ALUCINACIONES, opio y Talibán

Opio y Talibán, alucinaciones verdaderas


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Cualquier cosa que se planta, se cosecha.
Proverbio afgano.

POR GUADI CALVO / HAMARTIA

Tradicionalmente el opio se cultivó en el llamado Triángulo Dorado, una región entre Camboya, Laos y Vietnam. El producto se lavaba en Hong-Kong, lo que en gran parte financió su monumental crecimiento. Pero a partir del triunfo de la Revolución China, que acarreaba, con mucha razón, un odio patológico al opio, el Triángulo Dorado fue perdiendo potencialidad hasta que surgió la llamada Media Luna Dorada, que incluye zonas de Irán, Afganistán y Pakistán.

Según la UNODC, la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen, la superficie dedicada al cultivo de opio en Afganistán ha aumentado un 36% en 2013. Lo que significa que la producción de adormidera o amapola, como la bautizaron los españoles en México, planta cuyas flores producen un jugo viscoso llamado tor del que se obtiene el opio, del a su vez se obtiene la heroína, ha llegado a las 5.500 toneladas, casi el doble de 2012.

Afganistán es el primer productor mundial de goma de opio. Según las fuentes, concentra entre el 90 y 98 % de la producción mundial. La superficie cultivada ha pasado de las 154.000 hectáreas de 2012 a las 209.000 de  2013, superando el récord anterior (193.000 en 2007). Además, los cultivos han vuelto a aparecer en las provincias de Balkh y Faryab y Takhar que hace un año fueron declaradas libres de adormideras.

El crecimiento de la producción fue en 2013 de un 49% mas que en 2012, lo que deja beneficios estimados en mil millones de dólares, un 4% del PIB afgano.

Desde la invasión estadounidense en 2001 se hicieron intentos de erradicar los cultivos, pero su fracaso está a  la vista. En el año 2000, durante el gobierno talibán, el máximo líder de éstos, el mulá Omar, emitió una fatua que condenó a muerte a productores, consumidores y traficantes. Con lo que, según la ONU, la producción bajó drásticamente a sólo 185 toneladas, es decir, en un 94 por ciento. Pero tras la invasión de la US Army los sembradíos comenzaron a reverdecer, incontenibles.

El negocio de la droga lo maneja un complejo mosaico de participantes desde los “herederos” de los Señores de la Guerra o lideres tribales asociados a las autoridades gubernamentales en diferentes estamentos. El hermano del presidente Hamid Karzai, Ahmed Wali, fue asesinado en 2011, a raíz de sus negocios con el opio. Y el jefe de la oficina anticorrupción Izzatullah Wasafi, se encuentra involucrado en el tráfico. Es obvio que también los están altos oficiales del ejército invasor, y como en todo lo que a Afganistán se refiere, la omnipresente Dirección de Inteligencia Interservicios (Inter-Services Intelligence , ISI) del vecino Pakistán.

La mayor parte de la producción es enviada a Europa y distribuida por las mafias rusa, chechena y turca, en un calco bastante aproximado de lo que fue la legendaria "Ruta de la Seda", que cruzó el Asía Central. La ciudad de Bakú se convirtió en el centro distribuidor del opio y la heroína afgana hacia los mercados rusos y chechenos. Otras rutas cruzan Pakistán e Irán para llegar al extremo oriente y a la costa oeste de los Estados Unidos.

En Afganistán solo queda el 5%, de los beneficios de su producción, el resto va para las mafias, empresarios y los bancos que blanquean esos beneficios. Los precios se incrementan unas cien veces respecto a lo que obtienen los campesinos que la producen. De un kilo de opio se extraen 100 gramos de heroína pura. Así, 6.100 toneladas de opio alcanzan a producir 1.220 toneladas de heroína con una pureza del 50 por ciento.

Los sembradíos no solo persisten por la corrupción e inoperancia de las fuerzas invasoras sino fundamentalmente por razones económicas. Mientras una hectárea de trigo deja de ganancia 1100 dólares, otra sembrada con adormidera produce 3500. En los pocos sectores donde el opio fue erradicado los pequeños agricultores han tenido quie pagar sus deudas con tierras, ganado y hasta entregando a sus hijos como escvlavos, algo para nada infrecuente.

