Contra los «opineitors» («periodistas» que viven del chamuyo)

Del «palique», dicen en España. 
          
La «inteligentsia» tertuliana

Por Gregorio Morán* / La Vanguardia / Sin Permiso

Asunto de alto riesgo el de las tertulias  radiofónico-televisivas, supuestamente sociopolíticas y expresamente diseñadas para ganado con dehesa. Asunto de alto riesgo, repito, muy en la línea del “haciendo amigos” a la que no sé si el destino, o mi mala entraña, me han inclinado desde que tengo uso de razón; que en mi caso fue un advenimiento tardío. En todo el territorio “del Estado” – expresión inventada en malos tiempos por quienes considerábamos que debía ser destruido, y asumida con fe de indigente por el nacionalismo rampante-, no hay nada más unificador de estilo, de nivel mental, y de inclinaciones hacia lo más bajo de los instintos, que las tertulias sociopolíticas. Y lo más llamativo es que los tertulianos madrileños, catalanes, vascos, andaluces o entreverados, se consideran a sí mismo modelos de equilibrio y pluralidad frente a cualquier competidor. La inteligentsia tertuliana es el fenómeno más llamativo desde la transición y el elemento más trascendente en la formación de corrientes de opinión.

Lo primero que llamó la atención a Don Juan Valera cuando llegó a Alemania como diplomático, y al tratarse de un intelectual indolente hasta la melancolía, fue la ausencia de tertulias. Lo cuenta a un amigo en una de aquellas cartas suyas que, en mi opinión, constituyen lo más brillante de su obra y una de las piezas literarias mayores de la literatura española de la segunda mitad del XIX. Lo más dinámico del mundo cultural español de entonces, y hasta bien mediado el XX, tiene una doble vida en las tertulias. En sí carecen de la importancia que se las ha querido dar; su carácter de aglutinador de la creatividad fue escaso. La Granja del Henar, con Valle Inclán a la cabeza; la de Pombo, con Gómez de la Serna; la de Ortega en la Revista de Occidente, por citar las más notorias, suman aburrimientos urbanos. Los escasos cronistas que han hablado de ellas, incluso siendo protagonistas, no alcanzan a dar ni la sombra de algo que ver con la cultura, o el debate intelectual, apenas si el ingenio y la singularidad de algunos tertulianos.

Si no era para intercambiar cultura, lecturas, opiniones, creencias, ¿para qué se reunían? Yo sostengo, y es una hipótesis temeraria que exigiría mayores explicaciones, que la razón fundamental por la que los escritores de las capitales -Madrid, Barcelona, Bilbao y demás- se agruparan durante tanto tiempo al día, tiene que ver con el aislamiento social y las incomodidades domésticas. La tertulia española dura muchísimo. En primer lugar, porque hay escritores que convierten el café en su lugar de trabajo, vida y usufructo. Me llevaría muy lejos seguir con esta argumentación, pero baste un detalle. El agrupamiento de la inteligencia en los cafés parisinos, por citar un ejemplo canónico, suele ser de tarde. Por la mañana se hacen otras cosas, y al atardecer se reúnen. Los españoles tertulianos, con escasas excepciones, viven en la tertulia. El café Gijón, consagrado en la posguerra, es una instalación social madrileña desde la hora del café con leche matutino, y ya no para, ininterrumpidamente, hasta el amanecer. El lema, cuya autoría se disputan Rafael Azcona y Antonio Gamero, era “como fuera de casa, en ninguna parte”.

No es lugar éste para diferenciar las tertulias de antes y las de después de la guerra. ¿Qué decir de Els cuatre gats? ¿O del Ateneo de Madrid y el de Barcelona? ¿Y la Ballena Alegre falangista? Ortega y Gasset, don José, solía decir que él había conocido las tertulias en Madrid, pero que aquello de ahora, en el franquismo, le parecía Madridejos -pequeño burgo de la provincia de Toledo-. Es de obligado cumplimiento la tertulia del Gambrinus, en la calle Alcalá, pasada Cibeles, durante los años cincuenta, donde se concentraba lo más granado de la inteligencia de la época: Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Alfonso Sastre, Martín Gaite, Juan Benet, Pepín Vidal, Martín Santos, García Calvo, Carlos París, y Manolo Sacristán cuando se acercaba desde Barcelona.

