ASCO. Massot y «las ciencias morales» de Kovadloff
Buenísima nota de Luis Bruschtein en Página de ayer. Se nota que escribió indignado, asqueado. Y que eso dio resultado. El que está al lado de Massot es otro petiso perverso con fama de pistolero que se las daba de guerrillero pesado al que conocí hace muchos años en Amsterdam. Le batían El Topo (un sobrenombre verdaderamente acertado), se llama Luis Labraña y hace años que además de ser lambebotas de los exterminadores de sus compañeros de antes, trabaja para Macri en el área cultural. Cómo verán, motivos para estar asqueados, sobraban.
Ciencias Morales
Eso dice el comunicado que firman Solanet y Kovadloff. Así, un hombre que fue funcionario de la dictadura pretende asumirse como juez moral de un gobierno democrático. Y otro que se dice democrático elige al funcionario de una dictadura atroz como socio para descalificar a las instituciones democráticas. La relación entre uno y otro, que existe a pesar de que tendría que ser imposible, puede explicar muchos escenarios de la historia política local.
En una entrevista en Infobae de esta semana, el intelectual Juan José Sebreli dijo que el kirchnerismo es la continuación histórica del primer peronismo y afirmó que por ese motivo, por esa semejanza, “allí está el huevo de la serpiente”. Sebreli es un intelectual que empezó escribiendo en publicaciones de izquierda como Contornos, en 1952, y fue derivando hacia posiciones conservadoras y de centro, muy antiperonistas. El intelectual identifica al peronismo como el principal culpable de las grandes tragedias argentinas. No se refiere a las dictaduras militares ni a la derecha peronista, sino al peronismo del ’45, que democratizó la distribución de la renta y protagonizó el fenómeno de inclusión social masivo más importante del siglo XX en Argentina. El kirchnerismo es la continuación de ese peronismo, dice, y por eso “allí está el huevo de la serpiente”. La metáfora alude al autoritarismo, al personalismo y al desprecio por las instituciones democráticas que dice ver en el peronismo del ’45 y en el actual kirchnerismo.
Más allá de la mirada que cualquiera tenga del peronismo y del kirchnerismo, desde el punto de vista de la república, de la democracia y del sentido común más elemental, las responsables de las tragedias más dolorosas de la historia argentina más o menos reciente han sido las dictaduras militares. Y ninguna dictadura militar se hizo en nombre del peronismo. Por el contrario, la mayoría de ellas se hicieron contra el peronismo, porque, al igual que Sebreli, sus cabecillas decían que percibían en el peronismo “el huevo de la serpiente”, que en aquella época eran el fascismo y el comunismo. Estos golpes militares se hacían para defender del peronismo a la democracia, a pesar de que el peronismo en todas sus variables, incluso las más antipáticas, llegó siempre al gobierno de manera democrática. Sebreli tampoco estuvo vinculado con la dictadura. Sin embargo, esos lazos de familia, esos puntos de contacto entre su pensamiento y el de los dictadores echa luz sobre otras cuestiones argentinas.
Kovadloff y Sebreli son intelectuales representativos y los dos coinciden en que el peronismo es peor que cualquier dictadura. Ese esquema que comparten los convierte en expresión de una tradición en la cultura hegemónica en Argentina, sobre todo entre las clases sociales que tienen más resonancia, las altas y medias, una tradición cultural de dominación. Para un sector importante de estas clases el peronismo es más terrible que las dictaduras más sangrientas. Es una concepción donde coexisten absurdamente y en forma pacífica la idea republicana y democrática y la de dictadura. Pero esa coexistencia pacífica proyecta tensiones violentas hacia la sociedad.
Además de Solanet, en la Academia de Ciencias Morales de la que es vicepresidente Kovadloff, participan o han participado personajes como Carlos Blaquier, Alberto Rodríguez Varela, Horacio García Belsunce, José Claudio Escribano, el mismo Massot y otros funcionarios, propagandistas y defensores de dictaduras militares.
El filósofo y ensayista nunca dijo que apoyaba a una dictadura, pero su participación en ese colectivo demuestra que concibe a la dictadura como un mal inevitable y menor. De lo contrario no podría estar allí. Proyectado hacia la sociedad, resulta un discurso enloquecedor donde los supuestamente más democráticos aparecen asociados con los más autoritarios con el único fin de reprimir a la expresión política de las mayorías que son las que tendrían que gobernar en un sistema democrático. El mensaje no es democracia “o” dictadura, sino democracia “es” dictadura. Un mensaje enfermo que fue el predominante entre el ’55 y el ’83 que desembocó en los años de violencia furiosa. Y también fue el concepto que primó en el golpe del ’30 contra Yrigoyen.
Esta idea de que democracia es dictadura, siempre verbalizada con gran cantidad de intermediaciones (puede serlo o en algún momento lo es, o sólo es transitorio, o sólo es dictablanda y miles de otros seudoatenuantes) fue instalada en muchos hogares de clase media, incluso más o menos progresistas. La contradicción es tan grotesca que la única forma de tomarla era como retablo religioso. Son antagonismos que sólo puede unir una creencia ciega. Romper esa ceguera es abrirse a reacomodos y rupturas que, por desconocidos, toman el aspecto de un caos que está en la naturaleza de los cambios. El peronismo ha tenido grandes desprolijidades y muchas de las críticas que se le han hecho fueron acertadas. Parte del miedo al peronismo tiene esa causa. Pero otra parte importante es el miedo al cambio. Porque el cambio, lo haga el peronismo o cualquier otra fuerza, surge de la realidad que hay que cambiar, es parte de ella, no viene de las lunas de Saturno, y arrastra muchas de esas lacras. El que rechaza los procesos de cambio por impuros, en realidad está pidiendo que no cambie nada, como sucede con las sectas de izquierda y con los falsos republicanos de derecha.
Sebreli y Kovadloff no han apoyado dictaduras pero aparecen como emergentes de la ideología que siempre las justificó y sin la cual nunca pudieron existir. Representan el pensamiento de lo que fue la base social de las dictaduras argentinas a pesar de que ambos formulan expresamente una vocación democrática. Pero se convierte en un discurso sólo aparentemente democrático que tiene una centralidad autoritaria cuando excomulga a las mayorías populares de cualquier posibilidad de convivencia más o menos normal. Una fuerza política nunca es peor que una dictadura, como plantea Sebreli cuando acusa al peronismo y al kirchnerismo de ser “el huevo de la serpiente”, o Kovadloff cuando prefiere asociarse a funcionarios de la dictadura para descalificar a un gobierno democrático.
La piedra basal de la democracia está en la capacidad de aceptar otro juego político que no sea el propio. Es decir, un juego que tiene otros paradigmas y que se asienta en un universo cultural diferente al propio. No se trata de dejar de criticarlo o de dejar de intentar reemplazarlo a partir de la construcción de nuevas mayorías. Se trata de no desconocerlo, de no calificarlo como peor que un gobierno de facto, y de interactuar con él, de hacer política. La firma de Kovadloff en ese comunicado no se compagina con ninguna vocación democrática. En Argentina hubo una dictadura y Kovadloff se asocia con sus personeros económicos e intelectuales. Y la afirmación de Sebreli expresa su fracaso intelectual porque el peronismo ha demostrado que forma parte del juego político democrático en Argentina. Por eso, decir que es el huevo de la serpiente es lo mismo que decir que Argentina no tiene destino, es bajar la persiana de la historia y demuestra su incapacidad para visualizar un escenario vivible diferente al de su interés.