El fracaso de los programas para suplantar los cultivos, la ineficiencia frente a la corrupción y la imposibilidad de poner de pie un estado, posibilitó el resurgimiento de los talibanes, que con los peajes (zakat) que cobran a productores y traficantes consiguen entre 100 y 400 millones de dólares anuales. Un kilo de heroína alcanza para comprar 15 fusiles Kalashnikov.

El narcotráfico afgano financia en importante medida a los mercenarios que combaten contra el gobierno sirio, buscando derrocar al presidente Bashar al-Assad, lo que deja claro que al-Qaeda, así como la red de la familia Haqqani, son parte inescindible del negocio del opio junto a Dawood Ibrahim, capo de la D-Compay, una poderosa organización mafiosa hindú que financió los ataques de 2008 en Mumbai.

De las 3500 toneladas anuales que se exportan, dos tercios se convierten en heroína antes de dejar el país y el resto se trafica como opio, lo que abastece a unos quince millones de adictos, principalmente en Europa, Rusia e Irán

Helmand, el reino talibán del opio

La invasión a Afganistán con el nombre de "Operación Libertad Duradera" se inició en octubre de 2001 en conjunto con la "Operación Herrick" del ejército británico. Inicialmente los ataque tuvieron como objetivo los bastiones talibanes de Kabul y Kandahar, olvidando Helmand, cuya única relevancia era ser la más extensa de las 34 provincias afganas. Ubicada en las estribaciones del macizo del Hindu Kush, su geografía inhóspita hizo que los afganos la llamen "el desierto de la muerte". Èste fue el lugar dónde prosperaron las rutas de contrabandistas de y hacia Pakistán. Esa frontera es el centro de operaciones de la insurgencia talibán, y la principal salida para el opio y la heroína.

Helmand nunca se había caracterizado por la producción de opio, hasta que las tropas británicas tomaron su control. Hoy la provincia produce casi 4000 toneladas al año, lo que significa aproximadamente el 60% del opio afgano, además de haberse convertido en un santuario de los talibanes. El resto de la producción se concentra en otras ocho provincias. A doce años de la invasión de Estados Unidos solo se ha conseguido un brutal aumento del narcotráfico y el consiguiente fortalecimiento talibán.

Desmontar las plantaciones de adormidera es una tarea imposible sino no se producen grandes inversiones. Luego de tres décadas de guerra continua todo el sistema de producción agrícola afgano ha sido aniquilado. Sin planificación ni maquinaria, sin créditos para semillas, sin riego, sin asesoramiento técnico, sin agroquímicos y luego de una serie de sequías pavorosas, la agricultura afgana está constreñida a métodos medievales, de subsistencia. Si los campesinos optaran por otro tipo de cultivos no podrían siquiera disponer de medios para llevarlos hasta los mercados. En cambio la adormidera necesita una mínima atención, es de gran resistencia a los cambios climáticos, se puede almacenar sin demasiado cuidado, es durable y se comercia en efectivo. Como si esto fuera poco, los traficantes se encargan ellos mismos de retirar las cosechas.

Aunque el opio es una buena salida económica para los campesinos, éstos han quedado prisioneros de los traficantes,que en algunos casos son los propios talibanes, que más allá de la fatua del tuerto mulá Omar, supieron del excelente negocio del opio desde que la CIA los impulsó a producirlo para financiar su guerra a los sovièticos (1978-1989).

Estados Unidos y sus aliados sólo controlan hoy Kabul. El resto del país se maneja según las alianzas que pueda sostener con los “señores de la guerra”  o líderes provinciales y tribales, contrabandistas y narcotraficantes.

Para las tropas de ocupación el opio no es un objetivo en si, s´`olo le interesa sostener el gobierno títere de Karzai, intentando instalar una democracia al uso occidental, tan exótica para ellos, como el sistema clánico para Washington.

Únicamente Irán tiene una política activa contra el tráfico de drogas en la región. En la última década, més de 3.000 militares iraníes murieron y unos diez mil resultaron heridos en la lucha contra los narcotraficantes.

No extraña que el opio y los talibanes se hayan convertido en una pesadilla para Barack Obama y el Departamento de Estado. Una pesadilla que tiene mucho de alucinación verdadera.

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