El mejor libro de Paco Umbral, para mí, que detesto tanto su prosa como su persona, me parece La noche que llegué al café Gijón, un retrato de época. Y además porque creo que el modelo café Gijón es la más perfecta introducción a lo que luego serviría como base a las tertulias radiofónicas y televisivas de la transición. El café Gijón de los años de posguerra, hasta los setenta, se podría resumir como un conglomerado de personajes célebres, en el sentido que se le da a esta palabra en Oviedo o San Sebastián, es decir, tipos con personalidad singular que llaman la atención en un entorno de mediocridad pequeño burguesa. Y eso, salpicado de algún escritor local, algún personaje del espectáculo, y bastante recién salido del armario del dinero, que ha descubierto su veta creativa e intelectual.

La base sobre la que se fueron construyendo las tertulias de la transición hasta llegar al modelo de hoy, perfecto en su zafiedad, es la parodia parlamentaria, un ágora para conversos. Se selecciona a unos personajes dispuestos a travestirse con tal de emular lo que nunca podrán ser. La parodia parlamentaria de los tertulianos se convierte en un batiburrillo de sabiondos frustrados que disimulan y se hacen los importantes. Si uno fuera alguien en la vida real jamás aceptaría ser tertuliano. Con lo que ya entramos en lo más suculento del suflé: el que habla, arrogante, traslada al oyente la verdad que él asegura saber porque está en el secreto. Se la contará en el momento que termine la publicidad.

Pero lo más fascinante de este juego de tramposos, es que el tertuliano, que a diferencia del antiguo, que se pagaba su café, éste de ahora cobra en un caché que sube o baja en función del morbo que despierta. Cuanto más ganan, más erario. Y a la gente le gusta, porque añora esa forma de parlamentarismo procaz que no le permiten ni su señora, ni sus amigos, ni el empleo subalterno que le consume. Un tertuliano gritando su denuncia contra Berlusconi es una performance perfecta de la España contemporánea. Le imitan y hasta le añoran, y el tiempo dirá si no acabará contratándolos.

Si hubiera que buscar un ángulo divertido sería el de las defensas intelectuales tanto del tertuliano como del adicto a las tertulias. Porque ambos existen y conviven en perfecto concubinato. La improvisación, ese género mayor del mundo del teatro, es para la reflexión un virus letal. Porque la inteligentsia tertuliana, al ser enciclopédica en su ignorancia, genera la necesidad de cubrir ese abismal vacío con desvergüenza y destellos verbales. Nada caduca tan rápido como unas palabras jugueteando entre las imágenes.

Para el tertuliano lo importante es cómo nos joden, no cómo jodemos. Un derivado del mundo deportivo: los míos tienen razón hasta cuando se equivocan. Y luego está el espíritu del receptor: “aprendo mucho con lo que oigo”. Incluso hay quien gusta de animarse el día con unas dosis de enemigo para desayunar. Aseguran que se cargan de razón. Olvidan que éste es un principio que ya instituyeron los inquisidores. “Hay que estar siempre alerta, porque la pista nos la dan los enemigos”. Una sociedad enferma de sí misma y tan nuestra que estómago, para qué negarlo.

El tertuliano español contemporáneo es un espécimen ramplón y superficial, implacable mientras le paguen por darle a la sin hueso, lo que no requiere otro esfuerzo que la salivación. Son impertinentes de lo obvio, porque si no los echarán al no dar juego. Como los croupiers en los casinos. Si tuvieran un poco de dignidad, ahora que ya han ganado lo suficiente para hacerse un nombre en la lista de las figuras mediáticas, deberían ir marchándose a su casa, y ponerse a hacer algo digno antes de que alguien les denuncie por incitación a la estupidez colectiva.

Un ejemplo. El más completo ejemplar de la inteligencia mediática europea, Bernard-Henry Lévy, ha conseguido su guerra en Libia. Casi como D´Annunzio. Habrá más tiempo para contarlo que dignidad para recordarlo.
*) Gregorio Morán es un columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia. Veterano resistente y luchador político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo, Morán  es un periodista de investigación que ha escrito, entre otros, libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la monarquía parlamentaria actual.

16 abril 2011

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