desde el primer minuto del 10 de diciembre de 1983 en adelante esta puja entre el poder democrático y los poderes corporativos estuvo presente en cada paso que se iba dando. La estabilidad institucional de la que hoy gozamos fue ganada trabajosamente por el gobierno de la transición, que no sólo supo resistir los ataques de los sectores autoritarios y retrógrados que se sintieron desplazados sino que, además, avanzó sobre ellos con las políticas de memoria, verdad y justicia y la ampliación de derechos civiles que el oscurantismo negó durante décadas a los argentinos
.

Mucho más tiempo se tardó en hacer lo propio con las corporaciones económicas y mediáticas. Por el contrario, en este caso fueron ellos los que obtuvieron triunfos coyunturales pero con duras y devastadoras consecuencias para el tejido social de la Argentina que nos llevaron al borde de la dolarización de la economía y de la disolución del Estado nacional; un riesgo que estuvo a la vuelta de la esquina en el 2001. Pero en este caso también la democracia y su instrumento más poderoso, la política, reaccionaron y nos alejaron de esos peligros.

Lo que no se pudo evitar fue pagar –y, en alguna medida, seguir haciéndolo- las consecuencias de lo que se dio en llamar el neoliberalismo. A pesar de los logros alcanzados, sus efectos todavía se sienten en materia de exclusión y seguridad ciudadana. Herencia que nos dejó la antipolítica y de la que hoy debemos hacernos cargo desde la política.

Sabemos que transitamos una democracia todavía imperfecta pero también sabemos de dónde venimos. Por eso jamás confundimos el escenario de las dificultades que aún subsisten con lo que nos tocó vivir en la etapa negra de las dictaduras militares o en la década menemista de la entrega del patrimonio económico, social y cultural de nuestra patria.

La mayoría de nosotros nos sentimos identificados, incluso continuadores, de las corrientes del pensamiento nacional, popular y progresista: el Yrigoyenismo primero y el Alfonsinismo después.
No por ello excluímos, sino más bien, convocamos e incluímos a hombres y mujeres provenientes de otras corrientes históricas populares o del progresismo nacional, porque sabemos que no todo está ganado y, por el contrario, que la batalla por la consolidación y la profundización de la democracia y una equitativa distribución del ingreso continúa.

La experiencia que hemos acumulado nos enseña que hay que reunir mucho apoyo y masa crítica para seguir ampliando los derechos de los ciudadanos en detrimento de los privilegios de las minorías, que siempre están al acecho para volver a imponer sus condiciones. No es una conclusión que nazca de una mirada conspirativa de la historia sino de la historia misma.

Queremos construir sobre lo hecho. No nos confundimos. Nada ni nadie nos moverá de al lado del pueblo, ni de la defensa de los objetivos nacionales. Pretendemos representar la ética de la solidaridad y no los intereses de los grandes grupos económicos de adentro y de afuera
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Tenemos en claro que la disputa de ayer fue lograr la supremacía de la soberanía popular sobre el autoritarismo y que el eje de las tensiones de hoy es el modo de la distribución del ingreso.

Para nosotros las políticas públicas son la herramienta para dirimir, en favor de los sectores postergados, esa tensión. La mayor deuda de la democracia es la desigualdad estructural de la sociedad. Falta camino por recorrer. Tenemos que alcanzar un seguro nacional de salud que termine con el despilfarro en un área esencial que hace a la calidad de vida de las mayorías. Tenemos que recuperar el significado y la jerarquía de la educación pública. Tenemos que ampliar y reforzar las políticas de la seguridad social. Tenemos que promover una política de tierras que permita el acceso de los sectores populares a la vivienda. Tenemos que reconstruir y perfeccionar nuestra infraestructura básica.

Tenemos que repensar el territorio nacional generando una regionalización que encause las energías de los ciudadanos, las organizaciones intermedias y los gobiernos locales, impulsando un diálogo en la dinámica Estado-Sociedad que promueva la participación ciudadana. Poniendo de acuerdo los actores sociales en la base territorial del país podremos alinear políticas sociales, económicas, ambientales y productivas y encausar todas las demandas de la sociedad.

Pero el pase del crecimiento al desarrollo, que requiere planeamiento e inversión, sólo pueden asegurarlo las fuerzas populares, nacionales, democráticas y progresistas. Sobre todo si queremos que los resultados de la política económica se midan por los resultados en la calidad del desarrollo humano de nuestros compatriotas.

Consolidar un país industrial, soberano y solidario implica tomar partido, sin vacilaciones, en los dilemas políticos que nos plantea la puja distributiva.

Ponemos en marcha el MOVIMIENTO NACIONAL ALFONSINISTA con el objetivo de recuperar y reavivar las mejores tradiciones de nuestra cultura política, que supo hacer historia grande cuando no se apartó de los intereses nacionales y populares. Nos organizamos para no ser rehenes del sensacionalismo, la superficialidad y el vacío político al que quieren empujar a la sociedad. Por eso convocamos a comprometerse en este esfuerzo a los jóvenes que sueñan con el cambio, a los argentinos que estudian, trabajan, producen, crean e invierten. Pero también a todos nuestros compatriotas que, empujados a la exclusión, algunos pretenden dejar cristalizados en la pobreza estructural manteniéndolos marginados de la sociedad, estigmatizándolos por su piel, por su origen o por su condición.

Tenemos en claro que disociar la política de la economía y la cuestión social es un ejercicio voluntarista que nos transformaría en una fuerza testimonial o simplemente electoral, sin vocación ni proyecto de poder.

Y nosotros no queremos ser nada de eso. No tenemos derecho ni a la resignación ni a la mediocridad ni al oportunismo ni, mucho menos, a la claudicación. Porque nuestra raíz proviene de luchas populares, que no pueden ser bastardeadas ni ignoradas al momento de decidir de qué lado estamos hoy.

Por supuesto que le damos a la política una dimensión ética pero no sólo de moral individual sino también de moral colectiva. Y eso significa trabajar por los que menos tienen.

Sabemos desde siempre que el contexto para sostener nuestra autonomía nacional es la integración con nuestros países hermanos de América Latina y el Caribe. Y por esa razón saludamos con esperanza y alegría los enormes avances que en los mejores momentos de nuestra democracia iniciamos desde el Mercosur, continuamos desde la Unasur, culminando en la Celac. Muchos tal vez creyeron que el alfonsinismo era una corriente de pensamiento y acción destinada a los recuerdos o a la nostalgia sin advertir que su vigencia está en sus aciertos y su coherencia, que hoy le permite volver a irrumpir en la escena política para construir y no para destruir, para articular y no para desunir, para fortalecer y no para debilitar la democracia que entre todos fundamos hace treinta años atrás.
La consigna con la que convocamos es sencilla. Pero irrenunciable: Democracia para siempre y Patria para todos.

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